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"He hecho periodismo serio y de combate, vivo de trabajar, no de la literatura", Enrique Patiño

Con motivo de su quinta novela, ‘Será tarde cuando despierte’, Enrique Patiño entrevista y responde a Enrique Patiño. Un pulso de alta tensión.

Con motivo de su quinta novela, ‘Será tarde cuando despierte’, Enrique Patiño entrevista y responde a Enrique Patiño. Un pulso de alta tensión.

Cuando un escritor se entrevista a sí mismo solo tiene dos posibilidades: o es brutal y trata de destrozarse para luego devolver los puntos al mismo nivel —como en un duelo Nadal Vs. Federer—, o trata de salvar su pellejo.

Lo segundo es lógico: los asesinos más cruentos se declaran inocentes; los políticos usan a sus electores; los jugadores de póker esconden sus cartas y los futbolistas driblan a la izquierda cuando quieren lanzarse a la derecha. El truco sirve para protegerse y la sociedad premia a los avivatos que no lo parecen: celebran que los engañen si demuestran lo contrario.

Batirse en duelo, en cambio, es una barbaridad. Basta con lo correcto. Hagámoslo.

Nota del editor: En esta ocasión, el escritor y periodista Enrique Patiño, se entrevista a sí mismo a propósito de la publicación de su quinta novela: Será tarde cuando despierte.

No vende lo suficiente, no vive de la literatura, los lectores disminuyen, hay piratería… ¿Para qué seguir escribiendo si le va mejor como vendedor de perros calientes, conduciendo Cabify o haciendo limonada?

Me he hecho la misma pregunta. Sobre todo, porque he hecho de todo para sobrevivir, aunque aún no haya conducido Cabify porque no tengo un carro decente para hacerlo.

He sido un mercenario de los textos: mientras hago novelas, en paralelo consigo dinero para mantener a mi familia. No tengo una vida de serie de televisión en la que el escritor se dedica a escribir frente a una ventana idílica. No: no tengo un escritorio bonito ni silla ejecutiva. He escrito boletines de prensa, publirreportajes, artículos encargados, libros para instituciones y comunicados oficiales; he hecho fotos de bodas y de modelaje, he hecho periodismo serio y de combate, he vendido artesanías, he sido traductor, he creado junto con mi esposa una empresa de chocolates de origen y he vendido minutos telefónicos para pagar mis estudios.

Me crié en una tienda, atendiendo turistas, así que vivo de trabajar, no de la literatura.

No escribo porque sea rentable (gano un 8 % de las ventas), aunque quisiera que fuera. Lo hago para que todo lo otro que hago no sea mi única realidad; para que sobrevivir no se me convierta en la única forma de vivir. También lo hago porque sé que tengo un poder a la hora de tocar las fibras y porque puedo hacer más imaginativa las vidas de quienes me leen.

¿Quién le da el derecho de meterse en las vidas de otros con sus historias? ¿No le basta con el periodismo para entender que la realidad supera la imaginación?

Esa es su opinión preconcebida. Piense en usted mismo: vive inmerso en planes, proyectos, ideas para mejorar su vida y cambiar algo, o comprar lo que le falta: se alimenta de esperanzas. Vive de ellas. Y la esperanza es ficción. Es más, todo lo que existe hoy y nos parece tan normal (las leyes, los autos, las mesas, los cines, los horarios, las palabras) no existió antes. Fue imaginado, producto de la ficción, y se concretó. Lo que nos impide creer en el poder de la ficción es nuestra incapacidad de ver que todo nace de ello. La realidad es inverosímil y la imita, nada más.

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En la Ulibro, Bucaramanga. Tomada de periódico 15. Foto Pablo Füerman

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¿Quién lo mandó a vivir en un país precario como Colombia? Me cuentan que podría haberse ido a vivir en el exterior y prefirió quedarse…

Elegí el país porque creí que era mi deber moral. Pero no he cambiado más que algunas cosas en mi entorno cercano. Después de 15 años de la primera decisión de quedarme entiendo que me la jugué por un abstracto llamado “Colombia”, cuyo sistema se empecina en cercarte y hundirte hasta obligarte a la precariedad. Colombia se engulle a sí misma, devora a sus hijos, como Saturno. Ahora me queda claro que debí jugármela por mí. Por eso mismo también, ahora, escribo más y publico menos cosas en redes. Estoy cambiando lo que puedo cambiar.

Dígame algo: ¿No es común que un escritor se comience a repetir? ¿Sucede cuando se le acaba la imaginación?

