Mercedes Salazar, una hechicera del Siglo XXI

De la mano de esta joyera brotó hace quince años una manera distinta de adornar el cuerpo y comunicar. Perfil de una mujer contemporánea dotada de poderes atávicos.
 
Mercedes Salazar, una hechicera del Siglo XXI
Foto: María Elisa Duque
POR: 
Rocío Arias Hofman

Las moras suenan al caer. Las he oído. Cloc, cloc, cloc. Como si fueran pequeños cantos rodados de un río desbordado chocando entre sí. En el taller de Mercedes Salazar pueden pasar cosas inimaginables. Que las moras te sorprendan con su repiqueteo de granizada frutal es, pues, apenas natural. Mercedes Salazar recoge con sus dedos finos la cascada de estas figuras redondas en un gesto tan rápido y certero que se diría dueña de una mesa de juego. Y pensándolo bien, sí lo es. Una mujer que pasa el día engarzando puños de tagua, colmillos rojos, calaveras, flores esmaltadas, zafiros y rubíes, perlas en pepitas, mallas, caballitos alebrestados, soles de metal que parecen astros de papel, corazones escritos, coronas diminutas, estrellas de puntas curvadas, pistolas colgantes y carritos de plástico verde. Una alquimista de pasión desbordada formada en la Escuela de Bellas Artes de México, país al que salió disparada (“México me eligió a mí”) tras terminar el bachillerato en el colegio Helvetia de Bogotá, su ciudad de nacimiento.

La misma capital en la que comenzó a dar a luz a sus tres hijos –Lorenza, Antonio y Ana Perla– con solo veintitrés años. Acaba de cumplir treinta y nueve y la empresa de joyería que armó impulsada por su marido, Diego Martínez, es una plataforma empresarial contundente. Cuentan con seis almacenes en Colombia, uno en el Distrito Federal del país azteca (que tantos colores y saberes le dejó) y una tienda online. La vida se mueve deprisa para Mercedes Salazar y, sin embargo, está acostumbrada a pensar. “Mis ideas van más rápido que mis manos” y una sonrisa tremenda invade su rostro como un relámpago atravesando el firmamento. La presencia escénica de Mercedes es fortísima. Enamora constantemente. Su mayor habilidad quizá consiste en haber canalizado tanta seducción incontenible a través de los miles de objetos que inventa. Así, quien caiga rendido a sus pies puede, al menos, consolarse con un collar de triángulos dorados o con un brazalete negro que evoca la India.

“Aquí está la magia… En la finca hay un cultivo de moras. Mi mamá, cada semana, les envía mermelada casera a mis hijos. En un potrero está el primer cultivo de moras que hizo mi papá. Era mi sitio preferido, es un vínculo con el amor. Estas –y me muestra un puñado de moras elaboradas en bronce y sumergidas en un baño de oro rosado– no sé dónde van a ir a parar, pero me da felicidad tenerlas cerca. Me pasa mucho con la materia prima: me da alegría su presencia y eso es suficiente, no tengo que usarlas”. Mercedes, Merce o Mechas, Merceditas –como la llaman empleados, amigos y familia en riguroso orden– se refiere a Cucurubá, la finca aupada sobre la verde sabana bogotana que compró su abuelo paterno, el empresario paisa Marco Emilio Mora. Allí sobreviven las matas de moras, más abajo del corral de los conejos, alejadas de la vaca Lola que pasta indolente, mientras que la fotógrafa María Elisa Duque y el equipo de producción de esta revista registran a Mercedes Salazar en su hábitat íntimo. La orfebre vestida para este perfil periodístico con prendas de diseñadores colombianos que la “dejan ser” con su carácter de pieza de arte. Hundiendo su atesorado par de zapatos Louboutin en la tierra húmeda. La finca, un espejo de sí misma. El lugar al que ella acude cada vez que puede con su familia. Donde todavía guarda varias pistolas y trabucos de la formidable colección de armas de su padre, Fernando Salazar –muerto en 1982, cuando la joyera era apenas una niña de siete años fascinada por los objetos–. “Cuando no cazaba, mi papá solo leía. Odiaba las reuniones sociales. Trabajaba en una empresa de cables, estudió en Trinidad y Tobago. Era muy raro. Y muy guapo. Cariñoso conmigo y con mis tres hermanas. Sin discursos. Recuerdo cómo se engominaba el pelo, sus trajes impecables” y Mercedes Salazar desmenuza lo que queda del hombre que no olvida entre sus manos: un suéter vino tinto de cachemire, pares de botas tejanas, unas hebillas de cinturones Remington.

En el barrio Niza, al occidente de Bogotá, todavía está la casa en la que pasó Mercedes Salazar la mayor parte de su infancia. Y perdura la tranquilidad de barrio donde los vecinos se reconocen para siempre. Allí, la niña embelesada con la caja de acrílico donde su madre, Margarita Mora, atesoraba objetos preciados, aprendió cómo las señoras hacían delicadas piezas en porcelana. Desde esta zona se movía cerca a tomar clases de cerámica, tallado, pintura. Atleta reconocida en el colegio y habilidosa con sus manos inquietas, Mercedes supo muy pronto que el resto de las materias escolares no tenían nada que ver con ella. También entendió que a su madre, viuda a los cuarenta y siete, con cuatro niñas bajo su ala, la vida le iba a tocar como fue: dura y arisca. Los apellidos trazando las fronteras de los clanes familiares que circundan a Mercedes: Piedrahíta, Holguín, Mora. Una realidad también intensa, a veces feroz, que la emparenta en una sociedad acostumbrada a demarcar sus límites sin compasión.

“Las historias de las familias nunca se saben suficientemente, nunca conoces bien las realidades”, concluye la joyera. “Suena a sentencia tolstoiana”, comento. Y ella arquea sus cejas, increíblemente perfiladas por la naturaleza. Mercedes tiene un aire ancestral. De huesos pronunciados, desde los pómulos hasta los tobillos. Una melena indómita que permanece recogida en moño de bailarina durante sus extensas jornadas de trabajo. La piel de color aceituna. Parece gozar de una libertad reservada para ella. Ni siquiera utiliza bolso, la atadura que esclaviza silenciosamente a las mujeres. No va a los bancos, apenas firma cheques porque su marido –encargado de la operación financiera de Mercedes Salazar Joyería– suele replicar mal su propia firma. Y guarda con celo las piezas de colecciones que no resultan comercialmente. “La línea de joyas de juguetes bélicos, para replantear el significado de las piñatas infantiles, me la soñé, pero el mercado no la entendió. La idea la volví real. Cuando la idea se vuelve tangible, puedo respirar. Aquí están las pistolas que disparan chorros de amor”. En Mercedes Salazar el pragmatismo y la espiritualidad conviven como una aleación recetada. No puede dar marcha atrás: la artista es empresaria también. Y siente una enorme responsabilidad por las ochenta personas que participan en la compañía. Hombres y mujeres con los que vuelve realidad sus ficciones.

 

         

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julio
14 / 2014