El doble filo de la tecnología en Brasil 2014

Los avances en tecnología en este Mundial, en búsqueda de la mayor legalidad posible a la hora de sentenciar los partidos, han supuesto enormes paradojas que prometen no tener fin por un buen rato.

En comparación con otros deportes –el tenis, el atletismo, el automovilismo o el cricket– que han visto en las posibilidades tecnológicas de los últimos 20 o 30 años una ayuda infinita, la FIFA, el ente rector del deporte de masas, ha sido mucho más reacia a aceptar que el tiempo pasa y con él vienen transformaciones que pueden ser útiles para darle al balón algo más de legitimidad cuando de definiciones y resultados se trata. El argumento es que, para un deporte cuyas bases están en la emoción de lo impensado y la susceptibilidad del error humano, apegarse ciegamente a la supuesta infalibilidad de la máquina es renunciar en gran parte a la esencia y a lo que ha hecho grande y amada a la pelota. Para la organización y para muchos aficionados, es preferible irse a jugar otro deporte a dar la espalda al elemento de lo imprevisto.

Sin embargo, esa visión romántica de entender el fútbol ha ido desvaneciéndose de a poco, ya que ahora demasiado lo que se pone en juego y se expone cuando rueda el balón profesionalmente para dejarlo todo a la suerte (cada gol y cada derrota o victoria significa que los jugadores y equipos ganan y pierden contratos y beneficios millonarios de acuerdo a su rendimiento, el descontento de los hinchas, los equipos y hasta las figuras públicas se hace patente si hay crasos fallos). O eso es lo que parece pensar la FIFA, que este mundial dejó de lado algunas de sus reticencias para, tímidamente, ir dando el paso que busca ser más cuidadoso con la legalidad del juego.

Fueron varias y muy sonadas las incorporaciones tecnológicas: el reloj inteligente de los árbitros, conectado a 14 cámaras alrededor de la cancha, que vibra cada vez que la pelota sobrepasa totalmente la linea de meta para indicar que fue gol; la espuma para delimitar exactamente dónde debe ir la pelota y dónde la barrera en los tiros libros, que además es amigable con el ambiente gracias a su base de agua y su capacidad para disiparse rápidamente; y, sobre todo, el que ha causado más revuelo, tanto negativo como positivo, la tecnología del ojo de halcón, esa ya implementada y muy exitosa en el tenis, que permite saber al detalle la trayectoria de una pelota y conocer dónde y cómo impactó en el campo. En las pruebas que se hicieron a cada una de las novedades funcionaban muy bien. Se vieron como un éxito asegurado y auguraron que sería un Mundial con poca controversia de dónde agarrarse.

Y sí, a falta de dos juegos para el final de la Copa, el momento en que la herramienta del gol tuvo que verse exigida al máximo respondió como se esperaba, aunque no sin cierta confusión. En el partido de primera ronda entre franceses y hondureños, un remate del galo Karim Benzema se estrelló contra el palo izquierdo derecho, para luego rebotar en dirección al arquero, ubicado al otro palo. La pelota rebotó en las manos de éste, quien no pudo retenerlo y enfiló hacia adentro de la portería unos cuantos segundos, hasta que el portero pudo contenerlo al parecer sobre la línea. El ojo de halcón hizo su trabajo tanto en el palo como en el rebote, primero mostrando un “No goal”, que puso a todos, tanto adentro como fuera del estadio en suspenso mientras en la segunda acción el “Goal” demostró que el balón había traspuesto la raya final.

Ahora bien, si la implementación del ojo de halcón ha sido cuestionable pero efectiva, el tema de las cámaras sí que es complejo de resolver. En número son infinitas, rodean la cancha y se expanden cada mundial para que ya hoy en 2014 sean onmipresentes: centímetro a centímetro, palmo a palmo del terreno de juego están ahí como jueces vigilantes para asegurarse que no quede manto de duda sobre lo sucedido. El problema, o la gran crítica que se ha hecho, es que su rol real no es claro –y esa discusión no es nueva–: sí, los televidentes alrededor del mundo, en cada pequeño y alejado rincón en el que estén, pueden ver desde distintos ángulos, en distintas velocidades y en HD, cuadro a cuadro, lo que ocurre en todas las acciones de juego. ¿Hubo gol, falta, penal, salió del uno o del otro, de esquina o de lateral? Las agudas cámaras resuelven las dudas a todos excepto a los verdaderos implicados (jugadores, cuerpo técnico y árbitros).

Hay que recordar que las normas acerca del uso del video dentro de la cancha son prohibitivas pero contradictorias la mayoría del tiempo. Los árbitros no pueden tomar decisiones basadas en él, sino que, como parte de la idea fundamental que subyace al juego, lo que queda para el registro es únicamente lo que el central y los jueces de línea vieron con sus ojos ahí, en directo. Las protestas dentro del campo no surgen ningún efecto una vez se pita, pero las réplicas afuera no se hacen esperar y el escándalo mediático es inmediato. Diarios, canales de televisión, analistas y el público en las redes sociales prende las alarmas en tiempo real mientras en el campo todos tienen que aguantarse hasta el final para expresarse. Hasta en el estadio, donde está prohibido pasar repeticiones ha sucedido y sucedió en 2010. Este mundial abundó en dichos casos: el primer gol de Brasil fue un penal inexistente; la eliminación de México fue a expensas de una falta mal sancionada en el área; el gol anulado a Mario Yepes y la falta de James Rodríguez en el partido contra Brasil se discutieron mucho; el mordisco de Suárez si bien clarísimo en video, estuvo plagado de dudas en un principio; manos, fueras de lugar y decenas de faltas evidentes no sancionadas que levantaron ampolla, entre otros.

En 2010, se recuerda el nítido gol que no le marcaron a Frank Lampard de Inglaterra frente a Alemania, luego de que su potente disparo se estrellara contra el poste horizontal y luego rebotara adentro del arco, por lo menos unos 40 o 50 centímetros adentro. Fue gol para todos menos para los jueces que no lo vieron. En ese caso, y sabiendo el tremendo lío que se arma cada vez que se da acción tan recurrente en el juego, sólo cabe preguntarse para qué están ahí, quién dejó a las cámaras llegar hasta ese punto, y qué sentido tienen si sólo están deslegitimando la que debería ser una impecable labor de los colegiados y por esa vía, la credibilidad de la FIFA. Esa que de por sí está muy maltrecha en estos días en los que la gente no está dispuesta a admitir una controversia más porque ya no creen que se trate de un yerro inocente sino de un arreglo premeditado con tintes de mafia. En fin.

Justo después del incidente Lampard, la FIFA en cabeza de su patrón Blatter dijo que revisaría el uso del video en su siguiente reunión sobre el reglamento, pues ya era una cuestión ineludible. De la reunión al parecer no surgió nada relevante, porque las cámaras siguen ahí cuatro años después pero sin ser legitimadas para lo que podrían servir seriamente. En 2014, los avances se han dejado ver –quién lo duda– y el margen de error se acorta cada vez más, lo que garantiza la ansiada legalidad por todos. No obstante, hay dos caminos entrecruzados en los cuales el debate se hace álgido. Por un lado, parece claro que las restricciones de tecnología deberán modificarse porque los avances milimétricos continúan y el riesgo de que las normas se vuelvan obsoletas llegará a ser inminente. En esa misma linea, si paulatinamente se sigue la senda tecnológica y sus infinitas posibilidades, ¿corre el deporte más humano del mundo el riesgo de automatizarse? La polémica está servida.

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