¿Por qué nos gusta ver películas tristes?

Un duro de lagrimal escribe la historia del cine de sollozo, desde Chaplin hasta “Kramer vs Kramer”.
 
¿Por qué nos gusta ver películas tristes?
Foto: /
POR: 
Daniel Samper Pizano

Publicado originalmente en Revista Diners de julio de 1980. Edición número 124

La última escena mostraba, entonces, al vagabundo del bombín que se alejaba blandiendo su bastón de caña mientras al lado suyo, con el sombrero terciado, el niño marchaba cabizbajo. El camino era largo, estaba atardeciendo y, un segundo antes de perderse en la sombra y la distancia, la silueta del niño le daba la mano a la silueta del hombrecito de bigote y ahora sí el teatro no podía más y era el crujir de dientes y la lloradera y las señoras que se agarraban la cabeza a dos manos y los caballeros que sacaban un pañuelo y discretamente se secaban un par de lagrimones de las mejillas y qué de suspiros que de ayeres temblorosos…

El hombre es un ser curioso. Y los inventores del cine no demoraron mucho en darse cuenta de que estaba dispuesto a pagar no solo para pasar un rato divertido, sino también para que lo asustaran, para que lo hicieran sufrir, para que lo pusieran a llorar. Chaplin lo supo y resolvió hacer reír y hacer llorar a los espectadores. Desde entonces hay un género de películas elaboradas con todo cálculo para exprimir el lagrimal de la audiencia y, aprovechando el masoquista dormido que todos llevamos dentro, obligar a la gente a llorar y a pagar por llorar, que es donde está la parte sabrosa del asunto.

[diners1]

[/diners1]

¿Cuándo fue la última vez que usted lloró en cine? ¿Tal vez en Kramer vs Kramer? Una encuesta rápida elaborada por este periodista demostró que la mayoría de las personas que acudieron a una de estad dos películas se vieron forzadas, en un momento dado, a sonarse lastimeramente o, por lo menos, a recoger con los dedos algunas lágrimas que venían cachete abajo.

Luego de numerosas advertencias de gente que había llorado en Kramer vs Kramer resolví verla porque, por lo general, soy duro de lágrima en cine y más bien me reservo para el estadio el horrible espectáculo de un señor que llora. Sin embargo, debo confesar que con la subida de los años y la bajada del pelo (dato confidencial: a los calvos el pelo no se nos cae, solamente se nos baja), me han dado ganas de poder berrear libremente en una sala oscura por solo treinta pesos. Fui, pues, a Kramer vs Kramer con la positiva esperanza de unirme al coro de las plañideras que, según mis informantes, generaba automáticamente la película.

Pero tal vez porque se me ha endurecido demasiado el corazón o tal vez porque acudí demasiado prevenido, lo cierto es que pasé por Kramer sin romperlo ni mancharlo. Quiero decir, el pañuelo. Hubo. es cierto. momentos difíciles en que se escaparon inevitables suspiros de mi dispuesto pecho. Pero no más. Y lo lamento. Lo lamento, porque hubiera sido la ocasión propicia para exprimir los ojos sin temor a quedar en ridículo: alrededor mío la gente lloraba como si pelaran cebolla. Me conmovió especialmente un tipo cuadrado, de mal aspecto, que se sentó dos filas más adelante sin decir una palabra y que, al final de “Kramer vs. Kramer”, se abrazaba a una señora desconocida como cualquier huérfano. Luego supe que el pobrecito trabaja como torturador y supe hasta donde había logrado perforarle el corazón de concreto la mirada de Dustin Hoffman cuando está a punto de entregar al hijo. Debe ser que los torturadores también tienen hijitos.

