Dago García, entre la crítica y la taquilla

Diners conversó con el director Dago García, uno de los directores más activos (y criticados) del cine nacional. Habló de su proceso creativo, el estado del cine en Colombia y su relación con la crítica.
 
Dago García, entre la crítica y la taquilla
Foto: Mónica Barreneche
POR: 
Jhonny R. Quintero

De su trabajo se ha dicho de todo; la crítica ha sido severa, y cada vez que estrena una película las reseñas no son precisamente halagüeñas. Han dicho que siempre va por lo seguro, que no arriesga mucho a ser menos popular y menos televisivo, y que sus películas son caricaturas extremas de los colombianos. Pero también están quienes lo defienden. Han dicho que sin la participación de su productora en El abrazo de la serpiente no habría sido posible, a lo que él se adelanta y dice que no es tan cierto, “no quiero llevarme méritos que no me corresponden”, asegura. Cuentan también que desde las cuatro de la mañana está escribiendo —porque es el único momento del día en el que su teléfono no suena—, y que si tiene que hacerle correcciones a un guion un domingo a las once de la noche, lo hace y responde de inmediato.

Samuel Castro, crítico de cine, cree que él ha logrado lo que muy pocos: posicionar un tipo de cine colombiano, además de saber explotar esa veta, aunque debería estar más dispuesto a escuchar a la crítica.

Dejó de leer las críticas desde hace varios años, y las personas en su círculo más cercano lo saben, entonces si leen algo que se dice sobre él, no le cuentan. Pero hay muchas cosas que no tiene problema en admitir, como que él mismo se declara representante del género de películas de vacaciones, o que siente que ha hecho la misma película varias veces.

Detrás de la puerta de su oficina hay siete calendarios colgados, de más o menos un metro de largo, como pendones, que le sirven para recordar los años que lleva como vicepresidente de producción del canal Caracol. Tiene tres televisores: en uno sintoniza Caracol, en el otro la competencia, y en el tercero cualquier canal de televisión por cable. Mantener una conversación sin que lo interrumpa su celular o el teléfono cada cinco minutos es imposible.

Usted debe ser de los guionistas de cine más prolíficos del país, ¿cómo es ese proceso de escribir hasta dos y tres películas cada año?

Yo tengo una formación en la televisión, y en televisión usted adquiere como guionista la disciplina de escribir diariamente. Cuando usted hace una telenovela o un seriado, tiene que escribir todos los días, y además tiene que ser muy recursivo y tener un sentido de la claridad narrativa muy afilado, desarrollado, porque para bien o para mal, la televisión es una fábrica de contenido que no se detiene, y quizás el activo más importante de un escritor de televisión es la claridad sobre lo que quiere contar, eso le permite ser prolífico. Entonces esa formación en la televisión me ha permitido asumir el guion de cine con la misma disciplina y con el mismo desarrollo de trabajo que cuando hago televisión.

Obviamente eso produce unos guiones que tienen su lado bueno y su lado malo. Su lado bueno es que hay claridad narrativa, son fáciles de consumir, fáciles de leer. Tengo la oportunidad de ser prolífico, de producir un buen volumen de dramaturgia, y quizás el problema es que arrastro también con la tradición de la televisión. Mucha gente dice que mis películas más que cine, son televisión en pantalla grande.

¿Ese es el lado malo?
Puede ser. Digamos que esa es una crítica recurrente a mi trabajo, y yo lo que digo es que tienen razón, porque yo no puedo dejar de ser lo que soy. Ahora, el lado bueno de eso es que parece que ese tipo de televisión en pantalla grande convoca un público que, cuando ve las películas, las disfruta y se divierte, que en últimas es el objetivo del entretenimiento.

