¿Cómo es vivir y sublevarse contra la gordofobia?

Tres activistas le cuentan su experiencia a Diners y una nutricionista ofrece una perspectiva distinta frente a la gordofobia: “Cuando vives en una sociedad que te enseña a odiarte, amarte es revolucionario”.
 
¿Cómo es vivir y sublevarse contra la gordofobia?
Foto: Ilustración Alejandra Balaguera @balaaguera /
POR: 
Andrea Domínguez

“Oye, ¿cuánto pesas?”, le pregunta una completa desconocida a Nataly Ortegón, mientras ella, sentada en la banca de un parque, disfruta del sol en una inusual tarde en Bogotá. Esto es algo que cotidianamente vive esta fotógrafa, artista y activista debido a la gordofobia frente a su aspecto físico. 

Por supuesto, algunos dirán: “¿Cuál es el lío? ¡Es una simple pregunta!”. Pero no, no es una pregunta simple ni inocente. Los comentarios sobre el peso son apenas unos de los muchos leitmotivs que viven día tras día, año tras año, década tras década las personas gordas en Colombia. Otro es tropezar con alguien por accidente y recibir como respuesta un “fíjese por dónde camina, gorda”, con énfasis en la palabra “gorda”.

O al disfrutar de un almuerzo en familia, escuchar la frase: “No te comas las papas, mejor sírvete más ensalada”. Y tener que hacer maromas para entrar en un bus del servicio público porque no está pensado para personas con mucho peso. O ir al médico y antes de abrir la boca recibir un regaño del doctor de turno por los kilos de más.

La discriminación de la sociedad

El comentario del parque, surgido de la nada, en realidad proviene de todo aquello que la sociedad cree y se siente con el derecho de señalar acerca de los cuerpos gordos, convertidos en objeto de una discriminación que se manifiesta de mil maneras. Desde no poder acceder a un determinado servicio o producto, pasando por las críticas a la apariencia física, hasta la negación de oportunidades laborales, el bullying y el acoso. 

Todo esto constituye la gordofobia. Esta es una de las formas de discriminación que ejerce la sociedad contra los cuerpos que no cumplen un cierto canon: delgado, blanco, joven, atlético, cisgénero, heterosexual.

Para intentar entender cómo es padecer, pero también sublevarse contra la gordofobia, Diners conversó con tres activistas y una nutricionista que trabaja desde la perspectiva de peso inclusivo. 

Ideales arbitrarios

Silvia Quintero, politóloga, estudia un posgrado en temas de género en la Universidad Nacional. Creció haciendo dietas, contando calorías y aprendiendo a sustituir unos alimentos por otros; estas preocupaciones se repetían en cada una de las comidas, todos los días de su vida. “Es un suplicio, una cosa que no te permite vivir tranquilamente”, recuerda. Agrega que el placer asociado a la comida era ajeno a ella porque el momento de alimentarse era angustioso.

Gordofobia testimonios
Ilustración Alejandra Balaguera @balaaguera

Hasta que empezó a leer sobre la relación de las mujeres con su cuerpo y la forma como la sociedad les impone unos ideales arbitrarios. De esta manera se encontró con otras personas que padecían las mismas angustias y presiones que ella. “Eso me permitió salir de ese lugar individual. Y ver que las cosas que yo vivía y que me hacían sentir mal conmigo misma eran algo que compartía con muchas otras personas que también tenían cuerpos gordos”.

Quintero se vinculó así a un activismo principalmente ejercido por mujeres, pues a pesar de que todas las personas gordas padecen discriminación, sobre las mujeres recaen unas demandas particularmente opresivas. En estos espacios empezó a darle un carácter político al hecho de vivir en un cuerpo gordo.

La culpa y la vergüenza

Marcela Salas es trabajadora social y acaba de terminar su tesis de maestría sobre la relación entre familia y gordura. Al entrar en contacto con el feminismo, Salas se empezó a cuestionar las dietas constantes y las presiones para feminizar su cuerpo, adelgazar y moldearlo de determinada manera. Ha formado parte del colectivo Gordas sin chaqueta y ahora actúa de manera independiente. 

Salas recuerda que, como Quintero, antes de su activismo también vivía todo el tiempo centrada en esa regulación corporal que le imponía su entorno. Hoy siente que vive más allá de su peso e intenta que este no determine todo en su vida: desde sus relaciones personales hasta las de trabajo; lo que come, lo que hace y cómo se desenvuelve en el mundo. “En la realidad todavía pasan cosas que te remiten a eso. Pero el trabajo personal es eliminar el miedo y la vergüenza con la que aprendemos a andar en el mundo y decir, ‘sí, necesito una silla más grande’ o ’pásame el extensor del cinturón’ en el avión y no sentir pena por eso”.

Y es que culpa y vergüenza son dos emociones a las que todo el tiempo apela la gordofobia, porque “el truco” es hacer que se sientan culpables por ser como son y por no perder peso, emociones que a su vez generan depresión, baja autoestima, ansiedad y trastornos de la alimentación.

Superioridad moral

Como explica Nataly Ortegón, la fotógrafa que narraba el episodio en el parque, las personas se sienten con el derecho de criticar los cuerpos de otras o de sugerir cambios en sus hábitos.

“A mí se me acercan y me ofrecen productos para adelgazar, es decir, la gente parte de la convicción de que una persona gorda tiene que adelgazar para adaptarse al mundo, para alcanzar el ‘éxito’, porque ser así es no ser exitoso. Siempre se han invisibilizado otras formas de existir y entonces todo el mundo se siente con derecho de, con una supuesta buena intención, aconsejarte que adelgaces o que bajes de peso”, afirma.

