Montreal, un recorrido otoñal en Canadá

La ciudad más grande de la provincia de Quebec, en Canadá, ofrece muchas dosis de cultura, gastronomía de diversas partes del mundo y decenas de parques para recorrer a pie o en bicicleta. Diners viajó hasta Montreal y le cuenta todas las novedades.
 
Montreal, un recorrido otoñal en Canadá
Foto: Panorámica del viejo puerto de Montreal. Foto cortesía The Biosphere /
POR: 
Sandra Martínez

Caminar, caminar y caminar. Ese fue mi mantra en este viaje de seis días por Montreal, la ciudad más grande de la provincia de Quebec y la segunda más poblada de Canadá, después de Toronto. Montreal es la capital cultural de este país norteamericano, cuna del mejor festival de jazz del continente, y lugar de nacimiento de grandes artistas, como Leonard Cohen y Celine Dion.

Según mi celular, caminé más de 90.000 pasos durante los seis días que estuve en esta isla, ubicada en el archipiélago de Hochelaga, donde confluyen los ríos San Lorenzo y Ottawa, justo al suroeste de Quebec. Montreal es también una de las cinco ciudades francófonas más grandes del mundo, lo que, sin duda, le da un toque diferente a la experiencia.

La ciudad tiene una historia particular. La isla la descubrió en 1535 el francés Jacques Cartier, pero solo hasta 1642 Paul de Chomedey, señor de Maisonneuve, fundó la ciudad, llamada en ese entonces Ville-Marie. Los franceses gobernaron hasta 1760, cuando se rindieron ante los británicos. A principios del siglo XIX, Montreal era un puerto importante en Norteamérica, gracias a la apertura del canal Lachine. Nombrada capital de Canadá en 1844, solo mantuvo esa posición durante cinco años, pero se consolidó como un centro financiero, comercial e industrial del país. A finales de la década de los sesenta, en el siglo XX, se empezó a gestar en Quebec lo que se conoció como la Revolución Silenciosa, un periodo de fuertes cambios sociales y políticos, caracterizado por la secularización del gobierno, la creación de un estado de bienestar y el fortalecimiento de un partido separatista. Paralelamente, esto  provocó que decenas de empresas y jóvenes se fueran de la ciudad para Toronto.

Hoy en día, el idioma oficial es el francés, y la calle Saint-Laurent Boulevard, más conocida por sus habitantes como the Main, recorre la ciudad de norte a sur y la divide en zonas: en unas está ubicada la comunidad anglófona y en otras, la francófona. Sin embargo, es una ciudad donde conviven cerca de cuatro millones de habitantes con personas migrantes de muchas nacionalidades que hablan tanto francés como inglés en sus calles. Es, sin duda, una mezcla singular. 

El silencio de Montreal

Llegué sola al centro de la ciudad, a las ocho de la noche, un viernes de mediados de septiembre. Hacía calor, de ese que es húmedo y se pega en la piel. Pero lo primero que captó mi atención fue que los decibeles disminuyeron drásticamente en todo el sentido de la palabra: la gente habla más bajo, la música suena con menos intensidad, los carros no pitan enloquecidos. Hay silencio en muchas partes. Omar, el taxista que me llevó al hotel, era un nigeriano que llevaba catorce años en la ciudad, pero que no tenía muchas ganas de conversar conmigo. En menos de 25 minutos me dejó en la puerta del hotel.

montreal de noche
Foto Stéphan Poulin, cortesía Oficina de Turismo de Montreal

Desde la habitación del cuarto se podían apreciar las luces de la ciudad y las decenas de edificios del downtown. Hay una curiosa norma y es que, técnicamente, no se pueden construir edificios de más de 233 metros, que es justo la altura de la montaña más elevada de la ciudad, el Mont Royal. No se veía mucha gente por esas calles, pese al buen clima. Yo, con muchas horas de viaje encima, y después de estar a punto de perder la conexión en Toronto, solo quería descansar. Y así lo hice.

Arte en sus calles

A la mañana siguiente caminé hasta Oasis Immersion, un proyecto que combina arte y tecnología en el Palacio de Congresos de la ciudad. Vale la pena señalar que Montreal es  pionera en el tema, además de que existen varios estudios de arte digital, así como festivales y asociaciones, que apoyan este ecosistema creativo.

El clima estaba estupendo; caminé por el centro, que curiosamente tiene muchas vallas naranjas (la ciudad siempre está en constante arreglo, según me dijeron varios de sus residentes); visité coquetas plazas —la mayoría de las cuales huele a cannabis, de venta libre en el país desde 2018—, como la plaza Victoria, donde se encuentra una estatua de la reina Victoria, y justo al frente está la puerta de una entrada original del metro de París, obsequio de Francia a la ciudad en la Exposición Universal de 1967 (Expo 67).

