Los ires y venires de Argentina y Holanda

El segundo partido de semifinales posee una amplia y nutrida estela que además llega precedida por historias y escándalos, algunos de ellos que poco o nada tienen que ver con la pelota y sus andanzas.

Bien se sabe que el fútbol termina por escribir la historia de forma más duradera que otros eventos: hacer el ejercicio de preguntar los últimos campeones mundialistas obtiene mejores respuestas que datos claves de guerras o de las listas de los presidentes de cualquier país. Pero también por la vía del fútbol se llegan a conocer temas esenciales y curiosos sobre otras latitudes que seguramente de otro modo jamás saldrían a la luz por interés propio. Por eso, la relación que une a holandeses y argentinos, hoy buscando el ansiado lugar en la final, daría para ríos de tinta, empezando por el controvertido Mundial de 1978 celebrado justamente en Argentina, y en el que ambas selecciones disputaron la final. Ese sería sólo el inicio de una historia enclavada en el pasado, que se nutre del presente y que da saltos ambiguos y extraños, que se pasea a su antojo en el tiempo.

Aunque Argentina ganó su primera Copa del Mundo en casa con un equipo excepcional (Mario Kempes, Daniel Passarella, Ubaldo Fillol), el manto de duda que rodeó el título jamás ha podido disiparse y las suspicacias al respecto han crecido con el pasar de las décadas. El país vivía un clima de extrema tensión política debido al golpe de Estado que los militares habían dado apenas dos años atrás (1976) al gobierno de María Estela Martínez de Perón, aprovechando la polarización política y la crisis social y económica que se vivía desde los convulsos años 60. Las fuerzas armadas a la cabeza del general Jorge Rafael Videla –hoy difunto por causas naturales, cómo son las cosas– se tomaron el poder, acallaron la opinión pública, coartaron la libertad de expresión e iniciaron un plan sistemático de exterminio, tortura y desaparición a simpatizantes y militantes de izquierda, intelectuales opuestos al régimen y a grupos sociales y estudiantiles, entre otros. A meses antes del inicio de la cita mundialista se manejaba la cifra de más de 5000 desaparecidos recientes.

El Mundial, adjudicado a los del Río de la Plata desde 1966, empezó a peligrar por cuenta de la tremenda presión de diversos países y organizaciones europeos, que buscaron boicotear el evento en protesta a la continua violación de los derechos humanos en el Cono Sur. Entre los de la postura más álgida estuvieron Francia y la propia Holanda, además de Alemania Occidental (el defensa Paul Breitner se negó a hacer parte del equipo). A pesar de esa dura postura se dice que no sólo la Junta Militar sino también otros sectores se mantuvieron firmes en el empeño de organizar y ganar el torneo. Forzados a competir y curiosamente alcanzando la final, varios de los tulipanes dijeron tiempo después que realmente no tenían ganas de tomar parte del evento. Mientras tanto, para el gobierno era una jugada clave, consciente de que un triunfo en ambos aspectos acallaría y serviría de cortina de humo para la turbia coyuntura, mostrando en cambio lo ‘mejor’ del país en el exterior y dando una estabilidad temporal a una dictadura en tela de juicio. El fútbol como instrumento político, pues. ¿Suena conocido el caso?

En el medio hubo rumores nunca confirmados pero que eran secreto a voces: el afán enceguecido de asegurar el trofeo, llevó a la Asociación de Fútbol Argentino, al gobierno o a la propia FIFA, o a todos juntos, a arreglar partidos y acomodar la trama de modo que los gauchos salieran campeones. El caso más recordado es el del partido de segunda ronda contra Perú, en el que Argentina necesitaba de cuatro goles para avanzar a la final y terminó siendo 6-0. Las dudas no se hicieron esperar y con el tiempo han sido confirmadas por varios de los propios jugadores argentinos y hasta por un senador peruano, Genaro Ledesma.

