Publicado Originalmente en Revista Diners de noviembre de 1993- Edición número 284
Durante siglos las élites han temido la insurgencia de los pobres y se han protegido contra ella. La historia de las sociedades, tanto las agrícolas como las industriales, de la segunda, están salpicadas de sangre los esclavos, siervos y trabajadores rebeldes. Pero las de la tercera ola, descentralizadas y basadas en el conocimiento, conviven con un sorprendente y novedoso desarrollo: el creciente riesgo de revuelta de los ricos.
Panorama ruso
Cuando la Unión Soviética se disgregó, las repúblicas más ansiosas por separarse fueron los estados bálticos y Ucrania, los más cercanos a Europa occidental y también los más ricos y de mayor desarrollo industrial. En tales repúblicas de chimeneas, típicas de la segunda ola, las élites- compuestas principalmente por dirigentes industriales y burócratas del Partido Comunista- se sentían paralizadas y sobrecargadas de impuestos por el gobierno de Moscú. Cuando miraban hacia occidente podían ver a Alemania, Francia, y otras naciones que ya marchaban hacia metas más allá del industrialismo tradicional, hacia economías informáticas de tercera ola. Y aspiraban a enganchar sus propios sistemas económicos al cohete de esa nueva Europa.
Como contraste, las repúblicas más reticentes a abandonar la Unión eran las más alejadas de Europa, las más pobres y las más agrícolas. En tales territorios de la primera ola, de fuerte tendencia musulmana, las élites se autodenominaban comunistas pero a menudo lucían como corruptos barones feudales que operaban por medio de clanes familiares o redes municipales. Miraban hacia Moscú en busca de protección y ayuda. De tal modo, las regiones de la primera y la segunda olas jalonaban en direcciones radicalmente opuestas.
Pero ambos extremos enmascaraban sus propios intereses tras banderas que proclamaban reivindicaciones étnicas, lingüísticas y hasta ecológicas y, tras las confrontaciones, persistieron las respectivas ambiciones económicas y políticas. Cuando tal contradicción creció, se volvió demasiado grande como para que Gorbachov conciliase, y y la gran alianza se diluyó. Si se examinan con rayos X las realidades de otras grandes naciones, siempre se distinguirán las diferencias entre las tres olas.
Varias Caras de China
Tomemos por ejemplo a China, el país más poblado de la Tierra. Hoy por hoy, de sus mil doscientos millones de habitantes, ochocientos son campesinos de las regiones del interior que siguen laborando la tierra como lo hiciesen sus antepasados, en condiciones de suma pobreza: En Guichou, los cinturones de miseria y los niños hambrientos son aún muy notorios, entre otros indicios de la escasez. Tal es la China de la primera ola.
Como contraste, las provincias costeras de China están entre las de más rápido desarrollo en el mundo entero. Guandong, ciudad llena de fábricas, el perfil urbano crece hacia el cielo y todo conduce hacia la economía global. A su alrededor tiene los ejemplos de Hong Kong. Taiwán o Singapur, que se transforman rápidamente y pasan de la segunda a la tercera ola, la de la economía altamente tecnológica. Y consideran a los llamados Tigres Oriente como modelos para su desarrollo, por lo cual orientar su economía en un sentido similar.
Las nuevas élites, algunas de ellas comprometidas en empresas de la segunda ola, basadas en la mano de obra barata, y otras que ya están comenzando a sentar la infraestructura de la tercera, se manifiestan optimistas, altamente comerciales y agresivamente independientes. Equipadas con telefax, teléfonos celulares y carros de lujo, hablan cantonés en vez de mandarín y tienden lazos con las comunidades chinas desde Vancouver y Los Ángeles hasta Yakarta, hasta Kuala Lumpur y Manila. En su modo de vida y en sus intereses económicos tienen más en común con los chinos que emigraron que con los del interior de su propio país.
Ya se están burlando, con el pulgar puesto en todas sus narices y las manos extendidas, de los decretos de Beijing ¿Cuánto tiempo tomará para que decidan no tolerar más la interferencia política del gobierno central y se rehusen a contribuir con los fondos necesarios para subsidiar a los sectores rurales? A menos que se les otorgue una completa libertad para la acción política y financiera, es fácil imaginar que buscarán independizarse de alguna manera, medida que podría desencadenar una guerra civil en China.
