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¿Cómo enfocarse en los cambios positivos y soltar lo que no está bien? 

Muchas veces las personas no logran avanzar debido a que se amarran a las cosas malas que les han sucedido. En su último libro, Diana Álvarez nos enseña a dejar ir.

Foto: Sage Friedman via Unsplash

Muchas veces las personas no logran avanzar debido a que se amarran a las cosas malas que les han sucedido. En su último libro, Diana Álvarez nos enseña a dejar ir.

¿Qué puede estar afectando su felicidad? Diana Álvarez escribió su último libro, Un duende en mi cabeza, pensando en cómo muchas veces es nuestra manera de pensar lo que nos aleja de la felicidad. 

Diners ya compartió una parte del primer capítulo del libro, en donde el personaje principal se encuentra con un duende que le explica cuáles son las cosas que no le permiten avanzar y ser feliz en su vida. 

Ahora, le compartimos cómo continúa esa conversación

“Aprende a cambiar tu enfoque: donde pones tu atención, pones tu energía. Y en vez de poner tan­tos límites y vivir con la mente cerrada, conviértete

en protagonista de tu película y cocrea tu destino, más allá de lo que sucede a tu alrededor”.

“Si te dijera, entonces, que reseteando una parte de ese disco duro, tu vida puede cambiar, que puede cocrear la vida que deseas, ¿estarías dispuesto a

cambiar esas viejas creencias para instalar las que sí serán válidas para lograr ese objetivo?”. 

“No tengo la verdad absoluta, pero sí a tantas y tantas personas estas teorías les están cambiando la vida, ¿por qué no aceptar el reto?”

—Espera —le interrumpí—: entonces, si no vienes a contarme una verdad absoluta, ¿que estoy ha­ciendo aquí hablando con…? Un, un, un, ¡duende!

—¡Porque no tienes nada que perder, y sí, mu­cho que ganar! Y, sobre todo, porque si aplicas un poquito de lo mucho que tengo para decirte, quienes están a tu lado descansarán por un tiempo de tus inútiles quejas.

Me sonrojé. Él siguió su discurso.

—De acuerdo con tus creencias y tu forma de pensar es tu estilo de vida, tu forma de reaccionar, tu forma de argumentar las ideas, de sumergirte en la sociedad, y la manera como te desenvuelves en el planeta. Porque todo lo que está en tus pensamientos es lo que se refleja en cada detalle de lo que te rodea. 

“Entonces, si tus pensamientos se sintonizan con la abundancia, así será tu vida; pero si tus pensa­mientos son de escasez, obviamente estarás rodeado de escasez”.

“Es más: será tu responsabilidad que estés rodeado de ella o vivas en ella. No será culpa del universo, ni del vecino, ni de tu jefe, ni de tu esposa ni de lo ‘de malas’ que creas que eres”.

Al mencionar las palabras “de malas” sentí que el asunto sí iba conmigo. Recordé que esa mañana las había mencionado porque… no lo recuerdo bien.

—¡Espera! —lo quise frenar—. Al menos, reconoce que hay gente con más suerte que la mía.

—¿Ves? —me interrumpió—: ya te estás com­parando con los demás, casi echándoles la culpa a quienes ni siquiera conoces.

—¡Pero déjame defenderme! —casi le rogué.

—Mira, Hans: te dije que tenía poco tiempo, y llevo escuchándote todo un año. Hoy dedícate a escuchar, y luego, a escucharte a ti mismo. 

No entendí la última parte de su orden, pero cerré mi boca.

—Cuando te fijes en una persona cuyo estilo de vida te gusta o te atrae, simplemente escucha y ana­liza su forma de pensar, de hablar, y su manera de “ver” la vida. 

“Todos los pensamientos se reflejan y se traducen en la forma como se vive. Por eso hay personas con familias maravillosas, trabajos estu­pendos y salud para disfrutar la vida”. 

