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“Se cree que la escritura se disfruta y no, es ardua y tortuosa” Leila Guerriero

Esta es otra conversación con la escritora y periodista argentina Leila Guerriero sobre escritura, periodismo y literatura.

Foto: Flickr / Esther Vargas

Esta es otra conversación con la escritora y periodista argentina Leila Guerriero sobre escritura, periodismo y literatura.

Después de acomodarse el saco que acaba de ponerse, Leila Guerriero se acerca y dice: “¿cómo estás? ¿todo bien?”. En su voz no aparece la resaca de las tres entrevistas que ya dio. La veo alta, como de un metro ochenta —aunque no mida eso—, quizá, porque es tan delgada como los son casi todas las mujeres altas que conozco y porque se sostiene en una postura de etiqueta envidiable.

Tiene una apariencia clásica: saco, jeans oscuros, botas de tacón bajo, un reloj tímido ajustado a la muñeca, y tres anillos plateados. Su rostro limpio trae a primer plano una mirada neutra; la piel le corre fiel al camino que le trazan los huesos; y la melena crespa y espesa, ya conocida en las fotografías, luce como el accesorio más coqueto de su deliberada sencillez.

De Leila sé algunas cosas. Sé que se ha comprado El fuego y el relato de Giorgio Agamben en la Feria Internacional del Libro de Bogotá; que últimamente disfruta preparar risottos y que está leyendo un libro de Peter Cameron del que no recuerda el nombre. Sé que le falta una entrevista más para terminar con la fila de periodistas que venimos a preguntarle cosas que ya ha dicho; que en un par de horas dará una conferencia junto a Julio Villanueva Chung, escritor y periodista peruano y que de Bogotá  sale rumbo a México.

También sé de las cosas generales que se conocen por los anversos de sus libros y las entrevistas. Como que nació en Junín, Argentina en 1967 y se volvió periodista sin haber asistido a un solo curso. Que lee desde los seis o siete años y que aprendió más cosas sobre escritura viendo Lawrence de Arabia que leyendo manuales de estilo y redacción. Que los escritores norteamericanos son un imán queridísimo a donde vuelve; que en sus columnas cita las frases más explosivas de algún nombre raro, como el del poeta Claudio Bertoni; y que su nombre cabe y encabeza la convención de lo que se entiende como periodismo narrativo latinoamericano, que en palabras de ella, no es más que “una mirada —ver, en lo que todos miran, algo que no todos ven— y una certeza de creer que no da igual contar la historia de cualquier manera”.

Leila ha visto cosas, y todas las que han concluido en el nombre de una crónica, un perfil, un ensayo, una conferencia, o en la columna de cada miércoles las atraviesa el interés obsesivo del enamorado y el cuidado de un forense.

Por eso, al leer Los Suicidas del Fin del Mundo uno sabe que el viento es tan culpable, como todos y nadie, de los 12 suicidios que ocurrieron en las Heras, un pueblo al norte de la provincia de Santa Cruz, en Argentina; y que en La Historia de Romina Tejerina, la mujer que parió a su hija en un baño y que inmediatamente mató a puñaladas, no es el monstruo que se anunció en esa verdad de noticia de la televisión argentina; y que si la poeta Idea Vilariño pudo escribir ese grito que es Ya no será, fue porque vivió entre las cárceles de poesías como esa.

Si uno lee todo eso, y lee más de lo que lleva el nombre de Leila, entonces, uno está obligado a preguntarse por la manos que escribieron esas palabras, por las estratagemas que guiaron la batalla contra la hoja en blanco, por los ojos que han visto los intersticios de la normalidad, por la mujer que se llama Leila Guerriero.

***

Foto: Instagram / Anagramaeditor.


Bueno, Leila…

Dale conversemos un ratito…

En uno de los textos de Zona de obras (una compilación que reúne columnas, ensayos y conferencias) usted cita Autoayuda de Lorrie Moore, y dice: “primero trata de ser algo, cualquier cosa pero otra cosa. Estrella de cine/astronauta. Estrella de cine/misionera. Estrella de cine/ maestra jardinera. Presidente del mundo. Es mejor si fracasas cuando eres joven — digamos, a los catorce” ¿Intentó hacer otra cosa diferente, a la de ser periodista?

No, no. Mi tentación cuando me preguntan es eso, decirles que sean otra cosa. Precisamente porque sé cuáles son los efectos colaterales que tiene la escritura en la vida de una persona. Como conozco el lado b es que comulgo con lo que dice Lorrie Moore: “si puedes ser otra cosa, sé otra cosa”, no porque yo haya querido ser otra cosa.

