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Literatura infantil: no todo es color de rosa

«No hay temas vedados, la pregunta es, ¿cómo contar los que son sensibles? Una narración explícita de la guerra o sus consecuencias, en esa etapa en la que apenas están descubriendo el mundo, puede generarles más miedos.»

Foto: Portada de Mambrú perdió la guerra, de Irene Vasco, por Daniel Rabanal

«No hay temas vedados, la pregunta es, ¿cómo contar los que son sensibles? Una narración explícita de la guerra o sus consecuencias, en esa etapa en la que apenas están descubriendo el mundo, puede generarles más miedos.»

El concepto de “niño” es relativamente nuevo. Apenas en el siglo XVIII se les empezó a ver como una etapa especial de la vida. Antes no eran vistos más que como adultos de tamaño pequeño. Fue entonces cuando comienzan a surgir ciertas reglas, ciertas normas, incluidas en la literatura. Finales felices, moralejas, historias de niños, y libros que enseñaran palabras.

Esto también vino con prohibiciones, temas vedados como fantasía, historia, sensualidad o la guerra.

“Hubo una época con la literatura infantil que fueron prohibidos muchos temas porque había que mantener a los niños protegidos de la realidad, mantenerlos como en una burbuja. Muchos teóricos lo llamaron La Rosa Inmaculada porque necesitaban protegerlos de historias, incluso los clásicos, los originales, que son muy crueles, fueron desterrados del mundo infantil”, asegura Marcela Velásquez, bibliotecóloga, diplomada en literatura infantil y ganadora del premio Barco de Vapor de literatura infantil con su libro Se resfriaron los Sapos, que retrata la desaparición de un ser querido desde la voz de un niño.

Y es que a pesar de que somos un país que aún vive inmerso en un conflicto armado, la guerra y sus consecuencias siguen siendo un tema tabú en escuelas y bibliotecas. Entonces, ¿es bueno contarle sobre la guerra a los niños?, ¿cómo relatar estos horrores?

Según Jairo Buitrago, autor del libro álbum Eloísa y los Bichos (ilustrado por Rafael Yockteng), un relato que trata el desplazamiento desde la vista de un niña, la guerra “hace parte de la historia del país, es inevitable tocar un tema que ha permeado la realidad y el quehacer de las últimas décadas. Hay libros juveniles e infantiles sobre la Segunda Guerra Mundial, sobre el holocausto Nazi, la guerra civil española. Pienso que un conflicto genera preguntas en los más pequeños y es justo responderlas”.

“Aunque les prohiban ciertos temas, los niños se dan cuenta de que en la casa sus papás pelean, que están huyendo de la vereda, que en el colegio tienen problemas. Ellos no son bobos, se preguntan cosas naturales de la vida, sobre la muerte, por qué dos hombres se besan en el parque o por qué dos mujeres están tomadas de la mano, entonces creo que la literatura es una buena excusa, no para resolverles la vida, sino para conversar de eso que está ahí, porque ellos están descubriendo el mundo y esas preguntas se las van a hacer. Si no se les dan respuesta, la van a buscar en otro lado”, relata Marcela Velásquez.

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Para la escritora Irene Vasco, autora de Mambrú Perdió la Guerra, la lectura de esta clase de libros es “la oportunidad perfecta para entablar diálogos como ciudadanos, no como personas armadas ni enemigos, sino ponerse en los zapatos del otro, ver el otro punto de vista, sentirse identificado, sentirse del otro lado pero poderlo expresar, porque como es ficción no importa, se pueden tomar posiciones. Cuando se habla de la realidad, tomar posición puede ser peligroso, o el lector se inhibe de expresarse. Eso es lo que buscamos cuando escogemos ese tipo de libros para determinado público o lecturas, para que sea una lectura constructiva y que permita ese intercambio. Los lectores pueden tener dilemas, aunque no tengan respuestas, sin sentir que son ellos. Se puede hablar de la realidad sin que lo afecte a uno emocionalmente”.

Muchos de los que hoy conocemos como clásicos infantiles fueron prohibidos en su tiempo. Incluso, las versiones de esas mismas historias llegan hoy editadas a los niños. Tal es el caso de Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll, que en su versión actual para el público infantil, es resumida, y que fue prohibida mucho tiempo por su carga de fantasía, porque se creía que leer sobre duendes, ogros o brujas, iba a hacer que los niños se enfermaran, que les diera fiebre, delirio y que finalmente morirían.

