Mariana Velásquez: Obsesión rosa

La food stylist colombiana Mariana Velásquez se inspiró en el trabajo del arquitecto mexicano Luis Barragán para preparar cenas rosa. Ya viajó a Hong Kong y Macao y esto solo es el comienzo.
 
Mariana Velásquez: Obsesión rosa
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POR: Revista Diners

Esta es una historia de obsesiones compartidas. Un arquitecto, una artista y una chef que se especializa en food styling. Los tres usan la misma lupa para el comer, los espacios y el arte.

El icónico arquitecto mexicano Luis Barragán murió obsesionado con la luz y el color. Las paredes de su Casa Museo lo demuestran tanto como su extenso y meticuloso historial de estudio al respecto. Un rumor sobre esta obsesión dice que organizaba comidas exclusivamente preparadas con el color rosa, mismo tono de varios de esos muros que hoy son patrimonio de la humanidad según la Unesco. Él mismo lo escribió: “Mi casa es mi refugio, una pieza emocional de arquitectura, no una pieza fría de conveniencia”.

La artista de Brooklyn Jill Magid está obsesionada con el trabajo de Barragán. A tal punto que uno de sus proyectos más largos es el buen uso y los derechos sobre la obra del diseñador de edificios. Magid hizo un documental al respecto y lo estrenará este año en el Festival de Cine de Tribeca. En él, y en una serie de artículos ya publicados en la revista The New Yorker, Magid narra su esfuerzo para rescatar el archivo profesional de Barragán, hoy guardado en una bóveda en Europa.

En su esfuerzo por el arte, la mujer exhumó las cenizas de Barragán para transformarlas en no menos que un diamante de dos quilates y luego ofrecerlo como intercambio por los archivos profesionales del mexicano, a la mujer que los posee: una italiana, Federica Zanco, que los recibió como propuesta de matrimonio. Por ende, la simbología al intercambiar históricos archivos por un cadáver hecho joya. Zanco se negó a la transacción. Los archivos siguen escondidos de la humanidad y el esfuerzo le ganó a la artista estadounidense la enemistad de medio México, por presuntamente usurpar la tumba de un ídolo cultural. Ella insiste en que tuvo permiso de la familia para la exhumación. En México, el debate continúa.

Entra Mariana Velásquez. Una exitosa food stylist en Nueva York, criada en Bogotá, coleccionista de arte, elegante para visitar hasta Paloquemao y de paso, con ojos café esmeralda, que parecen en eterno atardecer. Mariana, cuya inspiración al cocinar con color es el propio Barragán, lee la historia de Magid en un tren. Inspirada más en las cenas rosa que en el cuento del diamante, la colombiana decide planear su propia cena rosa para estudio del color a punta de ingredientes. Hace la tarea, se hunde en la historia del color y sus variaciones, quizás como lo hizo Barragán en su momento, pero bajo la lupa del buen comer. “La búsqueda de ingredientes dentro de esta paleta de color: desde coral hasta fucsia, me mostró una forma nueva de explorar mercados. Una concentración y un foco que me llevó a ver cosas y detalles que nunca había visto”, dice Mariana.

Por serendipia, Mariana y Jill se conocen una noche de nieve en Manhattan. Cenan juntas. Se cuentan sus pasiones por el ilustre arquitecto mexicano, por la mesa, el arte y por Brooklyn, hogar de ambas.

“Una amiga en común me habló del trabajo de Mariana y me contó cómo el legado de Barragán junto con mi trabajo dieron inspiración para el proyecto de sus cenas rosa. Siempre me es interesante ver la manera en que el trabajo de Barragán inspira a otras personas”, narra Jill Magid.

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Mariana Velásquez, la food stylist colombiana que soñó con crear una cena rosa en Nueva York, vino a realizar su sueño en Macao. Foto: House of Brinson

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El apoyo creativo entrega nuevas energías a la artista para continuar su camino. Planean colaborar en la creación de cenas alrededor del proyecto artístico de Magid sobre Barragán, quizás en el propio lanzamiento de la película.

Mariana, cuya carrera la ha llevado a la Casa Blanca, entre otros lugares, toma iniciativa para organizar sus propias pruebas de color junto a la fotógrafa Beth Galton. El resultado deslumbra. Y lo hizo, en particular, en Asia que bien está en punta de lanza cuando de obsesiones con el arte de la cena se trata. No en vano la apertura de los chinos al globo.

Y para el mundo de habla inglesa, Hong Kong sigue siendo la puerta principal. Los directores creativos y jefes de cocina de varios hoteles en esa zona de China le pusieron el ojo a Mariana y la raptaron dos semanas en marzo pasado para entender la obsesión rosa, la obsesión de su amiga artista, la de Barragán por la luz y la de ella misma por crear todo lo que se pueda comer con los ojos.

Ese es el lema de Mariana, experiencias para comer con los ojos. El arte de decorar la mesa y preparar algo para ostentar suculencia o resaltar su atracción, sin engañar jamás al espectador, es labor que requiere paciencia de monje. Mariana la aplica en su día a día, pero jamás lo había revelado en público. La recuerdo decir con humor armonioso que “si de nutrición se tratara, con barras de granola bastaría. Esto se trata de la narrativa, la experiencia. Desde el vestido hasta el color de la servilleta escogidos, desde la lista de invitados y los lugares en la mesa”.