La gente tiene la idea de que la escritura es un mundo que se disfruta y no. Es difícil, y para mí resulta arduo, a veces tortuoso. Entonces, cuando viene una persona joven y te lo pregunta, ¿por qué no decirle que sí podés, dedícate a otra cosa? Pero no es porque yo haya querido ser algo más, por suerte me gustaba esto y pude hacerlo. El propósito de esa columna es desestabilizar la idea de que la escritura es un lugar de disfrute profundo.

Sé que desde pequeña estuvo rodeada de libros y que ya grande envió un texto a Página 12 y lo aceptaron, pero siempre que leo sobre usted siento que hay un bache. Como que no sé qué pasó entre ese momento en que entró a Página 12 y el momento en que empezó a ser una mujer a la que entrevistan, le piden consejos sobre periodismo y va a conferencias ¿cómo se abrió camino para llegar a ese lugar?

Todo muy de a poco. Trabajé en Página 12 dos o tres años, luego hubo un despido masivo como de 120 personas, nos echaron a muchos, pasé un par de años trabajando freelance en Cosmopolitan y mil lugares más, hice prensa, trabajé en Playboy haciendo entrevistas, y después que cerró la editorial pasé completamente a hacer freelance y poco después entré a La Nación. Eso fue de 1996 al 2009 más o menos. Creo que fue ahí el lugar en el que crecí.

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Nunca trabajé para un solo lugar. También colaboraba en V de Vian, en la revista Mujeres y Compañía, en El País Cultural de Montevideo, la Revista Diners de Argentina, en revistas de aerolíneas, de viajes, muchas cosas. Y bueno, pasó que en 2005 publiqué el primer libro, Los Suicidas del Fin del Mundo, y eso que te dicen: que un libro te pone en otro lugar —que yo descreía por completo de eso— parece que algo de eso hubo, porque se empezó a conocer.

La primera conferencia que di fue acá en Bogotá fue en el 2006, en el primer Festival Malpensante y a partir de ahí eso nunca paró. Los Suicidas del Fin del Mundo se publicó en España, les gustó y quisieron que empezara a colaborar con ellos. Una cosa trae la otra, la otra y la otra. Es muy paulatino todo, ni me acuerdo la primera entrevista que me hicieron, habrá sido por el libro, pero no es que un día dije “ay mirá qué curiosidad, hoy primero de mayo tengo siete entrevistas con medios colombianos, qué barbaro”, no. Nunca construí en esa dirección ¿me entendés? nunca hice nada para decir “quiero que me llamen a dar conferencias” “quiero que me entreviste Sara, de la Revista Diners”, no. Solo pasa.

Y en ese proceso ¿qué tan importantes fueron los editores?

Muy, muy, muy importantes. Tenía un editor en La Nación que se llamaba Hugo Galigari que me dejó hacer cualquier locura. O sea, lo que se te ocurra. Yo le decía, voy a estar tres meses trabajando en una nota y me decía, “perfecto, cada dos semanas entregáme un perfil más corto de una actriz o algo así, y mantenete con ese tema y cuando lo tengás…” . Es muy difícil que un editor haga eso. Me editaba los textos con amorosidad, con cariño, no cambiaba las cosas, simplemente cambiaba una coma o algo, me llamaba a su computador y me decía “mirá, Lei, ¿esto te parece así? o esto no se entiende”. Teníamos una relación estupenda, lo adoré y aprendí muchísimo, es un editor que me defendió en un par de ocasiones de unas notas que hice con intereses de gente con mucho poder de la televisión.La televisión levantó toda la publicidad del diario La Nación durante días y Hugo me defendió.

Eso también te enseña, ¿sabes? a tomar riesgo… desde notas con centros de rehabilitación para adictos, cárceles, los márgenes más tremendos que te puedas imaginar, hasta entrevistas con escritores y actrices. Ahí empecé a ser esto que soy: una cosa diversa que no se le puede poner ningún mote.

Y Homero Alsina Thevenet fue una persona hiper-importante, si bien ahí mi editor era Elvio Gandolfo, que era el corresponsal de El País Cultural, el hecho de que Homero me llamara a mi casa para decirme que una nota le gustaba, para mí era como recibir, no sé, la llamada de dios. Era fantástico, sonaba el teléfono y decía “muchacha, muchacha, te llamo porque quiero decirte que le estoy diciendo a los periodistas que tu nota sobre la crisis y la cultura en Argentina… tatata”, y después de decirme todas las maravillas me seguía “pero una sola cosa, al final parece que te cansaste ¿no? me parece que el final de ese texto necesita estar un poco más arriba, ¿qué pensás vos?” y yo decía «sí Homero, claro». Pero es maravilloso que un editor te diga eso. Primero te llena, te dice lo que cree y al final te dice, ¿sabés qué? me parece que al final te pusiste perezosa, te lo dice de una manera encantadora…