The Ring Montreal
Foto Stéphan Poulin, cortesía Oficina de Turismo Montreal

Entré a la catedral de María, Reina del Mundo, inspirada en la basílica de San Pedro, en Roma, donde el cura estaba justo dando misa en francés y había tan solo un puñado de filipinos devotos; me detuve a tomar fotos a los murales y esculturas, que también hay por todo lado, como The ring, la más reciente instalación artística de la ciudad, un aro elaborado en acero que tiene 30 metros de diámetro, se ilumina en la noche y simboliza la conexión de la ciudad con los visitantes. Finalmente, entré a ver la exposición inmersiva de Vincent van Gogh, una muestra muy poética, con música e imágenes inmersivas de sus principales obras, exhibidas en tres salones.

Luego me encontré con un periodista colombiano que vive desde hace trece años en Montreal, quien me invitó a un café y un sándwich en un acogedor restaurante de Outremont, el barrio aristocrático francés. También es una zona donde se encuentran muchos judíos jasídicos. Como era sábado, vimos a varios en las calles luciendo sus trajes oscuros y sus shtreimels, esos sombreros circulares de piel que se ponen los hombres casados; dimos una vuelta en carro por los alrededores para apreciar las mansiones de la zona, las sedes de la Universidad de Montreal y el oratorio de San José, el templo católico más grande de Canadá.

Un domingo frío en Old Montreal

La ciudad cambia con el clima drásticamente. Ese día el cielo estuvo gris, llovió todo el tiempo y el calor se desvaneció por completo. Tomé el metro para ir a conocer el complejo construido para los Juegos Olímpicos de 1976, que ahora acoge varios lugares, como el Planetario, el Insectario, el Jardín Botánico y el Biodome. Entré solo a este último, ubicado en el antiguo velódromo, donde ahora se recrean varios hábitats del mundo, como el Polo Norte y la selva amazónica. Quizás, si no hubiera hecho tanto frío, habría caminado más para conocer los otros espacios, pero preferí tomar el metro para ir hasta el Viejo Montreal, una parte de la ciudad que estuvo a punto de desaparecer, pero que lograron conservar.

montreal otoño
Foto Jean-François Savaria, cortesía Oficina de Turismo de Montreal

 Y afortunadamente lo conservaron. Es una zona que tiene un aire mucho más europeo, la mayor parte llena de cafés, restaurantes y museos; en este punto me llamó la atención otra de sus iniciativas artísticas, la Cité Mémoire, un proyecto que se enfoca en la historia de la ciudad, contada por medio de los muros de los edificios. Una imagen se refleja en la pared, la música suena y a través de una app que uno descarga se escucha una historia determinada. ¡Impresionante!

Seguí caminando hasta el viejo puerto, y tomé el Bateau-Mouche, un crucero que en una hora recorre el río San Lorenzo y permite apreciar la ciudad desde el agua. Su guía, una joven mujer de ascendencia china, hablaba primero en francés y luego en inglés. Desde ahí se podían ver el imponente puente Jacques Cartier, los silos abandonados, la fábrica de la cerveza Molson, Habitat 67 —un complejo de apartamentos de diferentes tamaños y configuraciones, diseñado por el arquitecto Moshe Safdie en la década de los sesenta y que ahora, según la guía, ya no se alquilan sino solo se venden a partir de un millón de dólares— y el Jean Drapeau, un parque en la isla de Santa Helena con un domo en el centro. Es, sin duda, un lindo paseo para contemplar la ciudad. 

Lunes de parques

A la mañana siguiente me obsesioné con ir al parque Jean Drapeau, porque desde el Bateau-Mouche se alcanzaba a ver una estructura increíble llamada The Biosphere. Una vez que el sol regresó, tomé el metro. Me sorprendió lo vacías que estaban las estaciones. Eran las diez de la mañana. “¿Dónde está la gente?”, me pregunté varias veces.

En el parque, todo estaba cerrado; desde la oficina de atención al público, la piscina, la cafetería, hasta The Biosphere, un museo dedicado al agua y al medio ambiente, abierto en 1995, aunque la estructura que se veía desde el barco se creó para el pabellón de Estados Unidos en la Exposición Universal de 1967.

 Únicamente había un par de turistas despistados tomándose fotos. Decidí caminar por los espesos bosques sola, porque Montreal, en general, es una ciudad muy segura. En el parque se pueden apreciar varias esculturas —hay hasta una del artista estadounidense Alexander Calder llamada Hombre— y la vista de la ciudad desde el río es preciosa; existen senderos para montar en bicicleta, y si uno atraviesa un puente llega a otra isla, Notre Dame, que es artificial y que construyeron con los residuos de las excavaciones del metro subterráneo. Esta isla es famosa, además, porque aquí se celebra el Grand Prix de la Fórmula Uno y está el Casino de Montreal.

