Breaking Borders: conozca la historia de reconciliación de las pandillas del barrio Egipto

Descubra el renacimiento del barrio Egipto, en Bogotá, a través de Breaking Borders, una iniciativa de turismo liderada por ex-pandilleros
 
Breaking Borders: conozca la historia de reconciliación de las pandillas del barrio Egipto
Foto: Fotos Camilo Medina Noy
POR: 
Simón Granja Matias

Cuando las noches están despejadas en el barrio Egipto, las estrellas se ven más cerca. Monkey sueña con poder brincar y robarse por lo menos una. Pero no, él ya no roba. Hoy está parado en el andén que lo vio crecer, en el que se cayó montando patineta, donde sangró cuando le dispararon, donde vio morir a sus hermanos y socios de pandilla, en el que decidió cambiar su vida delincuencial para hoy contar sus historias y las del barrio a turistas con la iniciativa Breaking Borders. 

Y ahí está Monkey, que nos recibe con un saludo callejero y una sonrisa. La entrada es la iglesia Nuestra Señora de Egipto, que le da el nombre al mismo barrio. El trayecto parte desde ahí hacia arriba. “En la juega”, dice sonriente Monkey. “No hay mejor vista de Bogotá”, asegura este hombre mientras señala el paisaje: se ven el centro, la torre Bacatá y la Colpatria, y un reguero de edificios que se pierden con los contrastes de luz. 

Monkey recibe a los turistas para contarles las historias de cómo era la vida de las pandillas en el barrio. Foto. Camilo Medina Noy.

Estamos en el barrio Egipto, ese mismo en el que hace unas décadas los muertos por la guerra de pandillas se contaban por cientos, sobre todo en la década de los noventa, cuando fue supremamente violenta, aun cuando la historia de pandillas en este barrio se remonta al Bogotazo. Incluso antes, puesto que este es el segundo barrio más antiguo de Bogotá, fundado después de La Candelaria. Ya desde su origen la exclusión empezó a evidenciarse, pues el primer acueducto, que funcionaba por gravedad y que alimentaba de agua a la ciudad, se construyó debajo de Egipto. Desde ese entonces, fue un barrio que ni agua merecía.

El territorio está dividido en fronteras. Monkey nos explica que la primera es la de la avenida Circunvalar, que divide a Egipto Alto de Egipto Bajo. “En el Egipto Bajo hay hoteles, restaurantes, museos…; hay de todo. En cambio, en el Alto no hay nada; bueno, estamos nosotros, que hemos sido nada para la sociedad”, comenta. Las otras fronteras son invisibles, marcadas por los territorios que cada pandilla controla: la Novena, la Décima, la 21 y la Parejo. 

“Ustedes están con la Décima, con la mía, son de mi parche. A nosotros nos decían Los Pilos, porque el jefe de la banda era repilo. Pero al man lo mataron y entonces nos empezaron a llamar Los Pochos. Pero ahora somos los Breaking Borders”, dice Monkey. Esta iniciativa le apuesta a un turismo diferente, en el que a través de un recorrido guiado por expandilleros se les va contando a los turistas, a partir de cada uno de los grafitis que hay en el barrio, la historia de conflicto y paz del territorio. 

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En la parte más alta del barrio se encuentra el mural de la Virgen de Guadalupe. Antes, a los muertos de la guerra de pandillas los velaban en ese sitio. Foto. Camilo Media Noy/ Diners.

Así nació Breaking Borders

La idea de dedicarse al turismo surgió en 2012, cuando Jaime, conocido como Calabazo, estaba en la cárcel y habló con un paisa que le contó sobre lo que estaba sucediendo en la Comuna 13. Cuando salió de prisión, habló con Andrés, el Pato, y fueron a la Universidad Externado de Colombia a contarle al rector que querían dedicarse al turismo. La institución, interesada en apoyarlos, decidió motivar esta iniciativa y fue así como Los Pilos se montaron en este proyecto que hizo su primer tour en 2016, y luego, con el apoyo de Impulse, un emprendimiento turístico que promueve los destinos de paz, empezó a coger más fuerza y hoy lleva a extranjeros hasta este barrio. 

“Lo que queremos es paz, que al barrio vengan los turistas y la doña pueda vender sus empanadas, la veci la chicha, los muchachos sus artesanías. Que vean los grafitis, que conozcan nuestra historia”, explica Monkey. 

