Estudiar programación, una solución para la vida del futuro

Estudiar programación le ayudará a conocer cómo se capturan los datos de los usuarios y responder a las necesidades del futuro.
 
Estudiar programación, una solución para la vida del futuro
Foto: Markus Spiske on Unsplash /
POR: 
Bill Wasik

*Aquí encontrará un relato profundo de por qué estudiar programación es una de las mejores decisiones que puede tomar en su vida. Sin embargo, no espere que le digamos los cursos que debe hacer ni el instituto al que se debe dirigir. Diners le muestra una historia de la vida real para que se inspire y cumpla sus sueños.

En Great Falls, Virginia, en un extenso lote de 20 hectáreas, Alex Hawkinson le ha dado vida a un objeto inanimado. En su amplia casa de seis cuartos montó un sistema nervioso que aprendió por estudiar programación.

De esa forma creó una red que conecta paredes, techos, ventanas y puertas –los tendones del cuerpo que ha creado–. Al darles forma de comunicarse entre sí, ha logrado que se muevan y se fusionen como un solo cuerpo. Si se entra al hub digital de la casa, el centro digital, es posible espiar a estas partes hablando y percibir lo que dicen mientras nadie oye.

Estudiar programación es aprender el idioma del futuro

Dispositivos inteligentes y diminutos rodeándonos, coordinando actividades. Cafeteras que hablan con despertadores. Termostatos que hablan con sensores de movimiento.

Una década después de que el WiFi pusiera todos nuestros computadores en una red inalámbrica –y media después de que la revolución de los teléfonos inteligentes integrara dispositivos de bolsillo a esta red– estamos presenciando el comienzo de una era en la que los objetos más mundanos pueden comunicarse inalámbricamente, realizar tareas y seguir órdenes, dándonos datos que nunca habíamos tenido.

Imagine una fábrica en la que cada máquina y cada cuarto se retroalimentan para resolver problemas en la línea de montaje. O un cuarto de hotel (como el Aria en Las Vegas) en el que las luces, el equipo de sonido y el blackout de las ventanas no solo están controlados desde una estación central, sino que se ajustan a las preferencias del huésped antes de que entre.

Piense en un gimnasio donde las máquinas reconocen su rutina apenas entra, un dispositivo médico que puede apuntar al desfibrilador más cercano durante un infarto. O un carro híbrido –como el nuevo Ford Fusion–, que puede maximizar la eficiencia de energía al disminuir el uso de batería a medida que se acerca a una estación de carga.

La programación es la magia del siglo XXI

Pocos son más apropiados para guiarnos por este inminente futuro que Hawkinson, quien, con su compañía SmartThings, ha construido el hub más avanzado para conectar objetos a través de redes. En su casa, más de 200 objetos, desde la puerta del garaje hasta la cafetera y al trampolín de su hija, están conectados a través del sistema de SmartThings. Al salir de su oficina, esta automáticamente le avisa por un mensaje de texto a su esposa y se comunica con el sistema de aire acondicionado de su casa para que se prenda en preparación a su llegada.

En este futuro, la inteligencia, antes encarcelada dentro de nuestros dispositivos, ha sido liberada y fluye por nuestro universo de objetos físicos. Tecnólogos se han esforzado para darle un nombre a este fenómeno emergente.

Algunos lo han llamado “el Internet de las cosas”, “el Internet de todo” o “el Internet industrial”, a pesar de que la mayoría de estos dispositivos no están en internet, sino que se comunican a través de simples protocolos inalámbricos.

Otros la están llamando la Revolución Sensorial. Pero lo que estamos construyendo es el Mundo Programable -al que se llega a la hora de estudiar programación- pues lo extraordinario de este futuro no son los sensores conectados con todos nuestros objetos y dispositivos.

Sino que una vez tengamos suficientes objetos en las redes, estas se convertirán en un sistema coherente, un cuerpo que podrá bailar para crear coreografías extraordinarias. En verdad, es el opuesto de “internet”, un término que, incluso hoy –en la era de las nubes y las aplicaciones– connota una relación entre iguales, en la que cada nodo está equitativamente facultado. Estos objetos conectados actúan más como un enjambre de abejas, o un ejército de hormigas, coordinados como si fueran una sola máquina gigante.

