El amor y la vejez: un tema difícil en el cine

Con el estreno de la cinta "Sigo enamorado de ti", con Martin Landau y Ellen Burztyn, vuelve a ponerse sobre la mesa el tema de la vejez y el amor en el cine.
 
El amor y la vejez: un tema difícil en el cine
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Hugo Chaparro Valderrama

Publicado originalmente en Revista Diners No. 516, marzo de 2013

La película de Michael Haneke, Amour (2012), interesó desde su proyección en el Festival de Cannes al público que descubrió en la pantalla un relato sobre la vejez y sus riesgos, protagonizado por Riva y Jean-Louis Trintignant. Dos actores veteranos cruzaban así el umbral de los ochenta años de edad y enseñaban el material del que está hecha la vejez.

Aunque los obstáculos del cuerpo y de sus enfermedades no sean del todo novedosos en la ficción cinematográfica, la forma de Haneke para narrar el deterioro de la vejez descubrió a través de sus imágenes una reinvención de la soledad, del miedo y el deterioro, rebotando como una maldición en la fragilidad de la mente y de sus recuerdos.

Desde que la bisagra del siglo XIX al XX hiciera de la cámara un objeto para vencer a la muerte con la plenitud de sus imágenes en movimiento y de los actores que hicieron de sus cuerpos el centro del espectáculo, la vejez sería un tema frecuente para manipular emocionalmente al público. Los melodramas de explosión sentimental filmados por un pionero como David Wark Griffith (1875-1948), moldearon la fórmula del anciano desprotegido y enfermo, amenazado por el mundo.

El estrellato que entronizó la belleza juvenil de los actores, iluminados en Hollywood de una manera implacable por lámparas tan poderosas como las Cooper Hewitt, reveló en los ancianos el lado opuesto al modelo de belleza que seducía la mirada. Los rostros acariciados con brillo de porcelana se desvanecieron en películas como La historia de la brujería a través de los tiempos (Christensen, 1922). Filmada en Suecia, Christensen enjuició la forma como los tribunales de la Inquisición maltrataron a las ancianas, acusadas de brujería.

Un mundo tortuoso y despreciado por el vigor atlético de la juventud se prolongó a través de la cronología del cine, revelándose en Italia con franqueza devastadora durante los años 50; en aventuras lacrimosas como las que se empeñó en narrar sin compasión por su público el cine mexicano de la Epoca de Oro –invocando el llanto en sus episodios desde los años 30 hasta los años 50-; reviviendo las pasiones dormidas en una película argentina que anunciaba desde su título el romance de dos ancianos en Sol de otoño (Mignogna, 1996).

La generación nacida en la segunda mitad del siglo XX ha visto en el umbral del siglo XXI el declive de sus mayores. Las películas acerca de la vejez se han multiplicado con registros diferentes cuando los realizadores que se tomaron el poder tras las cámaras supieron observar, atestiguar y filmar a los fantasmas que representan su temor ante la muerte. Comprendieron que la pantalla podía ser una versión animada del álbum familiar. Al mismo tiempo las cámaras se redujeron a un tamaño bonsái. Se acomodaron con facilidad y discreción portátil a la mano. Su tecnología permitió filmaciones ágiles para seguir en un espacio reducido los movimientos lentos y cuidadosos de la vejez. Con un criterio moral sincero y sin admitir falsos pudores, la desnudez y la vejez fueron representados en la pantalla como otra dimensión natural de la vida.

“¿Sexo explícito entre ancianos?”, se preguntó el público en Cannes 2008 cuando el director alemán Andreas Dresen presentó en Wolke 9 (Nube 9) una película que describía los encuentros, frustraciones y alegrías de tres ancianos: Inge, su esposo Werner, y Karl, el amante de Inge, al que la mujer le lleva al inicio de la historia un par de pantalones que le ha cosido y que en el transcurso de la película le quitará varias veces. Cuando el secreto es revelado por la mujer a su esposo, el hombre estalla enfurecido por una situación que, a su edad, le parece grotesca y absurda. Dresen le imprimió a su historia el ritmo sexy de un amor adolescente, filmando la desnudez de Inge y de Karl mientras festejaban la sensualidad de su pasión.

Mientras las viejas estrellas se hacían aún más viejas ante los ojos del público, la industria seguía filmando a sus actores queridos. Henry Fonda y Katharine Hepburn protagonizaron a un matrimonio senil En el estanque dorado (Rydell, 1981); Ron Howard apeló a la ciencia ficción con marcianos para que un trastorno genético venido del espacio exterior hiciera que un grupo de ancianos rescatara el vigor perdido en Cocoon (1985); en Estamos todos bien (Tornatore, 1991), Marcello Mastroianni hizo el papel de un jubilado que cruza el mapa de Italia para encontrarse con sus hijos de una manera frustrante, inversamente proporcional a sus esperanzas.

La herencia de otro jubilado italiano, Umberto Doménico Ferrari, tratando de sobrevivir al olvido y al desprecio en una Italia empobrecida y amenazada por la guerra según Umberto D (De Sica, 1952), se recicló en la película de Tornatore –sin el telón de fondo de la guerra- o en la parodia que haría años después el director norteamericano Paul Mazursky en Harry y Tonto (1974).

El tema logró incluso un milagro que muchos creían imposible: iluminar la oscuridad habitual de David Lynch, profesional del cinismo y la truculencia, cambiando su sordidez por una nobleza extraña a su mundo. Una historia sencilla (1999), mostró la faceta poética de un director radicalmente contrario a la poesía. Durante el viaje que emprende el envejecido Alvin Straight, veterano de la Segunda Guerra Mundial, avanzando por la carretera en una cortadora de pasto mientras se dirige a la cabaña donde vive su hermano enfermo, Lynch pasó de ser un adicto a las pasiones barrocas a un ser humano compasivo y solidario con las dificultades de Mr. Straight.

Por último, Martin Landau y Ellen Burztyn protagonizaron la comedia romántica navideña “Sigo enamorado de ti”, en la que un anciano hosco (Landau) encuentra por primera vez el amor, y el sentido de la vida, junto a su vecina (Burztyn).

La cámara como un mecanismo al servicio del tiempo, y la vejez como tiempo acumulado y recordado, alcanzó una nueva estación en la ceremonia de los premios Oscar de 2013 por el contraste entre Madame Riva, cumpliendo el pasado 24 de febrero 86 años de edad, y Quvenzhané Wallis, la niña de nueve años de edad, protagonista de Bestias del sur salvaje, también nominada en la categoría de mejor actriz. Ninguna de las dos ganó el premio. Pero entre la niña y la anciana se trazó un antes y un después, un arco del tiempo, registrado con plenitud en el cine, donde la vejez siempre es joven.

         

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27 / 2013