Cómo llegar desde Bogotá a Quibdó en automóvil

En esta crónica descubrirá que un viaje de aventura, requiere de experiencia al volante para descubrir la magia de la región con mayor pluviosidad del planeta.
 
Cómo llegar desde Bogotá a Quibdó en automóvil
Foto: Arbey Rios en Pexels
POR: 
Andrés Urraza

Estás loco, me decían días antes mis amigos y familiares cuando les dije que viajaría por tierra de Bogotá hasta la ciudad de Quibdó. Y estás loco, me dijeron cuando regresé después de recorrer uno de los lugares más auténticos e inexplorados que he visto y por carretera. “Un loco muy cuerdo”, pensé después.

De tantas formas en las que se puede viajar, el carro es definitivamente la más romántica para recorrer un territorio. Las hambrientas ruedas de un moderno carruaje devorando carreteras sin descanso a voluntad de su jinete, producen una sensación de independencia como ningún otro sistema de transporte. Es un soplo de libertad que nos da la facultad para detenernos en cualquier lugar y apreciar un momento que jamás imaginamos, pero que siempre quisimos ver.

Así fue el viaje de Bogotá a Quibdó por carretera

Las llantas del vehículo empezaron a rodar una madrugada de abril con dirección a Medellín. Una estratégica parada era necesaria para descansar y preparar el siguiente tramo de carretera hasta la región con mayor pluviosidad del planeta: el Chocó.

No sé usted, amigo lector, pero cuando investigo acerca de algún destino y veo que dentro de sus atractivos es ser “el algo más del planeta”, mariposas empiezan a bailar descontroladas en mi estómago.

Un remolino de miedos y ganas dan rienda suelta a la ansiedad exquisita que me saca de la realidad inmediata para empezar a soñar despierto con la siguiente aventura.

La carretera colombiana estaba loca, como siempre…

De izquierda a derecha y de arriba para abajo, me hizo recordar que cuando niño mi estómago débil no era contrincante digno para los incesantes ires y venires de estas accidentadas vías. Kilómetros pasaban y canciones sonaban, el asfalto se arrastraba debajo del vehículo, cuando de pronto y al final de una subida se desplegó el panorama por entre las ramas de unos árboles.

Desde lo alto de aquella montaña pude ver a lo lejos cómo se abría paso el río Magdalena. Magnífico, el gigante serpenteaba por la interminable llanura verde. Parecía una gran costura entre el manto de tierra fértil que lo cubría todo. Una parada de varios minutos fue necesaria para apreciar tanta belleza.

Algo más de camino y la capital de Antioquia apareció de frente. Abundantes fríjoles seguidos de una buena cama para descansar fueron terapia suficiente para afrontar las ocho horas de camino desde Bogotá.

La llegada a Quibdó

Al día siguiente retomé las riendas de mi carruaje rumbo a lo desconocido: 238 kilómetros pintados en un deteriorado letrero de carretera ubicado en las afueras de Medellín era lo que me separaba de Quibdó y, cegado por experiencias anteriores, asumí que recorrer esta distancia me llevaría poco más de cuatro horas.

“Una carretera entre dos capitales no puede estar en tan mal estado”, pensé. Pero la vida me demostró, sabía, que las sorpresas son su regalo favorito.

A medida que me alejaba de la Ciudad de la Eterna Primavera, la vegetación se tornaba más espesa. Sus verdes profundos cubrían todo a mi alrededor, cascadas de agua cristalina se desplomaban desde lo alto y rebotaban desordenadas sobre el deteriorado carril formando pantanos.

Abismos seductores asomaban sus peligros en las ya incontables curvas, obligándome a mantener una postura y velocidad parecidas a cuando tenía 14 años y mi madre me enseñaba a manejar en el parqueadero de Unicentro. Diez horas de batalla incansable por entre la malograda trocha fueron necesarias para encontrar la capital del departamento del Chocó. Estaba exhausto.

Lo que me encontré al llegar

Llovía uniformemente en Quibdó. Casetas construidas entre palos y latas plasmaban una arquitectura improvisada tan cambiante como el cuerpo de la carretera que acababa de recorrer. Me llamó mucho la atención cómo el aguacero constante no era protagonista y las gentes hacían vida sin percatarse de que se estaban mojando. Supuse que al ser una de las regiones con más pluviosidad del planeta, lo raro era un día sin que las gotas cayeran.

A medida que avanzábamos, los fantasmas de una ciudad próspera de cuando descubrieron platino y oro en la región, asomaban sus figuras entre las deterioradas casonas coloniales.

Los conceptos modernos del arquitecto catalán Luis Llach Lagostera resaltan ya sin gracia entre las viejas estructuras de madera y zinc que pacientes esperaban un reemplazo. Media vuelta y una escultura monumental de estilo gótico se levantaba imponente.

La catedral de San Francisco de Asís se mostraba orgullosa ante la ciudad con sus verdes torres persas y sus coloridos vitrales. Este era el único edificio que parecía no envejecer en toda la ciudad. Recorrí las maltrechas calles durante horas buscando algo parecido, pero decadencia y humedad, cogidas de la mano, anticiparon mi llegada.

Con vistas al río Atrato en Quibdó

Un simpático malecón se estiraba a lo largo de la orilla del río Atrato, sirviendo de cómplice para que los vendedores de pescado seco terminaran sus jornadas de trabajo y volvieran a sus casas en la otra orilla, custodiados por el rojo cielo de la tarde.

Durante cuatro días recorrí varios municipios del Chocó profundo, lejos de cualquier destino turístico. Su aire macondiano daba un brochazo de romanticismo en todo lo que tocaba y sus apartados pero felices habitantes reflejaban que la vida se vive todos los días y que no hay nada de malo en ello.

El comercio protuberante de sus calles daba muestra de una raza pujante que se abría paso ante la mirada esquiva de un gobierno ausente, para mostrarme que ya era tiempo de decir adiós a la ciudad que estaba en medio de la selva y volver a la selva que estaba en medio de la ciudad.

Mi viaje a Quibdó en cifras:

Tiempo de conducción: 9 horas y 30 minutos

Gasolina: 200.000 mil pesos con un vehículo de motor 1.6. L

Peajes: 6 peajes hasta llegar a Quibdó con un coste promedio de $15.000 pesos, en total fueron 75.800 con precios actualizados a 2024.

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febrero
23 / 2024