“Síganme por acá, muchachos”, nos dice, y comenzamos a subir por las empinadas calles del barrio. Los grafitis empiezan a aparecer. “Este era nuestro cuartel; acá tomábamos, fumábamos y estábamos en la jugada del campanero. Cuando veía turistas, nos avisaba; entonces cogíamos los fierros y les caíamos”, señala, para luego aclarar: “No, pero ya no vamos con eso. Ahora preferimos traer a esos gringos acá, les mostramos las historias callejeras, las de verdad, la otra cara de esta ciudad; la mayoría son unos bacanes. A mí me encanta esto del turismo”, cierra con una sonrisa y nos pide que lo sigamos. 

“Esto que ven en la pared son impactos de bala, y cada uno tiene un nombre. Este dice ‘Rolando’, que era mi hermano, un zurdo bueno para el fútbol. Lo mataron en la cancha por ganar un campeonato. No había cumplido los 20 años”, recuerda Monkey, quien tuvo diez  hermanos, de los cuales ahora solo le quedan seis. 

“La mayoría de los que murieron acá no alcanzaron a sacar la cédula”, cuenta Monkey, cuyo nombre de nacimiento es Juan Carlos, pero nadie lo llama así; todo el mundo lo conoce con el alias de cuando estuvo en la pandilla. Lo nombraron así porque le gusta hacer ejercicio, saltar, brincar, boxear, correr… 

Los grafitis los empezaron a pintar en 2016 y ahora casi no hay pared que no tenga uno,  acompañado además por una frase o una palabra que refleje lo que el barrio ha vivido. Por ejemplo, está el de Bellboy, el campanero: “Era un socio muy confiado, siempre le decíamos que tenía que estar en la jugada… Pero un día se le fue el balón y cuando volvió le pegaron doce tiros, uno por cada año de vida. Por eso el grafiti se llama Sueños perdidos. La vida no es un sueño y la guerra no es juego”, asegura Monkey, y yo le digo que también es poeta. “Gracias, pero a mí me gusta pintar y trabajar con la madera”, puntualiza. 

Estamos en la calle 10 # 4A. “El 10 es la mejor nota”, comenta Monkey. “A este lado había un bar; venían turistas, nos tomábamos unas chichas con ellos y jugábamos bolirrana. Pero la pandemia cerró todo esto y ha sido difícil recuperarlo”. 

De hecho, desde la pandemia el turismo en el barrio ha bajado, cada vez es más difícil que vengan visitantes. Este es un ecosistema frágil, que pende de un hilo, y de ese hilo parece que pendiera no solo un emprendimiento, sino también el futuro de personas que ahora le apuestan a la paz pero que por su pasado viven bajo la espada de Damocles. “Necesitamos que esto del turismo funcione para sacar adelante a nuestra comunidad”, manifiesta Monkey.

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En el lugar donde antes la pandilla se reunía a planear sus crímenes ahora hay un grafiti que siembra esperanza. Foto. Camilo Medina Noy/ Diners.

Ahora llegamos a la oficina de Breaking Borders. “Welcome to my office”, brinca Monkey, quien está aprendiendo inglés; sus compañeros de Breaking Borders también están aprendiendo otros idiomas, como francés y alemán. Muchos de los que comenzaron en el proyecto se han ido al exterior; quedan unos seis, y esperan que más personas de la comunidad se les unan. Monkey nos muestra su oficina, un espacio vacío con un grafiti que representa a una semilla que va creciendo:  “Esperamos que en unos años seamos un bosque de oportunidades para nuestra comunidad”. 

Al finalizar la calle empedrada se encuentra la Fundación Buena Semilla, que se dedica a trabajar con las madres de la comunidad en la elaboración de telares de alto nivel, y también en el taller de madera donde los expandilleros hacen artesanías, como rompecabezas. “Yo hice el de una familia de monkeys”, nos muestra orgulloso.

Antes, por esa calle por la que pasábamos, la costumbre era ver subir ataúdes hasta el mural de la Virgen de Guadalupe, donde los pandilleros paraban el cofre, lo abrían para que el muerto viera Bogotá, le metían un manojo de marihuana, le echaban aguardiente, le ponían mariachis y disparaban al aire. “Eso era severa plomacera”, recuerda Monkey. 

Hoy, el barrio Egipto pasó de tener 90 muertos por homicidio al año a uno solo. Hoy, por sus calles no suben muertos, suben turistas. Hoy, el Egipto es un barrio donde hay grafitis que dicen: “Sea tan feliz que no sabe si vive o sueña”. 

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julio
3 / 2024