Rommel Manosalvas: cuando el cuerpo también es una casa

El escritor ecuatoriano publicó su primera novela, 'Anatomía transparente', en la que guía al lector por una casa que es el mismo cuerpo de una persona que ha contraído vih. Entrevista.
 
Rommel Manosalvas: cuando el cuerpo también es una casa
natomía transparente es la primera novela de Rommel Manosalvas y es la historia de un despertar sexual. / Foto. Cortesía Rommel Manosalvas
POR: 
Sergio Alzate

El cuerpo: esa cosa rara con la que nacemos. Un conjunto de huesos, órganos, litros y litros de sangre. Kilos de carne y piel,  metros de vísceras envueltas como caracoles en eterna duermevela, un cerebro con una red de universos infinitos en su esponjosa fragilidad, un corazón que se expande y contrae sin pensar en su tarea, y un montón de recovecos, desvíos, túneles, ramificaciones y sótanos que se siguen estudiando con curiosidad y asombro ante cada nuevo descubrimiento.

El cuerpo: esa cosa rara que ha obsesionado a los filósofos, artistas, políticos, religiosos. Un campo de batalla retórico en el que algunos han postulado la independencia total entre la mente y ese estorboso equipaje de baba y fluidos, la pestilente vergüenza de la carne que se excita, la finitud de algo que aprisiona al alma inmortal y no la deja elevarse hasta el cielo prometido. Y frente a estos están quienes han visto el cuerpo como algo totalizante: no hay nada más allá del cuerpo, de sus sentidos, de su capacidad para entender la vida a través de los sentidos, sin apegos ni arraigos, sin cielos ni infiernos. Sin nada más puro que el placer, el dolor, el abrazo que se hace abrazo, que el orgasmo que se siente un poco como la muerte, que la experiencia sensible que podemos tener gracias a ser cuerpos, nada más.

El cuerpo: esa cosa rara de la que escribe Rommel Manosalvas, ecuatoriano, en su primera novela: Anatomía transparente. A través de saber que el cuerpo es una casa (quizá tenga algo que ver la formación como arquitecto del autor), Manosalvas nos lleva a través de la poesía de su prosa a presenciar los corredores, desvanes, armarios y habitaciones de alguien que ha contraído el vih. Samuel, el narrador de la novela, le deja a su madre una serie de misivas en las cuales le habla sobre su vida, su deseo, sus miedos y placeres. Una correspondencia de ultratumba porque desde el inicio sabemos que esa mujer que lee no es más que una madre que ha perdido a su hijo, y que revuelve la última morada en la que este habitó para encontrar el eco de lo que fue ese cuerpo que parió y que nunca dejará de parir ahora que no es más que un recuerdo, un fantasma.

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Y en medio de todo esto, el cuerpo, esa cosa rara, que un día sintió placer, que un día sintió frío, que un día se dejó penetrar y fue penetrado, esa cosa rara que un día se supo finito y transitorio y que prefirió la violenta llamarada que extingue sin miramientos que la lentitud de la ruina que contempla el estoico derrumbe de los días.

El cuerpo: esa cosa rara de la que Rommel Manosalvas habla en esta entrevista.

¿En qué momento supo que escribiría esta novela sobre el cuerpo y el vih?

La idea surgió hace unos tres años, a finales de 2019. A mí me dieron mi diagnóstico de vih positivo el 6 de noviembre, todavía tengo muy clara la fecha, y además yo ya venía trabajando en este tema. Fue una coincidencia súper rara, no me lo esperaba. Creo que el tema surgió como una premonición de algo que iba a pasar en mi vida. Fue una escritura que surgió como un proceso de duelo. Un duelo que estaba muy ligado a la visión punitiva sobre el virus. De este modo, escribir se convirtió para mí en una manera de racionalizar estas emociones que estaba sintiendo. Luego, todo este amasijo de fragmentos se fue transformando, porque ya no era una escritura íntima mía, mutó a algo más por medio de la ficción. Y el fragmento para mí fue muy importante, porque me permitió alinearme con la idea de que mi cuerpo era un fragmento, que es frágil, que se desmorona. Una fragilidad que es muy fuerte cuando te enteras de tu propio diagnóstico. 

El tema del vih/sida ha pasado casi a ser un ruido de fondo, una pandemia olvidada. ¿Por qué retomar este tema? ¿Por qué vale la pena retomar en 2023, estética, política e intelectualmente, al vih?

Porque aún no se ha hecho el trabajo a fondo de actualizar las narrativas que hay alrededor de un tema como el vih. Yo creo que es aún muy vigente la narrativa del cuerpo que contrae el virus y de plano se va a morir. Un tópico que se sigue ligando exclusivamente a la homosexualidad, a la promiscuidad, a la diversidad de género. Esto es una manera de atraer los reflectores hacia problemáticas que aún afectan las vidas de las personas seropositivas, como es la medicación y su acceso, la atención integral del paciente. Yo he tenido la fortuna de poder recibir todo esto, pero el alcance de la terapia antirretroviral no es igual en todas partes. Además, no se habla de lo que esta medicación le hace a tu cuerpo: te tomas una pastilla diaria para no morirte, pero eventualmente te puedes morir por esta misma pastilla, porque a futuro tendrás efectos secundarios que no tienen nada que ver con el virus. Esto es una arista del vih y de quienes convivimos con el virus. Una arista que poco o nada se toca.