“Por el contra­rio, personas con otro tipo de pensamientos estarán rodeadas de conflictos, deudas, enfermedades y demás”. 

“También, y por eso mismo, hay sujetos y estilos de vida que representan todas las variables, con buenos trabajos, pero con conflictos de pareja, o con mucho dinero, pero con problemas de salud o con pocos recursos económicos, pero con familias estables”. 

“Tantas opciones como creencias existentes. Y, ¿cuáles son esas creencias y esos pensamien­tos tan diferentes? Pues hay quienes piensan que lo merecen todo y hay quienes dicen no valer un peso. 

“Hay quienes antes de empezar ya ven el objetivo logrado, y hay quienes no se deciden porque es ‘im­posible’. Hay quienes ‘son’ y hay quienes dicen: ‘Yo no puedo ser así’”.

“Escuchar con atención a las personas, sus ideas y sus argumentos, y cotejarlas con su estilo de vida nos da pistas claras de qué tipo de creencias tiene ese sujeto y cómo ellas se manifiestan en su realidad. 

“Lo mismo aplica para ti, Hans: escucharte, reflexionar sobre cómo opinas y reaccionas, es una oportunidad clara de aprender para desaprender viejas creencias que no te aportan para una vida feliz y abundante”.

Me había terminado el sándwich sin darme cuenta. También sin darme cuenta, seguía charlando con un extraño ser, con forma de duende, como si fuera un viejo amigo que empezaba a caerme bien.

—Bueno, te seguiré escuchando —le dije, y lo invité a comerse algo.

Me acompañó hasta la nevera, y allí le preparé, con lo que quedaba, un sándwich que luego partí en cruz con un viejo cuchillo; tomé un cuarto del sándwich, y lo partí de nuevo por la mitad y le entregué uno de los pedazos. 

Era un sándwich gi­gante para él. Dijo “Gracias”. Mientras volvíamos al corredor, ya se lo había comido. Cuando me disponía a sentarme de nuevo en la hamaca, me dijo que saliéramos a caminar por la finca. Le pedí que me diera más datos de su misión.

—Mi ciclo de vida va por años: trabajo un año sí y otro no —me aclaró—. Mañana en la madrugada salgo de vacaciones. Llevo todo un año escuchán­dote; por eso debo darte todo mi reporte hoy, y así mañana podré salir a descansar.

—¡¿Un año?! — exclamé asombrado.

—Sí, y quiero aprovechar cada minuto: por eso debemos apurarnos.

“¿Le parece poco un año de vacaciones?”, pensé. Me contó que casi siempre el último mes abordaba a la persona que le habían encargado “estu­diar”, y eso le permitía adelantar las vacaciones. Le pregunté para qué lo hacía.

—Porque cada persona que estudio me permite estudiarme a mí mismo. Todas las personas siempre me dejan algún gran aprendizaje, y luego yo debo compartirlo una vez llego a casa.

—¿Compartirlo con quién? —pregunté extrañado.

—Pues con mi familia y mis amigos.

—¿Es que hay más como tú?

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—Como yo, nadie —dijo pretencioso y riéndose—. Por eso trabajamos por años.Así siempre estamos yendo y viniendo; aprendemos y luego compartimos con nuestro entorno. 

“Por eso se llaman vacaciones: porque ese tiempo es para mí, para aprender y compartir al lado de los míos”.

—Y, ¿dónde vives?

Me habló de un lugar que no conozco, y al que regresará en barco, de polizón. Ese viaje es su verdadero paseo. Me contó también que ha ido por mu­chos mares y a otros lugares por tierra, a los que no puedo ni imaginar.

—¿Cuántos años tienes?

No hizo caso a mi pregunta, y me pidió que lo siguiera escuchando.

—Hans, creo que debes empezar por cambiar tu lenguaje.

—¡Hablo mejor que tú! —le reclamé.

