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El mundial en EEUU: verdad y paranoia

Se está gestando una verdad innegable: con el Mundial, el fútbol «soccer» está llegando a muchas más personas de las esperadas en EEUU.

Se está gestando una verdad innegable: con el Mundial, el fútbol «soccer» está llegando a muchas más personas de las esperadas en EEUU.

Y con ella, el hecho debatible (o paranoico): ciertos sectores gringos, prominentes figuras de opinión conservadora, están muy preocupados por los efectos negativos que esa escalada futbolística pueda tener las buenas costumbres de la cultura y la sociedad norteamericana. ¿En serio? Sí, en serio. Entre ellos aparece la derecha recalcitrante, a la cabeza de la columnista Ann Coulter –célebre por haber acusado a un veterano de Vietnam de ser personas como él las que hicieron que EEUU perdiera la guerra y por proponer la invasión de los países árabes para matar a sus líderes y convertir a la población al cristianismo–, que ha expresado su temor al inminente decaimiento en la moral americana por cuenta de las patadas que se le dan a un balón. También ha aportado a la polémica Kareem Abdul-Jabbar, legendario jugador de baloncesto, han salido a dar sus argumentos en importantes medios (Time, el Clarion Ledger, Fox News) acerca de la dudosa atención que está recibiendo la Copa del Mundo en un país que no más de 20 años atrás era absolutamente antifútbol.

Lo primero son los datos que muestran con contundencia que el partido más emocionante del team USA hasta ahora, el empate 2-2 contra Portugal, fue visto por 25 millones de personas, 10 millones más de los que vieron las finales de la NBA y la Serie Mundial de béisbol –que la disputan equipos gringos y canadienses– cada uno. Cuatro años antes, la final de 2010 tuvo la misma acogida entre el público norteamericano, lo que hace pensar que cada nuevo partido del equipo y justo hoy, que han llegado por segunda vez consecutiva a los octavos de final, romperá récords. Va a haber concentraciones masivas en bares, restaurantes, lugares públicos y hasta en el Soldier Field, el estadio de beisbol de los Bears de Chicago para ver el encuentro de la selección. Además, The New York Times, el propio Time, The Washington Post, Salon, entre otros, han dedicado extensos cubrimientos de todos los talantes, con enviados especiales y un despliegue fuera de lo común, enfocándose en lo deportivo, lo cultural y hasta las curiosidades.

Pero especialmente el propio fenómeno, la enorme e inesperada acogida ha estado, sobre todo en la última semana,  en el ojo del huracán de la opinión pública norteamericana. Se ha dicho de todo: los entusiastas elogiando este nuevo paso norteamericano hacia una apertura cultural real al mundo contemporáneo (con el conocimiento del fútbol viene el conocimiento de otras realidades alejadas y antes inexistentes, porque el mundo no termina en el country, en Texas ni en la NFL).Y los otros, en cambio, la paranoia risible de la facción más conservadora, que expresa su indignación con razones del tipo “la proliferación de empates es ridícula y poco emocionante”, “es un producto extranjero, que destruye el excepcionalismo y la moral norteamericana”, “no hay pausas para comer ni publicidad”, el uso alterado y sin fundamento de estadísticas y hasta un inexplicable “no se pueden usar las manos, siendo que la única marca biológica que nos separa de las bestias son los pulgares oponibles”. Resulta muy difícil pensar, incluso para la población estadounidense que, como señala Adriana La Rotta en su columna del periódico El Tiempo del sábado 21 de junio, tiene cierto estatus económico y social (quienes no piensan que más allá de las fronteras de su país), que ese discurso plagado de un nacionalismo pobre tiene que un chiste de mal gusto y no algo escrito por gente con dos dedos de frente.

Pero en un plano más serio –no el del miedo infundado– de cómo ha sucedido ese cambio, se encuentran los motivos de peso, que han definido también las transformaciones de esa sociedad en los últimos 20 o 30 años. Según los conservadores, la única razón para explicar este exabrupto, es la inmigración indiscriminada desde los sesenta, especialmente de latinos, que trajo consigo sus costumbres foráneas y su afrenta a los valores tradicionales de su sociedad. Aunque, por supuesto, esa es una razón de peso, lo que no se quiere aceptar es que esa variación operó también desde adentro. Para empezar, cuando el mundial 1994 se llevó a cabo era muy poca la gente del común que sabía qué estaba pasando con ese deporte venido de fuera. Pero como consecuencia, se creó una liga, que además sirvió para que se llevara el fútbol a las escuelas. Como La Rotta escribe, toda una generación de niños y niñas creció experimentando las novedades de un nuevo deporte, que podía ofrecer diferentes posibilidades de emoción e inclusión donde las otras actividades la negaban. Hoy en día, hay un 30% de hogares en EEUU donde al menos un miembro practica fútbol. No sólo eso: se habla también de cómo, según un artículo de Time, la población blanca suburbana asentada en las costas ha aceptado el juego, gracias a su interés por lo cosmopolita; cómo millones de niños esperan ansiosos cada año la salida del juego FIFA para las diversas consolas y cómo varios de los jugadores de la selección, a diferencia de los demás deportes, tienen su trabajo de todos los días no en America, sino en México y Europa. La globalización, por fin, ha empezado a trabajar en todas las direcciones.

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Es por eso que ahí está toda la selección gringa, comandada por el ¡alemán! Jürgen Klinsmann y con jugadores de raíces latinas y europeas, demostrando que no toda manifestación cultural extranjera es perversa y que Estados Unidos poco a poco deja de jugar un deporte extranjero para apropiarse de él y empezar a jugar fútbol norteamericano. ¿O es que acaso alguien, viendo jugar a Brasil, a Alemania o a Colombia piensa que están jugando algo que no sea propio? Si es por el bien de la multiculturalidad, tan ausente en el deporte norteamericano de siempre, ojalá siga avanzando el equipo.

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Julio
01 / 2014

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