La tecnología se mueve cuando estudiar programación es posible

Para que el Mundo Programable alcance su máximo potencial, necesitaremos pasar por tres etapas. La primera es integrar más dispositivos a la red: más sensores, más procesadores en los objetos de uso diario, más conexiones inalámbricas que extraigan datos de los procesadores que ya existen.

La segunda es hacer que esos dispositivos dependan el uno de otro, coordinando sus acciones para que lleven a cabo tareas simples sin ninguna intervención humana. La tercera, una vez los objetos conectados se vuelven omnipresentes, es entenderlos como un sistema programado, una auténtica plataforma que pueda ejecutar un software como lo hacen un computador o un smartphone.

En este punto, el sistema transformará el mundo de los objetos de uso diario en un ambiente con diseño y cambiará completamente la división entre lo virtual y lo físico. Aunque suene como una aterradora invasión de la tecnología, el Mundo Programable podría permitirnos alejarnos más de nuestros gadgets al automatizar actividades que normalmente hacemos en forma manual.

Estudiar programación, un camino poco recorrido

La primera etapa –integrar más dispositivos a la red y estudiar programación– ya está en marcha, impulsada por varios intereses económicos. Para quienes fabrican los dispositivos de consumo, una forma de escapar de la trampa de la mercantilización es montar un dispositivo (una alarma, refrigerador o caminadora) a la red y llamarlo “inteligente”.

Pero una razón mayor es que el incremento en el uso de smartphones nos ha ofrecido una forma natural de comunicarnos con estos objetos inteligentes. El año pasado se vendieron alrededor de 700 millones de smartphones, la mayoría de los cuales se puede comunicar con sensores a través de múltiples idiomas inalámbricos.

El asombroso crecimiento del mercado de esos aparatos ha impulsado a fabricantes de sensores a miniaturizar e innovar. Lo cual ha bajado drásticamente los precios de los chips inalámbricos. Para aprovechar el Bluetooth Smart, que salió al mercado en octubre de 2011. Han surgido una gran variedad de productos como relojes, monitores de ritmo cardiaco, y hasta unos nuevos zapatos de Nike que usan sensores de presión para mandar datos del ejercicio al teléfono del usuario.

Proyectos que funcionan con programación

Un proyecto llamado Asthmapolis usa un sensor que se adhiere a un inhalador de asma para analizar su uso. Y prever dónde es más posible que ocurran los ataques. Por su parte, Visa anunció recientemente que planea permitir a los usuarios de smartphones de Samsung pagar de manera inalámbrica a través de NFC (cuyas siglas en inglés traducen “comunicación de campo cercano”) en vez de tener que pasar sus tarjetas.

En el campo industrial, una dinámica parecida está cobrando forma, aunque, en este caso, las apuestas son más altas. Importantes compañías norteamericanas como IBM, Qualcomm y Cisco han visto la conectividad omnipresente como una forma de vender más productos y servicios –particularmente el análisis de Big Data– a importantes clientes corporativos.

Analistas globales proyectan que en 2025 habrá un trillón de dispositivos en las redes a través del mundo. Tanto en el sector industrial como en el de consumo. La segunda etapa –la unión de uno o más objetos inteligentes–. La más compleja ya que representa el vertiginoso cambio entre la simple cosecha de datos útiles y la verdadera automatización.

Datos conectados y aprovechados para el bien

Este constituye un salto que pondrá nuestros nervios a prueba: no importa qué tanto afinemos los datos relacionados con nuestras vidas y nuestros negocios, resulta perturbador pensar que la decisión no esté en manos del hombre. Pero al mismo tiempo se trata de un reto a nuestra imaginación.

En un mundo no programable, donde pocos objetos están conectados, puede ser difícil entenderlo. Hawkinson quiere que pensemos en una “gráfica física”, donde todos los objetos en nuestras vidas tienen conexiones parecidas, basadas en cómo queremos que el estado de un objeto dependa del comportamiento de otro.