—Ya verás —dijo mientras llegábamos a la alam­brada y saltaba tratando de coger un cocuyo. Se veía ridículo, con su tamaño, tratando de atraparlo, pero se le veía feliz. ¿De dónde había salido ese cocuyo?

—Para ir directo a lo que debes cambiar, empieza por revaluar esas frases que tienen un “no” en tus pensamientos: “No es posible”, “No es para mí”, “No lo podré hacer”, “No tengo dinero”, “No soy capaz”. Ahí tienes un punto de partida para empezar a trabajar.

“Y luego saltarás a otro tipo de pensamientos que deberás transformar, como: ‘Eso es para los ri­cos’ ‘Hay que trabajar muy duro’, ‘No puedo porque me enfermo’, ‘Nadie se fijará en mí’, ‘No seré seleccionado’”.

“Debes entender que no solo por repetir una frase de manera positiva ya el mundo cambiará para ti y la lotería te estará esperando en la puerta de la casa. No por decir mañana, cuando te levantes, ‘Sí puedo’, ya tu existencia tendrá un giro de ciento ochenta grados. 

“Transformar creencias requiere ese ejercicio diario de implementar nuevas ideas en tu cerebro que llevarán a generar nuevos hábitos de vida, que conllevarán a reaccionar de manera diferente ante ella y, a su vez, proyectarán un nuevo entorno a tu alrededor, en el cual podrás multiplicar lo que hay en tu interior”.

Debo confesar que esta información —y más, dictada por el tipo de sujeto que me hablaba— baila­ba un poco en mi cabeza. ¿Cómo iba a cambiar mi forma de hablar cuando ni siquiera era consciente de las cosas que decía, o mejor, de cómo las decía?

Atravesamos el cerco y nos internamos en el bosque. Me vi tentado a preguntarle sobre el lugar donde vivía, pero me atacó con una larga explicación sobre los paradigmas, así que decidí dejarlo para después.

—Hans, ¿tú crees que eres humilde? —me dijo, como preguntándome la hora. Me sonrojé y le respondí:

—Sí; la verdad es que vivo bien. No me hacen falta muchas cosas, pero me considero humilde.

—Mira, no te estoy preguntando si tienes o no dinero.

Levanté mis cejas. Prosiguió:

—Cambiar nuestras creencias requiere un alto sentido de humildad con nosotros mismos, pues, de alguna manera, vamos a tener que reconocer que vivimos creyendo una mentira durante mu­chos años: nuestra propia mentira. Y reconocerlo no es fácil si no estamos dispuestos a afrontar que nos equivocamos.

Me sentí señalado.

—También es importante saber que al comen­zar a cambiar creencias tendremos encontrones o diferencias con nuestras familias y nuestros círcu­los sociales. 

«¡Claro! Ya no nos vamos a identificar con alguna o muchas ideas que ellos nos alimenta­ron durante tanto tiempo. Y si ellos no están en ese proceso de romper con sus propios paradigmas, en­tonces incluso nos descalificarán y nos señalarán».

Me volví a sentir señalado. De pronto sentí que se detuvo.

—¿Por qué no fuiste al cumpleaños de Maribel?

—Me quedé dormido.

—No, en serio, ¿por qué?

Estaba acorralado, pero me decidí a contar la verdad.

—No me siento a gusto con algunas personas que sé que iban a ir a la fiesta.

—Personas que piensan diferente, ¿cierto?

Asentí dudando.

—Olvídalo, y vuelve a concentrarte en los pa­radigmas. ¿A quién le gusta que le digan que está equivocado? ¿A quién le agradaría la idea de saber que aquello en lo que ha creído, que ha divulgado y hasta ha peleado por ello, es ahora una falacia? 

“Por ello, este proceso debe hacerse a conciencia, pues reconocer que algunos patrones de pensamiento los tengo y los aplico solo porque me los inculca­ron desde pequeño, pero no por ello son patrones reales o que contribuyan a mi bienestar, me lleva­rá sin duda a una disputa con mis seres queridos y conmigo mismo”. 

