Yves Saint Laurent: su vida y su legado (en maquillaje)

El genial diseñador está más vivo que nunca. Su vida llega al cine y una nueva línea de maquillaje, inspirada en sus musas, llega para esta temporada.
 
Yves Saint Laurent: su vida y su legado (en maquillaje)
/
POR: 
Rocío Arias Hofman

“Era feliz solo dos veces al año, en primavera y en otoño”, dice el actor que interpreta a Pierre Bergé, el compañero sentimental y socio indispensable de Yves Saint Laurent durante los cincuenta años que duró la carrera del diseñador hasta su muerte en junio de 2008. Una de las estupendas cualidades de YSL, la película, es que logra transmitir algo difícil: la vida matizada del artista. Para ello utiliza un cuchillo invisible que se manifiesta arisco a través del guión, los diálogos esenciales, una impecable realización, la música magnífica de Ibrahim Maalouf y, last but not least, actores profundos salidos de las huestes de la Comédie Française: Pierre Niney y Guillaume Gallienne.

Así, YSL logra en pantalla recrear crudeza y hermosura, fragilidad y ambición estética, locura y fábula, dependencia destructora y febril trabajo de quien no dejó de inventar y alterar el orden establecido con su revolucionaria visión de la moda. Desde el primer momento que YSL tuvo la oportunidad de mostrar su trabajo en público, su genialidad espoleó al mundo. No en vano, el Herald Tribune describió en 1958 la primera colección de YSL, “Trapecio” –mostrada tres meses después de la muerte de Christian Dior– como “la mayor orgía de las emociones de la historia de la moda”. De ahí en adelante, sus colecciones concebidas bajo el leit motiv que alentó el diseñador “¡Abajo el Ritz, viva la calle!”, provocaron desmayos durante cinco décadas.

Desde sus vestidos mini y maxifalda ligados al Pop Art, al disruptivo power suit de tres piezas para mujer, pasando por la sahariana de escote anudado que mostró la modelo Verushka en 1986 y los extraordinarios lazos rosados hasta el esmoquin femenino que rompió la secularización del vestuario. “Veo a la mujer como adversaria del hombre, ni siquiera como una igual”, se escucha en la película.

Pero el hombre que musita, siempre tímido, en otra secuencia “cuando estamos enamorados, estamos en peligro” es el responsable también de haber convertido la mezcla de colores en una manifestación de, quizá, los estados de ánimo. El ojo de Yves Saint Laurent, azul y diáfano –protegido del asedio del mundo por esas gafas inconfundibles de montura gruesa, guía la mano del dibujante diestro para dar luz sobre lilas, amarillos, fucsias y negros combinados con un sentido del gusto que “no sabemos de dónde proviene este instinto”, dice su leal Pierre Bergé.

La piel

Esa indiscutible capacidad para hacer del color un asunto colosal, es la que detiene nuestra mirada al observar las tres propuestas de maquillaje que la firma YSL presenta esta temporada. Una ocasión para hacer múltiples lecturas íntimas de la vida del diseñador que –adorado por muchos– eligió a mujeres singulares como confidentes y aliadas creativas. Loulou de la Falaise, Betty Catroux y Victoire Doutreleau son tres musas principales para YSL. Así también se refleja en la película.

La paleta de colores propuesta por estas tres inspiradoras, refleja adicionalmente otro de los elementos característicos de YSL en la moda: su decisión de no generar rompimientos dentro de su trabajo, colección tras colección, sino de mostrar una constante evolución contenida en un estilo. Muy diferente al comportamiento esquizofrénico que instauró Dior al inventarse el contraste radical entre temporada y temporada.

Quizá una de las mejores definiciones sobre esta relación cinematográfica, visual y estética del diseñador la hace Alicia Drake en su libro “The beautiful fall”, a propósito de la desmesura que vivió la moda en los años 70 en París: “Yves tiene el mundo contenido en su cabeza y es un mundo definido por él. El mundo real pasa frente al diseñador como una película proyectada ante la que Yves aplica ‘su mente cine-cámara’ para jugar con ella a su capricho”.

Las musas de Yves Saint Laurent

Loulou, la que corresponde –en la línea de maquillaje– a labios rojo bermellón y sombras tapizadas de marrón, compartió con YSL casi todo lo que él más quería: la pasión desmedida por el arte, la fiesta y la explosiva imaginación. Siempre estaba con él. Hija de un conde escritor inglés y de una exmodelo de la diseñadora de los años 30 Elsa Schiaparelli, Loulou –ya fallecida– se unió a YSL con sus creaciones de joyas y accesorios.

Betty, reflejada en colores más caprichosos: coral para los labios y una gama de gris al chocolate para los párpados, hace gala todavía de su rebeldía –“le dije que no a YSL cuando me pidió que modelara para él, ¡nadie le decía que no a él!”, recuerda en un video rodado por la Fundación Bergé-Yves Saint Laurent, de su gusto por la línea masculina que YSL le dio a las mujeres y de su pasión por la danza y la bebida, hábito –este último– compartido con furor con el diseñador durante años de excesos.

Victoire, quien lució el primer vestido de novia de YSL en la portada de Paris Match en 1958 y quien se convertiría en aliada empresarial como directora de casting de modelos durante muchos años para la casa de moda que el diseñador abrió en la Rive Gauche de París, se identifica con labios de un rojo afresado y sombras pálidas. Un acierto, si se tiene en cuenta, que de estas tres mujeres Victoire resultaba la más ingenua. La mujer a la que –en una candorosa escena de la película– un jovencísimo YSL confundido le propuso matrimonio. La mujer que supo decirle no sin burlarse a quien se identificaba profundamente con el mundo femenino –impactado por la elegancia de su propia madre– pero cuyo cuerpo y corazón pertenecían al mundo de los hombres.

INSCRIBASE AL NEWSLETTER

TODA LA EXPERIENCIA DINERS EN SU EMAIL
octubre
20 / 2014