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María José Arjona: el arte es el límite

La más importante artista performática del país, María José Arjona, y una pareja anónima de coleccionistas que dio un vuelco a su vida y se dedicó a apoyar el arte contemporáneo, se encontraron gracias a la colección Maraloto. Desde distintas orillas, sus historias paralelas confluyen en lo mismo: romper con los esquemas.

La más importante artista performática del país, María José Arjona, y una pareja anónima de coleccionistas que dio un vuelco a su vida y se dedicó a apoyar el arte contemporáneo, se encontraron gracias a la colección Maraloto. Desde distintas orillas, sus historias paralelas confluyen en lo mismo: romper con los esquemas.

El arte es provocación. Y para provocar, María José Arjona se puso un diamante en la boca. El que lograra arrebatárselo se ganaría la pieza. El gesto de la artista performática más importante de Colombia iba más allá de demostrar lo que ella podía hacer como artista: quería que el público participara y a partir de su reacción construir algo nuevo, “transformar el sentido de la acción”.

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El arte es una acumulación de felicidades. O de objetos que hacen feliz a quien los posee. Eso piensan un médico y un hombre de las finanzas que invirtieron su dinero en una colección privada y eligieron el anonimato para poder convertirse en simples espectadores. “No es solo tener. Es evolucionar”, dicen. Lo afirman sentados en la sala de un apartamento con ventanales que da a la quebrada La Vieja, en Bogotá, en un espacio sin cuadro alguno. El vacío tiene sentido: todo lo suyo está en el Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá. “No es tener. Es evolucionar”, repite uno de ellos, para que quede en claro a qué se refieren.

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Un hombre se le acercó a María José Arjona con una tarjeta de crédito y le dijo que le diera la cifra que ella deseara. Otra mujer le dijo “You are my diamond”, para darle a entender que la deseaba a ella. La mayoría forcejeó y trató de abrirle la boca a la fuerza, de romper el cerrojo que imponía con su mandíbula. Algunos intentaron seducirla. Hasta que un hombre, que había permanecido observándola todo el día, se acercó por el punto de luz que le daba en la cara y no le dio tiempo de reaccionar. Abrió una mano para darle a entender que le quitaría el diamante, y cuando ella, segura de su velocidad, le mostró la pieza, él se acercó “como un camaleón” y se la arrebató con la punta de su lengua. Como menos lo esperaba. “Fue un proceso de interacción en el que mi cuerpo aprendió a reaccionar frente a otros. Sentí la violencia, el forcejeo, el deseo y la provocación de los que querían tener acceso a mí”.

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La decisión de ser coleccionistas les llegó el día que quebró Lehman Brothers. En esa fecha macabra para la historia por las repercusiones financieras que acarreó la crisis, la pareja de amigos entendió que era hora de abandonar el sector de las finanzas y dedicarse al arte, un tema por el que sentían pasión pero del que desconocían casi todo. Estudiarlo les significó comprar libros por decenas y mirar en detalle la obra de cada artista, entrar a las páginas de Internet de cada uno de ellos e indagar qué sucedía en el mundo y en las galerías de Latinoamérica. Lo primero que hicieron fue apostarles a las propuestas colombianas. Comenzaron con María José Arjona y su trabajo performático. Con treinta fotografías y cuatro videos de ella sobre la relación entre un ser humano y una silla en la obra Animal de cuatro patas, iniciaron su colección. Apenas la tuvieron se dieron cuenta de que querían conseguir nuevas piezas. Tener más, pero no para enriquecerse, sino para entregarla a los otros.

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María José es una provocadora en el sentido más puro y artístico de la palabra. Una especie de demonio de cuerpo ágil y bello, flexible y resistente a las más duras pruebas que ella misma se impone, decidido a superar sus propios miedos frente a los otros. Una mujer que comenzó estudiando dibujo y diseño gráfico en Bogotá, pero pasó a ser bailarina contemporánea cuando entendió que el dibujo y las otras artes no la retaban tanto como construir una propuesta en el instante mismo en que la ejecutaba. Una rebelde convencida de que el arte efímero, el performance, obliga al público a reaccionar y genera respuestas. Y le enseña a ella quiénes son los otros, qué sociedades visita, qué causa su cuerpo cuando está expuesto ante los otros.