En todas sus películas hay varios comunes denominadores, factores que se repiten, como que los protagonistas son colombianos de clase media, el núcleo familiar, ¿eso es a propósito?
Fíjese que no son a propósito, pero últimamente he llegado a una conclusión, y es que yo siempre escribo la misma película, y yo creo que tiene que ver también con la formación y el espíritu de la televisión. Hace poco, en el proceso de edición, me quedé viendo Uno al año no hace daño 2, y me di cuenta de que es una historia de un núcleo familiar muy parecido al de El paseo, de Mi gente linda mi gente bella, al de El Carro, de Te busco, entonces yo diría que el tema en el que me muevo es el de las relaciones familiares en la clase media, y casi que son las mismas relaciones, o los mismos personajes metidos en diferentes historias, como si fuera una comedia de televisión como Don Chinche, o como Vuelo Secreto, donde son los mismos personajes pero en cada capítulo viven una anécdota y una historia diferente. Eso no lo hago premeditadamente.

Ahora me di cuenta y no sé cuáles van a ser las consecuencias de eso. Pero sí, creo que sí tengo unas constantes, que hoy en día haciendo esa reflexión me digo que esa es otra de las herencias que traigo de la televisión.

¿Y ve eso como algo bueno o como algo malo?
Yo lo veo como algo inevitable porque uno escribe y hace las películas que quiere hacer, las que como espectador le gustaría ver. Cuando voy a escribir un guion o a hacer una película, a lo primero que atiendo es a mí mismo. Hay un recuerdo que está en la cabeza y da vueltas y vueltas y se va convirtiendo en película. La génesis de cualquier dramaturgia, tanto en cine como televisión o teatro, es el caos, el desorden, es lo que pasa en la cabeza de uno. Uno no dice “la próxima película la voy a hacer sobre…”, no.

Surge algo y uno intuye que ahí hay una película y comienza a trabajarla, entonces, como yo trabajo, surge de un proceso no controlado, y que se va formando y va pidiendo salir, y escribo esas historias. Por fortuna he hecho las películas que he querido hacer. Nunca he hecho una película que no he querido hacer ni escrito un guion por encargo, y como son tan personales, surgidas del propio gusto, se deben parecer.

A una gran parte de la crítica no le gustan sus películas…
Yo hace siete años dejé de leer lo que se decía sobre mis películas, para bien o para mal, porque yo no puedo decir que sea un tipo al que no le importe la crítica. Yo me cansé de sufrir, porque ni siquiera podía disfrutar de los éxitos. Yo, teniendo una buena taquilla, me amargaba porque habían dicho que era una porquería de película, estando contento con la película que hice, el público contento. Entonces dos meses antes y dos meses después de lanzar cada película, me desconecto, y todo el círculo alrededor mío lo sabe, no me hablan ni me cuentan si dicen cosas buenas, o cosas malas, porque no quiero hacerme el truco de solamente oír las cosas buenas.

Me meto en una burbuja, no sé si eso estará bien o si es terquedad y puede que me esté perdiendo de críticas que me permitan enriquecer mi trabajo, pero si yo pongo en una balanza eso y los malos momentos que pasaba por lo que decían de mis películas, prefiero mi tranquilidad, y atender solamente la respuesta del público, que finalmente es para quien están hechas las películas. No estoy peleando con la crítica, porque para que haya pelea se necesitan dos. Yo respeto su trabajo, creo que estamos en orillas diferentes, creo que el entretenimiento no sale bien librado si se analiza desde las herramientas críticas del arte, y no creo que haya una crítica del entretenimiento porque el entretenimiento no acepta los rigores de las poéticas de la crítica. Resolví eso dejando de leerlas, no por irrespeto, sino por proteger mi estado anímico.