Estos comentarios vienen de un lugar de superioridad moral, como lo explica Salas. Agrega, también, que muchas veces estos consejos se esconden detrás de la excusa del cuidado. “‘Te aconsejo esta dieta por tu bien’, dicen. Pero en realidad no hay una intención de cuidado, sino un prejuicio y una convicción de que pueden opinar sobre nuestros cuerpos”.

El argumento de la salud

La nutricionista Paola Sabogal trabaja desde una perspectiva inclusiva del peso corporal. Aunque ella no ha vivido en carne propia la gordofobia, sí desarrolló una sensibilidad especial hacia el tema porque cuando era niña, Sabogal tenía el privilegio de comer alimentos que no le eran permitidos a su hermana, algo que le resultaba doloroso. 

Además de eso, su mamá también padeció la gordofobia. “Ella tenía un cuerpo gordo y lo sufría mucho. Particularmente, recuerdo que un día llegó llorando de una consulta con la nutricionista de la EPS; me contó el maltrato recibido y en ese momento pensé que yo hubiera actuado exactamente igual a como actuaron con ella; eso para mí fue un golpe muy fuerte y me hizo cuestionar cómo estaba haciendo mi trabajo”. 

Así que empezó a estudiar sobre el movimiento de la salud en todas las tallas. Desde entonces ha aprendido mucho de las activistas e intenta compartir ese conocimiento en sus redes. Y constantemente libra una cruzada contra mitos como el de que la gordura equivale a una mala salud o que las personas deben perder peso como sea, incluidas cirugías o dietas constantes.

“La gordofobia viene de una noción de salud que pregona que un cuerpo gordo siempre está enfermo; este es un discurso legitimador de la inexistencia de la gordura y que genera culpa y estigmatización sobre las personas gordas. Si realmente nos preocupara su salud, las volveríamos un grupo de protección especial dentro del sistema, en lugar de poner sobre ellas la exigencia de tener un determinado tipo de cuerpo. Pero si pensamos en todos los procesos que se prescriben desde los profesionales de salud para bajar de peso, vemos una estigmatización y una cadena de efectos negativos sobre la salud física y mental por esas imposiciones”, explica Sabogal. 

El fin de la gordofobia

En lugar de protección, desde la institucionalidad se crea más discriminación, como la medida dictada por la Alcaldía de Bogotá durante la pandemia, que les sugería a las personas gordas no salir a la calle, lo que generaba aún más prejuicios. O como ciertos proyectos de ley que pretenden que paguen más al sistema de salud.

Algunas personas cuestionan si abogar por el fin de la gordofobia es estar en contra de la salud y lo plantean en términos como “bueno, aceptemos todos los cuerpos, pero igual los gordos están enfermos, ¿no?”. La respuesta de Paola Sabogal es que “diversos estudios han encontrado que las personas gordas, al ser comparadas con personas delgadas, suelen presentar mayor incidencia de ciertas enfermedades. Esto muestra una ‘correlación’, es decir, la presencia de dos fenómenos simultáneos que aumentan o disminuyen en conjunto; esta ha sido la base para asegurar que ser gordo te hace estar enfermo, pese a que la presencia simultánea de dos condiciones no implica causalidad de una sobre la otra, es decir, tener diabetes y ser gordo es diferente a tener diabetes por ser gordo”, explica.

Ciencia reduccionista

Para ella, esta noción de causalidad tan lineal se encuentra permeada por una ciencia reduccionista que descompone el mundo complejo en factores medibles como parámetros de peso, de enfermedad, y desestima las determinantes sociales que condicionan el peso y la salud.

“De hecho, si consideramos solo el grupo de las personas gordas, encontramos que están expuestas a un riesgo mayor en su salud por tres factores centrales: dietas repetidas que afectan la composición corporal y que producen carencias nutricionales, desórdenes metabólicos y trastornos de la conducta alimentaria; este efecto yoyo resulta en aumentos sistemáticos de peso, asociados a mayor riesgo cardiovascular, entre otros, y estigma de peso que se han asociado a un incremento de riesgo cardiometabólico, disfunción en el control glicémico, mayor inflamación y estrés oxidativo”.

Por eso, la nutricionista cuestiona si la diferencia en marcadores de salud que se encuentra en los estudios de personas gordas vs. no gordas tiene que ver necesariamente con su peso o con lo que los médicos y la sociedad en general les exigen que hagan para perderlo.

La diversidad como punto de partida

En síntesis, para Nataly Ortegón, se trata de respetar la diversidad. “El reto radica en que la gente entienda que hay cuerpos gordos, delgados, altos, bajos y no solo en cuanto al peso, hay diversidad en muchos aspectos; cuando entendemos que estandarizar es segregar un montón de personas, ahí puede haber un cambio real”.

Mientras estos cambios ocurren, las tres activistas no están sentadas a la espera de que su entorno se transforme. 

Todas están involucradas en movimientos que conduzcan a cambios reales. Por ejemplo, en los diseños de políticas públicas relacionadas con el uso del espacio público, de campañas anti-bullying en instituciones educativas y laborales o del acceso a la salud, entre otros temas.

Entre tanto, siguen haciendo cada día de lo personal algo político, pues con su cuerpo comunican un mensaje por estas calles hostiles. “Mi mamá siempre recalcó que nadie tenía que juzgar mi cuerpo, que no hiciera caso a los comentarios de los demás. Después, cuando tuve que enfrentar al mundo y sus prejuicios, decidí no esconderme. Nunca quise que no me vieran, al contrario, voy por el mundo como en una pasarela, me subo a escenarios, hago activismo, amo mi cuerpo. Y es que cuando vives en una sociedad que te dice que te odies, amarte es revolucionario”, concluye Ortegón.

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noviembre
10 / 2022