Una media luna para Cortázar

Autor de los más fantásticos juegos literarios en español, entre Rayuelas y París, Julio Cortázar también tuvo tiempo para la cocina.
 
Una media luna para Cortázar
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POR: 
Tina Alarcón

Publicado originalmente en la edición 395 de febrero de 2003

París se llegaba con Rayuela en el bolsillo izquierdo de la gabardina. Cortázar era el cicerón que todos esperábamos encontrar al empezar cualquier peregrinaje por las calles entrecortadas de la idealizada ciudad. Guía invertebrada, para salir del laberinto, bulevares por armar, puentes para suspirar, cafés para enamorarse, parques para ver caer las hojas rojas. Dos medias lunas por favor, mucha mantequilla, un café negro sin azúcar con tres cucharitas. Una para jugar con ella, otra para sentirle el alma y la tercera para revolver el café sin azúcar. En Europa hacen terrones de azúcar con remolacha y en Rayuela toca perseguirlos debajo de las mesas. Cortázar tiene otras clases de dulzuras, como el azúcar de Delia Mañara, personaje desquiciado de Circe, para seducir, ella rellenaba sus bombones con insectos: “adivino un sabor a mandarina, levísimo, viniendo desde lo más hondo del chocolate. Sus dientes desmenuzaban trocitos crocantes, no alcanzó a sentir su sabor y era sólo la sensación agradable de encontrar un apoyo entre esa pulpa dulce y esquiva”. Pobre amante engañado, eran patas de cucaracha.

Con los azúcares sí se juega. Se repite, los cristales de remolacha son más ágiles que los de caña, ruedan mejor sobre los pisos de los cafés, se pierden entre las piernas de las señoras, entre la sonrisa del perro que late y come echado. “Lo primero que me llamó la atención fue la forma en que el terrón se había alejado, porque en general los terrones de azúcar (cuando son de caña) se plantan apenas tocan suelo por razones para lelepípedas evidentes”.

Las calles de París están cubiertas por una sucia alfombra de nieve. Hace frío, es febrero, dicen que lo han visto caminar cerca del cementerio de Montparnasse, solo. Dicen que lo vieron esta mañana, que se sentó a leer el periódico en el Boul’Mich’, como siempre, cuando siempre era una cosa de todos los días. Sobre las mesas redondas de los cafés, él, Cortázar, se inventó una nueva ciencia: la poemancia. Confuso saber nacido en el Campo de Agramante, para adivinar el futuro que viene oculto en cada una de las palabras con las que otros poetas han armado sus poemas.

Sobre la mesa de mármol del café un libro de poemas de Vallejo, aquel que quiso morirse un jueves de otoño y aguaceros en alguna de estas calles queridas. Paris engaña y puede matar muy lentamente. ¡Salud! Un sorbo grande del vaso grande de cerveza oscura –une demi- dicen los franceses, medio litro, toda la vida sobre la espuma de la cerveza. El oráculo está dispuesto, Cortázar abre el libro al azar, ¿qué importa el título?, lo que vale es el poema en sus profundidades, en su mensaje críptico, es la magia de la poemancia, es saber leer entre letras el futuro oculto en cada verso, manera seria de resolver la vida, lo escrito, escrito está. Los griegos leían el porvenir en las cambiantes tripas de un pájaro de paso. Un poema es más estable, da más garantías. Cortázar, jugando, supo encontrar su futuro sobre las autopistas, apostándoles a las placas de los autos o con el número de postes que hay entre la salida de la avenida y la próxima gasolinera.

El Julio, nacido en todas partes, enamorado en tantas otras, vivió en Paris hasta ese domingo final en que su primera y única mujer volvió a cuidarlo, cebaron juntos el último mate, antes de despedirse. La Bernárdez le ayudó a decirle adiós a la Argentina lejana, el caserón de Flores, a los perros, al jardín.

