Una vida en venta: reseña de la película ‘Louise’

Este jueves se estrena en los cines del país Louise, thriller de la directora francesa Lucie Borleteau, basado en la novela de Leïla Slimani, ganadora del Premio Goncourt, e inspirado en una historia real. La vimos y acá le contamos qué tal nos pareció.
 
Una vida en venta: reseña de la película ‘Louise’
Foto cortesía Cine Colombia /
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Quizá al leer o escuchar que esta película es un fascinante thriller basado en un caso de la vida real, la mente del espectador se prepare para presenciar una cinta repleta de momentos intensos, sonidos trepidantes, imágenes oscuras, misterios por descubrir y malos que son muy malos, mientras los buenos son tan buenos que bordean el patetismo o la lástima. Sin embargo, más allá de las etiquetas comerciales y las estrategias de ventas, Louise es todo lo contrario: un golpe emocional que se toma su tiempo. Una mano que poco a poco retrae los dedos sobre sí misma, bien sea para formar un puño o agarrar un cuchillo. 

Dirigida por la francesa Lucie Borleteau, la película nos sitúa en el seno de una joven pareja: Myriam y Paul. Él es un productor musical que provee al hogar, pasa sus días fuera y es el hombre de la casa. Ella, sin embargo, harta de ser la madre abnegada, la esposa perfecta, de mirarse desde la antípoda de la maternidad, decide reemprender su carrera como abogada. Para que esto sea posible, ambos deciden contratar a una niñera para que cuide de sus dos hijos: una niña de cinco años y un bebé de apenas once meses. Y tras un periplo de entrevistas laborales sin éxito, llega a sus vidas Louise: una mujer de mediana edad de voz sosegada, con experiencia en labores del cuidado y el balance más perfecto entre severidad y dulzura. Un personaje casi tan fascinante como su contraparte literaria: la también Louise de la novela Canción dulce de la autora francesa Leïla Slimani, obra premiada con el prestigioso Premio Goncourt y que es la base argumental del film.

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Louise no es una mujer maniaca, ni una maltratadora serial, ni una fugitiva con un pasado oscuro que buscan todas las agencias policiales de Europa. Es una mujer común y corriente, que vive sola, cruza la ciudad y se enamora de una joven familia burguesa. Sobre todo de sus hijos, a quienes cuida y educa mientras los padres intentan escalar la empinada cuesta de la realización profesional. Así, más allá de debates maniqueos entre el bien y el mal, surge una gran pregunta: ¿qué compramos realmente cuando contratamos los servicios o el trabajo de alguien? Y la respuesta es simple y directa, como el mordisco de una criatura asustada: adquirimos su tiempo, las horas que ese otro podría dedicar para estar con su familia, aprender una nueva habilidad, entregarse a un hobbie o construir algo tan informe pero necesario como lo es el futuro. Unos cuantos euros a cambio de una vida (como aquella novela del japonés Yukio Mishima llamada Una vida en venta).

La niñera, interpretada con mimo por la actriz francesa Karin Viard, se convierte en la sombra de la familia que se beneficia de su experiencia: es buena con los niños, les hace comida a todos, limpia el desorden ajeno, se encarga de las minucias fastidiosas de la crianza (ir al parque, soportar berrinches, hablar con las maestras, inventar juegos, implementar rutinas) y se convierte como casi de la familia. Un relato que encierra en sí mismo una peligrosa forma de explotación, un reverso incómodo por lo familiar que resulta para muchos: Louise puede quedarse a cenar con amigos, pero es quien sirve y levanta los platos; es invitada a pasar vacaciones con la familia en una playa azul a cambio de que esté pendiente de la niña y del bebé; se le dice que es maravillosa, buena, se le besa y abraza, hasta que su horario laboral llega a su fin o hasta que Myriam y Paul deciden que ya estuvo bueno, que hoy ellos serán mamá y papá, y que ella, Louise, puede regresar a donde quiera que viva a hacer lo que quiera que haga cuando no es la niñera, es decir, cuando deja de existir ante sus ojos burgueses que han descubierto que la vida es más fácil cuando se le puede pagar a alguien para que la aliviane.

Ella, entonces, es algo útil. Existe porque tiene una función, es apreciada porque produce felicidad. Es la doctrina del utilitarismo en pleno siglo XXI: mientras cause bienestar y placer, es bienvenida a cruzar el umbral de la casa. De lo contrario, se la mira con sospecha. Si se muestra frágil, si no sonríe, si alza las manos para implorar por un abrazo en el que se choquen los huesos y las soledades se encuentren, se la mira con reparo. Ya no es Louise la niñera perfecta: es la mujer deprimente, la rara, la que tiene algo averiado en su mecanismo de Robotina (aquel personaje de Los supersónicos,que corría de allí a allá con su traje de mucama para que su familia, sus dueños, pudiera vivir su opulenta fantasía futurista).

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Allí empieza el drama de esta mujer: la obsolescencia programada. No solo los electrodomésticos tienen una fecha de caducidad, sino que cada ser humano carga la suya a cuestas. Y Louise además de la grosera condición de ser humana, tiene otra: los niños dejarán de ser niños, crecerán, se casarán o no, tendrán hijos o no, contratarán a una niñera o no, y ella, Louise, dejará de ser útil. Ella no es más un ser individual, sino que se ha convertido en una masa amorfa vaciada de historia particular y de deseo. Ella desea a través del deseo ajeno. Y un ser sin una capacidad propia para sentir, llegará a extremos. Como un yonki que necesita de su dosis, Louise tiene urgencia de cariño, de piel, de los niños que ya no son solo de Myriam y Paul, sino también de ella que exige una prolongación de su vida útil, cual lavadora a la que se obliga a vivir otro poco más a punta de reparaciones, mientras se puede comprar una nueva. Entonces, su amor se convierte en asfixia, obsesión, delirio. No antes: vemos crecer su fiebre como quien observa el time-lapse de una semilla que germina, crece, florece y luego comienza su lento y desgarrador descenso a la misma tierra de la que brotó.

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Sin embargo, la sutileza y paciencia con que se construye Louise decaen en el tramo final. Los últimos veinte minutos son apresurados y efectistas. El fascinante devenir de los acontecimientos, sostenido mediante una dirección inteligente, planos luminosos y la sólida actuación de Karin Viard, da paso a una culminación torpe de recursos obvios y limitados. La amenaza del puño certero, de la puñalada al corazón se queda solo en un gesto a medio camino. Y más que impactar, lo que consigue es un apenas perceptible movimiento de cejas, no de sorpresa sino de incredulidad mal contenida ante la tosca manera de presentar el desenlace.


A pesar de esto, Louise en la mayor parte de su duración logra atrapar por la vulnerabilidad de su narrativa: quién cuida al cuidador, quién vela por él o por ella, quién le devuelve las horas que invierte en otros, quién puede abrazar su soledad de abismo, de niño grande que aún espera un beso en la frente o la calidez de un te quiero. Quién es la persona detrás del puesto de trabajo y por cuánto hemos comprado su vida.

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noviembre
24 / 2022