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¿Por qué empezamos a ganar kilos?

A partir de los 30 años se acentúa la acumulación de grasa en los tejidos. Esto se agrava con la tendencia a comer en exceso y disminuir el ejercicio físico. Aunque parezca increíble, todo empieza en el primer año de vida, pero no es imposible quitarse de encima esos kilos de más.

Foto: Pixabay/ CC 0.0

A partir de los 30 años se acentúa la acumulación de grasa en los tejidos. Esto se agrava con la tendencia a comer en exceso y disminuir el ejercicio físico. Aunque parezca increíble, todo empieza en el primer año de vida, pero no es imposible quitarse de encima esos kilos de más.

Publicado originalmente en la edición 297 diciembre de 1994

A partir de cierta edad, dicen los pesimistas, comienza a operar la ley de la gravedad: todo empieza a escurrirse. Por fortuna el mundo también cuenta con optimistas, y estos se ríen porque precisamente esa actitud positiva parece servirles de tirantas, y en ellos nada se escurre, o por lo menos no se desvelan ni se amargan por ello.

En efecto, a medida que pasan los años ocurren cambios importantes en el cuerpo, imposibles de pasar desapercibidos: la piel pierde lozanía y los músculos tonicidad, las reacciones se hacen más lentas, la actitud menos alerta. También se ganan unos kilos, y esto sí que preocupa, casi más que las arrugas.

Los hombres, que son tanto o más vanidosos que las mujeres, comienzan a ver que sus cuerpos cambian de forma y que la ‘barriga’ se hace más prominente, un poco flácida.

Se busca entonces recuperar el tiempo perdido y se acude a los quirófanos para estirar, reducir rellenar y tratar de enmendar lo que irreversiblemente volverá a aparecer.

Sin adentrarse en el misterioso y nunca bien definido proceso del envejecimiento, se trata aquí de mirar lo que ocurre con el peso.

¿Por qué las personas tienden a ganar kilos?

Todo empieza, aunque sea difícil creerlo, en el primer año de vida. Ustedes dirán que es una larga historia, y que es inútil recordarla. Pero no lo es, en primer lugar porque allí radica el origen del problema, y en segundo lugar porque eso le puede indicar cómo prevenirlo y corregirlo. Y si usted tiene hijos, también le será útil para ahorrarles a ellos disgustos futuros.

Primeros pasos

Dicen los médicos que un niño obeso será un adulto obeso, a menos que se adopten las precauciones necesarias para evitarlo. Toda persona nace con un número determinado de células grasas o adipositos. Estas células crecen pero no se reproducen.

Existen dos clases de obesidad, entendida ésta como un peso veinte por ciento superior al normal: la congénita y la adquirida. En el primer caso interviene la herencia y se habla de predisposición. La persona nace con un número mayor de adipositos, pero estos no necesariamente se traducen en sobrepeso ni obesidad. Están allí, latentes, listos a ser activados.

En el segundo caso o de obesidad adquirida, las células grasas se hipertrofian, debido principalmente a una excesiva alimentación. El bebé es regordete, pesa mucho más de lo que debería porque recibe una dieta mal balanceada.

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Ahora bien: la obesidad adquirida se está convirtiendo en un verdadero problema de salud pública. La población norteamericana es un ejemplo de lo que se ha calificado como obesidad colectiva o la creación de una raza de obesos.

Podría existir allí un bagaje genético, pero éste no se habría activado si no se hubiera sumado a los montones de calorías y los excesos de sedentarismo.

Y lo que sucede en Estados Unidos podría también presentarse en Colombia. Una mirada rápida a la alimentación que reciben los bebés, niños y adolescentes plantea grandes interrogantes. Es cierto que una madre sumergida en su trabajo no tiene ya tiempo para preparar la compota con fruta fresca. Es cierto que los productos ya listos son mucho más prácticos y rápidos. Pero…

El círculo vicioso

La obesidad es una enfermedad multifactorial por excelencia. Intervienen, entre otros agentes, la predisposición, el exceso de alimentación, el sedentarismo.

Sin embargo, lo que sí no deja dudas es que el exceso de peso abre las puertas de un círculo vicioso: cuanto más gorda se siente la persona, más come, y cuanto come, más se engorda.

De nuevo se llega a lo casi infalible: el niño obeso perderá peso durante ciertas épocas de su infancia y durante la adolescencia, pero una vez la persona se acerca a la cuarta década de su vida, y por nuevas causas (entre ellas las hormonas), volverá a sentir el peso de la grasa.

Aquí entra en escena el factor genético. Como lo explica la médica Marta Lucía Tamayo, del Instituto de Genética Humana de la Universidad Javeriana, podrían existir ciertos genes que a lo largo de muchos años se mantienen inactivos y que de pronto comienzan a mutar y desencadenan los problemas de obesidad. «No existe un solo gen de la obesidad. Son varios los genes que de alguna manera son activados y dan paso a factores externos que conducen a la obesidad», dice.

Esto constituye la base de una de las teorías más actuales sobre la obesidad: la influencia de la insulina. En algunos casos -muchos de ellos originados en el exceso de alimentación- se empieza a producir demasiada insulina, y esto se convierte en primera causa de obesidad.

