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"Me partí el alma haciendo esta película": Alejandro Landes, director de Monos

Diners conversó una tarde en Bogotá con el director de la película Monos, que se estrenará en Colombia el próximo 15 de agosto, luego de haberse proyectado en varios festivales internacionales con elogiosos comentarios.

Foto: Camilo Ponce de León / Producción: Lucy Moreno

Diners conversó una tarde en Bogotá con el director de la película Monos, que se estrenará en Colombia el próximo 15 de agosto, luego de haberse proyectado en varios festivales internacionales con elogiosos comentarios.

Cuando Alejandro Landes quiso escribir su primer guion para una película pasó horas entre los estantes de una librería hasta dar con un manual que le prometía enseñarle cómo hacerlo. “El cine debe ser un descanso para los espectadores –leyó–, entre menos asuntos se deban solucionar, más clara y mejor lograda estará la idea central”.

«Cerré el libro y lo mandé al carajo –cuenta el director colombiano–. Lo maravilloso del cine es explorar entre grises».

De niño tenía prohibido ver televisión. Con eso y con los modales en la mesa su padre siempre fue muy estricto. Las películas, por el contrario, estaban permitidas siempre y cuando hubieran sido compradas y revisadas por él. Alejandro vio tantas veces Doctor Zhivago, Gandhi, Lawrence de Arabia, que se aprendió sus costuras, sus giros, sus pausas.

Estudió en Brown, una universidad liberal de Rhode Island, Estados Unidos, de la que se graduó en Economía Política. Había escrito una tesis sobre Cuba que llamó la atención del periodista argentino Andrés Oppenheimer en la que viajaba de La Habana a Santiago haciendo autostop, “pidiendo botella”, como dicen los cubanos. Oppenheimer le propuso montar un show de televisión para CNN, que más tarde se convertiría en un reconocido programa de entrevistas. “Pero yo no sé nada de eso –le contestó Landes–, ¡si ni siquiera me dejaban ver televisión de chico!”.

Comenzó escribiendo los guiones y terminó también haciendo las veces de productor. Por Oppenheimer presenta pasaron Mario Vargas Llosa, Álvaro Uribe, Ricardo Lagos, Lula da Silva. En una ocasión, Gonzalo Sánchez de Lozada, para entonces presidente de Bolivia, acusó a Evo Morales de liderar un golpe de Estado en su contra. La tarea de Landes era simple: buscar a Evo para confrontar versiones.

“Era absurdo, el tipo no tenía ni la primaria –recuerda–. Atrás tenía un cartel que decía ‘Evo presidente’ y que se caía todo el tiempo. Meses más tarde me enteré que era candidato; contraté un camarógrafo, me encargué del sonido y me fui a buscarlo a Bolivia”.

Así nació Cocalero, un documental de 86 minutos en el que Evo atraviesa los Andes y el Amazonas en campaña política para convertirse en el primer presidente indígena de su país. Luego vino Porfirio, su ópera prima de ficción, y más tarde Monos, la cinta que se estrenará el próximo 15 de agosto en la Cinemateca Distrital de Bogotá y que ya suma premios en el FICCI y el Sundance Film Festival.

Más de 800se presentaron al casting de monos. De ese grupo eligieron a treinta que debieron convivir en un especie de minisociedad cerca al páramos de Chingaza. Después de pruebas, talleres y entrenamientos, el director eligió solo ocho.

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“Es un thriller tenso, inquietante y abrumador. Una mezcla entre Apocalipsis Now, El señor de las moscas y El abrazo de la serpiente”, dijo el crítico Peter Bradshaw para The Guardian. Ocho adolescentes en su propia guerra, bajo sus propias reglas y sus propias nociones de justicia. Pata Grande, Boom Boom, Rambo, Leidy, Sueca, Lobo, Perro y Pitufo. Una rehén sometida, vulnerada y destrozada por el miedo. La doctora. Una película violenta y descarnada en la que no hay buenos ni malos, inocentes ni culpables. Monos.

¿Esta película habla de la guerra colombiana?

