Dans le noir? El restaurante para comer completamente a oscuras

Comer en la más absoluta oscuridad es una experiencia sensorial única. Es una situación en la que estamos vulnerables y son los ciegos los que nos pueden guiar y ayudar. Y ese cambio de roles, sin duda, te permite ver el mundo desde otra perspectiva.
 
Dans le noir? El restaurante para comer completamente a oscuras
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POR: 
Sandra Martínez

Todavía recuerdo aquel 7 de diciembre como si fuera ayer. Vivía en Londres y el frío era insoportable. Sin embargo, a pesar de ese cielo nublado que invade permanentemente a la ciudad y de ese aire que cala hasta los huesos, siempre hay cosas nuevas para hacer en la ciudad. Y, uno, siempre tiene ganas de salir.

Esa noche decidí darle una sorpresa a mi esposo. Le dije que nos encontráramos a las 7:30 p.m. en la estación de metro Farringdon, cerca del centro de la capital británica. La excusa era festejar el día de las velitas con unos amigos colombianos – una tradición que jamás se celebra en Inglaterra-. Él, un poco sorprendido, aceptó mi propuesta.

Yo llegué unos cuantos minutos más temprano para tener claro dónde era el restaurante Dans Le Noir? – que en español significa ‘En la oscuridad’-, y no perderme al llegar por algunas de las callecitas londinenses. Caminé hasta allá, lo ubiqué y me devolví a la estación. Unos días antes había leído en el periódico local una reseña sobre este lugar que capturó toda mi atención. Su propuesta era ofrecer una cena en completa oscuridad; todos los meseros son ciegos y se convierten en los guías de los comensales, y la experiencia gastronómica es interesante porque los demás sentidos cobran una importancia vital a la hora de degustar la comida.

La idea de crear un restaurante donde uno pudiera cenar a oscuras surgió de Edouard de Broglie, fundador del grupo de inversiones Ethik y especialista en innovación y responsabilidad social, quien se unió con una asociación de invidentes llamada Paul Guinot. El primer restaurante abrió en 2003 sus puertas en París, luego vendría Londres, Barcelona y ahora tienen una franquicia en San Petersburgo.

Mi esposo llegó con las ganas de encontrar rápido la dirección de mis supuestos amigos colombianos. Caminamos de prisa, tiritando de frío, aunque llevábamos gorro, bufanda y guantes. Le dije que tenía muy claro dónde era y lo guié. Llegamos al 30-31 Clerkenwell Green. Justo en una esquina estaba el restaurante. Por fuera se veía modesto, más bien pequeño. Su fachada era de madera azul pálida y el letrero era oscuro. Mi esposo me miró sorprendido. No entendía a dónde lo había traído. Hasta que vio el letrero y recordó que le había hablado de aquel restaurante. Sonrío emocionado. Yo le dije que era mi manera particular de celebrar el día de las velitas.

Adentro, el clima estaba mucho mejor. Había un espacio pequeño con unas cuantas mesas, como para tomar una cerveza o un coctel antes de entrar, y una recepción. Pero estábamos justo a tiempo de entrar, así que hicimos una fila porque debíamos dejar en un casillero el celular, el reloj y cualquier otro objeto luminoso que pudiera distraernos de la experiencia. El hombre que nos atendió nos preguntó el menú que queríamos elegir. El rojo incluía carne; el verde, era para vegetarianos y el blanco, sorpresa, elección del chef. Elegimos la tercera opción. Nos pareció emocionante, además, probar algo de lo que no tuviéramos ningún tipo de expectativa. El hombre preguntó si éramos alérgicos a algo, dijimos que no.

Luego de eso, nos dijeron que íbamos a entrar al salón oscuro y para hacerlo un mesero invidente nos guiaría. Nos advirtió que no podríamos caminar dentro del salón sin avisarle a nuestro guía y si queríamos entrar al baño también tendríamos que decirle. Todos entramos en fila india y tomamos el hombro derecho de la persona que estaba al frente nuestro. Éramos alrededor de treinta personas. El túnel, antes del salón, era estrecho, tenía luces rojas y a medida que caminábamos más se iba oscureciendo.

Al llegar al salón, no se colaba ni el más mínimo rayo de luz. Nos dijeron que no camináramos rápido, casi tropiezo. Luego, otro mesero nos llevó a nuestra mesa. A los pocos minutos entré en pánico. Quería ver dónde estaba, quería ver cómo era la silla dónde me estaba sentando, quién estaba al lado, qué estaba pisando, cómo era el color del mantel, de las paredes. Sentí que me faltaba el aire. No ver absolutamente nada por más de un minuto genera una suerte de ansiedad difícil de manejar. Luego, si uno logra calmarse, se empieza a habituar a la oscuridad. Al fin y al cabo, somos un animal de costumbres.