Hace un rato decía que la escritora no es algo completamente placentero, pero algo atractivo tiene que tener para usted…

Haber escrito, como dice una famosa frase. El placer está cuando ponés el punto final. La etapa de placer empieza en la corrección. Yo hago muchas versiones de los textos, las primeras son tremendamente difíciles y me cuestan. Pero cuando voy avanzando en las distintas versiones del texto, cuando estoy en la etapa de ajustar pequeñas tuerquitas, pensar una frase mejor, buscar el adjetivo adecuado, decidir una como o un punto y coma, revisar los conectores, las transiciones, si fluye, si funciona la estructura, todo eso me resulta fascinante.

He leído que se encierra, que se desconecta del mundo, entonces es como si se obligara a escribir ¿resulta siendo así? ¿una obligación? ¿o es más bien por un método que sigue?

Como que es la única manera… por ejemplo, ahora estamos charlando nosotras, yo sé que hoy es un día en que tengo muchas entrevistas, la mesa con Julio, entonces lo máximo que puedo hacer con una columna que estoy escribiendo ahora es corregirla un poquito, pero jamás se me hubiera ocurrido escribir la columna hoy, porque siento que estoy como dispersa. Pero ojalá pudiera decir: bueno, termino de hablar con vos, hago la próxima entrevista, subo a mi cuarto, planto el arranque de la columna que quiero escribir, y después bajo de vuelta. No me funciona así, necesito concentración, entonces tiene que ver con el método, pero no estoy orgullosa de eso, eh.

Ojalá pudiera funcionar de una manera más leve, menos encerrada, precisamente, buena parte de la tortuosidad que siento con la escritura tiene que ver con eso, y es una situación que por momentos es como de aburrimiento: encerrada en un cuarto y afuera el día está precioso y estrenan películas que no puedo ir a ver.

¿Qué opina de esa idea romántica de que para escribir se necesita inspiración, o tener un momento de iluminación? Me he encontrado con escritores que creen que eso no existe, o que no se necesita.

La inspiración existe, lo que pasa es que, como dice una frase muy vieja, te tiene que agarrar trabajando. La inspiración no está exenta de experiencia y de disciplina, no puedes escribir en estado de inspiración o epifanía. El artista inspirado, dice Giorgio Agamben, no produce obra porque no se puede estar inspirado todo el tiempo.

Si escribir un libro te lleva tres meses, no vas a estar inspirado tres meses. Me parece que es una linda idea, yo creo que sí existe. Uno puede leer cosas que le resultan estimulantes, ir a ver una película que te guste mucho, poner una música, ir al teatro, no sé. Pero no se puede escribir en estado de anestesia, esos días que estás ni fu ni fa, bueno, yo escribo igual, porque sé que se sale de eso escribiendo, pero no se puede confiar solo en la inspiración, pero tampoco se puede confiar en la falta absoluta de inspiración.

¿Habría que tener alguna curiosidad especial para escribir?

Hay que largarse a escribir, hacerlo. Una vez leía en una pared en Marbella- ¿Marbella era?-, uno de estos slogans que debe ser súper conocido, que decía “hazlo, y si te da miedo, hazlo con miedo”. Y si no te viene la inspiración escribí igual, en algún momento eso va a aparecer.

En las columnas que escribe para El País hay unas que se llaman Instrucciones, ¿de dónde viene la idea de escribir instrucciones que son sobre el amor, sobre relaciones pareja?… cuando las leo a veces siento que estoy leyendo un cuento de Raymond Carver…

Sí, más que instrucciones son destrucciones. Son muy tremendas y a la gente le encanta que cuanto peor son, más fans se hacen. La idea era hablar de una manera muy salvaje de una cantidad de situaciones que pasan por la cabeza de la gente y que son casi inconfesables. Ahí vino la idea de la instrucción, en realidad, el título es un oximorón porque no es una instrucción ni siquiera, es un hundimiento, es un museo de la miseria que todos llevamos dentro, una especie de monólogo interior que tienen los personajes en los cuales piensan una cosa y dicen la otra, una de las que me acuerdo de hace poco es de una mujer que estaba sentada con su pareja, quien le decía: “estamos juntos en esto, ¿no amor?’ y la mujer diciéndole ‘sí amor’, pero por dentro está pensado “cuánto falta para que esto se acabe”.

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¿Pero son relatos de ficción?

Sí, totalmente. Bueno, ficción hasta un punto, porque son construidos a partir de experiencias propias, ajenas, tomadas de libros que he leído y de cosas que he escuchado cuando entrevisto a la gente. Entonces sí, claro, donde yo fuera la mujer que protagoniza todo eso, estaría hasta el hastío con mi pareja.