Sí y no. Monos nace del poder subversivo que tiene la metáfora. No quería hacer algo que hablara solo de nuestra coyuntura sino también de otros momentos. Por eso tiene algo medio fantasmagórico, porque el de Colombia no es el primer proceso de paz en el mundo ni esta la primera vez que se termina una guerra. Pasa un poco como en El señor de las moscas, de William Golding, o en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, dos libros que llevo como tatuajes. Para quienes conocen su contexto: tráfico de marfil en África o la sociedad británica en la primera Guerra Mundial, van a tener esa coyuntura. Pero para los que los leemos sin ser ingleses o sin saber mucho de marfil, va a ser una especie de fábula. Yo quise generar un gran vacío ideológico para forzar al espectador a entrar desde lo humano. Cuando la ves, no sabes si son guerrilleros, paramilitares, revolucionarios o terroristas. Ni siquiera si son de izquierda o de derecha. Eso lo resuelve el público desde sus propios referentes.

O sea que es la película de una guerra, pero no de una guerra en particular…

Los conflictos de ahora son mucho más borrosos, más complejos y menos de bandera. Te voy a poner un ejemplo: mi abuelo paterno peleó en la segunda Guerra Mundial. Era californiano y tenía claro su bando porque para entonces solo había dos posibilidades: los aliados o los del eje. Negro o blanco. Ahora los límites son difusos, hay demasiada bruma alrededor. En Monos quise contar la guerra al mejor estilo de películas como Platoon o Apocalipsis Now, pero desde nuestro momento.

¿De dónde le vino esta idea?

Yo acababa de terminar Porfirio, una película sobre un cincuentón que vive su cuerpo como la cárcel del alma. La hice en un momento de búsqueda personal, mi viejo estaba en la cárcel y el encierro era algo con lo que yo conectaba. Monos fue una especie de reacción a eso, un cambio de etapa, un grito de libertad. Son chicos llenos de vida, de fuerza, de adrenalina. No quiero entrar en un psicoanálisis, pero ambas reflejan cosas muy mías.

Todo en Monos resulta inesperado y espontáneo. La historia, la música, la imagen. ¿Esos giros estaban planeados desde la escritura del guion?

La verdad es que no existió un guion en el sentido estricto de la palabra. Hubo un tratamiento con unos arcos definidos que se mantuvieron bastante. Sin embargo, esta es una película muy plástica que fue cambiando a medida que conocíamos a los personajes. Durante el casting buscamos gente y caras. Vimos más de 800 chicos, elegimos treinta y los pusimos a vivir en una especie de minisociedad cerca al páramo de Chingaza. Tenían talleres de improvisación en las mañanas y entrenamientos físicos en las tardes. Pasaban juntos todo el tiempo. Fuimos viendo quiénes se llevaban mejor, quiénes eran más amigos, quiénes no se entendían en absoluto. Al final elegimos ocho. Los ocho que están en la película: Pata grande, Sueca, Leidy, Lobo, Perro, Pitufo, Boom Boom y Rambo.

¿Ninguno de ellos tenía experiencia en el cine?

En Monos, Landes quiso narrar la guerra al estilo de películas tan icónicas como Platoon o Apocalipse Now.


De los chicos, solo Moisés Arias, Pata Grande. Él había hecho varias producciones con Disney: Hanna Montana, Zack & Cody, Wizards of Waverly Place. Pero en el resto del cast teníamos también a Julianne Nicholson, una gran actriz de cine independiente con una lista enorme de películas entre las que están Tully and Passion of Mind y Long Time Since. Además hubo algo muy bonito y es que más gente se fue contagiando. Peter Zuccarini, quien hizo la cámara de agua de Piratas del Caribe nos regaló su tiempo y sus equipos para grabar las escenas del río, y digo “nos regaló” porque claramente no teníamos con qué pagar lo que él cobraba. Mica Levi, la compositora de la música de Under the skin y de Jackie, vio un corte de Monos y al otro día me dijo: “Entro”.
Yo me partí el alma en esta película, me llevé al límite de lo que sé hacer, pero también hubo un elemento energético muy fuerte. No me quiero poner espiritual, pero para tener toda esa gente de mundos tan distintos en un mismo espacio, tuvieron que alinearse muchas estrellas.