No puedo hablar en genérico. Yo escribo porque me habita la duda y la inconformidad; hay cosas que no se dicen y deben decirse. Suelo parecer un buen tipo, tranquilo, pero cuando escribo soy un peligroso insurrecto que no teme batirse en duelo y hacer arder. Soy un pirómano en las letras movido por la conciencia de decir algo y contar una historia. Además, necesito aire: sobrevivir ahoga. Y ese aire, para mí, significa cambiar los lenguajes, jugármela por escribir distintos géneros literarios, no tenerle miedo a nada.

Se las da de valiente…

Me lo creo. De otra manera no podría romper los moldes y saltar al precipicio.

¿Qué es lo que ha escrito de creativo? Es más, en América Latina no ha salido nada memorable desde el boom.

Ese es el problema de generalizar. Por ejemplo, cuando leí a Germán Espinosa, no pude entender cómo un talento tan monumental había sido invisibilizado por el mercado alrededor de García Márquez. La gente no permite dos monstruos: necesitan uno solo porque asumen la literatura como una competencia deportiva con un ganador, y no lo es. Gabo o Vargas Llosa son grandes, pero son solo referentes para mirar más allá.

Por mi lado, me la he jugado por distintos enfoques. He escrito una obra de ciencia ficción distópica llamada La sed; una intensa investigación periodística novelada sobre el asesinato de Galán llamada Ni un paso atrás; una novela juvenil transmedia que vio la luz en el cine de Gustavo Nieto Roa, llamada Mariposas verdes; una novela sobre la real desaparición de mi hermana, que mezcla investigación y ficción, llamada Cuando Clara desapareció. Acabé un libro de poesía escrito como un periódico; una novela breve, Será tarde cuando despierte, con tres voces narrativas (monólogo, diálogo y coro) y una novela de aventuras. Me siento vivo cuando lo que escribo me reta a mí mismo.

Le iría mejor adoptando una fórmula, se lo garantizo: la gente sabe lo que puede esperar…

La gente prefiere que el café instantáneo soluble sepa igual siempre. Yo respondo al instinto. Soy para los catadores de la sorpresa.

Frase ingeniosa, pero facilista. ¿Admira a alguien? ¿O solo ve su propio ombligo?

A muchos, cortados por la misma tijera. A ciclistas como Contador, Valverde, Quintana, Parra, Induraín, Carapaz… El ciclismo me parece un deporte de una indecible capacidad de regulación y determinación.

Admiro a tenistas como Nadal o Del Potro por su fortaleza mental; a atletas como Katherine Ibargüen o Ana Fidelia Quirós por superar lo mucho que tenían en contra; a científicas olvidadas y a los y las valientes que desafiaron, por ejemplo, la Inquisición y murieron en la hoguera por defender sus principios.
Admiro a escritores como Borges o Coetzee, por romper los límites, y a otros más desconocidos de este lado como David Mitchell y China Mieville. Admiro a poetas tan distintos como Springsteen, Nach, Maruja Vieira, Violeta Parra o Macaco, o a creativos como Monsters and Men. Soy ecléctico. Y a veces, sí, me miro el ombligo.

¡Bebe de todas las fuentes! Corre el riesgo de contaminarse…

Pasa. Escribo, tomo fotos, hago periodismo: bebo de todo para aprender de la condición humana. No creo en una única opinión ni en una única verdad.

¿Todo escritor sueña con ganar y vivir como J.K. Rowling?

Insisto, no hablo en genérico. A mí de ella me interesa su historia previa de luchas y rechazos y ahora sus magníficos libros con su seudónimo Robert Galbraith. Siento que la vida que lleva ahora le permite dedicar más horas a escribir. Si vender bien permite hacer lo que uno ama de tiempo completo, bienvenido sea. Si roba la calma y envilece, prefiero vender limonada.

 

Enrique Patiño 

¿Y si pasa al olvido?

Es lo que inevitablemente nos espera a todos. Pasó con todos los grandes imperios y pasará con el imperio de hoy. ¿Cómo no va a sucedernos a los demás? Al menos debemos sentirnos vivos.

¿Usted miente?

Todo escritor miente.

¿Me ha mentido en esta entrevista?

Lo dejo averiguarlo.

Entonces no se puede confiar en un escritor…

Por el contrario, confíe en quien no necesita convencerlo. En aquellos que hacen lo que hacen por pasión.

¿De qué lado prefiere estar: de periodista entrevistador o de escritor entrevistado?

Déjeme pensarlo. Mientras tanto, hagamos las dos. Seamos mercenarios.

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