Óscar Jaenada, el nuevo “Cantinflas”

El retrato cinematográfico de este ícono de la comedia latinoamericana del siglo XX –arraigado en lo más profundo del orgullo nacional mexicano– llega con su propia cuota de polémica.
 
Óscar Jaenada, el nuevo “Cantinflas”
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Arturo Aguilar

La relevancia de Mario Moreno, de Cantinflas, en el imaginario colectivo mexicano es tal que bien podríamos ubicarla cerca de nuestra devoción por la Virgen de Guadalupe o el orgullo y pasión que unos tequilas y unos mariachis nos pueden despertar.

Que cantinflear sea un verbo reconocido y aceptado por la Real Academia Española es una reiterada cuestión de orgullo mexicano. Aunque resulte que de lo que estamos orgullosos es de un verbo que significa “Hablar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada”, según la propia definición de la RAE.

Cantinflas es tan parte del inconsciente colectivo azteca que cuando se anunció que sería Óscar Jaenada, un actor español, quien daría vida al actor (Mario Moreno) y al personaje (Cantinflas) en una nueva película, la polémica se desató como si hubieran intentado cambiar el himno nacional mexicano por la Marcha Real de España.

Es probable que esta particular defensa de ciertos íconos que sentimos como cercanos y propios, productos y referentes de la memoria y la historia colectiva (lo que conocemos también como cultura popular), sea una característica compartida en la personalidad de varios países latinoamericanos.

Por décadas, Cantinflas fue el eje de la programación fílmica de fin de semana en la televisión abierta. Casi como si se tratara de un muy esperado invitado más a las reuniones familiares sabatinas o dominicales, en las que las tías y abuelitas podían sentarse a media tarde a descansar un rato viendo El patrullero 777, El padrecito o El bolero de Raquel.

Durante los setenta, ochenta y parte de los noventa, millones de mexicanos crecimos sabiendo que el orden sabatino de la programación en televisión abierta era: película de Cantinflas, fútbol, box. En domingo: fútbol y película de Cantinflas.

Por ello no me resultó tan extraño que durante el fin de semana del estreno de la cinta en México, a mediados de septiembre (nuestro mes patrio), durante una reunión con amigos, un par de asistentes comentaran que no se les antojaba ver la película porque, como muchos más, no entendían la elección de un actor español. Poco les importó lo que pude decirles de la estupenda actuación de Jaenada.

Curiosa e irónicamente, este público, celoso y posesivo de la figura de Cantinflas como referente de identidad nacional, que se queja de que se hubiera elegido a un español (sin apenas intentar conocer las credenciales artísticas de Jaenada) es el mismo que en otras ocasiones ha aplaudido y presumido los logros de compatriotas como Gael García Bernal cuando interpretó al “Che” Guevara (un argentino) en Diarios de motocicleta o Demián Bichir a Fidel Castro (un cubano) en Che. Si son mexicanos haciendo roles internacionales: ¡así se hace, chingao! Pero que no sean otros los que se llevan nuestros personajes. Eso, al parecer, ya no nos gusta.

Sin embargo, en una película que captura a un personaje irrepetible y un momento clave de su historia, bien vale la pena ser vista por la actuación de Óscar Jaenada, quien podríamos decir que no interpreta a Mario Moreno o imita a Cantinflas, sino que se convierte en ellos, manerismos y formas de hablar (sin acento español alguno) incluidos. Y con un grado de dominio en verdad notable.

Exitazo popular

Es tan vigente este personaje en México que en 2011, como parte del homenaje en el centenario del natalicio del comediante, las siete películas de Cantinflas que programó el Canal 2 (señal abierta) de Televisa sumaron 27.587 millones de espectadores.

Vigencia que quedó reiterada (a pesar de estas y otras polémicas –como que el jueves de su estreno se diera a conocer una denuncia por plagio del guion–), cuando Cantinflas (la película dirigida por Sebastián del Amo), se convirtió en su fin de semana de estreno en el segundo mejor estreno de una película mexicana en la historia de la industria nacional, con 934.376 espectadores (y casi 3,5 millones de dólares de taquilla).