Gracias a las sibilas protectoras, en Paris, se creó un espacio no determinado y por lo tanto privilegiado, lugar donde todo se soluciona: el café de la esquina. Mesas redondas, siempre redondas. El preferido de Cortázar el Old Navy de Saint Germain, el mismo donde un periodista con zapatos amarillos, recién llegado de Colombia, estuvo esperándolo meses y meses, hasta que al fin, una tarde cualquiera lo vio entrar. García Márquez quería conocer al escritor “a quien se quería parecer cuando fuera grande”.

Ningún latinoamericano ha escapado de los fantasmas de Cortázar en Paris. Hubo una vez un paraguas amigo y despanzurrado que salió en maleta de cuero de Bogotá, llegó a Paris buscándose una tumba digna. En Rayuela había visto las claves, el Parque Montsouris y su viaducto tenían que ser su destino final. El recorrido que había por hacer, el recorrido del adiós estaba escrito en Paris I’indispensable, bajarse en la estación Alesia, caminar por la calle Alesia hasta llegar al viaducto, abajo Montsouris y sus árboles en otoño, la carrilera del tren que ya no pasa. Paraguas listo para lanzar sus viejas varillas al aire, eran los caminos de la Maga las cosas podían suceder o no y no. El calor del metro, su ronroneo siempre daban sueño y dormido se quedó sin dar su brinco final. El día de la resurrección de los paraguas, el paraguas bogotano seguía dormido en el cuarto de los objetos perdidos del metro de París. Madre, abrigo, nieve. La predicción del poeta tenía mucho sentido. Amigos sin conocerse, amigos ante la seriedad de la palabra, ante los juegos de un poema, amigos por las mismas luchas y luego al cabo de los años, los dos, el uno cerca del otro, en el mismo cementerio de Montparnasse. Vecinos bajo la frágil alfombra de aguanieve y sal, vecinos en el cementerio que estaba en nuestro camino matinal, aquel que quedaba en la ruta diaria rumbo a la matemelle de la niña, guardería que de sol a sol le enseñaba a decir: maman je taíme a la foUíe ¿Me compras un bombón?

Las medialunas

Entonces te seguía de mala gana, encontrándote petulante y malcriada, hasta que te cansaste de no estar cansada y nos metimos en un café del BoulMichy de golpe entre dos medialunas, me contaste un gran pedazo de tu vida.”

Peligro: Dos medialunas pueden ser dos espejos relucientes o bien dos panes calienticos de mucha mantequilla. Nos vamos con los panes. El problema de los espejos es con Borges que los odiaba, historia que no viene al caso, pero... Para mantener un verdadero ambiente argentino, veamos cómo se preparaban las medias lunas.

Al horno

Receta a la manera de nuestras abuelas argentinas, por lo tanto imposible de preparar, mejor salir corriendo hasta la panadería más cercana y comprarlas (comprarlos). Aquí el problema de género es muy simpático, si es “as” son las medialunas, si es  “os” pueden ser los cachitos o croissants, que en el fondo son lo mismo. ¿O no amigas, os?

La receta

Un kilo de harina; 50 g de levadura; 100 g de sal; 700 g de manteca; 1 litro de leche.

Ponga la harina sobre la mesa en forma de corona. En el centro deslía la levadura con el cuarto de leche y la sal.

Mezcle bien todo para que la pasta quede bien lisa. Deje descansar una hora. Estire la masa hasta que tenga más o menos 30 cm de largo por 30 de ancho; divida los 700 g de manteca (mantequilla, fuera de Argentina) en pequeños dados que se ponen encima y doble de los cuatro lados para encerrar bien la manteca. Estire hasta que tenga 50 cm de largo y 30 de ancho, doble dos veces y deje descansar un cuarto de hora. Haga seis veces la misma operación. Estire entonces hasta que tenga un centímetro de espesor; enrolle como salchichas y deles la forma de media luna. Coloque sobre una planta y deje trabajar la levadura en un lugar tibio. Cocine con horno moderado.

Propuesta

Como ven, las cosas no son nada fáciles, por lo tanto sugiero el viejo truco de comprar las Medialunas en su panadería de confianza.

         

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agosto
26 / 2014