Brasil y Alemania, en pasado y presente

Los semifinalistas de hoy sólo se han enfrentado una vez en los Mundiales, la final de 2002. Pero para lo poco que se han visto en la cancha, es bastante la influencia de uno sobre el otro.

Dos de los equipos con la mayor tradición mundialista de la historia, Brasil y Alemania, suman entre ambos catorce presencias en las 19 finales de la historia de los Mundiales. Eso, y los 8 trofeos ganados entre los dos, claramente indican el poderío y la jerarquía que tienen en la máxima competencia. Sin embargo, a pesar de ese largo trasegar por el paseo de la fama de las Copas del Mundo, únicamente se han visto las caras en una ocasión: la final de Corea-Japón 2002. Esa vez, en Yokohama, el que era tetracampeón se convirtió en ‘Penta‘ por cuenta de los dos goles de Ronaldo que le aseguraron, hasta hace un par de semanas, el escaño solitario como máximo goleador de las Copas del Mundo –justamente el alemán Miroslav Klose, único ‘sobreviviente’ actual de aquella final, igualó en este torneo el registro del brasileño con su gol a Ghana.

Esa ausencia de choques futbolísticos al más alto nivel no los convierte, sin embargo, en perfectos extraños. Si parece raro pensar que dos países tan lejanos puedan tener una relación más allá de lo fortuito, como en este caso el del azar deportivo, o la propia de dos países con economías fuertes que buscan obtener beneficios mutuos, lo cierto es que en este caso el pasado los conecta gracias a la fuerte impronta histórica que Alemania ha dejado en el suelo del llamado “Gigante de Suramérica”. Para decirlo rápidamente, son 12 millones de brasileños que reclaman un origen germano y casi tres millones de hablantes de la lengua alemana en ese país, de acuerdo a datos oficiales del gobierno germano y de Simon Akstinat, periodista especializado en migraciones alemanas. Esa presencia no es, ni mucho menos, flor de un día, pues puede rastrearse  hasta mediados del siglo XIX. Las oleadas de migración europea, especialmente hacia EEUU y Suramérica, arrancaron de manera paulatina en las primeras décadas decimonónicas, para ir aumentando su caudal de manera significativa hacia la mitad del siglo. En esta parte del continente, los destinos más importantes fueron los países del sur como Argentina, Chile, Uruguay y el propio Brasil.

De hecho, uno de los primeros registros que se tienen de teutones en suelo brasileño es hacia 1824 o 1825. Brasil no tenía más de cinco años de ser un país independiente cuando ya empezaba a recibir extranjeros que se asentarían en su territorio. Para la década del 70 de ese siglo, casi 7 millones de alemanes habían salido dirigiéndose principalmente a Estados Unidos y al país suramericano. El siglo XX brasileño comenzó con una comunidad alemana tan grande que era ya la cuarta entre los extranjeros (después de los portugueses, españoles e italianos). No sólo llegaban sino que también crecían en número ahí mismo: los estudios demográficos en este tema son amplios, y varios de ellos demuestran que la tasa de natalidad de las mujeres germano-brasileñas, para esa época, alcanzaban los 10.4 hijos, muy por encima del número de las brasileñas de otro origen. Los teutones recién llegados estaban lejos de ser simples visitantes ocasionales y su incursión en la sociedad estaba apenas empezando.

 

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En Brasil hay por lo menos unos diez centros urbanos claves para esa parte de la historia del país que tiene sus raíces en Europa central, cinco de ellos ubicados dentro del estado de Santa Catarina y tres en Rio Grande do Sul, al sureste del país. Varias de estas ciudades, además, fundadas desde sus cimientos por la comunidad alemana, tienen en su nombre referencias a esa lengua o incluso intentan recordar el viejo hogar de los colonos: Blumenau (apellido teutón), Novo Hamburgo, Nova Friburgo, Petrópolis, entre otros.

Más allá de toda la narrativa burocrática y demográfica que se esconde detrás, la influencia de los valores teutones tradicionales como el trabajo duro, la disciplina y la vocación al comercio han dado sus frutos culturales extraños pero significativos al mezclarse con las raíces portuguesas, indígenas, africanas y hasta gauchas de la región. Se achaca a los alemanes haber tenido una participación importante de la industrialización del sur del país, la región más próspera (de Rio Grande hasta Minas Gerais) en contraste con el norte, más precario y de menor poderío económico, por no hablar del mestizaje que transformó el paisaje humano y urbano. Y es ahí donde los nombres conocidos por todos empiezan a surgir, desde los más mediáticos hasta los intelectuales y políticos: las modelos Giselle Bündchen y Ana Hickmann; los futbolistas Arthur Friedenreich, Carlos Caetano Bledorn Verri ‘Dunga’ y Henrique Buss (presente en la actual ‘verde-amarelha’); las cantantes Xuxa y Astrud Gilberto; la actriz Vera Fischer; el arquitecto Oscar Niemeyer y el expresidente Ernesto Geisel (1974-1979). Todos ellos, apenas una muestra célebre de la gran población anónima, son en mayor o menor medida poseedores de apellidos y fenotipos específicos de ese territorio del Viejo Continente, pero con un notorio sentimiento brasileño y latino.

Lo anterior es la muestra clarísima de ese proceso de aculturación de ambos lados, en el que unos y otros se asimilaron entre sí. Por supuesto, existen pequeñas diferencias culturales entre ese relativo panorama europeo del sur y el espíritu mestizo más uniforme del resto del país, pero al día de hoy ambas tradiciones –al igual que las demás que han conformado históricamente el amplísimo horizonte de la nación suramericana– conviven tranquilamente y se nutren de manera continua. Es difícil pensar que alguno de los mencionados no se reconozca como brasileño, si a fin de cuentas allí nacieron,  desarrollaron sus carreras y alcanzaron el reconocimiento.

Si Brasil, en su condición de país suramericano, aún lidia con problemas cotidianos de discriminación racial y social, el fútbol con su eterna habilidad para no estar ajeno a nada aparece aquí como espejo de la sociedad. En este caso, la ‘Seleçaouna familia dispar pero unida de blancos, negros y mestizos, todos con las mismas responsabilidades y privilegios– es el reflejo del Brasil multicultural de las calles, con esa pizca de equilibrio que le falta a la nación y al que seguramente aspiran todos afuera de la cancha.

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