Confirmación, interesantemente, de una tendencia de recuperación de público por parte de un particular tipo de filmes mexicanos en el último par de años (ahí están las económicamente exitosas No se aceptan devoluciones, Nosotros los nobles, Amor a primera visa, Cásese quien pueda, No sé si cortarme las venas o dejármelas largas).

El común denominador de lo que el público mexicano está yendo a ver al cine: comedias sencillas, evasivas, no demasiado complicadas o complejas, sí bien realizadas, pero sobre todo, familiares, políticamente correctas hasta en su polémica o su postura social.

Al rescate del cine nacional en la batalla en taquilla contra la dominación hollywoodense (con el 43 % de los estrenos del año, los estrenos de Hollywood se llevaron casi el 80 % de la taquilla en México en 2013) no han salido las películas de festivales o de premios, sino las de intención de mero entretenimiento. Las más castigadas por la crítica han sido las más buscadas del público.

Dos historias

Tanto las películas de Cantinflas que crecí viendo desde los ochenta, hasta esta nueva suerte de homenaje fílmico a su figura, entran perfectamente dentro de las características de ese cine que no molesta, que entretiene, distrae, que es familiar y prefiere ver el lado positivo y un tanto superficial al lado complejo de las cosas, y de las personas. Un poco más mito, un poco menos realidad.

Cantinflas, la película, nos cuenta en realidad dos historias. Por un lado, la evolución del proyecto de La vuelta al mundo en 80 días, y de cómo la participación de Mario Moreno sería un factor decisivo para la realización de la película que en 1956 conseguiría varios premios Óscar y un Golden Globe para el propio Moreno por su actuación en la misma. Por otra parte, la creación y evolución del personaje de Cantinflas, y por ahí, a grandes brochazos, algunas otras facetas de la vida “social-personal” de Mario Moreno.

En las lejanas épocas de las carpas itinerantes, en Veracruz en los años treinta, en lo que hoy podríamos definir como la prehistoria del stand-up comedy, ahí inició Mario Moreno. En ese contexto inventó y pulió su personaje de “peladito” de barrio (tomando experiencias propias y circunstancias), de parlanchín que dice mucho y nada a la vez. De cuasi filósofo callejero.

En este caso, el retrato es idílico. Aspiracional y romántico para nuestras sociedades latinas y su historia. Una carta romántica a la pragmática inteligencia de ciertas clases sociales en ciertos momentos o épocas. La ruta hacia una mejor vida: ser listo. Ser despierto. Abusado, como decimos en México. Y Mario Moreno lo hizo a través de Cantinflas con el ingenio, el humor y la comedia, esas características tan cotidianamente mexicanas como latinoamericanas.

La historia apela a la empatía emocional hacia este hombre que para mediados de los cincuenta ya era una de las figuras del entretenimiento más importantes (la película argumenta que la más importante de la época) en toda América Latina.

Y es allí donde conecta y se hace relevante el retrato de Jaenada, casi un desconocido fuera de España y, sin embargo, uno de los actores más talentosos de su generación.

De formación totalmente empírica, fundó la compañía L’Endoll en su natal Esplugas de Llobregat, cerca de Barcelona, antes de cumplir veinte años, con la que montaba obras de crítica social.

Tras algunos trabajos esporádicos en televisión, ya viviendo en Madrid, su gran salto a la fama llega con su participación en la cinta Noviembre, en 2003, donde la intensa y rica interpretación de un actor que se ganaba la vida participando en teatro callejero, lo hace acreedor de una nominación al Goya como mejor actor.

En 2005, Jaenada se ganaría ese Goya por su extraordinaria actuación como el cantaor Camarón de la Isla (José Monge Cruz), una de las más grandes figuras del flamenco, en la película Camarón.

Solo quienes habían visto su sorprendente transformación en este filme, sabían de lo que el actor español es capaz de lograr cuando se anunció que daría vida a Cantinflas. Lamentablemente, de este lado del Atlántico, pocos habían visto esa película de su filmografía.

Curioso como en estas intensas y casi viscerales reacciones sobre nuestras historias e íconos, lo que de inicio era el eje de la polémica y la razón para no ver una película, hoy sea el motivo más importante (¿o el único?) para ver Cantinflas: Óscar Jaenada.

         

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octubre
17 / 2014