En otros casos se puede estar produciendo la cantidad adecuada de insulina pero ésta no logra ser metabolizada porque las células y sus receptores sufren fallas que imposibilitan la tarea. La insulina, que es una hormona lipogénica y anabolizante, produce y favorece los depósitos de grasa.

Aún no existe consenso acerca de esta teoría. Sin embargo, se ha establecido que el exceso de harinas y azúcares en la dieta cotidiana estimula el páncreas y éste, a su vez, se vuelve demasiado generoso en su secreción de insulina.

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Mientras que los científicos norteamericanos prefieren aceptar la teoría de que las células fallan en la metabolización de la insulina, los colombianos se inclinan por esta segunda teoría: la sobreestimulación. Los endocrinólogos y genetistas de nuestro país empiezan a mirar con preocupación la implantación de hábitos alimentarios importados que no necesariamente hacen aportes a una mejor salud.

Con la edad

Es la excesiva ingesta de calorías lo que lleva entonces a la alteración del metabolismo. Esto produce en los tejidos, cambios que se acentúan entre los 30 y los 40 años. Es cuando se comienza a depositar mucha más grasa en los tejidos magros (o fibra muscular). Y al cabo de un tiempo el metabolismo alterado termina favoreciendo altos niveles de triglicéridos en la sangre. La situación empeora si a lo anterior se le agregan cambios en la vida cotidiana tales como una tendencia a comer más carbohidratos y grasas y a disminuir la actividad física.

Pero nada es irreversible. El sobrepeso se convierte en obesidad y, por lo tanto, en una enfermedad, si la persona así lo desea. Los puntos de reflexión deben incluir aspectos como estos:

  • Con la edad se necesitan menores cantidades de calorías. Es imprescindible adecuar la dieta con nuevos hábitos alimentarios.
  • Se debe evitar el sedentarismo. Es posible que usted no pueda competir con su hijo adolescente, pero de todos modos no abandone las canchas. Disminuir el ritmo no significa colgar la raqueta. Consuma menos alcohol y menos estimulantes (café, té, chocolate). Ojo con las golosinas para mitigar la depresión. No se extrañe si de pronto siente inclinación a comer chocolates. El chocolate es un antidepresivo, pero contiene muchas calorías.
  • Haga ejercicio y más ejercicio (consulte con su médico cuál le conviene más). La natación es un excelente deporte que obliga a ejercitar todos los músculos. La gimnasia, además de mantener y fortalecer la musculatura, ayuda a conservar la destreza y la agilidad. El tenis aumenta la elasticidad y los reflejos, pero no es para todos. La bicicleta es buena para la circulación. La marcha será siempre bienvenida.
  • Y aquí, una palabra bien odiosa y aburrida: disciplina. Todo sacrificio y esfuerzo se ve recompensado. Si lo duda, deje de lado esta revista y párese de frente y luego de perfil frente al espejo, y saque conclusiones.

PARA ELLAS

Los franceses lo dicen: La face ou la fesse, La cara o la nalga.

Llegada cierta edad, a las mujeres puede resultarles más ventajoso ganar unos gramos de nalga que perder otros de cara. Se juega a la juventud. Pero el dicho popular francés no siempre las satisface. Un gran porcentaje de ellas se siente abrumada por los kilos que ganan a medida que se acercan a los cuarenta años. Se quejan de que, en vecindades de la menopausia, no sólo se hace imposible adelgazar sino que cualquier cosa (hasta un grano de arroz), deja depósitos poco estéticos en lugares estratégicos del cuerpo.

¿Qué papel juegan las hormonas en la obesidad? Tampoco en esto existe consenso. Muchos médicos consideran que no hay una verdadera relación entre el desequilibrio hormonal y la tendencia a engordar en las épocas pre y menopáusica. Creen más bien que el sobrepeso es mucho más frecuente entre los 30 y los 40 años que pasados ​​los 50.

Pero otros médicos sí están convencidos de que existe una nexo directo. Cuando comienza a disminuir la producción de progesterona se hace más fácil ganar kilos. Así lo manifiestan los investigadores españoles Santiago Palacios y Carmen Menéndez, en su obra Menopausia y calidad de vida. Citan varios factores:

  • Desequilibrio hormonal.
  • Alteración del metabolismo de los hidratos de carbono y grasas.
  • Algunas mujeres presentan un aumento del apetito con mayor tendencia a la ingestión de alimentos azucarados.
  • Disminución de la actividad física que no se acompaña de una disminución del aporte calórico.
  • Pero si bien es indispensable adoptar nuevos hábitos alimentarios y tratar de mantener una actividad física constante, la mujer debe pedir consejo al médico en cuanto proyecta comenzar una dieta.
  • Es una edad en la que necesita una dieta balanceada para que el afán estético no vaya en detrimento de la salud

En términos generales, las pautas que hay que seguir son:

  • Dieta pobre en grasa.
  • Equilibrio de carbohidratos y proteínas.
  • Abundancia de fibras, vitaminas y minerales (sobre todo de calcio).
  • Disminuir la sal.
  • Evitar consumo de café y alcohol.
  • Buscar verduras, frutas, carnes no grasas, todo tipo de pescado y productos lácteos.
  • Ingerir dos o tres litros de agua al día (entre 8 y 10 vasos).

 

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Diciembre
18 / 2018

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