Viotá, el destino a dos horas de Bogotá ideal para caminar, tomar café y hablar de paz y perdón

A poco más de dos horas de Bogotá se encuentra Viotá, un municipio de Cundinamarca azotado durante décadas por la guerra, pero que hoy se constituye en uno de los mejores ejemplos de reconciliación del país.
 
Viotá, el destino a dos horas de Bogotá ideal para caminar, tomar café y hablar de paz y perdón
Foto: Paisaje de Viotá, municipio de Cundinamarca a dos horas de Bogotá. / Foto. Camilo Medina Noy/ Diners.
POR: 
Simón Granja Matias

Tiene el pelo trenzado, se mete un dedo en la boca, y mueve los pies en las puntitas de lado a lado: “Bienvenidos todos al Sendero el Cardenal, Viotá, mi nombre es Mara y…”, mira al papá tímidamente, “y…”, y “dígales que bienvenidos, mamita”. “Y bienvenidos, gracias”. Todos le aplauden y ella se esconde detrás de la pierna de su papá, quien sin esfuerzo la alza con una sola mano orgulloso, la besa y la acaricia con la ternura que jamás me iba a imaginar que este hombre que hizo tantas cosas en su pasado fuera capaz de expresar.

Mara es el nombre no solo de su hija, sino también de la paz de Carmelo. Y es en ese abrazo donde se entiende todo, donde se resume el porqué de todo lo que vivimos este fin de semana en Viotá, Cundinamarca, un pueblo de 20,800 hectáreas y más de 13,000 habitantes.

La bienvenida de Mara es a un grupo de turistas que vinieron a vivir la aventura de Viotá: disfrutar de sus extensos y hermosos paisajes, deleitarse de una experiencia cafetera campesina, caminar por los senderos verdes rebosantes de vida, que antes pertenecían a la guerra y que hoy pertenecen a los campesinos, y escuchar las historias de resiliencia y reconciliación de esta tierra que durante décadas vivió una intensa guerra pero que hoy es territorio de paz.  

Cuando sirven el café en Viotá

La abuelita Mercedes observa pensativa desde su sillón a los turistas. La pared de la cocina es negra, absolutamente negra del humo de décadas que se ha ido acumulando en las paredes de piedra. Ella también ha ido acumulando, pero recuerdos: esa casa, por ejemplo, la construyó su papá hace más de 100 años, las tablas que él puso aún sostienen esta finca cafetera pese al pasar del tiempo y de la guerra.

“La abuelita es la única que sabe hacer esto, yo lo he intentado mil veces pero siempre se me riega todo el café”, dice don Carlos Gómez y la llama para que haga su magia. Ella es la encargada de soplar el café, quitarle la cascarilla al ritmo del viento. 

El olor a café tostado empieza a levantarse en forma de humo y a envolver a cada uno de los presentes que descansan en el balcón. Este es un grupo variado de turistas el que asiste hoy a la visita de la Hacienda Castillo en la vereda del Alto Ceylan.

Una vez está todo tostado, don Carlos regresa con el café ya listo para filtrarlo en la famosa “media” en una ollita vieja. No hay mejor café que el que se prepara así. Cada uno recibe su taza y el cansancio de dos días de aventura se desvanece, por lo menos por ese instante.

Carlos Castillo, vicepresidente de Asoturhepaz, y uno de los guías de la caminata. Foto . Camilo Medina Noy/ Revista Diners.

Hacía tan solo unas pocas horas, el grupo estaba internado en el cafetal. Don Carlos y su tocayo, Carlos Castillo, líder comunitario de Viotá, vicepresidente de Asoturhepaz -organización civil dedicada a la construcción de paz desde el turismo- y quien ha acompañado la aventura desde el día anterior, tuvieron la idea de poner a competir a los turistas: “quien recoja más café gana”.

Cada uno había sembrado antes su propia mata de café, aunque en realidad fue don Carlos quien abrió los huecos con el azadón. Esa misma mañana la mano de don Carlos ya había sido protagonista cuando estrechó la mano de José del Carmen Biracua Chicua, más conocido como Carmelo, presidente de Asoturhepaz.

Ahí están, estrechando sus manos, pero hace unos años podrían estar enfrentándose. Ambos son nacidos, crecidos y criados en Viotá, pero las bifurcaciones de la vida los enviaron por caminos opuestos: a Carlos por el Ejército y a Carmelo por la guerrilla. Sin embargo, hoy, ambos trabajan por un mismo objetivo, que Carlos resume así: “Vivir en paz, mano; eso es lo único que queremos. Mire esta tierra”, dice, y señala hacia el horizonte. “Esta tierra, estos árboles, estas plantas, los campesinos, todos merecemos disfrutar de esto y vivir en paz; por eso trabajamos juntos, con el fin de alcanzar ese único objetivo”, dice el hombre.