Cómo contar lo difícil

No hay temas vedados, la pregunta es, ¿cómo contar los que son sensibles? Una narración explícita de la guerra o sus consecuencias, en esa etapa en la que apenas están descubriendo el mundo, puede generarles más miedos. “Ahí es cuando entra el recurso de la literatura, primero el lenguaje, sin tratarlos como bobos, sin diminutivos ni mucho adjetivo, pero con cosas que a ellos les gustan, como los animales. Hay muchos libros que tratan el desplazamiento, por ejemplo El Árbol Triste, de Triunfo Arciniegas, pero el recurso del escritor es que los personajes son aves. Los monstruos, los duendes, siguen siendo personajes que aparecen para tratar esos temas difíciles, y eso es lo que los engancha.”, asegura Velásquez.

Buitrago, afirma que no habla directamente de estos temas. “Insinúo, doy pistas, símbolos. Aprovecho las ventajas narrativas de los libros ilustrados de alguna forma. Pero no eludo la alegoría política, o si se quiere el realismo como trasfondo de una historia que tiene elementos fantásticos. La narración gráfica paralela a la narración textual potencia la historia, ayuda al pequeño lector a entender lo complejo, el desplazamiento y la migración en Eloísa y los bichos o la desaparición forzada en Camino a Casa”, relata.

Según Vasco, “la literatura como expresión artística tiene tratamientos estéticos que permiten que el horror sea narrado de una mejor manera, que pueda ser recibido. Las cosas se pueden contar las cosas directamente pero con cierto lenguaje, con cierto tratamiento, unos personajes que tengan dilemas, que es lo que hace una obra literaria”.

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Hablar del conflicto a los niños puede ser una buena manera de ayudar a quienes han vivido la guerra, y también para quienes no es más que un rumor del noticiero. “Algunos ven reflejada su vida, lo he visto con mis lectores de Eloísa y los Bichos que he conocido, ellos me hablan de sus cambios, desde lo más simple como el cambio de escuela y cómo se han sentido extraños, hasta situaciones más complejas como ser desplazado o refugiado. El libro se ha publicado en varios países y los testimonios podrían multiplicarse. En Camino a Casa la situación de la pérdida les ha ayudado a hablar de las suyas, de sus propios dolores. Son niños no lo olvido, su sensibilidad es particular frente al tema de la ausencia”, cuenta Buitrago.

Por su parte, Marcela Velásquez cree que este tipo de libros también es útil para los niños de las ciudades, a quienes el conflicto no los ha afectado. “Los monstruos para los niños son muy diferentes: en la zona rural todavía creen en ogros, duendes, brujas. En la ciudad, los monstruos para ellos han cambiado, son el habitante de calle, el ladrón. Hay muchos tipos de monstruos dependiendo de donde vivan. Muchos niños de ciudad no conocen lo que les ha pasado quienes son cercanos al conflicto: secuestros, violacioes, masacres, pero ahí es dónde comienza la sensibilidad, no ponerse en los zapatos del otro, sino hacerse al lado del otro. Eso es lo que debemos lograr, porque hay un desconocimiento inmenso de lo que ha pasado en el conflicto armado: familias separadas por el desplazamiento, papás encarcelados, secuestrados, asesinados, hay unas realidades que los niños no conocen”, relata.

La guerra y sus consecuencias no es un tema nuevo en los libros para niños y jóvenes, aunque en Colombia es más bien reciente. La Composición, de Antonio Skármeta, habla sobre cómo usaban a los niños en la dictadura en Chile para encontrar a los enemigos del gobierno, o El Niño de la Pijama de Rayas, que se hizo famoso por su versión cinematográfica, que relata la vida de un niño judío en los campos de concentración en la Segunda Guerra Mundial. En Colombia la tendencia, si bien es reciente, hay varios títulos sobre el tema: Mambrú Perdió la Guerra, de Irene Vasco; Los Agujeros Negros, de Yolanda Reyes; No Comas Renacuajos, de Francisco Montaña; La Luna en los Almendros, de Gerardo Meneses, entre otros.

“A Svetlana Alexievich le preguntaban cuándo iba a dejar de escribir sobre guerra, pero ella respondía que todo ha sido tan atroz que necesitaban saber qué había pasado en los corazones de un montón de gente para que todo eso hubiese pasado, y en Colombia hay que hacer lo mismo”, reflexiona Marcela Velásquez.

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Septiembre
20 / 2017
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