Reseña de Viendo el fuego desde la terraza, la novela de Jairo Buitrago

En Viendo el fuego desde la terraza, Jairo Buitrago reconstruye un trozo de la memoria colectiva. Le contamos de qué trata.
 
Reseña de Viendo el fuego desde la terraza, la novela de Jairo Buitrago
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POR: 
Andrés Castañeda

Es noviembre de 1985. Tres niños recorren las calles del centro de Bogotá mientras el Palacio de Justicia arde por la toma del M-19 y la retoma del Ejército. Hay, como siempre, una historia transcurriendo dentro de la Historia con mayúscula. O muchas. Hay un antes y un después de la ruptura: los personajes son los mismos, pero su vida cambia, su perspectiva de lo que pasa también.
En Viendo el fuego desde la terraza, Jairo Buitrago reconstruye un trozo de la memoria colectiva, aquel espejo nuestro, testigo de tantas violencias. Lo hace en una narración envolvente, desde una voz infantil, atravesada por una (casi) feliz inconsciencia de lo que pasa alrededor.

Viendo el fuego desde la terraza

Ilustraciones: Israel Barrón.


Una novela sonora

La novela transcurre en pocas calles. Gabriel Duque, su hermano Sergio y Manuela Estrada Richardson tienen que volver a casa, esquivando barricadas de la Policía y transeúntes. Acaso es una analogía de la vida misma: buscar refugio en la seguridad del lugar propio mientras el mundo arde. Y claro: en el telón de fondo, es la Historia misma la que arde… el Palacio, la toma, los muertos, la retoma, el humo, los tanques disparando sin piedad, sin miramientos. La voz de algún militar de aquellos: Manteniendo la democracia, maestro. Pero Buitrago es capaz de contar una de las tantas historias paralelas. Una historia que se escribe en minúscula, pequeña, que se pierde entre tantos relatos posibles. Sus personajes, creo, somos nosotros mismos, indefensos ante un mundo que no comprendemos.

Viendo el fuego desde la terraza es además una novela sonora. En sus páginas se escucha el ajetreo de las calles, el ruido de los motores ochenteros -como el del taxi negro muy viejo que llevaba al colegio a los dos hermanos-, la voz de los vendedores ambulantes, el estallido de las bombas lacrimógenas en la Universidad Nacional, las canciones grabadas en los casetes de punk de Sergio. Y de esos sonidos, hay una ciudad que emerge en imágenes distantes: los cines, los edificios viejos, los teléfonos públicos, la panadería donde Gabriel y su papá compran pan que se comen a pellizcos antes de regresar a casa, el ascensor que pocas veces sirve del edificio donde viven.

Viendo el fuego desde la terraza

Ilustraciones: Israel Barrón.


Viendo el fuego desde la terraza: un relato del desencuentro

Esa mañana de noviembre, nadie sabía lo que pasaba. Aún hoy, 35 años después, casi nadie se lo explica completamente. La directora del colegio decide enviar a los niños que viven en el centro de regreso a sus casas para garantizar su seguridad, pero un bloqueo impide que con Casilimas cumpla su labor. Entonces los niños (los dos hermanos y Manuela, la niña de la que Gabriel está enamorado) deciden bajarse de la ruta y caminar hasta la casa inmensa y sombría de La Candelaria en la que Manuela vive con sus abuelos sordos. Acaso otra analogía de nuestra sociedad. Al final de la tarde, los tres niños están en la terraza, viendo el Palacio de Justicia arder y una ciudad devorada por el humo. Hay algo en la inocencia de sus voces que nos retrata a todos.

La novela, publicada por Panamericana editorial e ilustrada por Israel Barrón, es en cierta medida un relato del desencuentro. Manuela quiere volver a Nueva York, Gabriel dice que aquí no pasa nada bueno –un poco para hallarle a la razón a ella- y teme confesar que le gusta su ciudad: el cine de los fines de semana, el olor de las panaderías. Aquel día, la realidad los alcanza. “Sí, ‘terrorismo’, desde que recordaba habíamos crecido con esa palabra, estaba al menos en todos los periódicos que llegaban a nuestra casa. Pero ahora era distinto, lo sentíamos cerca y no podía describir la sensación”, reflexiona Gabriel, mientras habla con Manuela y Sergio.

Sobre el final de la novela, y transcurrido un año de la tarde en que vieron el fuego de la plaza de Bolívar desde la terraza de la casa de Manuela, Gabriel se pregunta qué tanto se puede crecer en un año, qué tanto se puede cambiar. La pregunta no es inocente. Gabriel cuenta que él y su hermano han cambiado, que la ciudad no es la misma, pero la vida sigue: los transeúntes recorren las calles con indiferencia. Quizás porque la procesión va por dentro, como dice el dicho popular, o por esa suerte de convicción tan arraigada de que el horror no existe si no lo estamos mirando. Pero la memoria es un retrovisor con una advertencia… Cuidado: los objetos en el espejo están más cerca de lo que aparentan.

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diciembre
30 / 2020