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Covid, paro nacional… ¡paren esta ansiedad que me quiero bajar!

Un testimonio sobre el covid y el paro nacional que nos recuerda que la salud mental es un asunto del que es imperativo hablar.

Foto: Andrew Martin en Pixabay / C.C. 0.0

Un testimonio sobre el covid y el paro nacional que nos recuerda que la salud mental es un asunto del que es imperativo hablar.

El 28 de abril me levanté y la carne y los huesos me pesaban. Prendí el televisor y el país estaba igual de desencajado y vuelto nada que mi cuerpo. Llevaba un día como positivo para covid y tres ataques de ansiedad y pánico. Confinada entre la habitación y un baño compartido con mi mamá y mi hermano quienes solo me llevaban la comida a la entrada de mi habitación, alimentaba la desesperanza y el miedo al futuro que ya de por sí todos llevamos a cuestas desde el día en que comenzó la pandemia y nos prometieron que solo era un simulacro, que no era para tanto, desde ese día en que la vida nos cambió para siempre.

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Fui diagnosticada con ansiedad luego de un estrés post traumático que me dejó perder un órgano hace cuatro años, seguido de una tusa que según mis terapeutas –sí, en plural– nunca supe gestionar. Desde ahí, mis miedos eran más grandes que mis ganas de cualquier cosa –literalmente– y empezaron a sabotearme aunque yo creo que llevo con miedos desde la infancia que se han ido asomando de a pocos toda la vida pero el estigma que carga a cuestas la salud mental, el pavor a la vulnerabilidad y ser la chica fuerte de papá hicieron que siempre ahogara mis miedos en ginebra.

Y desde ahí, me volví en una especie de pitonisa que creía que sólo predecía desgracias o tragedias propias, casi todas creadas por el afán que tiene constantemente mi cabeza de adelantarse al futuro y la maravillosa creencia con la que crecí de que todo lo que está mal, puede estar peor. Sin embargo y pese a toda terapia vieja que haya colmado mis crisis de ansiedad adulta, esta vez con un Covid y un paro nacional a cuestas, todo era diferente.

Nada funcionó…

Escuché Moby y hasta Sinatra, las viejas técnicas que calmaban cualquier crisis de nervios. Hice meditación, yoga, aromaterapia, tomé gotas de valeriana y cannabis. Coloré libros de mantras y hasta el de Power Paola. Le hablé al universo y a Dios “Dios, soy yo de nuevo”, pero cada pensamiento hilaba en tragicomedia al otro. Vivía con insomnio, falta de apetito y miedo, mucho miedo y confusión mental. Solo pensaba en el momento en que mi cuerpo y mi sistema inmune me iban a traicionar y terminaría siendo un número más en una cama de hospital o en una UCI y también sentía la impotencia de lo que estaba pasando afuera en las calles. Tenía la leve sensación de que Colombia era como una casa sin papás que le pusieran límite o fin a la injusticia y el dolor del que hasta ahora nos estamos despertando.

Era la misma impotencia que sintieron todos los que estuvieron vivos para ver y contar que mientras que Cali dejaba de ser la sucursal del cielo, la salsa y el mágico viche, se convertía en el lugar del insomnio, de las calles sin luz llenas de balas y de la xenofobia. La fiebre no sabe igual cuando el país se está desmoronando allá afuera, la ansiedad tampoco.

Pasaban los días y los síntomas y el país también empeoraban. La lucha de unos era una especie de “bálsamo” para otros que no podíamos hacer más que estar en casa controlando temperatura y saturación, algo que parecía una nueva obsesión.

¡Me quiero bajar!

La ansiedad es una compañera silenciosa que para quienes la padecemos, solo si encontramos el cerillo que detonará una crisis, la veremos cara a cara y sobre todo si nos permitimos estar mal y afrontarlo. A veces podemos pasarnos la vida entre pequeñas crisis que podrían definirnos para muchos como “muy sensibles, muy nerviosos o muy estresados” hasta que un terapeuta nos diagnostica y sabemos que hemos pasado la vida poniéndole pañitos de agua tibia al miedo para intentar calmarlo.

Diagnosticar mi ansiedad fue como cuando la gente se cansa de tomar antiácidos, de tener gastritis, de sentir dolor, de estar mal y un día deja de comer tacos con picante, deja de tomar café y empiezan a estar menos mal.

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Así tal cual un día me cansé de haber normalizado el estar mal y empecé a buscar la manera de estar un poco menos mal. Sentí alivio y también fui entendiendo como se había hilado mi vida. Deje de estigmatizar no solo mi ansiedad sino a quienes la padecemos y empecé a asumirla, dejé de tenerle vergüenza, miedo a los ataques de ansiedad y también dejé de buscar su cura porque también ser sensibles no nos hace locos.

