Haider Ackermann: Crónica de un desfile anunciado

POR: Giovanny Gómez
 / julio 23 2013
POR: Giovanny Gómez

El primero en salir no fue Leonard Cohen pero la presencia de su inconfundible voz durante la mayor parte del desfile hizo que pareciera haber acompañado desde siempre a Haider Ackermann. And sometimes when, the night is slow… we gather our hearts and go, a thousand kisses deep… La canción, basada en un poema también titulado A thousand kisses deep, logró ahondar los sentimientos provocados por las treinta y ocho salidas del diseñador. Y es que el desfile fue en esencia una emoción contenida. Muy tremenda. Seguramente la íntima del propio creador que aparecía en escena por vez primera en Colombia, su país de nacimiento, con su manera de concebir la moda. Desde luego, la de los asistentes que se acomodaron en el escenario tapizado de gris y negro acallando sus propias voces.

Uno de los edificios emblemáticos del Medellín moderno, el llamado “inteligente” de EPM –que agrupa a las empresas públicas de la ciudad- fue el elegido para presentar la colección de Ackermann, en la primera noche de Colombiamoda 2013. Una estructura compacta de hormigón que abrió sus puertas para permitir el paso de quienes subimos tras varios tramos de escaleras mecánicas y un veloz trayecto en ascensor hasta el último piso. Todo ocurrió en la azotea, un impresionante espacio de más de 3.000 metros cuadrados abierto sobre la ciudad iluminada, donde el muy experto Felipe Espinosa demarcó la pasarela (solicitada por el diseñador) de quince metros de ancho y, por lo menos, cien de largo bordeada al mismo nivel por el público. Una suerte de túnel abierto iluminado como si se tratara de un helipuerto. Arriba, la luna fría, bruñida. Abajo, la penumbra fundía la gente. Algo lorquiano, sobre todo cuando Cohen comenzó a desgranar versos y Ackermann a mostrar lo que es.

Quizá lo más poderoso que contiene el diseñador formado en Bélgica y Francia es el idioma propio que habla desde que se inició como marca en el mundo de la moda, en 2001. Es evidente cuando van pasando sus prendas delante de los ojos. Pantalones, blusas, cinturones y estolas abrazan el cuerpo de las mujeres que desfilan. Nunca se cierran del todo. Tampoco se abren totalmente. Se superponen entre sí. Cumplen varias funciones a la vez. Quedan a merced del viento y las prendas logran flotar sin ayuda de ningún efecto artificioso. Hay algo irreal en toda la propuesta que redefine el traje masculino de dos piezas y arropa con él su lado femenino. Esa sensación proviene de lo atemporal y novedoso que resulta Ackermann. La década que muestra de su trabajo es en verdad una exhibición de vocabulario que cobra forma en las prendas, más que una evolución temática o una trayectoria cronológica. El impacto de su labor creadora tiene que ver con haber visto a tiempo -¿desde cuando, desde qué parte de su vida?- qué quería expresar a través de la moda. La dirección apunta a un punto cardinal desconocido pero determinante. Tiene que ver con la protección, dice él. Y tiñe los cuerpos de cobalto, óxido, negro, verde como una esmeralda de Muzo, rojo denso. Las prendas se deslizan a veces como gasas, como aceite derramado en otros momentos.

“Son necesarios tres vestuaristas para acomodar las piezas en cada modelo” me susurra una de las personas que ha supervisado el detalle de esta fenomenal producción. Que el casting fue muy exigente. Del centenar de mujeres colombianas convocadas, apenas quince fueron seleccionadas por Ackermann. El resto vinieron de varios puntos del globo. El maquillaje frío en extremo se encarga de endurecer sus expresiones, afilar sus ángulos, someter sus miradas a un brillo extraño, como si fueran guerreras milenarias. Parecen integrar un ejército de samurais que se despiden en medio de un silencio sepulcral. Kurosawa. El único que queda musitando las últimas palabras, antes de que Haider Ackermann aparezca como una exhalación a recibir un torrente de aplausos, es el poeta y escritor canadiense. Cohen las arrastra consigo: The ponies run, the girls are young. The odds are there to beat. A thousand kisses deep…

Pero la noche tan solo ha comenzado. Porque tras el desfile, en igual penumbra apenas rota por unas rosas rojas ligeramente olvidadas, tiene lugar la cena. Una única mesa larga, muy blanca, estrecha, suficiente para mirar intensamente los ojos de la persona que está enfrente, con la que hablas. Las velas, los meseros, la crema fría de aguacate. El diseñador está sentado al lado de María Clemencia Rodríguez de Santos, la esposa del presidente de Colombia. Aída Furmansky, directora de Artesanías de Colombia, conversa animadamente con Tim Blanks, el veterano periodista de moda. El Alcalde de Medellín agradece en español, idioma que no habla Ackermann, la presencia del creador. Carlos Eduardo Botero, presidente ejecutivo de Inexmoda, es el anfitrión. Victoria Fernández, la artífice de la presencia de Haider en el país, sigue minuciosamente el guión de acontecimientos que se suceden porque todos, hasta el mínimo detalle, ha sido pensado una y otra vez.

Han venido los amigos de Ackermann desde un par de continentes. “Somos su otra familia, la que él ha ido haciendo” me cuenta la editora francesa de Harper’s Bazar que lo conoció, de casualidad, almorzando en el restaurante favorito de ambos en París, un lugar argentino donde fraguaron su amistad profunda. Otro amigo se da la vuelta y me muestra sus pantalones Ackermann. Los quiero, pienso con el deseo. “Y no te sientes en pijama” me aclara cuando le pregunto qué provocan las prendas del diseñador sobre el cuerpo.

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julio
23 / 2013