Recordando a Blas de Lezo, un héroe de Cartagena

Revivimos, en el mes de celebración de independencia de Cartagena, el asedio de los ingleses a la ciudad amurallada y la figura del español que lideró la resistencia, Blas de Lezo.
 
Recordando a Blas de Lezo, un héroe de Cartagena
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Jaime Pérez-Seoane

Cada once de noviembre desde 1811, la independencia de Cartagena se conmemora con un día de fiesta, uno más que sumar al apretado calendario de feriados de Colombia. Es el día de la capital romántica de América, la ciudad de las luces colombiana, su Sevilla.

En 1533, Pedro de Heredia la bautizó en honor a la ciudad de mismo nombre que aún se baña en las aguas del Mediterráneo. Casi trescientos abriles después, Cartagena – la caribeña – se alzó en contra del imperio decadente que la vio nacer. Por eso, en algún día cercano a esa fecha, todos los años – y ya van doscientos cuatro -, la Heroica sale a celebrar.

Los tiempos de la colonia están tan lejos como para que nadie los haya vivido. De aquello quedan los genes de sus gentes, las maneras compartidas, un idioma de abundante literatura, unas tantas iglesias, y esporádicos chascarrillos sobre cómo los españoles robaron, o robamos, según si el lector quiere atribuirnos a los vivos los actos de los muertos. Y queda Cartagena de Indias. La ciudad colonial dejó España hace dos siglos – se dice que España la había abandonado a su suerte entonces – , pero sus calles, casonas y plazas mantienen intacto ese aroma del todo andaluz.

Recordando la independencia de la ciudad amurallada, creo necesario recordar a un personaje anterior, desconocido para parte del gran público, aunque decisivo en la historia de Cartagena. El susodicho, cuyo épico romance con “El Corralito de Piedra” tuvo lugar en la primavera de 1741, no era exactamente el príncipe azul que cualquier cuento hubiera ligado con la historia de tan bella ciudad.

Blas de Lezo había combatido, a sus cincuenta y cuatro abriles, a todo aquel que buscó la sedición contra el imperio de España. Luchando ante flamencos, catalanes, y franceses,
perdió un ojo, una mano y una pierna. Semejante hoja de vida valió al almirante, en su tiempo como jefe militar de Cartagena, un grotesco apodo: El “mediohombre”.

¿Por qué habría de ser recordado un militar español en el tiempo en que, precisamente, se sacó a la invasión española de la ciudad colonial? El peso de aquel tullido sobre el destino de la ciudad amurallada fue trascendental para su particular historia. Blas de Lezo impidió, con una armada de ínfimas proporciones, que la flota británica – veinticinco mil ingleses en casi doscientos barcos – conquistara Cartagena, algo que seguramente habría cambiado el destino de la hoy capital de Bolívar, quién sabe si de la hoy Colombia. Tres mil hombres y seis navíos eran todo con lo que el bueno de Blas contaba.

Les contaré, en cosa de pocas líneas, cómo fue aquello. El ejército de Edward Vernon, prestigioso almirante inglés, se acercó a las bahías de Bocagrande y Bocachica. Comandaba la flota más grande de la historia hasta el desembarco de Normandía, y tenía una única misión: Conquistar Cartagena.

A su llegada, Vernon descubrió que los poquitos barcos de Blas de Lezo les cortaban el paso. El militar español se resignó a quemar y hundir su diminuta flota para impedir que los buques anglosajones tomaran tierra. La sorprendente estrategia del comandante español retrasó la entrada de los ingleses, que después de reducir a la defensa cartagenera desde la distancia durante dieciséis días obligaron a sus oponentes a replegarse en torno al castillo de San Felipe.

El poderoso frente británico, seguro de su victoria, abrió las puertas de Colombia y tomó Cartagena. Dispuesto a atestar el golpe definitivo a la menguada resistencia local – seiscientos hombres capitaneados por un inmortal líder de pata de palo -, el almirante Vernon mandó asediar la fortaleza de San Felipe. Según cuenta el historiador español Jesús María Vidondo, los españoles aprovecharon la posición privilegiada que ofrece el castillo para acabar con mil quinientos enemigos.

En vista de las dificultades de una guerra frontal, el militar inglés ordenó rodear San Felipe y atacar al enemigo por detrás. Para su sorpresa, Blas de Lezo había cavado una profunda fosa en ese lado, impidiendo el acceso de los asaltantes y poniéndolos en una situación de absoluta inferioridad.

Dicen los historiadores que, con la tropa diezmada y el ánimo acabado, Vernon ordenó a sus hombres regresar a los barcos, mientras las flechas de seiscientos cartageneros llovían a sus espaldas; que el condecorado almirante inglés maldecía al “mediohombre” en su lamentable escapada; y que la vergüenza por la derrota fue tal que se prohibió hablar del suceso en ningún ambiente del Reino Unido.

Son pocos los que alguna vez – o nunca – hablan ya de la historia de esta ciudad; pocos los que entienden la relevancia de su sobrenombre de Heroica. Pues sepan que Cartagena de Indias fue otra Troya, pero no ardió, sino que resistió al invasor, y que un maltrecho comandante español que se supo cartagenero como ninguno lideró aquella gesta.

         

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noviembre
27 / 2015