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Un diálogo entre el pensamiento mágico y la ciencia sobre la muerte y la eternidad

En Diners reproducimos un diálogo brillante entre el paleontólogo Juan Luis Arsuaga y el escritor Juan José Millás extraído del libro más reciente del dúo: La muerte contada por un sapiens a un neandertal.

Foto: Cortesía Penguin Random House

En Diners reproducimos un diálogo brillante entre el paleontólogo Juan Luis Arsuaga y el escritor Juan José Millás extraído del libro más reciente del dúo: La muerte contada por un sapiens a un neandertal.

El paleontólo español Juan Luis Arsuaga desvela aspectos esenciales de la existencia humana, como la muerte, al escritor Juan José Millás en La muerte contada por un sapiens a un neandertal, el más reciente libro del dúo de intelectuales autores del exitoso libro La vida contada por un sapiens a un neandertal

El siguiente es un fragmento del primer capítulo del libro: 

Cero. Carpe diem

Habíamos empezado Juan Luis Arsuaga y yo a disfrutar del segundo plato de la cena cuando me preguntó si me gustaría saber los años que me quedaban de vida.

—Dime tú primero cuánto vino nos queda —le dije, pues la cubitera en la que se enfriaba el blanco caía  de su lado.

El paleontólogo levantó la botella.

—Poco —dijo—. Habrá que pedir otra.

—Adelante entonces —concedí yo envalentonado por la ingesta alcohólica.

Discurrían los primeros días de octubre, aún cálidos. Nos encontrábamos en Sevilla, adonde habíamos acudido para promocionar nuestro libro anterior, La vida contada por un sapiens a un neandertal, y la editorial nos había alojado en un hotel muy céntrico desde cuya terraza, en la que ahora cenábamos, se apreciaban los volúmenes extraordinarios de la catedral y la Giralda, profusamente iluminadas. La brisa, un tanto húmeda, completaba con su arquitectura invisible el decorado.

El paleontólogo sacó el móvil y buscó una aplicación en la que, tras introducir cuatro o cinco datos de mi existencia, leyó que me quedaban doce años y tres meses de vida.

—Redondeando —añadió con una sonrisa irónica.

—Redondeando —repetí yo con expresión de cálculo—. Dispongo, pues, del tiempo justo para escribir un par de novelas, además del libro que quizá acabamos de empezar en este instante. Te agradezco mucho la información.

Vea también: Quiltras, un libro de cuentos de Arelis Uribe

—De nada. Pueden ser unos años arriba o unos años abajo. Es la media para los varones españoles de tu edad.

—Es posible entonces que ni siquiera terminemos este libro.

—Es posible. Debemos darnos prisa —dijo él mientras se llevaba a la boca una porción de carne blanca de la lubina que compartíamos.

muerte
Portada del nuevo libro de Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga.

Luego, tras quejarse de los excesos lumínicos perpetrados en los monumentos de la ciudad, atribuibles, según él, al horror vacui del temperamento español, añadió:

—Ya que tengo la aplicación abierta, ¿te gustaría saber también de qué vas a morir?

—No estoy seguro —dije—, la lubina está en su punto.

—Bueno —continuó sin hacer caso de mi duda—, en primer lugar, están los accidentes cardiovasculares; después, el cáncer. Las enfermedades cardiovasculares y los tumores están muy igualados como causa de muerte hasta los setenta años, pero más tarde las cardiovasculares se disparan.

—¿Y luego?

—En tercer lugar, las complicaciones respiratorias, agrupadas bajo el paraguas EPOC, acrónimo que seguramente has oído ya y que significa «enfermedades pulmonares obstructivas crónicas». Las demás causas quedan lejos. En resumen, a tu edad uno se muere de viejo.

—Bueno —dije yo solicitando con un gesto que me rellenara la copa—. Doce años y tres meses, bien aprovechados, pueden cundir.

—Hay una mala noticia para los que lleguen o lleguemos a los ochenta y cinco.

—¿Cuál?

—La mitad de ellos, o de nosotros, sufrirá algún tipo de demencia, o ya la está sufriendo. Carpe diem, amigo.

—¿Desde cuándo somos amigos?

—Es un modo de hablar.

—Por si acaso, que quede esto claro: no somos amigos. ¿Te apetece un postre?

—Quizá algo de dulce acompañado de un vino oloroso. A ver qué tienen.

Observé los arbotantes de la catedral, los remates de la Giralda. Entre los dos monumentos sumaban dieciséis o diecisiete siglos de existencia: una mota de polvo en el devenir del universo. Lo mío, en consecuencia, no llegaba ni a un parpadeo en la historia del mundo ni en la de los hombres y sus obras. Dentro de dos novelas, quizá una si la muerte o la demencia así lo decidieran, sería un kilo de cenizas en el interior de una urna de mármol (doy por descontada la incineración, aunque no la he dispuesto).

El paleontólogo debió de interpretar mi gesto de nostalgia como una añoranza de la eternidad y atacó el postre —un bizcocho plano y exquisito, de nombre «mostachón»— con la expresión golosa de un crío.

—Cuando volvamos a Madrid —sentenció blandiendo la cucharilla en el aire— te enseñaré la eternidad, y creo que no te va a gustar.

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Junio
14 / 2022

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