* * *

No quise hacer otro intento con “El Campeón”, pese a que me garantizaron que allí si iba a llorar. Incluso, me adelantaron una parte de la trama para tentarme más. Me dijeron que se trataba de la historia de un joven señor y su hijo rubio en la que aquel, para poder sostener a este, se mete de boxeador. La carrera deportiva, sin ser brillante, no va tan mal. Pero hay un momento en que lo noquea la muerte y fallece en un camerino de pugilista en medio de los gritos desgarradores del niñito. La fórmula ha funcionado en la inmensa mayoría de los casos: los espectadores berrean hasta humedecer de veras el tapete del teatro y, según entiendo, en algunas salas de cine al terminar la función no barren sino secan. Pero estoy seguro de que en el mío no habría dado resultado, porque da la casualidad de que, en materia de boxeo, soy un triunfalista insoportable. Como no estoy adscrito a equipo alguno, e incluso creo que en boxeo no hay equipos, simplemente voy por el que gana. Así que con seguridad seria el único asistente a la película que, en el momento en que fallece el padre del niñito, habría brincado de alegría sobre la silla, con los brazos en alto, o incluso se me habrían escapado un par de frases mordaces contra la víctima.

[diners1]

[/diners1]

Esto si habría podido terminar mal, según me previnieron varios amigos, así que opté por no ver “El Campeón”. Ante el fracaso con “Kramer vs. Kramer” y el presunto chasco con “El Campeón”, me di a la busca de una película que hiciera llorar. Y, tras haber agotado una lista de títulos que me dejó impertérrito, acepté una invitación del maestro Guillermo Angulo. Angulo tuvo el mismo problema: no podia llorar en cine. Su última experiencia húmeda fue hace muchos años, con “Lo que el viento se llevó”, pero ambos llegamos a la conclusión de que no era válida porque Anzulo en el año 39 tenía sólo 29 años y toda lágrima derramada antes de los 30 es un mero síntoma de adolescencia. Como los barros. Ahora, sin embargo, Angulo se ofrecía a llevarme a ver cine del que hace llorar.

-Vea, maestro -me dijo-: si esto me hace llorar a mí, que estoy curtido y que fui cónsul, a usted, que aún es un niño y que no ha pasado por la dura experiencia del servicio diplomático, lo va a matar.

Así. que acepté la invitación de Angulo y fui con él. Lloré como cualquier Julio Flórez, con mojada de camisa y sonada duro. Juré que no quería seguir viviendo. Me deprimí peor que en un 0-5 contra Millos. Acabé agarrado al brazo de Angulo. quien también lloraba, y hasta la infatigable chaqueta de cuero del maestro terminó empapada. Tuve entonces el consuelo, como Bécquer, de saber que aún me quedaban lágrimas. Y prometí que cada vez que sienta necesidad de expulsar medio litro de agua volveré a ver, como en esa ocasión, una comedia colombiana.

* * *

La experiencia fue interesante, porque me obligó a meditar sobre las épocas más llorosas del cine. Descartado Carlitos Chaplin, que lo mismo hacía llorar de risa o de tristeza, hay que saltar directamente a “Lo que el viento se llevó”. Con excepción del exministro de Comunicaciones, Gabriel Melo, que lloró por última vez con “El milagro de Fátima”, el resto de mis encuestados habian dejado la lágrima mientras presenciaban pasmados con cuánta ternura el duro de Clark Gable abrazaba a Vivian Leigh en medio de llamas y de esclavos.

De Lo que el viento se llevó, es preciso pasar, en un brinco de diez años, al neorrealismo italiano. Algunos se escandalizarán de que no mencione en este punto al cine hindú ni al cine ruso. Pero con ambos ocurre que, cuando llega la escena desgarradora, el auditorio está ton dormido que la proeza no es hacerlo llorar sino despertarlo. El neorrealismo italiano se propuso como misión hacer llorar por lo menos al mundo occidental, y logró su propósito. Quien no haya llorado en una o varias películas italianas de los años 40 y 50 es porque es un desalmado o porque no consiguió boleta. En El ladrón de bicicletas, por ejemplo, llora hasta la policía; y Umberto D conmueve hasta a un médico de La Hortúa.