De hecho yo pensé…

Sí, ¿qué le pasa a Leila? ¿se está separando?…

Sí, en algún momento pensé: Leila se separó de su esposo…

No no, (risas) ahí seguimos juntos. Sí, mucha gente, ¿sabés? De hecho mi marido, la primera vez que salió pasó el día muy callado, yo no sabía qué le pasaba y al final le dije: “¿te pasa algo? ¿hay algún problema?” y me dice, “no sé, ¿tenemos un problema?” y le dije, “no que yo sepa ¿por?” “porque leí la columna que publicaste hoy en El País” y le dije “ay gordo, pero me hubieras dicho desde el arranque”.

No me acuerdo los detalles, pero era muy salvaje, como sobre una pareja que estaba en sus últimas. Entonces él me dice “disculpame, lo que pasa es que yo estoy acostumbrado a que todo lo que tú escribís es no ficción, entonces yo todo lo leo como si fuera real”, y claro, él estaba completamente descolocado porque no pasaba nada, no había un problema y enterarse por el diario que tu mujer piensa unas cosas horribles de vos fue una situación muy cómica, y ahora ya le aviso, le digo “gordo, mirá que la semana que viene sale una instrucción”, ya es como un chiste interno.

A propósito de eso, ¿le muestra a su esposo lo que escribe antes de publicarlo?

Ya no lo hago, pero cuando escribía conferencias… pobre Diego, es injusto hacer esto porque lo hago quedar mal, pero cuando yo quería que la conferencia fuera conmovedora y que la gente se sintiera tocada por eso, le leía una parte, y si a él se le ponían los ojos brillantes de lágrimas, sabía que la cosa funcionaba. Muy de vez en cuando le digo: te voy a leer algo a ver si lo entendés, porque las columnas de El País son muy cortitas y mi temor a veces es que no se entienda el contexto, son de mucho riesgo, toco temas de género y no siempre estoy de acuerdo con la línea general políticamente correcta de la cuestión, pero tampoco quiero que se malentienda y que se suponga que soy machista, entonces, cuando toco esos temas así se la leo y le digo ¿qué pensás?, ¿qué escuchaste? y me ayuda mucho, porque es un lector con mucho sentido común, pero, en general, Diego no lee lo que escribo.

***

Fueron 26 minutos de conversación que no corresponden al total del tiempo que conversé con Leila en una mesa de reunión, en una sala sin pared y cubierta a cortinas, en el segundo piso del Hilton-Corferias. Hablamos 20 minutos más, pero los detalles solo los sabremos ella y yo porque, mi grabadora,  a la que reviso de reojo del mismo modo en que una madre que vigila a su hijo mientras atiende la visita, la olvidé por completo y, por un motivo que no sé explicar, dejó de grabar.

De esos minutos abreviaré más de lo que quisiera, pues temo corresponderle demasiado a los desvíos de mi cabeza y llegar a decir lo que Leila no dijo.

Lo que siguió fue una pregunta sobre feminismo, pero confieso que no tengo las palabras precisas que el tema merece. De ahí pasamos a hablar sobre la manera en que Leila entra a la vida de los personajes que conforman sus historias:dijo que el primer paso era advertir que en su trabajo no hacía lo común —entrevistas de un día y chao— y que ella necesita tiempo de vida con el otro: ir un día al supermercado, presenciar clases de piano —como lo hizo con Bruno Gelber—, o quedarse a un ensayo —como lo hizo con Fito Paéz—.  Les advierte que para ver, oír y estar, no necesita invadir mucho, que puede hacer las veces de un florero. Repasamos algunos nombres en sus lecturas y la conclusión es que lee tanta poesía como puede: a Idea Vilariño, a Sharon Olds, a Paula Jimenez España, a Elizabeth Bishop, a Wislawa Symborzka y un etc. que se le escapó en el momento; sus influencias norteamericanas son muchas, pero de allí pesan las horas que dedicó a Lorrie Moore y a David Foster Wallace.

Sostuvo que una vez arranca a reportear no hay vuelta atrás: va hasta al final y escribe la historia. Es enfática en negarse vanidades que podría permitirse, por eso, dijo que por ningún motivo haría lo que sí han hecho los personajes que llenan sus páginas: dejar entrar a un extraño a mirarlo todo como lo mira ella.

*Leila Guerriero ha escrito Los suicidas del fin del mundo (2005), Frutos extraños (2009), Una historia sencilla (2013), Zona de obras (2014), Plano Americano (2013) y Opus Gelber (2019).

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Mayo
22 / 2019

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