La otra clave es dejarse llevar y confiar. El mesero se convierte en nuestro guía, en nuestros ojos, en nuestra fuerza. No recuerdo su nombre, pero él nos explicó dónde estaban los cubiertos, la servilleta, nos animó a comer con las manos, a tocar, a sentir. Estábamos en su mundo.

El salón estaba muy lleno – tiene capacidad para sesenta personas-. El murmullo de la gente era fuerte. La música provenía de una esquina. Sonaba Always on my mind de Elvis Presley. Nuestra mesa estaba en diagonal y eso me parecía extraño, quería enderezarla. Muy cerca estaba una pareja. Intercambiamos un par de palabras. Eran dos jóvenes londinenses y tenían la misma curiosidad que nosotros, porque también era la primera vez que venían.

El mesero volvió, lo reconocí por el tono de su voz, pero moría por verle el rostro. Nos reconfirmó si nuestro menú era sorpresa y nos preguntó lo que queríamos beber. Elegimos una botella de vino blanco de la casa. Volvió al rato con las copas llenas. Mi esposo lo probó. Las pusimos frente a nosotros. Bebimos un sorbo, intentamos brindar. ‘Por el día de las velitas’, le dije. Nos dijo que estaría pendiente para servirnos más.

Unos minutos más tarde, volvió con los platos. Tomé el tenedor, partí un pedazo muy pequeño de algo muy blando y me lo metí a la boca. El primer sabor que percibí fue el de las aceitunas. Hice mala cara porque no me gusta ese sabor amargo y fuerte. Tomé otro pedazo y lo mastiqué suavemente. Aunque no veía nada recuerdo que cerré los ojos y me di cuenta que era un pescado a la plancha. Estaba rico, suave, a excepción del sabor de las aceitunas. Deslicé el tenedor suavemente por el resto del plato y sentí algo circular, pequeño. Intenté tomarlo con las manos. Eran arvejas al vapor, muy bien sazonadas. En el otro extremo, estaban unos trozos de papa dorada y crujiente.

Una de las cosas más difíciles de comer en la oscuridad es manejar los cubiertos. No mides los movimientos, no sabes cómo cortar, sientes que toda la salsa se te va a caer sobre la ropa. Es raro. Hubo un momento que sentí que ya había terminado, hasta que se me ocurrió mover más el tenedor a la izquierda y me di cuenta que tenía más de la mitad del pescado sin probar. ¡Felicidad total!

Pedimos una jarra de agua adicional. La dejaron en el centro de la mesa. La agarramos fuerte, pero servir fue una tarea difícil. La primera vez que serví agua, se me regó fuera del vaso. Una manera para saber el límite era poniendo un dedo dentro del vaso. En un momento se me cayó la servilleta de tela al piso y mi esposo se agachó para intentar buscarla. Nos reímos. Afortunadamente, la encontró rápido.

Mientras tanto, pensaba en los meseros ciegos. Estaban tranquilos, realizando una labor perfecta, mientras nosotros intentábamos comer, como si fuéramos aprendices. De repente, alguien comenzó a cantar el feliz cumpleaños y todos lo seguimos en coro. Me pareció gracioso imaginarme cómo sería la persona que cumplía años y quiénes eran sus amigos.

El postre llegó después. Era arroz con leche. Antes de meterme un trozo, lo olí. Venía en un platico y me acerqué lo que más pude. Tenía esencia de vainilla, algo de canela. Estaba rico. En total, estuvimos dos horas, hablando y riéndonos, hasta que nos dijeron que teníamos que salir. Atravesamos el mismo túnel que cruzamos para entrar. Al sentir la luz de nuevo, los ojos se resintieron. Por un momento, quise estar más tiempo en la oscuridad.

El mismo hombre que nos recibió los relojes y celulares nos contó que nuestro menú sorpresa era un plato típico de Portugal, porque justo esa semana estaban celebrando en el restaurante un festival gastronómico de ese país. El pescado era un bacalao a la plancha con aceitunas, que venía con una ensalada al vapor y papas fritas. Nos preguntó por la experiencia y si teníamos alguna sugerencia. Debo reconocer que la comida me pareció muy normal, no era nada extraordinario, quizás hubiéramos tenido más suerte con otro menú, pero toda la experiencia y lo que gira alrededor la convirtió en una noche inolvidable. Pagamos 90 libras por los dos (cerca de $360.000).

Honestamente, creo que debería ser un ejercicio que todos deberíamos hacer en algún momento de la vida. No solo porque luego de la experiencia valoras mucho más el resto de los sentidos, sino porque es una situación en la que estamos vulnerables y son los ciegos los que nos pueden guiar y ayudar. Y ese cambio de roles, sin duda, te permite ver el mundo desde otra perspectiva.

         

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julio
29 / 2016