Mont Royal y “AURA”

El martes salí en grupo a una excursión en carro hacia el parque Mont Royal con Anne Louise Fourtin, una guía canadiense que hablaba perfecto español. Fourtin nos explicó más detalles de la ciudad y cómo, históricamente, un puerto siempre atrae comercio, inmigración y mezcla.

Al pasar por el barrio Quartier des Spectacles, donde se llevan a cabo la mayoría de los festivales y están las salas de teatro, los bares y los cines, ella nos explicó un detalle que desconocía: en los años veinte no hubo prohibición de alcohol en Montreal, lo que hizo que muchos afroamericanos vinieran a la ciudad a divertirse y a tocar jazz. Ese género musical se fue asentando poco a poco en la ciudad, hasta el punto de que el Festival Internacional de Jazz de Montreal, que se celebra entre junio y julio desde 1980, es reconocido como uno de los eventos de música más grandes e importantes del mundo.  

El tráfico estaba muy pesado, pero ya al llegar al parque comenzamos a caminar. Diseñado por Frederick Law Olmsted, el mismo paisajista que hizo el Central Park de Nueva York, Mont Royal es el parque más popular de la ciudad. Subimos hasta el mirador de Kondiaronk, desde donde se tiene una panorámica increíble de la ciudad.

parque mont royal
Foto Alison Slattery, cortesía Oficina de Turismo de Montreal

Después fuimos a uno de los barrios más lindos que visité en esta ciudad, el Plateau-Mont Royal; es el barrio bohemio y cultural de Montreal, con casas de estilo victoriano pintadas de colores por los inmigrantes portugueses y un mural de uno de los más célebres artistas de la ciudad, Leonard Cohen, fallecido en 2016; hay librerías, galerías, cafecitos, restaurantes acogedores y múltiples iniciativas de agricultura urbana, la más llamativa fue la de unos vecinos que decidieron convertir sus garajes en un inmenso jardín comunitario. Posteriormente, fuimos a almorzar un bagel en el tradicional St-Viateur Bagel, que lleva preparándolos desde 1957; estos panecillos son famosos en la ciudad porque son crocantes por fuera y suaves por dentro, ya que se sumergen en agua con miel antes de hornearlos en leña.

Luego nos dirigimos a la Milla de Oro, la calle donde se encuentran las boutiques más lujosas y también el Museo de Bellas Artes de Montreal, el más grande de la ciudad. El museo tiene una colección de cerca de 43.000 piezas, que abarcan desde el mundo antiguo hasta hoy, pero justo tenían abierta “El universo en tus manos”, una bella exposición sobre los pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Para finalizar el día, justo antes de las seis de la tarde, llegamos a ver “Aura” en la basílica de Notre Dame, la primera iglesia neogótica de Canadá. “Aura” es un espectáculo de luces y sonidos de 40 minutos, creado por la empresa Moment Factory para celebrar los 375 años de la ciudad. Y la verdad es que resulta muy conmovedor de ver, quizás por lo bello y espiritual del espacio.

La ciudad subterránea, Time Out Market y la rueda mágica

El clima es impredecible en la ciudad. Por eso es mejor revisar las páginas de pronóstico del tiempo con regularidad. Este día volvió a llover y tuvimos que cancelar el plan de ir en bicicleta por el canal Lachine.

Sin embargo, sentía una infinita curiosidad por explorar la ciudad subterránea, más conocida como RÉSO (palabra homófona de réseau, que significa red). Y es que es una red de 33 kilómetros que conecta estaciones de metro, centros comerciales, restaurantes, empresas, hoteles, y que, obviamente, se suele utilizar mucho más durante los meses de invierno, donde las temperaturas pueden descender hasta 30 grados bajo cero. Entré a la estación de metro Bonaventure y seguí las flechas; lo primero que sentí fue un golpe tibio sobre la cara por la calefacción —afuera hacía frío, pero no tanto—; empecé a caminar por los pasillos del metro, luego por unas oficinas completamente vacías, bajé unas escaleras eléctricas y salí a una cafetería; seguí por pasillos sin mucha gente, hasta que sentí un profundo desespero de no poder salir de esta especie de túnel infinito.