Pero hasta que no tengamos la inteligencia completamente integrada a los objetos –hasta que no haya, por ejemplo, un rociador de plantas conectado a la red por un lado y un sensor de humedad conectado por otro– puede ser difícil imaginarse la automatización que algún día quisiéramos alcanzar.

¿Es necesario programar toda nuestra vida?

Imagínese el lugar donde pasa la mayoría de su tiempo: la oficina, la sala de su casa, o el carro. Cada día hacemos en ellos una gran variedad de ajustes cuya descripción se podría reducir a si pasa esto…, entonces debe pasar esto otro.

Si el sol se refleja en la pantalla de su computador, entonces usted baja la persiana. Si alguien se encuentra en la puerta, entonces usted baja el volumen. ¿Queremos automatizar todas estas relaciones?

No necesariamente, pero al hacerlo nuestra vida puede volverse más fácil y coordinada. Para eso también están las “etiquetas de presencia”, sensores dobles que están en nosotros –identificaciones de radio de baja energía puestas en un llavero o un cinturón–. Es lo que SmartThings usa para mandar un mensaje de texto cuando usted sale de la oficina, o para saber cuándo prender el aire acondicionado.

También es el principio detrás de Square Wallet y de otros nuevos sistemas de pago, incluidos algunos de Google y PayPal, que le avisa a la cajera de la tienda a la que entró que usted está ahí. De manera que puede realizar un pago simplemente con decir su nombre. Para las mascotas, Qualcomm ha creado tag. Una herramienta rastreadora que monitorea los movimientos de ellas mientras usted se encuentra fuera, estimando los niveles de actividad y mandando una alerta si se aleja de cierto perímetro.

Del GPS y otras joyas programables

El GPS proporciona información confiable de nuestra localización, con un margen de error de unos 30 metros. Lo cual le ha dado un vuelco a nuestras vidas: direcciones paso-por-paso, recomendaciones de restaurantes, aplicaciones sociales basadas en la proximidad de sus integrantes, entre miles de otras. Sin embargo, con la tecnología de presencia tendríamos la posibilidad de saber nuestra localización con un margen de error de solo un par de centímetros.

Esto marca la diferencia entre saber en qué bar se encuentra su amigo, y en qué silla se encuentra -claro si quiere estudiar programación-. O ingresar en un supermercado y recibir un cupón sobre un producto en el momento en que pasa frente a él.

Significa entrar en un museo y que su celular pueda interpretar los cuadros mientras usted los mira. Esta conexión –entre una etiqueta puesta en nosotros y otra en el mundo que nos rodea– parece ser el clímax de la revolución de la localización.

Dennis Crowley, presidente de Foursquare, la aplicación social basada en ubicación, ve la localización como una X gigante que se hace más pequeña a medida que la tecnología avanza. “Queremos llegar a que la X sea diminuta”, dice. Ya se ha ido encogiendo: en Google Maps, ahora se puede navegar dentro de ciertos aeropuertos o tiendas distinguiendo entre los diferentes pisos.

Más programación para las aplicaciones del mañana

La tercera y última etapa es construir aplicaciones con base en esos objetos conectados. Esto no solo significa unir el comportamiento de dos o más objetos, sino crear interrelaciones complejas que incluyan datos y análisis externos. El sistema de riego sería más inteligente si los rociadores respondieran también a los reportes meteorológicos.

Al estar conectado con esta información, no solo sabría qué tanta agua tiene la tierra, sino que podría predecir cuánta va a haber y actuar conforme a esto. Hay en curso múltiples esfuerzos para estandarizar la comunicación entre objetos conectados.

Dos proyectos diferentes, liderados por grandes compañías –AllJoyn de Qualcomm y MQTT de Cisco y sus asociados– están intentando crear algo parecido a un HTTP para objetos inteligentes, dándoles un idioma común para que logren coordinar sus acciones.

Sin embargo, Hawkinson tiene una estrategia diferente: convertir su hub –un dispositivo, no más grande que un sándwich. Que conecta todos los sensores– en un traductor universal capaz de descifrar diferentes tipos de señales sobre múltiples protocolos inalámbricos y procesarlos en la nube.