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La primera vez que lo hizo fue en el Hotel Murray, de la marca Niccolo, en el barrio Central de Hong Kong. Invita a dar su primera charla sobre Cena Rosa. El director del hotel, Duncan Palmer, la presentó sorprendido por su fluidez y conocimiento del tema. Con ellos, Mariana no solo habló sobre el proyecto, sino que también organizó un taller, acolando de nuevo la arquitectura y la tradicional ceremonia del té. Cada uno de los bocados preparados fueron pensados en armonía con la estructura del hotel, un coloso de concreto levantado al final de 1969, originalmente comisionado a Ron Phillips, modernista y contemporáneo de Barragán, luego rediseñado por el equipo de sir Norman Foster a la finura necesaria de la marca. El lujo del lugar le sienta bien. Le pertenece. Se apropia de la gente al abrir y cerrar ojos, pero detrás de sus pestañas está Barragán.

Mariana está en Asia gracias a la magnífica coordinación de dos amigas, la diseñadora, también bogotana, Paola Sinisterra y Kate Jones, directora de arte, neozelandesa, ambas habitantes conectadas de Hong Kong. Ella lleva a Mariana a House of Madison, un centro de cultura y mesa que reúne fuertes marcas de cocinas de alta gama. Ahí la bogotana, que estudió Cocina en Vermont, presentó su proyecto. Según Kate, “el proyecto de Cena Rosa me dejó sobrecogida. La suya es una gracia interna con mucho picante. Su trabajo es increíblemente personal y es imposible no amarlo”.

Los días en Central se pasan rápido, las calles empinadas, los edificios setenteros, cartageneros en sus colores pastel, pero rascacielos en su ejecución, abruman la vista, sobre todo porque están todos erguidos, como monolíticos panales para humanos alrededor de un pico central en la isla. Definitivamente Barragán está presente.

El hacinamiento del bien raíz más caro del mundo es evidente. Por ende, hay que salir. Las caminatas mañaneras son obligatorias. El ejercicio se considera crucial para el hongkonés y así lo adapta Mariana, justo como absorbe lo mejor de ambas culturas, la suya y la ajena, para las creaciones de este viaje único.

Ahora Macao

A 45 minutos en bote de Hong Kong está Macao, otra “región administrativa especial” de la China. El extenso título se debe a que ambas regiones fueron colonias, una inglesa y la otra portuguesa, que hoy pertenecen a China, pero bajo leyes predeterminadas en negociación de la descolonización y por ende, distintas a las del territorio continental. Lo llaman, “dos sistemas, una nación”. Macao es Las Vegas de Asia. Los chinos millonarios vienen aquí, siempre fumando y envueltos en sedas de colores poco tímidos o ropa deportiva con desproporcionados logos de inalcanzables marcas. Aquí, Barragán hace falta y Mariana lo trae en su maleta.

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Foto: Beth Galton

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A pesar de los colosos casinos, Macao tiene una zona antigua, más china que colonial, con un mercado llamado Red Market por su color. La obsesión de Mariana se dispara inmediatamente con las lámparas colgantes de rojo profundo, las luces de neón rosa suave y las bolsas coral. Busca pulpo, langostinos, habiendo ya estudiado la cocina macanesa (¿o macanuda?). “La gastronomía local es una mezcla entre lo chino y lo europeo fascinante”, me dice agitada por el afán y el calor. Ya subió y bajó tres pisos del mercado en un conjunto azul oscuro. Se mueve con confianza por las carnicerías y pescaderías, charlando en lo que me parece es un cantonés inventado, pero, eso sí, craneando platos fundidos por el rosa mexicano. Para ella, “Macao es sumamente verde, casi aguamarina. Me hace pensar en ese color de las paredes de las casas en Mariquita”. Tiene razón.

Entre los casinos de Macao está el hotel St. Regis. El original permanece en Manhattan. El St. Regis ha invitado a Mariana para dictar un taller de creatividad y styling para el equipo de cocina: una mezcla de generaciones, desde el chef ejecutivo de 70 años del restaurante chino hasta la bloguera de 22 años, hongkonesa con decenas de miles detrás de ella en Instagram. Mariana habla de la composición, del sello personal, de encontrar esa inspiración puntual que abre toda clase de puertas. Junto a la chef Mandy, del Manor en St. Regis, diseña un menú de tres tiempos –pulpo braseado por siete horas con cebollitas rojas encurtidas y vinagreta de paprika, langostinos salteados, panes de remolacha y sal del Himalaya. Por último, un pastel de serradura, postre típico de la ciudad, modificado con esencia de rosas y frambuesa–. Sí, en degradé. Todo en el color de Barragán.

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Foto: Beth Galton

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La food stylist colombiana que soñó con crear una Cena Rosa en Nueva York, vino a realizar su sueño en Macao. Los chefs la ayudaron, algunos amateur en el gusto, pero ya curtidos en el sabor. La de hoy es la primera de muchas cenas de arte y diseño por venir. Este es solo el principio.

Tanto es así que dos semanas después de dejar la China, otro hotel de Macao la trae de regreso. En este caso es el Morpheus, de Zaha Hadid (dato curioso: los archivos de Barragán bajo custodia de aquella mujer italiana, se encuentran guardados en el Campus Vitra, un parque italiano en honor a la arquitectura donde hay un edificio de la propia Hadid. Todo está conectado).

A Morpheus, Mariana llegó a definir el estilo fotográfico de los platos y el lenguaje visual de todos los restaurantes del hotel: desde el lounge de Pierre Hermé hasta la cocina de estrellas Michelin Yi. Allí la llevó Richard Christiansen, dueño de la agencia que lleva su apellido. Dice él que Mariana “tiene un nombre largo, pero se resume de manera corta: superchic, superfun, superfood stylist”.

Y sí, la obsesión que mata a muchos, nutre a otros. Las cenizas de Barragán, hechas joya, dieron luz a la Cena Rosa que Mariana empuña en su conquista del Asia.

Próxima parada: Singapur.

P. D. Querido lector(a), si notó cierto enamoramiento entre el sujeto del texto y el creador del mismo, hizo bien. Hay un joven pero sólido matrimonio de por medio.

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abril
24 / 2018