Una de las actividades es prender una hoguera en la noche y hablar sobre reconciliación, perdón y paz. Foto . Camilo Medina Noy/ Revista Diners.

Por ese mismo objetivo es que ahí encaja Apata, un proyecto que le apuesta a unir al país por medio del turismo comunitario y en específico con una apuesta muy fuerte por aquellos proyectos turísticos que hayan surgido en el marco del postconflicto.  Viotá, por ejemplo, es un proyecto creado por los firmantes del acuerdo de paz, víctimas y campesinos que decidieron apostarle a la construcción de paz desde el turismo. Y Apata entra como aliado para atraer más personas y aportar ciertos factores importantes como la seguridad: todos los viajeros van asegurados, y además el guía, en este caso David, es un médico paramédico dispuesto y preparado para cualquier eventualidad que pueda suceder en el trayecto.

Un destino de paz

El día anterior a la colecta de café, el sábado, salimos temprano de Bogotá en una buseta contratada por Apata con destino a Viotá. Son poco más de dos horas de recorrido hasta el hotel. Recorrimos un camino sinuoso y rocoso durante más de 30 minutos hasta llegar a una casa enorme con una piscina casi desocupada. El lugar tiene 10 habitaciones, la noche cuesta 40 mil pesos con desayuno incluido. Aunque si usted va con Apata no tiene que pagar nada adicional porque todo está incluido en el total de la experiencia: 390,000 pesos.

Este camino tiene mucha historia porque ha sido un camino de lucha y resistencia indígena y campesina, fue paso de guerrilla, de mucho sufrimiento y guerra. Por allí pasaban armamento, remesas y secuestrados. Hoy, sin embargo, esa narrativa ha cambiado porque como dice Carmelo, “ahora es un sendero de paz, de reconciliación y perdón, y por supuesto, de no repetición”.

A sus 55 años, Carmelo, que mide más de 1.80, pisa fuerte, pesado, deja huella en el barro más profunda que el resto. Tiene ojos pequeños y cara grande. Carga con su machete en el cinto y su poncho en el hombro. Se está recuperando de una gripe y dice que la caminata le sentará bien mientras tose fuerte y seco.

Esta es una caminata que puede tomar cuatro horas y se hace, primero, entre los potreros y pastizales de fincas en la falda de la montaña, posteriormente el camino empieza a ser más difícil entre el monte, pero siempre acompañado por agua, plantas, pájaros, cascadas, quebradas y árboles majestuosos. 

Después de más de dos horas de caminata, con la ropa ya sudada, las botas enlodadas y los rostros enrojecidos, llegamos hasta el ex campamento guerrillero Lucho Herrera. “EX campamento”, dice con énfasis Carmelo, quien se apoya en un árbol de limón y mira los palos que sostienen unos techos de plástico negro.

“Acá pasé mucho tiempo. Recuerdo cuando desde ese lado nos ametrallaron, llegó un helicóptero porque alguno de los nuestros habló y dio las coordenadas”, dice Carmelo mientras señala entre los árboles.

Este campamento lo nombraron Lucho Herrera porque fue hasta este lugar a donde llevaron secuestrado al reconocido y orgullo nacional ciclista Lucho Herrera. “Yo estuve al frente de la operación, lo secuestramos en su casa en Silvania, al otro lado de la montaña, y nos lo trajimos hasta acá”, dice. El secuestro del ciclista duró 24 horas. 

“¿Si tuviera a Lucho al frente, qué le diría?”, le preguntan. “Que me perdone, que yo cumplía órdenes, que era él o yo”, responde. En el ex campamento hay una sensación distinta, casi como si la temperatura hubiera bajado. 

“Hacíamos tanta limonada, que mire, ese árbol de limón es por las semillas que lanzábamos”, dice contento. Sigamos.

El silencio se mantiene, puede ser el cansancio. Ya vemos la cumbre. El bosque empieza a encogerse y el cielo a abrirse hasta que se rompe en un horizonte eterno. Es el filo de la montaña desde el que se ve todo el valle, a lo lejos el pueblo de Viotá. En la parte más alta hay una casita de madera con una bandera blanca que no para de ondear. Llegamos.

         

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febrero
1 / 2024