“Eso sí, no busques culpables: recuerda que cada cual que haya sido responsable de nuestra educación o, simplemente, nos haya sem­brado una idea lo hizo desde sus propias creencias y con las herramientas con las cuales contaba”. 

—Nunca me gustó el colegio, excepto por ver a mis amigos —dije de repente.

—El colegio es una gran experiencia, Hans. Ojalá todos los niños del mundo pudieran pasar por una escuela. Los primeros años de educación escolar son importantísimos y definitivos. Eso sí, debemos saber que ciertas instituciones educativas, las religiones y ciertos dogmas son implacables al sembrar ideas y enajenar grupos sociales.

—¿Te parece poco la presión social, y cómo nos imponen patrones de conducta? —dije malhumorado.

—Exacto, pero no lo digas con esa cara, porque es tiempo perdido tratar de pelear ahora. Lo que se debe hacer es rescatar lo bueno que nos dejaron y desechar lo demás. ¿Y qué es lo bueno? ¡Mucho! 

“Desde la niñez, todos estos frentes nos inculcan valores y principios que son fundamentales para convivir en sociedad. Ni qué decir de la familia, que es el núcleo y la semilla de ella”. 

“Hay tantas cosas buenas en cada familia que las personas las dejan pasar por alto; en cambio, nos quedamos con lo que sí deberíamos dejar de lado”.

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“Como ves, las disputas se entablan de entrada al querer cambiar creencias. Ya mencioné la familia, los amigos, el colegio, la religión, la sociedad, etc. Pero el mayor conflicto será contigo mismo: convencerte de que para vivir mejor en todas las áreas de la vida requieres una autorreflexión donde se romperán patrones y paradigmas, pero se crearán unos nuevos, que traerán muchos beneficios”.

El sonido de la noche inundaba el silencio del bosque. Había muchas estrellas y casi luna llena.

“Seguramente, si fuera más alto lo tomaría de la mano”, pensé. Y me avergoncé de pensarlo. Pero la noche estaba bellísima.

—Oye: y, ¿cómo son las mujeres? O mejor, ¿los seres femeninos de tu especie? ¿Eres casado?

Soltó una carcajada.

—El matrimonio es un invento de ustedes, los humanos. Pero creemos en el amor; y más que creerlo, lo sentimos —se señaló el pecho— de ma­nera profunda. 

“Y sí: hay un género femenino, pero nosotros no lo llamamos así; todos somos igua­les, no hay nombres para ellos o ellas. Y estoy muy enamorado; por eso quiero cumplir mi tarea sin contratiempos.

—¿Llevas un año sin ver a tu… pareja?

—Sí, pero no es tan largo como parece; o por lo menos, no tan largo como lo es un año para ti.

—¿Y cómo sabes que no está con otro… otro como tú?

—Porque confiamos, y porque tenemos acuerdos que respetamos, como la lealtad. Y de nuevo no paró de hablar:

—Al romper lazos para cambiar creencias nos metemos en terrenos delicados que deben manejarse sin afanes y con pinzas. Hans, quiero dejarte claro que no te he sugerido cambiar de familia o de religión. 

“Lo debo aclarar para evitar malentendidos. Como te decía, cuando se hace una autorreflexión y se empiezan a reconocer patrones de pensamientos y conductas que vamos a cambiar, sin querer, nos vamos a alejar de posibles ideas que unen familias y comunidades”. 

“Una cosa es estar unido a tu fami­lia, y otra, unido a las ideas o a las creencias de ella”.

“Dentro de estas ideas se destacan las llamadas ‘lealtades’, que son aquellas creencias ‘para siempre’, que, por un pacto real o intrínseco, nos obligan moralmente a mantener ese lazo familiar o de grupo, y que genera un sentido de pertenencia o lealtad, y no nos permiten avanzar en el tiempo y, por el contrario, nos estancan para toda la vida”.

