La exposición en Madrid que reúne 60 años del trabajo de Botero

En 1956, Fernando Botero se trasladó a México, donde una noche muy tarde, mientras trabajaba en su estudio, dibujó la forma de una mandolina. En el momento de trazar la cavidad del sonido, la hizo muy pequeña. El contraste entre el contorno generoso y el detalle minúsculo del centro hizo que el dibujo explotara en su monumentalidad y deformación, y en ese momento entendió con claridad absoluta que había descubierto algo importante para su trabajo, una respuesta contundente a su búsqueda incansable”.

Esta anécdota, contada por la crítica de arte Cristina Carrillo de Albornoz, quien realizó la curaduría en colaboración con Lina Botero, forma parte del recorrido por la exposición Botero, 60 años de pintura, la mayor retrospectiva dedicada al artista Fernando Botero en Europa, que reúne 67 obras de gran formato, recorre sesenta años de producción artística y presenta al mundo su obra inédita más reciente.

El espacio CentroCentro, ubicado en el palacio de Cibeles en Madrid, acoge la muestra del artista antioqueño, que estará abierta hasta el 7 de febrero de 2021. La exhibición lleva a los espectadores por un recorrido a través de las siete temáticas más recurrentes en la pintura del artista.

Bailarina en la barra, (2001).


1. Vida latinoamericana

Con escasos 18 años y el deseo de convertirse en el “nuevo Gauguin”, Botero emprendió un viaje de diez meses a Tolú, en la costa del Caribe colombiano. Allí se encontró con el carnaval local, una festividad llena de color y alegría que lo cautivó de inmediato.

Por eso, el inicio de este recorrido no podía ser otro distinto a Colombia, el punto de partida de su producción artística, aunque en México el pintor comprendió la importancia de volver la mirada hacia sus raíces, su infancia y su juventud.

Los protagonistas de esta primera sección son aquellos personajes cotidianos en Latinoamérica: bailarines, músicos, monjas, militares, señores de la alta sociedad, hombres de poder y hasta prostitutas.

2. Religión

Botero creció en una Medellín muy católica, educado con los principios y valores de su entorno. Durante las décadas de los años treinta y cuarenta los miembros eclesiásticos ocupaban un lugar bastante notable, circunstancia que lo impactó profundamente.

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“A veces creyente, a veces agnóstico, y ante todo respetuoso de otras creencias”, Botero aborda las situaciones, las formas, los colores, el vestuario y el mundo plástico y poético del clero con humor y sátira. De esta manera, el artista logra adaptar imágenes religiosas a su imaginario artístico.

El baño del Vaticano, (2006).


3. Versiones

El año 1952 marca un hito trascendental en su vida personal y artística, pues registra su primer encuentro con Europa y las piezas originales de los grandes maestros de la historia del arte universal, como Diego Velázquez, Piero della Francesca y Pedro Pablo Rubens. Residente en una pensión frente al Museo del Prado, Botero pudo descubrir una y otra vez las increíbles obras que allí se encuentran.

En la tercera sección del recorrido se encuentran las obras que ha realizado en homenaje a estos artistas, impregnándolas con su estética particular. El maestro lo explica así: “El estilo es la capacidad creadora de hacer algo distinto, que está dentro de uno y se plasma con gran emoción en el cuadro. Un ejemplo que ilustra esto es la naranja. Lo magnífico es que cuando alguien vea una naranja en un cuadro, reconozca automáticamente que es una naranja de Van Gogh, de Picasso, de Cézanne o de Botero”.

Flores en azul, (Tríptico, 2006).


4. Naturaleza muerta

Un día, cuando tenía 17 años, Botero pintó, por primera vez, con el deseo de solucionar un problema estético, y dio vida, paradójicamente, a su estilo de naturaleza muerta. “Ese día me convertí en artista”. Esta voluntad de estilo individual y original ha motivado un sinnúmero de pinturas.

“Con la deformación se genera un desequilibrio en el arte que hay que restablecer, y solo mediante un estilo coherente se recupera la naturalidad de la deformación”. Así explica Botero esta temática, la cuarta de este recorrido. Las obras Naranjas (2008), Pera (1976) y Flores (2006) forman parte de esta sección.

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5. La corrida

A los 12 años, su tío Joaquín Angulo lo inscribió en una escuela taurina, lo que incentivó su pasión y curiosidad por las corridas. A los 15, ese entusiasmo lo llevó a pintar una serie de acuarelas, entre las que se encontraba la primera obra que vendió en su vida.

El maestro descubrió en esta temática posibilidades infinitas para jugar de manera sorpresiva con elementos como la composición, el color, la luz y las formas, siendo hasta ahora un defensor del valor cultural de las corridas taurinas.

Gente del circo con elefante, (2007).


6. El circo

En dos momentos de su vida, el circo lo ha asombrado. La primera fue a los 6 años, durante su primera visita a la carpa del Circo Atayde. Luego, en 2006, en Zihuatanejo, México, el colombiano asistió a un pequeño circo con apenas ocho artistas.

Ver este espectáculo lo llevó a una profunda reflexión sobre el papel del circo como un tema artístico universal, no solo por sus personajes, que transmiten una sensación que oscila entre el dinamismo y la quietud, sino también por su inmensa poesía y la plasticidad de sus formas y colores.

7. Acuarela sobre lienzo

A sus 88 años no ha dejado de pintar ni un día. Y en este momento de su vida retoma su técnica inicial: las acuarelas, la técnica más popular durante su juventud en Colombia. En un compromiso incansable por cuestionar y reinventar sus propias barreras, el maestro experimenta con la acuarela, no sobre papel, sino sobre lienzo de gran formato.

Botero, 60 años de pintura cierra con la serie más reciente del artista, compuesta por obras que inició en septiembre de 2019 y que contienen al mismo tiempo la fuerza de sus dibujos y la transparencia y delicadeza de sus acuarelas.

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Óscar Mena

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