Una cifra escandalosa

Según un reporte de la OMS más de 264 millones de personas sufren de depresión y también tienen síntomas de ansiedad en todo el mundo. Este estudio fue publicado en 2019, justo antes de la pandemia, el principal detonante de las crisis de nervios y de salud mental mundial.

Pero eso no es todo. Una nota publicada por la Universidad Nacional aseguró que Colombia es uno de los países con mayor índice de ansiedad gracias a la pandemia, en comparación con países como Brasil o Estados Unidos. Sí, la depresión y la ansiedad aún no son consideradas como una problemática de salud pública y por eso, abordarla puede ser tan engorroso tanto así que pueden tardar años en diagnosticarla y en tratarla.

También hay depresión

Sin embargo no fui la única. Juan Carlos Rincón, creador de La Pulla, autor del libro La depresión no existe y quien fue diagnosticado con depresión hace más de 7 años me contó su experiencia:

“El 27 supe que era positivo. A mi se me olvidó la salud mental, solo empecé a darme cuenta de varias cosas días después cuando empecé a tener confusión mental o dificultad para concentrarme. A todo esto llegaron adicionalmente los pensamientos autodestructivos: tenerle miedo a las UCI, tenía miedo de empeorarme, de no saber qué hacer con cosas tan básicas como la comida o el autocuidado. Mi familia está en Cúcuta y tenía que asumir todo esto solo.

“Hablé con mi psiquiatra y me ayudó con ejercicios de grounding, ya aprendí que el tema con las crisis es que es algo de paciencia aunque ahora vivo con un miedo de mierda constante, un miedo a todo pero estoy yendo con lentitud a ver qué pasa. Cuando tuve covid me daba mucha ansiedad sentir que no mejoraba, no saber qué iba a pasar con mi trabajo, que no me podía concentrar, los días eran muy nebulosos.

«Que hay que tener paciencia»

“Luego quedé con mucha depresión, tenía ganas de esconderme, no quiero estar acá y sigo con el pánico y el miedo irracional a todo. Mi terapeuta me dice que no hay que tratar la enfermedad. Que hay que entender que los sentimientos exacerbados seguro son por el covid. Y que hay que tener paciencia”.

Yo no recuerdo a nadie de mi familia nunca hablar de eso. Ni de tristeza, ni de depresión, ni de ansiedad o miedo. Es como si a las generaciones pasadas se les hubiera negado el derecho al quiebre emocional, a la derrota o a la vulnerabilidad.

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¿Qué es la ansiedad?

La RAE la define a la ansiedad como un estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo. Mi terapeuta lo define como un trastorno de salud mental caracterizado por ataques de pánico, con síntomas físicos como falta de respiración y miedo constante al entorno, a la muerte y en la parte técnica; un fallo entre los neurotransmisores del cerebro, como si algo se hubiera desconectado allá arriba. Sin embargo, a veces, la vida misma nos va llevando a que se nos vayan desconectando cosas por dentro y a que le sintamos miedo desde abrir los ojos por las mañanas e inclusive hasta salir de casa. Entonces la vida misma se va convirtiendo en nuestro propio monstruo debajo de la cama

Ya estoy recuperando el olfato y el gusto, por fortuna esta vez salí victoriosa del covid, pero aún no del miedo o el fatalismo –que terminó traicionando mi cabeza, como casi todas las otras veces que he tenido un ataque de ansiedad–. No sé si algún día cuando alguien entienda este bicho nos dirá con más certeza por qué las secuelas y por qué se exacerba tanto la ansiedad y la depresión hasta el punto de hacernos más pesado e insoportable el simple hecho de despertar.

¿Hay lado positivo?

Por fortuna también, no soy un número más de fallecidos a manos del coronavirus. Tampoco soy la cama 97 de una UCI ocupada en un hospital o un caso extraño de secuelas crónicas o de covid eterno, el que después de varios meses persiste, sí, así como tu ex.

Sin embargo, el agotamiento emocional y físico que deja el covid, más los 2.387 casos de violencia policial y 43 homicidios presuntamente en medio de las protestas, según la Defensoría del Pueblo y ONG como Temblores , pueden dejar en una depresión silenciosa a cualquiera o un crítico dolor de patria.

Hay historias preocupantes que son igual de preocupantes acerca de las personas que quedamos con secuelas emocionales, físicas, cognitivas, miedos irracionales a la vida, a la gente, a la calle, a volvernos a contagiar o la tristeza profunda que me acompaña desde que tuve covid. Sin embargo, todo esto es igual de aterrador como lo que va a seguir pasando con nosotros si en el país nadie para tanta barbarie.

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Mayo
22 / 2021

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