¿Por qué hemos desterrado el acto de caminar de nuestras vidas?

Caminar, tu nuevo estilo de vida: una guía sencilla y fascinante que recoge los numerosos beneficios de esta actividad, tanto en términos físicos como espirituales y emocionales.
 
¿Por qué hemos desterrado el acto de caminar de nuestras vidas?
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POR: Simón Granja Matías

La propuesta del libro 52 maneras de caminar es la de establecer una nueva rutina semanal, dividida por estaciones, para caminar durante todo el año. Ideas, reflexiones y consejos que animarán a mejorar nuestra técnica y a adquirir nuevas habilidades, a buscar rutas (muchas de ellas, al lado de casa), nuevos compañeros de paseo (el cerebro envejece mejor cuando variamos de vez en cuando) y más momentos para caminar.

La siguiente es la introducción del libro de la escritora e investigadora Annabel Abbs:

Introducción de 52 maneras de caminar

Cuando tenía veintitrés años y poco dinero en el bolsillo, aprendí a conducir y me compré un pequeño carro que traqueteaba. Me encantaba mi carro y a menudo lo conducía solo por el puro placer de hacerlo. 

Verás, cuando era pequeña, mi familia no tenía carro. Mi padre nunca tuvo uno y nunca aprendió a conducir. Mi madre finalmente decidió apuntarse a la autoescuela a los cuarenta años, pero suspendió orgullosamente el examen siete veces. Vivíamos en sitios recónditos y remotos donde el transporte público era, como mucho, impredecible y, como poco, inexistente. Si necesitábamos cualquier cosa, teníamos que caminar, normalmente kilómetros y kilómetros. Quizás esto explique por qué mi pequeño carro me hacía tan feliz.

Esta época de conducción coincidió con un trabajo de oficina. Y con el tiempo, ambos coincidieron con unos curiosos cambios en mi cuerpo (se volvió más redondeado, blando, dolorido, rígido y encorvado) y mi mente (estaba más ansiosa, inquieta e insatisfecha). 

También por aquel entonces me topé con un dato que me dejó atónita. Leí en el libro de Bill Bryson Un paseo por el bosque que el estadounidense medio solo camina 2,25 kilómetros a la semana.

En aquel momento me di cuenta de lo drásticamente que había cambiado mi vida. Y es que, a decir verdad, yo no lo estaba haciendo mucho mejor: me subía al carro siempre que se me presentaba la oportunidad, me pasaba el día encorvada encima de un escritorio y me quedaba toda la noche tirada en el sofá. De repente, empecé a anhelar la vida que había perdido, la simple alegría de andar, las interminables aventuras a pie y el aire puro. Decidí introducir más movimiento en mi vida, reoxigenarla. 

Caminar vs. usar el carro

Me impuse una norma a mí misma: nada de utilizar el carro excepto en casos absolutamente necesarios. En vez de conducir, caminaría. Durante los meses siguientes, me di cuenta de que la mayoría de los trayectos que hasta entonces había hecho en carro eran para ir a destinos ridículamente cerca de mi casa. ¿Por qué había ido en carro al supermercado si solo estaba a veinte minutos a pie? ¿O al dentista, que estaba a quince minutos andando? Y aún más ridículo, ¿por qué demonios había ido en carro al gimnasio para luego caminar en una cinta o pedalear en una bicicleta estática?

También me di cuenta de otra cosa: al primer indicio de lluvia, viento, oscuridad, calor, hambre, aburrimiento o falta de compañía (por nombrar unas pocas de mis muchas excusas), mi pequeño carro me resultaba irresistiblemente atractivo. Así que me compré un perro y ropa impermeable; ya no podría utilizar el frío, la lluvia o la oscuridad como excusa para no caminar. Me acabó encantando pasear de noche, caminar empapada por la lluvia y llena de barro, deambular después de cenar, subir montañas el fin de semana con el viento soplando, y seguir mis líneas ley. Caminar nunca me había resultado tan atractivo y emocionante. 

Más adelante, aquejada de un dolor de espalda terrible debido a mi trabajo de oficina, me impuse una segunda norma: transformar todas las actividades sedentarias que pudiera en actividades a pie. Trabajaría caminando; me pasaría las vacaciones andando; aprovecharía la compra semanal para hacer rucking (es decir, caminar con una mochila lastrada);  en vez de sentarme a tomar un café con mis amigos nos lo tomaríamos dando un paseo… Pero tan solo escuché las mismas excusas que antes me decía a mí misma.

Mis compañeros de trabajo rehusaron mi propuesta de hacer reuniones andando: demasiado viento/calor/frío/temprano/tarde. Mis amigos (algunos) y familiares (especialmente) reaccionaron de manera parecida: demasiado lejos/empinado/embarrado/pesado/aburrido… sobre todo aburrido.

Todo esto empezó a carcomerme: ¿Y si, paradójicamente, todas esas excusas en realidad fueran buenos motivos para caminar? Por aquel entonces ya estaba investigando y escribiendo con asiduidad sobre la relación entre caminar y la buena salud. No paraban de llegarme estudios a la bandeja de entrada sobre los increíbles beneficios que podemos obtener del movimiento y de la naturaleza (la luz del sol, la tierra, la nieve, el silencio, los olores) que confirmaban algunas de mis recientes sospechas. 