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En 1999, poco más de 20 años después, casi como para demostrar que los nexos entre ambos países no eran mera casualidad se supo que el príncipe Guillermo Alejandro, heredero al trono, sostenía una relación sentimental con Máxima Zorreguieta, una economista porteña que vivía en Nueva York. El escándalo vino por partida doble: a pesar de ser una mujer exitosa en su carrera, no sólo era suramericana y plebeya, lo que aún hoy puede causar cierto revuelo para algunos estados monárquicos, sino que también se hizo público que su padre, Jorge, había sido Secretario de Agricultura y Ganadería durante la dictadura militar.

Para el país de los diques, nación de avanzada, una cuestión de semejante calibre no dejaba de ser una bomba de tiempo, que amenazaba con desestabilizar su imagen internacional. Pero el amor triunfó frente a las adversidades del pasado –los novios siguieron impávidos con sus sentimientos y hasta se propusieron matrimonio– y la Corona tuvo que encargar a Michael Baud, profesor de Estudios Latinoamericanos, una investigación sobre Máxima y su familia que arrojó resultados menos sensacionalistas de lo esperado. Aunque Jorge, civil en medio de militares, no tuvo ninguna clase de participación directa con los eventos atroces que fueron la regla durante el régimen sí era claro que estaba al tanto de lo sucedido. Esto bajó un poco la intensidad a la polémica desatada en la sociedad holandesa, lo que permitió continuar con los planes de boda y hacerlos realidad en febrero de 2002.

Máxima dejaba de ser la simple Zorreguieta que había sido toda la vida para convertirse en la Princesa Máxima de Holanda. El cuento de hadas, de por sí ya muy difícil para una plebeya lo era más para una latina y sin embargo ella lo hizo realidad por completo, o casi. Para el recuerdo quedan las lágrimas de la ahora Reina (fue coronada en 2013) por la inflexibilidad de su pueblo: el gobierno neerlandés sugirió –¿prohibió?– que los padres de la princesa no asistieran a la boda, para evitar amargos comentarios o suspicacias al respecto.

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Si alguien duda de que realmente existe algo como lo “gaucho-holandés” , hay que ver que el pasado no deja nada al azar. El rey Guillermo, esposo de Máxima, es nieto del Príncipe Bernardo de Lippe-Biesterfeld, quien fuera esposo de la Reina Juliana, madre a su vez de la Reina Beatriz, la que abdicó para dejar el trono a su hijo. De Bernardo se dice que era un hombre encantador, empresario y deportista, nacido en una dinastía familiar con cierta historia nobiliaria durante el Imperio Alemán. Lippe se casó en 1937 con Beatriz y paulatinamente comenzó a ganarse la popularidad entre el pueblo tulipán a pesar de una simpatía familiar hacia el régimen Nazi.

Y es ahí cuando viene lo insólito, un salto al vacío 50 años atrás: en 1951, de acuerdo a Darío Silva D’Andrea, periodista especializado en monarquías, el príncipe Bernardo viajó a Argentina a reunirse con el general Juan Domingo Perón y su esposa, la carismática Eva. El motivo, si bien nunca quedó esclarecido totalmente, al parecer respondía a intereses de parte y parte por reforzar las relaciones bilaterales. Lejos de ser una simple formalidad internacional, el encuentro Holanda-Argentina, a la cabeza de Perón y Lippe jugó en ligas muy turbias: en la biografía de Eva de Norberto Galasso se habla de acuerdos para comprar a Holanda armamento que iba a ser repartido entre el movimiento obrero, además del sobornó al gobierno Perón con 15 millones de dólares para la construcción de vías ferroviarias por una empresa neerlandesa, treta que a la postre le reportó 100 millones al gobierno de la Corona. De lo que se sabe, luego Perón repudió a su antiguo amigo, por haberlo abandonado cuando le pidió ayuda al ser derrocado en 1955.

La larga sombra de esta relación, de amores y odios, de cierta distancia pero inevitable necesidad histórica, escribe hoy un capítulo más que sin duda promete brindar pasión. No sólo futbolísticas, que ahí están Messi y Robben para contarlas, sino también mediáticas, emocionales y hasta de almas divididas. La Reina ya dijo que su corazón es argentino pero no puede traicionar a su pueblo pintando de naranja y eso sin duda generará gran controversia, dependiendo del resultado.

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