Recuerdo especialmente, de esa época, una de las primeras películas de Sofía Loren. Se llamaba “La mujer del río” y trajo a mis maravillados once años el triple espectáculo- allá abajo- de un teatro que lloraba al unísono y, allá arriba, las dos piernas interminables, adorables, aceitunadas, curvas de la Loren. Yo hasta entonces las únicas piernas femeninas que había visto eran las de mis primas, con media tobillera blanca y rodillas raspadas. Cuando vi “La mujer del río” tuve la revelación de que esos aparatos débiles y pálidos que me parecían despreciables en mis primas, porque no servían para jugar fútbol, podían llegar a convertirse, en con el paso del tiempo, en las espléndidas torres de carne y hueso que sostenían a la Loren. Presentí además, que si bien no servían para el fútbol, debían cumplir funciones mucho más interesantes.

Esa tarde, en pleno matiné del Teatro Chile, sentí por primera vez el deseo, casi la urgencia, de abrazarme a las piernas de Sofia Loren y confesarle que iba mal en aritmética. Pero luego vino lo del novio que la golpeaba y lo del niñito que se le ahogó en el arrozal y entonces me puse, como el resto de los presentes, a berrear como loco y en pleno velorio del bambino ya se me habían olvidado las piernas de la Loren. Pero, eso sí, no para siempre.

* * *
En épocas del neorrealismo, la lágrima se volvió uno de los principales productos de exportación de Italia. La gente acababa de salir de una guerra mundial, no había hecho otra cosa que pelear y llorar en ella. y sin embargo. querían más llanto. De Sica. Fellini, Zampa. Rossellini, Visconti. se encargaron de complacerla.

Pero un día se agotaron los pañuelos y entonces fue preciso consolar al público. Divertirlo. Obligarlo a levantar la cabeza. A sonreírse. A reírse. Surgió la comedia ligera gringa. reapareció el glamour. El cine francés pasó a desnudar a las protagonistas. Marilyn Monroe. Brigitte Bardot y Kim Novak condujeron a un total olvido de las glándulas lacrimales. hasta el punto de que algunos fisiólogos llegaron a temer que se extinguieran. Cosa que tampoco habría sido buena, porque las lágrimas cumplen importantes funciones de lubricación y dessahogo. La historia natural no se lo habría perdonado a Hollywood.

Pero, por fortuna, fue apenas una moda. Al cabo de pocos años, la lágrima volvió a los escenarios. Primero tímidamente, a través de retocadas cinenovelas sentimentales que atacaban directamente el corazón de la mecanógrafa promedio. Con Lelouch volvieron a escucharse sollozos en los teatros y empezaron a notarse los primeros espectadores con los ojos rojos a la salida de cine. En 1970 apareció el cáncer. Una leucemia inmisericorde dio muerte a la protagonista de Love Story y el público corrió a hacer largas colas para que lo hicieran llorar.

[diners1]

[/diners1]

Desde entonces se sabe que una película que ponga a chillar a la gente llenará de dólares a quien la produce. Así se llega a “Kramer vs. Kramer” y a “El Campeón, que han convertido en melcocha revenida el pétreo corazón de muchos ejecutivos. Es la linda tradición del cine romántico. del cine triste, del cine lagrimal. ¿Qué son treinta pesos a cambio de la posibilidad de llorar con sus amigos durante cien minutos mientras come chitos y unta el cadáver de un chicle en la parte inferior del asiento?

Vaya. Llore. Lleve pañuelo. Empañe las gafas. Póngase en manos del guionista. Abandónese en brazos de la tristeza. Y si, después de hacer todo esto no ha logrado llorar en cine, llámenos al maestro Angulo y a mí, que nosotros nos encargaremos del asunto.

Queremos saber, ¿cuál es la película más triste que ha visto? Cuéntenos en el espacio de comentarios

         

INSCRÍBASE AL NEWSLETTER

TODA LA EXPERIENCIA DINERS EN SU EMAIL
junio
17 / 2016