Como en la pregunta del huevo y la gallina, ¿al público le gusta sus películas porque es lo que le dan, o les dan las películas que le gusta al público?
Yo creo que sí hay una diferenciación en el cine entre los productos del entretenimiento y los productos de arte y ensayo. Además estoy convencido de que es una diferencia que no es excluyente ni antagónica, sino por el contrario, es una diferencia que debe ser solidaria y complementaria, por eso nosotros participamos también en otro tipo de proyectos. En el caso de El abrazo de la serpiente, o Cazando luciérnagas, esas películas no se parecen en nada a las que hacemos nosotros, ni en su intención, forma o contenido, pero nosotros no vemos ese tipo de cine como un enemigo sino como un complemento o una forma diferente de encarar el cine, con su valor y con sus propios activos. Entonces en el entretenimiento, llámese música popular, televisión, literatura popular, o cine, los productos son espacios de negociación entre los productores y los receptores. Aquí no se sabe si fue primero el huevo o la gallina, pero evidentemente la gente influye en el producto.

Algo así como que el productor propone un tema y el público o lo asume, o lo rechaza, o lo modifica. Y de esa dinámica va surgiendo el entretenimiento, que desde su base tiene que tener en cuenta al receptor al que va dirigido. El cine de arte y ensayo no tiene como prioridad consultar al público, es un tema entre el autor y la obra, y tiene que ser así. En el momento en que intervenga el público en esa ecuación, se acabó el arte. El arte no tiene absolutamente ninguna responsabilidad con el público, porque es una relación entre el artista y su obra. Que ya luego llegue el público y le guste o no le guste, es diferente.

El entretenimiento, en cambio, sí tiene en su ecuación al público, porque trabaja para el público masivo. Entonces no sabría cómo se resuelve, creo que hay de las dos; tanto el público aprueba o desaprueba el producto, como que el autor o productor trata de darle gusto y hacer conciliar su interés propio con el gusto del público. Cuando uno hace una película pensando solamente en lo que le va a gustar a los espectadores, va directo al desastre. Primero tiene que gustarle a uno, y después buscar la manera de que eso que le gustó a uno, le guste al público. El primer referente debe ser uno mismo. Si a uno le gusta es probable que a otro le guste.

¿En qué cree que se basa el éxito de taquilla en sus películas?
El cine colombiano ha sido prolífico en películas acerca de personajes marginados de la sociedad, ya sea porque son delincuentes, o porque están en regiones del país completamente olvidadas, o porque son de estratos sociales marginados, en ese sentido creo que nuestro cine ha cumplido una tarea importantísima en ese ejercicio de criticar a la sociedad y de señalar sus problemas, pero muy poco cine se ha preocupado del personaje común y corriente. Y ese vacío lo llena las películas que hacemos nosotros, y otra gente que hace ese tipo de películas. Pero sí creo que cuenta con un público masivo porque la mayoría de la gente en Colombia es clase media, y es este tipo de clase media, entonces lo elementos de identificación y conexión con ese público grande de clase media está en esas películas, porque yo también provengo de ahí, de esa clase media.

Yo provengo de un universo como el de mis películas. Si tuviera que dar una explicación, porque el éxito es tan inexplicable como el fracaso, diría que es un cine que marca una diferencia en el panorama del cine nacional, porque no habla de personajes marginales, sino de la realidad de la mayoría anónima, a la que no le ocurren cosas terribles, ni cosas extraordinarias, siempre son aventuras muy cotidianas, como comprar un carro, irse de paseo, ir al estadio a ver a la Selección Colombia, ir a emborracharse a una fiesta. Son historias cotidianas que le pasan a personajes cotidianos, con una fuerte dosis de humor, con una narración clara y que conecta con el público.

¿Por qué sus películas se estrenan los 25 de diciembre?
Porque accidentalmente mi distribuidor, que es Cine Colombia, descubrió que al espíritu de mis películas le va bien en los periodos de vacaciones. Yo estoy estrenando en junio y en diciembre, y si puedo, en Semana Santa y en semana de receso. Porque en vacaciones el espíritu de la gente es diferente, cambia, y esas películas que hago yo, que son comedias blancas, empatan muy bien con esas películas.

¿Entonces definiría su cine como cine de vacaciones?
Yo soy el representante del género de películas de vacaciones.

         

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marzo
1 / 2016