“Para dar un paso adelante en tu transformación deberás ‘cortar’ con esos votos de diferente índole que nos obstaculizan el camino hacia la abundan­cia”. 

“Muchas veces sin darnos cuenta, y otras, de manera directa, hacemos votos de lealtad, de pobreza, de castidad, de no abandono, de sumisión, etcétera, que con el tiempo se traducen en conflictos internos a la hora de emprender, de tener una relación sana de pareja, de alimentar nuestra autoestima o de adaptarnos a una nueva vida”. 

“Estos votos hechos a personas o grupos cercanos nos acompañan toda la vida, y su efecto salta al tomar decisiones importantes, y por eso muchas veces las personas repiten patrones al elegir pareja o un tipo de trabajo o al emprender un proyecto, o tienen dificultades para acoplarse a otro grupo social”.

“Estos votos de lealtad muchas veces son los motivos por los que las personas viven desde la escasez o están condenadas a repetir la historia o la vida de un familiar o un antepasado”.

“Sin saberlo, estas lealtades nos sabotean cuando queremos dar un paso al frente para darle un giro positivo a nuestra vida. Te repito, Hans: ama a tu familia, cultiva la amistad, disfruta de tus seres queridos todo lo que puedas; pero no necesariamente tienes que engancharte con sus ideas, su ideales o sus sueños”.

“Tú ten los propios, que ya tu hija tendrá los suyos, y no serás tú quien los contamine, porque ella algún día dará este paso también —y si es con tu ayuda, mejor—: determinar qué toma y qué deja para ella misma, según su propio proyecto de vida”.

—¡Carajo, no llamé a Andrea! —recordé.

—Mañana vendrá.

—¿Me toca este fin de semana con ella? —pregunté atónito.

—Sí, créeme —respondió muy seguro.

—Veo que conoces más mi agenda que yo.

Llegamos hasta un mirador. El clima era agradabilísimo, sumado al viento fresco que recibíamos. 

El duende se trepó a una piedra para tratar de igualar mi estatura, y al observar la ciudad me dijo que toda esa maraña de luces en movimiento se parecía mucho al cerebro y sus conexiones eléctri­cas neuronales.

—El cerebro funciona tomando las experien­cias pasadas. Da respuestas a las preguntas que se le plantean frente a cualquier situación con base en lo que la persona conoce, y no en la cantidad de posibilidades que existen para solucionar, actuar o darle una nueva respuesta a lo planteado.

“Por ejemplo, cada vez que sientes rabia te conectas con algo que sucedió en el pasado, con un recuerdo. Todas esas redes neurológicas están conectadas a las emociones. El asunto es que la red neurológica está tan fortalecida que la memoria de lo vivido es lo primero que sale a flote”. 

“Solo puedes ver lo que tienes en tu cabeza. Por eso hay que blindarse contra las historias pasadas, contra esas que generan tanto dolor y angustia, y enfocar la aten­ción en lo bueno que te ha pasado”.

“Si comienzas a buscar y a ver opciones diferentes lograrás producir un nuevo neurotransmisor”.

—Y, ¿cómo lo activo?

—Para activar nuevas redes neuronales debes hacer cosas nuevas, intensas, repetirlas, vivir nuevas experiencias, conocer lugares y culturas distintos de los tuyos. 

“Y no olvides agradecer todo el tiempo: así, además, generas dopamina».

Le pregunté por su cerebro, y me dijo que funciona­ba muy similar al nuestro, al de los humanos; sobre todo, en cuanto a las emociones.

Le señalé un punto en medio de la ciudad y le aseguré que en esa casa estaban de fiesta. Se sorprendió. Le dije que era obvio: allá estaban mis ami­gos. Se rió a carcajadas.

Yo estaba pensando en Maribel. Ahora sí me arrepentía de haberme quedado dormido.

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Septiembre
12 / 2022

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