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La película comienza en el páramo de Chingaza, a 4.000 metros de altura, y termina en el río Samaná, a cinco horas de Medellín. ¿Eso sí estaba en el guion?

El cine que me interesa no es el que aparece inflexible en una escaleta de rodaje. Para mí los guiones son referencias sobre las que sigo creando hasta que termino de grabar. Desde el principio tuve claro que quería editar la película como un río. O sea, sinuoso, ágil, de velocidades cambiantes. Pero una cosa es lo que uno dice en el papel y otra lo que puede hacer en las locaciones. Más que ese río, creo haber logrado una narración paralela a sus escenarios, en la que todo el tiempo cambia el punto de vista. A veces estás con Sueca, a veces con Pata Grande, a veces con cualquier otro. El reto es mantener la atención de los espectadores en esa línea tan caudalosa y angustiante.

¿Tuvieron algún contratiempo en el rodaje?

Todos los del mundo. Cuando estás en lugares tan remotos, te llenas de situaciones que no controlas y no tienes más alternativa que dejar entrar la vida. Eso, de alguna manera, se filtra en el trabajo. Sale el sol, llueve, te caes. Todo el tiempo estuvimos al límite. A alguien le dio un ataque de epilepsia el primer día y a mí me sacaron en camilla pensando que tenía apendicitis. En la producción teníamos una tropa de mulas, el equipo de kayak y rafting de Colombia, y un grupo de mineros ilegales. ¡Imagínate eso!

Alejandro Landes dirigió Cocalero, el polémico documental sobre Evo Morales, y Porfirio, su ópera prima de ficción.


¿Y era apendicitis?

No, menos mal. El médico me había dicho que en dos horas se me iba a estallar el apéndice y los mineros me llevaron en camilla hasta el hospital de la zona. Al final resultó no ser nada.

Volviendo al punto de vista del espectador, en Monos es difícil tomar partido por alguno de los personajes. Todos son buenos y todos son malos al tiempo…

Sí. Quise atentar contra cualquier concepción binaria: izquierda-derecha, hombre-mujer, antes-después, bueno-malo, víctima-victimario. Los buenos terminan matando, los malos mereciendo clemencia, los culpables indultados. Esta película está llena de grises, de dilemas morales y decisiones complicadas. Esos puntos medios son lo más humano que tiene nuestra especie. Te voy a poner uno de los ejemplos más obvios: en el proceso de casting me volví ciego al género. A Rambo lo encontré a la salida de su colegio jugando un partido de baloncesto. El chico terminó siendo una chica a la cual le dicen Mat, que se relaciona con hombres y se identifica sobre todo como persona. Mat influyó mucho en la escritura de su personaje y de la película en general. En esa visión no-binaria de la que hablo.

Más allá de las obvias en una guerra, hay muchas violencias en Monos

Por supuesto. Y son tan escalofriantes que hasta el mismo ejecutor se ve afectado. Es un espejo que nos hace preguntar quiénes somos y cuáles límites de nuestra razón rompemos. Es salvaje, pero no más salvaje que lo que vemos en la calle. Lo que trato de decir es que las violencias de Monos son nuestras mismas violencias, solo que esas no las vemos. Es como la lata de Campbell Soup de Andy Warhol, todo el mundo la tenía a la mano en los supermercados y nadie la notó hasta que él le dio la vuelta y la presentó de otra manera. Cuando proyectamos la película en el MoMA de Nueva York, se me acercó un señor y me dijo: “Tengo una hija de 15 años y esto me recuerda su colegio”. Hemos vivido todo lo que ahí se narra. La adolescencia, la efervescencia, la rebeldía. Ese momento en que cambias, en que lo que quieres ser se choca con lo que eres. Yo solo estoy abriendo una ventana para verlo.

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Agosto
15 / 2019

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