4 diseñadores colombianos se unen para diseñar en Lycra

Diseñar a cuatro manos no es asunto sencillo, menos cuando median experiencias vitales muy diferentes. Quizá la edad sea lo menos importante. Lycra invitó a diseñadores veteranos y jóvenes a Co-Crear.
 
4 diseñadores colombianos se unen para diseñar en Lycra
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POR: 
Rocío Arias Hofman

“Es la selección colombiana de la moda” anunció la gerente de comunicaciones de la marca minutos antes de dar inicio al desfile de Lycra. La escena sucedía en el salón de eventos del centro comercial El Tesoro en Medellín. En primera fila, organizadores de Colombiatex, directivos de Inexmoda, compradores internacionales y prensa. La atención estaba repartida en el concurrido espacio sobre el que se vertía una luz tan blanca como el hielo. Tras la escenografía de cabecera, extrañamente realizada a partir de enormes flores sin color, diez diseñadores ajustaban las setenta y dos salidas que componían la muestra de su trabajo compartido.

Un reto que cada quien vivió a su manera. Con mayor o menor intensidad, con una temperatura distinta en cada caso. Asuntos de química entre las personas, de capacidad para compartir un reto o de precisión para ajustar los relojes internos y sincronizarse con el otro, con la pareja creativa. Quién sabe. Cada diseñador dará cuenta de su propia experiencia. Aquí relato lo que aprecié durante treinta y seis minutos de la tarea acometida en torno al elastano, la fibra inventada por Joseph Shivers en 1959.

El estreno de la pasarela cubierta de charolina blanca le correspondió a Hernán Zajar y sus modelos. Vestidos de baño en dos piezas y enterizos que bien pueden resultar ropa interior o exterior. Los balcones y las cascadas de buganvillas que caracterizan a Mompox, ciudad de origen del diseñador, volvieron a protagonizar sus diseños textiles. Sobre el naranja quemado y verde lima, los barrotes y las flores. A su vez, una malla troquelada sobre un sintético dorado envejecido se superponía a modo de celosía sobre las breves piezas. Al mejor estilo de Zájar, las mujeres se aúpaban en poderosas plataformas revestidas por similares motivos ornamentales que les llegaban hasta la rodilla. “No pude con el estruendo de la cumbiamba lounge que acompañó musicalmente esta primera salida” me susurró un consultor de moda.

Carolina Sépulveda inició inmediatamente después su segmento. Un cambio abrupto, sin respiro. Que nos entregó a la cadencia etérea de su lenguaje creativo: siluetas amplias que flotan y se deslizan por el cuerpo. Cortes seguros y geométricos sobre tejidos blancos, crudos y color piel. El extremo del contraste con respecto al trabajo de Zajar consistió en un vestido donde la lycra demostró la capacidad de envolver el cuerpo hasta casi dejarlo ópticamente estático, si bien la modelo caminaba como si nada aupada en sandalias de gruesas suelas forradas en denim.

La certeza de estar de verdad ante el ejercicio de creación compartida que tanto había enfatizado el equipo de comunicaciones de Lycra llegó finalmente con Julieta Suárez y Laura Laurens. Un tándem que demostró saber montar en bicicleta de dos puestos sin manos y pedaleando al mismo ritmo. Un acierto: las diseñadoras lograron trasladar a las prendas la aguja que caracteriza a cada una. Laura Laurens (artistas plástica) imprimió su volúmen asimétrico -el que realiza subida físicamente a su mesa de corte, tijera en mano- y Juileta Suárez (artes escénicas) selló con hombros impecables las piezas así como logró darle su aire retro a los vestidos. Fue tan evidente el trabajo a la par que hasta la paleta de colores resultó propia de ambas creadoras bogotanas: coral, gris y negro. Con una trayectoria comercial emprendida en conjunto a través de dos puntos de venta compartidos en Bogotá: “Gris” en el barrio de Chapinero y “Número Tres” en el centro comercial El Retiro, queda claro que el reto de Lycra no fue tal, sino que ahondaron seguramente en su ejercicio diario de compartir ideas, talento y negocio. ¿Quién era la mayor y quién ejercía de menor? Dato irrelevante, la verdad.

De JUAN y Lina Cantillo constatamos cómo el negro y el gris tendía un puente entre sus mundos masculinos que intercambian menos de lo que se podría suponer. Los hombres de Cantillo son maduros y definidos, asentados e impecables. Los de JUAN son versátiles, inquietos, de alegría nocturna. Ninguna de las dos marcas pareció mover sus límites demasiado. Como si se mirasen desde dos andenes situados en paralelo, sin enfrentamiento. Toma estos pantalones formales con acabados deportivos, dame este suéter abierto, te presto un par de cierres, aquí van los cuellos impolutos. Una conversación contenida, muy breve entre los jóvenes hermanos Lozano (tan hábiles comercialmente en el mundo digital) y la empresaria Lina Cantillo (con puntos de venta en Bogotá y Cartagena).

Si no hay ropa interior femenina, los camarógrafos y fotógrafos parecen ponerse nerviosos. Como si no lograran hacer foco. La idea de regresar con las “manos vacías” sin esa imagen de una modelo afirmando su cuerpo casi desnudo ante los lentes pareciera poco soportable. El acabóse. Pues bien, la preocupación no duró mucho porque la colección de María Luisa Ortiz y Natalia Londoño les dió juego y gusto con la aparición de sus modelos. Bodies, conjuntos de lencería y tops a modo de pequeñas capas e incluso un vestido más largo rescatando una estética de candor e intimidad. En beige, blanco y leve humo, las piezas resaltaban el cuerpo menudo y las formas delicadas. Interesante: que la joven diseñadora Natalia Londoño hablara con soltura desde su propuesta pero evitando reforzar “lo feminidad intensa” que hemos visto en sus piezas anteriores. Más interesante: que María Luisa Ortiz, con sus cuarenta y tantos muy bien cumplidos, volviera a su “metier parisien” que marcó su formación de diseño y costura. Con razón, ambas mujeres -que además comparten el ser paisas- salieron de la mano a recorrer la pasarela y saludar al público que les aplaudió con particular entrega.

OP y MM, que traduce Olga Piedrahíta y Miguel Mesa, trabajaron hombro a hombro durante un mes en el taller de la diseñadora en Bogotá. Mesa, a punto de graduarse en diseño en la Colegiatura de Medellín, no lo dudó un segundo. Preparó una maleta escueta y, mochila al hombro-gafas para ver de montura metálica-pelo corto-ojos que beben en lugar de mirar-, se sumó al equipo de Piedrahíta. Cuatro piezas de Mesa (con las que sorprende por su calidad investigativa en textiles y confección) pendían desde el mes de noviembre en la galería-boutique de la aplaudida diseñadora. Su hija, Danielle Lafourie, impulsa la convocatoria de artistas que renuevan los contenidos de esta singular sede de moda en Bogotá. La invitación de Lycra sumó el guiño ya establecido, reforzó la comprensión y el juego inducido. El resultado fue emocionante: patrones de Olga “revisitados” por Mesa con su concepto de mantas acampanadas; la tarea de querer los hilos y darles espacio visible en la prenda del joven diseñador sobre las superficies que Piedrahíta habita de manera tan singular. Acometieron una tarea exigente en la producción: apostaron por los abrigos, las faldas y los vestidos de amplio vuelo. Cuidaron todos los detalles. Por supuesto, los zapatos elaborados por la experta Patricia Mejía con lazos de un rosa palo anudados como las cintas de un vestido.

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enero
29 / 2015