Los SmartThings

Él calcula que ya existen más de mil dispositivos compatibles en el mercado. Sin embargo, el verdadero ingenio detrás de esta tecnología no está en los sensores o en el hub, sino en el sistema que sus usuarios están armando:

La aplicación móvil de SmartThings se encuentra con una colección de aplicaciones internas que muestran el estado de las personas, sitios y objetos en su sistema, así como el de los programas que los conectan. Una categoría aún más natural para estas aplicaciones es la seguridad. Hawkinson se imagina crear un sistema de vigilancia de bajo costo. Que los sensores y sistema de notificaciones estén conectados con un grupo de policías que respondan a las llamadas del sistema.

Este es el mundo programable, el punto en el que los desarrolladores. Empresarios e inversionistas se juntan en el mundo de los objetos físicos, mejorándolo, personalizándolo y creando para él planes que ni siquiera imaginamos.

Lógicamente, podemos vislumbrar algunas dificultades en el futuro de los objetos conectados. El miedo de que nuestros correos electrónicos y nuestras cuentas de bancos sean acechadas por hackers a través de las nubes. Sin embargo, no es nada comparado al miedo que surge si hay la posibilidad de que estos mismos maleantes tengan acceso a nuestras puertas, sistemas de seguridad y hasta el manejo de las luces.

La seguridad va de la mano con la programación

Aunque Hawkinson ve la seguridad como algo de lo cual hay que estar pendiente, piensa que la amenaza es prácticamente inexistente. El tráfico entre la nube y el hub está cifrado, lo cual hace que interceptarlo sea difícil para un hacker, y aún más difícil modificarlo. De hecho, cree que la automatización, así sea intermediada por una nube, puede hacer nuestras vidas más seguras.

Quizás la gran preocupación, entonces, sea la privacidad. El que nos hayamos acostumbrado a compartir nuestra información en el mundo virtual, no significa que estemos listos para compartirla en el mundo físico.

Esto se puede superar, como pasó con la gradual aceptación de las etiquetas en los carros para facilitar el pago de peajes. Siempre y cuando el beneficio sea demostrado y haya un sistema confiable de seguridad. Como con las redes sociales, las preocupaciones de seguridad en un mundo conectado por sensores van a ser rápidamente contrarrestadas por los extraños placeres que vendrán al vivir en él.

¿Y qué pasó con la energía?

La verdadera amenaza para el Mundo Programable se encuentra en la energía. Cada sensor necesita una fuente de electricidad, que en la mayoría de los casos significa una batería. Los protocolos de baja energía permiten que estas baterías tengan larga duración, incluso de un par de años, pero eventualmente tendrán que ser reemplazadas.

En una casa hiperconectada esto significará cambiar grandes cantidades de baterías cada año, número que se multiplicaría en oficinas grandes. Hawkinson espera que dentro de unos años veamos la comercialización de corriente inalámbrica, para emitir energía a dispositivos que se encuentran a algunos metros de la estación de carga.

La idea de animar lo inanimado, de poner el mundo físico bajo nuestras órdenes, ha sido recurrente en la ciencia ficción. Usualmente nos imaginamos los objetos resultantes de este proceso como perversos. Debido a su falta de inteligencia, como aquellas escobas que se multiplicaban sin control bajo el conjuro de Mickey Mouse en la película Fantasía.

En otros casos, le hemos temido al exceso de inteligencia, como cuando HAL, de la película 2001: Odisea en el espacio, se niega a abrir las puertas de la nave espacial. Pero en la vida real, como pasa con nuestros computadores personales. Es la “inteligencia” del Mundo Programable no va a ser ni más ni menos de la que seamos capaces de inculcarles a sus extensas y múltiples partes.

Es poco probable que lleguemos a una casa como la Jarvis de Tony Stark. Que nos hable en un cortés acento británico sobre nuestros sistemas de armas incorporados. Pero, algún día cercano, tendremos una casa que nos avise sobre una inundación. Que cuide a nuestros hijos por nosotros y apague la estufa cuando se nos olvide –actos de inteligencia genuina que enriquecerán nuestras vidas mucho más de lo que lo haría un lanzador de misiles–.

El artículo Estudiar programación, una solución para la vida del futuro se publicó originalmente en Revista Diners de septiembre de 2013

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mayo
11 / 2021