Empecé a llevar a cabo mis propios experimentos a pie: caminar a cierta altitud, por el bosque, descalza, de espaldas; andar bajo la luz de la luna; seguir el curso de un río, rutas de peregrinación, fractales o mi propia nariz; cantar y bailar a cada paso; recoger basura, recolectar, practicar mindfulness, hacer caminatas rápidas, andar en silencio… Caminar volvió a convertirse en la gran aventura de mi vida. Pero esta vez la ciencia me explicó cómo y por qué.

¿Qué dicen los estudios sobre caminar?

Los datos que existían sobre los efectos de caminar en la salud parecían indiscutibles: caminar con regularidad estaba ayudando a millones de personas a revertir la diabetes, a prevenir enfermedades cardíacas, a mantener a raya el cáncer, a reducir la presión arterial, a bajar de peso, a contrarrestar la depresión y la ansiedad, y mucho más.

De hecho, un estudio concluyó que el ejercicio prevenía casi cuatro millones de muertes prematuras cada año,  una cifra considerada conservadora por algunos epidemiólogos, que creen que andar podría estar evitando hasta ocho millones de muertes al año.

Otro estudio calculó que se pueden prevenir treinta y cinco enfermedades crónicas con la práctica de ejercicio físico. Porque resulta que cuando nos movemos, se producen cientos de intrincados cambios en el interior del cuerpo. Caminar tan solo doce minutos altera 522 de los metabolitos que tenemos en la sangre, es decir, las moléculas que afectan al latido del corazón, a la respiración pulmonar y a las neuronas del cerebro. Cuando caminamos, el oxígeno fluye por todo nuestro cuerpo y tiene un efecto en los órganos vitales, la memoria, la creatividad, el humor y la capacidad de pensar. 

Caminar hace que cientos de músculos, articulaciones, huesos y tendones se muevan en una secuencia elaborada y sencilla que nos impulsa hacia delante, pero también activa una miríada de vías moleculares, ensancha el corazón, fortalece los músculos, alisa las paredes de las arterias, reduce el azúcar en sangre, y activa y desactiva los genes mediante un milagroso proceso llamado «modificación epigenética».

Pero caminar no solamente enriquece nuestra propia salud, sino también la de las futuras generaciones. Se ha demostrado que hacer ejercicio durante los años reproductivos hace que los hijos sean más resistentes a las enfermedades,  y también que las mujeres embarazadas activas producen un compuesto en su leche materna que reduce el riesgo del bebé de sufrir diabetes, enfermedades cardíacas y obesidad durante toda su vida.

Además, cada vez que optamos por caminar, reducimos la contaminación atmosférica y acústica. Impedimos que se dedique todavía más terreno a construir aparcamientos de hormigón y centros comerciales en las afueras. 

Cada vez que pedimos al gobierno y al ayuntamiento que creen más áreas peatonales y parques, que protejan los bosques y los pantanos, estamos ayudando a construir un mundo mejor para todos, ahora y en un futuro. Al caminar por la naturaleza, estrechamos vínculos con la tierra y nos preocupamos más por ella, desde sus pequeños insectos y líquenes hasta la grandiosidad de sus montañas y árboles. Y cuando nos preocupamos por algo, queremos conservarlo. Actualmente, nuestro espectacular mundo necesita que lo conservemos.

Caminar es más que salud

¿Y qué hay de nuestros pueblos y ciudades? También merecen que caminemos por ellos. Y también se enriquecen cuando caminamos en vez de conducir; se vuelven más limpios, agradables, tranquilos y seguros.

Hemos desterrado (literalmente) el acto de caminar de nuestras vidas. Y, sin embargo, nacimos para caminar. Y no solo durante unos pocos minutos en agradables días soleados y con deportivas acolchadas siguiendo un punto en Google, sino bajo lluvias torrenciales y vendavales, en subida y en bajada, en invierno y por la noche, en solitario o en grupo, por bosques y junto a los ríos, buscando comida y siguiendo un olor, incluso caminando de espaldas y con los pies descalzos.

Es hora de reconsiderar el acto de caminar, de recuperarlo de nuestra memoria molecular. Caminar no es aburrido, y nunca lo ha sido. Puede que estemos atrapados en una rutina, yendo siempre por la misma ruta, a la misma hora del día, con la misma compañía. Pero hay cientos de maneras de caminar y cientos de motivos para hacerlo. 

Podemos emprender muchos caminos desde la puerta de casa, sin importar dónde vivamos o trabajemos, sumergiéndonos enseguida en una maraña mágica de fauna salvaje, geografía, geología, astronomía, historia, cultura y arquitectura.

Caminar no es simplemente contar pasos o hacer «ejercicio». Cierto es que tener una buena salud física y mental es una consecuencia bienvenida. Las alegrías que nos reporta caminar son infinitamente mejores que contar pasos. Tómatelo como si fuera una manera de descubrir pueblos y ciudades, de conectar con la naturaleza, de estrechar lazos con nuestros perros, de fomentar nuestras amistades, de encontrar fe y libertad, de hacer la peineta al tráfico que contamina la atmósfera, de cultivar el sentido del olfato, de satisfacer las ansias de luz de estrellas y oscuridad, de ayudarnos a apreciar el mundo exquisitamente complicado y hermoso que habitamos.

Espero que este libro te anime a redescubrir el placer, el misterio, el asombro y la emoción de caminar. Espero que, a través de estas cincuenta y dos maneras de caminar, ir a pie también se convierta en una actividad infinitamente interesante y eternamente gratificante para ti. Por último, espero de todo corazón que disfrutes de la felicidad y la salud que siempre, siempre acompañan la vida de un caminante.

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julio
27 / 2022