Aunque hay un quiebre de la novela con una manera actual de ver la enfermedad: como algo luminoso, un nuevo comienzo, un punto de partida. Una especie de negación de la muerte misma, que en su novela no está: Samuel decide matarse, el destino final sí es la muerte…

Yo decanté en Samuel muchas de las cosas que yo sentí al recibir el diagnóstico, y una de ellas fueron las pulsiones suicidas. Yo pensé en el sucidio como una salida a lo que me estaba pasando, porque estaba muy basado en narrativas y visiones desactualizadas sobre lo que es convivir con vih. Un ejercicio muy punitivo que viene desde la heteronorma. Pero, por el otro lado, tenemos que empezar a pensar en las subjetividades interseccionales. Para mí una de ellas es la dismorfia, una condición con la que vivo. Algo que se trasladó a Samuel, quien no quiere tomarse la medicación porque la química de estas pastillas altera tu cuerpo y la manera en que se presenta ante el mundo. Entonces, es un contexto en el que hay un cuerpo que no se reconoce, que recibe este diagnóstico y es invadido por la culpa… No era únicamente el vih lo que atravesaba a Samuel, sino todo un mundo de emociones y sensaciones. Allí, la muerte era una salida válida y él la toma. 

Una figura central en Anatomía transparente es la madre de Samuel. Pareciera que estamos pasando de la necesidad de matar al padre en la literatura a querer encontrar a la madre. ¿Qué le atrajo de la figura materna para querer explorarla narrativa y poéticamente?

La madre es un espacio desde el cual empiezas a explorar al mundo y a tu propio cuerpo. Este libro tiene una carga autobiográfica muy importante, por lo cual la relación de Samuel con su madre tiene vestigios de la relación mía con mi madre. Además, creo que es imposible escribir de algo tan íntimo como esto y que las relaciones familiares no surjan. Así que la ficción fue una manera de expresar lo que yo estaba sintiendo al salir del clóset y que tiene sus paralelismos con la forma en que lo hizo Samuel. Puede verse esto también como un reproche que se le hace a ella, pero es más un intento de restablecer una comunicación truncada así sea después de la muerte. 

Esta es evidentemente una novela sobre el cuerpo. Quisiera saber qué referentes tuvo (literarios o no) a la hora de entender, abordar y escribir sobre el cuerpo…

Siempre menciono la novela Sanguínea de Gabriela Ponce, que es una novela que habla desde el cuerpo femenino y sobre la menstruación, los fluidos, todo aquello que históricamente ha sido relegado. También fue muy importante para mí And the band played on de Randy Shilts, uno de los testimonios más significativos de los primeros años de la crisis del vih/sida en Estados Unidos. Para mí este tema era una cuestión de comunidad. La lectura y la escritura son experiencias son formas de sabernos comunitarios, con lo cual pude encontrar una comunidad para mi cuerpo y para mí. También fue fundamental la película basada en la novela Las horas, de Michael Cunningham, por la figura del enfermo y su cuerpo derrumbado. 

Mirando qué cosas han tocado otros periodistas sobre su libro, vi que muchos veían la iniciación sexual de Samuel como una pérdida de la inocencia (algo que no comparto). Quiero preguntarle como escritor, ¿es el sexo la pérdida irrefutable de la inocencia? 

Creo que es una visión muy paternalista, en especial con la infancia; todos y todas hemos tenido algún tipo de experiencia iniciática. Pero, además, esto es recluir al niño a un lugar muy extraño de inocencia. Y negar que en esta etapa de la vida se experimentan individualidades supremamente crueles y perversas también. Lo que sí estoy seguro que pasa en mi novela es que a Samuel se le abre un mundo de posibilidades a partir del deseo y de la exploración del mismo (el cual también está marcado por las prohibición que de él hacen la sociedad particular en que nació y la familia de la que le tocó ser parte).

El espacio de la casa, la vivienda, el hogar es algo muy presente en la novela. No solo como escenario, sino de organismo vivo que tiene partes y recovecos sintientes. ¿Qué le atrae de la casa a la hora de escribir?

Creo que el espacio en general siempre ha sido un interés mío, muy ligado a la construcción literaria más que a la arquitectónica. Una visión de la casa y del espacio como una extensión del cuerpo, una especie de epidermis que se extiende más allá de sí misma. Aunque un referente arquitectónico muy importante en este caso fue Frederick Kiesler y su ‘Casa sin fin’, la cual es una casa que intenta emular la forma de los órganos y alejándose de cualquier tipo de ortodoxia. Además, para mí era muy importante que el tema de la enfermedad también estuviera presente en la concepción del espacio: el deterioro del cuerpo reflejándose en el espacio, una enfermedad compartida entre persona y casa.

Su novela está escrita en segunda persona, una voz que no es tan común en la literatura como sí lo son la primera y la tercera, además de ser bastante difícil de mantener a lo largo de un libro. ¿Cómo fue su trabajo con esta voz y por qué se decidió por ella?

Es una escritura muy íntima, porque te estás dirigiendo de manera directa a alguien. Además, el formato carta lo que hace es picar la curiosidad de alguien que no es el remitente. Tengo una imagen muy presente de la infancia: mi abuela tenía en su casa, allá en el pueblo donde vivía, un lugar al que llegaban las cartas, un espacio en el que las personas se manejaban con cierto secretismo y decoro. Esto de niño me despertaba mucha curiosidad saber qué generaba tanta solemnidad y susurros en los adultos. La segunda persona te da eso: que el lector pueda capturar parte de la conversación entre dos personas, una especie de curiosidad a través de la voz de la novela. Ser testigos de un diálogo al que quizá no estábamos invitados de antemano.

         

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enero
31 / 2023