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La pareja de coleccionistas parecía demente. No querían invertir en una escuela impactante, sino específicamente en arte contemporáneo. Pero no en cualquiera, sino en el que fuera capaz de transmitir su amor por el cuerpo y el espacio, y que además estuviera provisto de intangibilidad. “Un arte que produjera intranquilidad y formulara preguntas. Que les permitiera a los artistas desarrollar su trabajo. Queremos ser una especie de versión moderna de los mecenas”, afirman, haciendo referencia a los aportes que en la historia hicieron las Casas Reales, la Iglesia y las colecciones privadas al desarrollo de los grandes genios. “La diferencia es que otros no arriesgan. Nosotros sí”.

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Lo que genera María José con su cuerpo lo sintió con intensidad cuando realizó el performance Vires en Nápoles (Italia), en el que probó el concepto del poder y de la fuerza. En esa ocasión las personas entraban de una en una a un espacio cerrado en el que ella estaba desnuda. El visitante lanzaba un dado. Del número que le saliera dependía lo que cada persona podía hacerle a la artista. Ella, luego, tenía su turno de lanzar y hacer su elección. Un hombre sacó el número dos y se fue directo a sus senos. Ella sacó el número uno. Él se protegió las partes íntimas pensando que ella respondería igual, pero María José improvisó y lo tomó de los hombros para darle un sentido beso en la frente. El visitante rompió a llorar. “Han sucedido desde los besos más impresionantes hasta las demostraciones de afecto más puras. Ese ejercicio me enseñó que todos quieren ejercer el poder, pero que en realidad las personas están necesitadas de afecto. Si me agreden, yo les enseño lo contrario”.

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Ahora, estos coleccionistas no compran por artista, ni obra, ni volumen, sino para enriquecer la propuesta que aman. Y lo hacen por subastas, por la red, en galerías mismas o tras largos estudios. Eso los llevó, por ejemplo, a empeñarse en conseguir al escultor británico Antony Gormley. “Él representa el cuerpo arquitectónico y María José Arjona el cuerpo vivo”, explican. A partir de esa claridad vincularon a otros artistas como Nicolás París, Vik Muniz, Ícaro Zorbar o Doris Salcedo, a los que eligieron “porque cuentan una historia con lenguaje universal y enfatizan en la relación arte y cuerpo”. Nada se parece a nada. Pero todas las obras hablan de lo mismo.

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Arte en movimiento. Construido en el instante. Arte provocador que fuerza a María José a ir más allá del dolor y de los límites de su cuerpo. Eso busca. Como cuando se puso un vestido con tiras de cuero y un punzón sobre cada chacra de su cuerpo, se ató con candados y se acostó. Su cuerpo podía soportar máximo cuatro horas esa presión antes de que empezara a convulsionar. La gente tomó la decisión de ayudarla cuando la despojaron de la primera tira y vieron el orificio que el punzón le dejaba en la piel. Angustiados, la liberaron siempre antes del momento límite. “Yo trabajo a través del tiempo. Mis procesos tardan años. Y nunca ensayo. Cuando lo tengo claro, me planto frente al público hasta por nueve horas. Como hice en el MoMa de Nueva York, cuando presenté Luminosity, Imponderabilia y Nude with Skeleton. De todos modos, cada obra es distinta porque cada vez me hago una pregunta nueva y el público es diferente. En cada una enfrento mis miedos”.

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Ahora, este médico y su amigo financista tienen en claro lo que viene: una exposición itinerante que irá a Ibagué y Medellín, y de ahí al resto de Colombia, y que se renovará cada cinco años. ¿Cuál es su límite? ¿Hasta dónde comprarán? “Siempre hay algo que anhelamos más. Siempre hay obras nuevas. Compramos en la medida de nuestras capacidades. Además, las obras avanzan y están vivas, como sus autores. María José es el ejemplo. Con ella comenzamos y desde entonces no ha hecho sino evolucionar. El límite no existe”.

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El límite no existe, dice Arjona. Su cuerpo lo puede todo: guardar el equilibrio, soportar el frío del hielo, ser vista desnuda, flexionarse hasta lo indecible. Lo ha hecho en Berlín, Viena, Bogotá o Boloña. Sabe también que el suyo es el arte más complejo de todos: el que no tiene referentes en el país, en el que resulta más complicado abrirse espacios y cuyos ingresos dependen solo de las galerías y de coleccionistas de arte contemporáneo como los de Maraloto, tan enamorados del arte como ella para invertir en lo efímero y en lo que rete al espectador.

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Noviembre
01 / 2011

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