El marlín del Pacífico, tras la pista del pez combativo

Los pescadores que se arriesgan a enfrentarse al marlín del Pacífico, un pez que necesita una ceremonia de técnica, conquista y paciencia similar al amor.
 
El marlín del Pacífico, tras la pista del pez combativo
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POR: 
Marta Orrantia

El artículo El marlín del Pacífico, tras la pista del pez combativo fue publicado en Revista Diners de junio 2012

No se parece en nada al Caribe. Sus playas no son de arena blanca y fina, sino de tierra oscura y rocosa, en el mejor de los casos, porque cuando la marea sube las esconde y solamente se ve la selva. No hay mujeres ofreciendo trenzas, ni masajes ni latas de cerveza helada, y la mayoría de las veces los únicos paseantes son los cangrejos.

El mar también es diferente. En el Pacífico no se bañan mujeres en bikinis fosforescentes, ni sus aguas son cristalinas y cálidas. Al contrario. Es un mar turbio, oscuro y denso, de olas gigantes, traicionero, con heladas corrientes que vienen del sur y que traen consigo algo mucho más maravilloso que cualquier tesoro: peces.

El arte de pescar

 

Los abuelos dicen que lo importante no es pescar, sino estar pescando, y en Bahía Solano es donde más cierto es ese refrán. A veces es tan imponente el paisaje que uno no quiere perder el tiempo preparando una caña, sino simplemente sentarse a mirar.

Kilómetros de manigua exuberante, peñascos fabulosos donde se estrellan las olas y, lo mejor, la fauna marina, que no hace necesario sumergirse para apreciar.

Así, en la superficie, en un día tranquilo, se pueden ver ballenas, delfines que acompañan las embarcaciones, mantarrayas de cuatro metros de largo, tortugas, culebras marinas y peces voladores, solo para nombrar algunas de las maravillas que existen en el mar.

Un paisaje perfecto para ir tras el marlín del Pacífico

En la tierra, el espectáculo no es muy diferente. Delgados hilos de agua dulce descienden de la cordillera y desembocan en el mar, así que casi cualquier playa cercana a Bahía Solano (empezando por el golfo de Cupica), tiene ríos poblados de camarones, cangrejos y peces de colores y, más adentro, en la selva, mariposas azules, loros, lapas y hasta el ocasional felino.

Quienes vamos a pescar podemos escoger entre atunes, sierras, dorados o meros, pero preferimos, siempre, el mayor trofeo del mundo: el marlín.

Casi todos los días de pesca son similares. Si queremos peces para comer, en las rocas de Piñas, un archipiélago de piedras donde juegan las ballenas jorobadas en los meses de agosto, son fáciles de conseguir. Sin embargo, si lo que buscamos es un marlín, es necesario salir mar adentro.

El cortejo del marlín

Las embarcaciones varían, por supuesto, y hay quienes tienen yates sofisticados con sonares submarinos para detectar peces, pero yo sigo prefiriendo las canoas de madera sencillas, comandadas por un boga que tiene los ojos tan entrenados que es capaz de ver a lo lejos un cardumen de peces, bien sea por las gaviotas que revolotean o por el leve cambio del color del agua.

Pescar un marlín es muy parecido a un cortejo de amor. Hay que ir siempre con las herramientas adecuadas, tener paciencia y saber seducir.

Las herramientas consisten en una caña especial para mar, con un carrete enorme y un nylon muy fuerte y su extremo, lo que los expertos llaman “curricán”, que es una imitación plástica de un pez, que termina en delgadas tiras blancas, azules y plateadas, y que en la oscuridad del mar y con el movimiento adecuado semeja un animal nadando.

Además de la caña, para pescar un marlín hay que tener un arnés, que es un chaleco con unos ganchos para sujetar la vara y una pipicera, que es una tabla que se pone en las piernas (o un poquito más arriba) y que ayuda a apoyar la caña durante la pelea.

¿Por qué capturar un marlín?

Lo siguiente es buscar al animal. El marlín es un pez muy inteligente que casi siempre anda solo. Le gusta jugar con su carnada antes de comerla, golpeándola con su poderoso pico hasta atontarla. Y, cuando se siente atrapado, su instinto lo obliga a sumirse en las profundidades del mar a veces hasta morir. Por eso en la pesca de marlín, como en el amor, es indispensable tener técnica y, curiosamente, la técnica es similar en ambos casos.

Las cañas vienen equipadas con una chicharra, que es una especie de alarma que suena cuando el marlín empieza a jugar con el curricán. Para el pescador, ese es el momento de armarse de todo el equipo, ajustarse el arnés y prepararse para una pelea que puede durar varias horas, dependiendo del peso del animal, que puede ser superior a los 400 kilos, y puede llegar a medir más de dos metros.

Todo un espectáculo ancestral

Cuando pica, los pescadores que saben, sueltan el freno, es decir, dejan que el bicho se vaya lejos, que se lleve el nylon, que huya. Recogen y vuelven a soltar. Casi siempre este juego viene acompañado de saltos del animal en los que se ve su cuerpo y su pico saliendo del mar y sumergiéndose, desesperado por soltarse.

La pesca es un deporte de paciencia, y en el mar, cuando cada animal hay que pelearlo durante mucho tiempo, es cuando se hace más evidente. El marlín termina entregándose, rendido, casi reconociendo que perdió la batalla, y ahí es cuando se puede traer al bote.

Ahora no se lo comen, solo se devuelve al mar

Hace muchos años, cuando no peligraba esta especie, los pescadores deportivos tenían la posibilidad de embarcar un marlín en su vida. Solo uno. Y disecarlo, colgarlo en la sala y hacer una fiesta en su honor. Ya no. Ahora todo lo que se pesca y que no se coma, debe ser devuelto al mar. Aunque el marlín se come, pero su carne es más bien insípida, y el precio ecológico que hay que pagar es demasiado alto.

El boga, armado con un guante, acerca el animal al bote para que uno pueda ver su trofeo. El marlín es un monstruo deforme, de pico largo, panza gigante y cabeza relativamente pequeña. Es más hermoso un vela, que resulta similar pero más flaco, con una aleta dorsal enorme, aunque no es tan impresionante porque la pelea para pescarlo siempre es más corta.

No es como en las películas

El marlín cambia de color, como casi todos los peces fuera del agua. Es azul y plata, como el color de las olas en la mañana, o a veces dorado y negro, como el atardecer, y sus ojos desorbitados pueden tener el tamaño de pelotas de squash. Una vez lo hemos contemplado, el animal se suelta para que se sumerja en las profundidades del mar.

El día de pesca termina en alguno de los refugios de pescadores cerca de la costa, a veces con un baño de agua dulce, un buen trago y las historias del día, y siempre con alguno de los platos típicos de la zona, como el mechado de atún o la sierra frita, acompañados de patacones.

La noche en Bahía Solano trae otro tipo de magia. Los ruidos de la selva, la lluvia, las estrellas y la luna llena son parte de un paisaje agreste, exuberante, de una belleza que no parece real. Aquí no importa la incomodidad o lo rudimentario del lugar. Esto, definitivamente, no es el Caribe. Aquí no se viene a buscar civilización sino una belleza virgen que es cada vez más difícil de encontrar.

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marzo
4 / 2021