Crónica de un viaje por el inexpugnable tapón del Darién

Crónica de un viaje a través de una de las fronteras más herméticas del mundo: el paso del continente centroamericano al sudamericano por el inexpugnable tapón del Darién.
 
Crónica de un viaje por el inexpugnable tapón del Darién
Foto: Lidia Pedro
POR: 
Ángel Ricardo Martínez

Mientras abordaba la lancha –sin techo– en la que pasaría las próximas siete horas a merced de los elementos caribeños, no podía dejar de pensar en las palabras del expresidente Bill Clinton a un grupo de estudiantes de Harvard: “En esta era, las fronteras ya no sirven para mucho”. Llevaba ya tres horas en una camioneta 4×4 desde Ciudad de Panamá, y ahora me disponía a bordear toda la comarca de Guna Yala hasta Puerto Obaldía, el lugar donde se termina Centroamérica. De ahí cruzaría a Capurganá, y seguiría mi camino por mar y tierra hasta Cartagena. En total serían tres días de viaje entre dos ciudades separadas por 450 kilómetros en línea recta y unos cincuenta minutos de vuelo.

Mientras subíamos el equipaje, sentía satisfacción por haber traído pantalones largos, botas, gorra de béisbol y lentes de sol. Eran las once de la mañana y el sol calentaba despiadadamente. Sabía que el camino iba a ser largo y duro. A mi lado, una pareja de colombianos –Dadier y Shirley– se congratulaba de haber he.cho lo mismo. Ya habían aprendido la lección en el viaje de ida, cuando hicieron el camino con atuendo playero y el sol hizo lo que quiso con sus pieles. Volvían a Medellín con las bolsas llenas de perfumes, comprados en la Zona Libre de Colón, y la esperanza de una feliz reventa.

Niña Yisselle, la lancha que nos llevaría hasta Capurganá, a pesar de la falta de techo, era grande y fuerte, y contaba con dos motores de 85 caballos. La capitaneaba Iván Acosta, oriundo de Obaldía, mejor conocido como “el Mocho” por el dedo que le falta en una de las manos. Lo acompañaba un muchacho llamado Byron, que hacía las veces de primer oficial.

La primera parada fue en la isla de Cartí Sugdub. Mientras poníamos combustible apareció un tipo que preguntaba cuánto le cobraban por llevarlo hasta Capurganá. Fernando, así se llamaba, era un artesano del pueblo antioqueño de El Santuario. Se había pasado cinco meses recorriendo Panamá, y ahora venía de vuelta tras haber sido expulsado de Costa Rica por entrar sin visa. El capitán le cobró 115 dólares.
Las nubes empezaban a amenazar cuando salimos de allí. Las esporádicas gotas me hacían mirar ansiosamente al equipaje. A medida que fuimos cogiendo velocidad, la amenaza de lluvia pareció quedarse atrás. Mi ansiedad, no obstante, seguía igual: la Niña Yisselle saltaba endiabladamente, y las maletas –donde iban nuestras cámaras y laptops– bailaban en la proa.

Al final, el dolor en el cóccix sometido a una silenciosa tortura me devolvió a la realidad. Intenté distraerme con el paisaje. A nuestro alrededor aparecían islas sin ningún tipo de orden ni patrón, y a la derecha teníamos la costa, exuberante, paradisiaca y a la vez intimidante. Más adentro se en.contraba el tapón del Darién, el motivo por el que estábamos en esa lancha, quizá la mejor metáfora de la pesadilla que es la geografía de Panamá: un país atravesado por montañas, invadido por selvas y traicionado por la humedad.

Cuando llegamos a Puerto Obaldía, a las 5:40 de la tarde, tenía la sensación de haber estado viviendo dentro de una lavadora. Fueron seis horas y media de saltos en todas las direcciones, algo así como estar amarrado a un potro eléctrico. Puerto Obaldía, desde cierta distancia, luce artificial, empotrado en las montañas, solo accesible por mar, aprovechando ese pedacito de tierra que la selva le deja usar. La presencia del SENAFRONT, la unidad fronteriza –y militarizada– de la policía panameña, es su característica más destacable. Un letrero de “Bienvenidos a Panamá” da paso al obligado cateo de todo el equipaje. La oficina de migración estaba cerrada, por lo que no había más remedio que dormir allí.

A las ocho de la mañana estábamos en migración. Los trámites, como todo en este pueblo, fueron extremadamente len.tos, casi de otra época. Mientras esperaba, me enteré de que de Capurganá solo salía una lancha diaria, justo a esa hora, hacia Turbo, la primera ciudad conectada por carretera al resto de Colombia. Así que dormir en Capurganá se nos hizo inevitable.

A las 10:50 salimos hacia allí. Tardamos media hora, pero el cambio de país se notó. Capurganá es completamente distinta de Obaldía: bonita, limpia, con luz eléctrica, televisión por cable, comida y bebida. Un solo soldado, apostado debajo de una especie de caseta, nos revisó todo el equipaje. Migración no abría hasta las dos de la tarde, así que decidimos ponernos cómodos. Lo primero fue comprar el boleto a Turbo (55.000 pesos) e instalarnos en un hotel (15.000 por persona).

En menos de lo que me había dado cuenta, estaba sentado en una mesita con Dadier, Shirley, el Mocho y Byron disfrutando de unas cervezas. A las dos de la tarde nos despedimos del capitán y su segundo a bordo. El resto del día siguió el mismo guión: comida, bebida, playa y descanso de cara al día siguiente, en el que nos adentraríamos definitivamente en el continente sudamericano.
Cuando bajé con mis maletas a las 7:30 de la mañana, unas treinta personas ya estaban en el muelle. En la casetita donde nos había revisado el soldado, un hombre pesaba los equipajes y cobraba 500 pesos por cada kilo después de los diez permitidos. A las ocho en punto salimos a toda velocidad hacia Turbo, 38 personas en una lancha, esta vez con techo.

Dos horas de incomodidad y el martirio de lanchas terminó. Apenas tocamos tierra, un grupo de muchachos locales se nos lanzó encima. Mientras tres o cuatro chicos me preguntaban a la vez si iba hacia Montería o a Medellín, uno ya me jalaba por el brazo diciendo a los demás “¡Esto es lo mío, déjalo tranquilo!”. En menos de cinco minutos nos montamos en un bus hacia Montería.

Eran poco más de las 3:30 p. m. cuando entramos en Montería, y veinticinco minutos más tarde ya estábamos sentados en otro bus a Cartagena. A pesar de estar viajando entre dos ciudades importantes, esas seis últimas horas no fueron un paraíso. La carretera estaba destruida y hacía saltar al bus casi tanto como la lancha. Sin embargo tuvieron ese sabor a recta final que nos hace obviar los últimos obstáculos. A las 10 de la noche del domingo nos bajábamos, exhaustos, en la estación de Cartagena, en el Caribe colombiano, 65 horas después de salir del Pacífico panameño.

“Todos los mapas son planos, y todos los mapas mienten”, escribió el geógrafo Mark Monmonier. En el mapa, Panamá y Cartagena están a centímetros de distancia. Pero en la realidad están separadas por el tapón del Darién, esa gran mole geográfi ca que ningún mapa nos puede enseñar, naturaleza mágica y real, amiga y enemiga, orgullo y vergüenza, bendición y maldición, que nos hace pulmón del mundo pero que nos convierte, para efectos prácticos, en una colección de islas. Clinton, evidentemente, nunca entendió nada de esto. De ahí su grandilocuencia esa noche en Harvard.

         

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enero
4 / 2013