Claro, eran las once de la mañana, y prefería sentir el viento en la cara, contemplar el cielo y observar a la gente caminando. Salí por la primera puerta que vi, aunque no dudo que si estuviera en invierno, el RÉSO sería de las cosas que más se agradecen en la vida.

bicicleta montreal
Foto Freddy Arciniegas, cortesía Oficina de Turismo de Montreal

Afuera lloviznaba y hacía viento, pero me sentí feliz. Caminé sin perderme por la calle Sainte-Catherine hasta llegar a Eaton Centre, uno de los centros comerciales más importantes de la ciudad y donde está el Time Out Market, lugar creado por la famosa guía británica de ciudades del mundo. Los editores eligen los mejores restaurantes de la ciudad, con precios más asequibles. No es un hall de comida cualquiera; está organizado, es limpio y con un diseño minimalista pintado en negro y gris. Uno puede encontrar desde el típico poutine (papas fritas, queso poco curado y salsa de carne) o el tradicional sándwich de carne ahumada de Quebec, hasta comida española, asiática o de la India. Además, está dividido por espacios: en uno se puede escuchar música, otro es para las familias que vienen con niños y otro para quienes prefieren comer en silencio.

A las tres de la tarde ya había salido el sol de nuevo y decidí repetir la experiencia del Bateau-Mouche. La primera vez lo había hecho con mucho frío y lluvia, pero ahora la ciudad resplandecía. Eso cambiaba todo. Estaba la misma mujer de ascendencia china, que repetía el discurso del domingo palabra tras palabra. Tomé una soda helada, me puse un sombrero y caminé más por el viejo puerto, hasta subirme a la rueda de Montreal, para ver la ciudad desde las alturas. La atracción, que abrió sus puertas en 2017, tiene una altura de 60 metros.

Regresé al hotel caminando entre las calles zigzagueantes del Viejo Montreal, ya con los pies adoloridos.

Jueves de spa

Mi último día en la ciudad no podía terminar de una mejor manera: en un spa nórdico instalado en un barco anclado en el viejo puerto. El lugar se llama Bota Bota, se inauguró en 2010 y la idea es sencilla: repetir entre tres y cuatro veces un circuito de agua en la siguiente forma: primero, quince minutos de calor en el sauna o en los baños de vapor; luego, de quince a sesenta segundos en una piscina fría, y después, 20 a 30 minutos de relajación en alguna de las hamacas o zonas de descanso. A esto hay que agregarle dos reglas fenomenales del sitio: hay que dejar el celular en la entrada y no se puede hablar durante la experiencia.

spa bota bota
Foto Ludovic Jacome, cortesía Oficina de Turismo de Montreal

Para mí, es el modo perfecto para desconectarse y descansar la mente. Vi a varias personas escabullirse al poco tiempo por no poder hablar, pero algunas veces es necesario el silencio y no estar revisando las redes sociales cada dos minutos; a mí me encantó. Luego fui a comer algo ligero en el restaurante del spa.

En la tarde, tomé un taxi del hotel al aeropuerto. El conductor era un hombre alto y fornido, proveniente de Beirut (Líbano). Nunca supe su nombre, pero llevaba más de veinte años en la ciudad. Había un trancón inimaginable. Me dijo que vivía contento en Montreal. “Todo lo hago porque mis dos hijos estén bien”, y después guardó silencio el resto del trayecto.

Consejos viajeros:

-Hay varias aerolíneas que salen de Bogotá a Montreal. Air Canada ofrece tres vuelos directos semanales: lunes, jueves y sábado.

-Los colombianos necesitan visa para ir a Canadá. Lo ideal es gestionarla con tiempo.

-Una buena idea es adquirir el pasaporte MTL en la Oficina de Turismo de Montreal, que le permite tener acceso a varias diversiones y descuentos desde 80 dólares canadienses.

-Las mejores estaciones para ir son verano y otoño, que es cuando se celebran la mayoría de los festivales.

Dónde dormir en Montreal

Marriott Montreal Chateau Champlain

Recientemente renovado, cada habitación de este hotel tiene unas ventanas en forma de medialuna con una vista inigualable del centro de la ciudad. Si va en verano, disfrute de la terraza Belvu, que cuenta con una interesante carta; puede pedir una hamburguesa elaborada con carne wagyu, de origen japonés.

 Además, tiene acceso directo a una estación del metro y queda cerca de muchas atracciones, como el Bell Centre, donde se juegan los principales partidos de hockey, un deporte que también nació en esta ciudad.

Fairmont The Queen Elizabeth

Este hotel, con 950 habitaciones, también fue recientemente restaurado, sin dejar su aire original de los años sesenta. Ubicado a una cuadra de la calle Sainte-Catherine, acaba de lanzar una suite inspirada en Barbie, la famosa muñeca de Mattel. Dos habitaciones, con cocina, sala y comedor, en tono rosa, por 1.500 dólares la noche (si lo prefiere, también puede alquilarla solo para una fiesta con amigas). Justo al frente de esa misma habitación está la suite de John Lennon, famosa porque fue allí donde el cantante británico grabó Give Peace a Chance en 1969, mientras descansaba en la cama con Yoko Ono.  

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noviembre
10 / 2023