Con las enormes inversiones que tienen allí Japón, Corea, Taiwán y otros países se verían compelidos a tomar partido y por lo tanto involucrados contra su voluntad en la conflagración que podría suceder. Tal escenario puede soñar especulativo, pero no imposible. La historia está llena de guerras y levantamientos que parecían altamente improbables.
El caso hindú
India, con 835 millones de habitantes, es el segundo país más populoso del mundo y su desarrollo es tan dividido como su estructura social. Allí también un gran número de campesinos siguen viviendo en los siglos pasados, del mismo modo, encontramos un próspero sector industrial bajo cuyo modelo viven entre 100 y 150 millones de personas, y así mismo una pequeña élite -que crece rápidamente- perteneciente a la tercera ola, cuyos miembros están conectados con las redes internacionales de comunicaciones trabajan en sus casas con computadores personales, exportan softwares y productos de alta tecnología y viven una realidad cotidiana radicalmente diferente a la del resto de la sociedad.
Separatismo Brasileño
La población de Brasil, 155 millones de habitantes, también está agitada. Cerca del 40 por ciento de la fuerza de trabajo continúa siendo agrícola, y buena parte de ella escasamente sobrevive en las condiciones más abominables. Un gran sector industrial y un pequeño sector de tercera ola constituyen el resto del país. Si bien las masas de campesinos de la primera ola del Noreste se muere de hambre, y por otro lado las migraciones incontrolables inundan las ciudades de la segunda ola, como Río de Janeiro y Sao Paulo, Brasil ya enfrenta un movimiento separatista organizado en el estado de Río Grande do Sul, región con un 89 por ciento de alfabetización y donde cuatro casas de cada cinco cuentan con teléfono.
Del Sur sale el 76 por ciento del Producto Interno Bruto, y su representación en el gobierno es muy pequeña frente a la de las provincias del Norte y el Noreste, cuya contribución económica llega apenas al 18 por ciento. Por eso los sureños afirman que ellos subsidian al resto del país. Si en un tiempo hicieron chistes, diciendo que Brasil sería rico si sólo llegara hasta Río de Janeiro, ahora ya no se ríen; reclaman, pues mientras envían el 15 por ciento de su PIB a Brasilia, sólo reciben un 9 por ciento del presupuesto. Un dirigente de alguna de las agrupaciones políticas empeñadas en dividir el país dice: “El separatismo es la única opción para que Brasil se sacuda del atraso”.
Por todo el mundo
Incluso en Europa, cuando se van a cumplir apenas treinta años del proceso de integración, las voces separatistas suenan cada vez más fuerte. Así lo revela, por ejemplo, la victoria electoral de la Liga del Norte que dirige Umberto Rossi, que barrió en Milán, sede de los escándalos de corrupción en Italia, basada en un programa que prometía un Norte más próspero deshaciéndose de los gravámenes de la burocracia de Roma y del empobrecido sur italiano.
Semejante tipo de rupturas, que se multiplican y crecen inicialmente, representan un desafío de grandes proporciones para la paz mundial en las décadas próximas. Todas derivan del principal conflicto de nuestra era, que consiste en el ascenso de una nueva civilización revolucionarla que es imposible contener con los esquemas de poder que subsisten desde la revolución industrial.
Lo que veremos en las décadas por venir será la gradual escisión del mundo entre estados de la primera ola, que seguirán dependiendo de la agricultura; de la segunda, construidos sobre la industria de chimeneas, y de la tercera. Cada uno tendrá sus propios intereses, sus propias élites, sus propias crisis y sus propios objetivos. Tal es el gran contexto histórico en el cual hoy contemplamos la proliferación de guerras civiles y de armas nucleares, químicas y biológicas.
Nos precipitamos hacia un nuevo y extraño período de la historia. Quienes deseen prevenir o limitar la guerra deben tener en cuenta las nuevas realidades, descubrir sus conexiones mutuas y reconocer las oleadas de cambio que están transformando el mundo. En el peligroso periodo de extrema turbulencia que estamos iniciando, la supervivencia dependerá de que hagamos algo que nadie ha hecho, al menos en los dos últimos siglos. Así como inventamos una nueva forma de la guerra, tendremos que inventar una nueva “forma de paz”, por así decirlo, que utilice la descentralización del poder y el conocimiento para combatir los nuevos tipos de violencia de la tercera ola.