Galería Lokkus: un espacio para el arte joven en Medellín

La galería Lokkus es un espacio reciente que sirve de exposición y difusión para los artistas de la nueva generación. Diners conversó con su creadora, Manuela Velásquez.
 
Galería Lokkus: un espacio para el arte joven en Medellín
Foto: Valeria Duque
POR: 
Luciano Peláez

Hasta hace unos pocos años, las coordenadas culturales de Medellín eran de fácil identificación: como faros en el horizonte, museos, galerías y teatros hacían su trabajo en un entorno de pocos cambios. Hoy la ciudad experimenta una suerte de eclosión de espacios de arte. Lokkus es uno de ellos.

En un radio de pocas cuadras, se vive algo así como el recorrido alternativo de El Poblado: cafés y restaurantes que se toman las calles, almacenes independientes, tiendas y colectivos que, de alguna forma, invocan la estética. También galerías, en plural, que se suman a la ya icónica La oficina. Y ahí, en una calle arbolada, en los bajos del edificio La doble Elle, diseño del arquitecto Jorge Gómez, se encuentra Lokkus, galería de Manuela Velásquez.

Una de las prioridades, explica, es la consolidación como plataforma. Es decir, que Lokkus sirva de apoyo para los artistas, que sea un espacio de exposición, pero también de difusión. Una posibilidad de participar en ferias, de crear alrededor de ideas específicas en cada uno de sus proyectos. Y vender, naturalmente, pero con un propósito claro: “para que consoliden sus carreras”, añade.

Al inicio, en 2012, empezó sin sede. Y así fue durante un primer año de proyectos itinerantes, sin punto fijo. Antes, cuando Manuela fungía de compradora, notaba vacíos en las galerías. Espacios fríos, obras guardadas, poca labor de gestión. “Yo no voy a hacer esto”, pensaba entonces. Y orgánicamente fue llegando a un lugar permanente.

Hace un año se instaló allí, junto al patio empedrado del edificio, justo al lado del restaurante Carmen. Ha expuesto a artistas como Jaime Franco, Juan Santiago Uribe, John Mario Ortiz, Santiago Vélez, José Ignacio Vélez, entre otros tantos. En algunos casos, las exhibiciones tienen un tinte especial: la participación de un invitado que guía el proceso. Así sucedió con Rodrigo Orrantia, curador invitado a inicios de año para la exposición que dio pie a la nueva sede.

En ese sentido, la galería apuesta por otras interacciones: la formación de públicos, por ejemplo. Y tiene un propósito, dice ella. A pesar de los logros durante las ferias fuera de la ciudad, el verdadero reto está en que exista un mercado local sólido. Para ello, la conexión de puntos, de nuevo, es vital. Por eso crea programas educativos en la galería: charlas, visitas guiadas a museos, espacios donde va germinando eso que denomina el enriquecimiento del público. “Enriquecimiento desde el punto de vista espiritual y de conocimiento”. Justamente, una de las acciones que más destaca es llevar interesados hasta los propios talleres de los artistas. Todos disfrutan: el artista quiere contar su proceso y el público quiere saber quién hay detrás, cuáles son sus secretos, por qué hace lo que hace. Y los visitantes, que muchas veces en la galería tiene temor de preguntar, se sienten en libertad de hacerlo.

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El montaje de la exposición “Victoria” de Andrés Arango. Foto: Alfonso Posada

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Una galería de muchos frentes, diría cualquiera. Es que para Manuela la frontera entre lo comercial y lo formativo “es una línea que desaparece”. Sabe que a largo plazo esa “formación” puede tornar en beneficios para Lokkus. A corto, son iniciativas que ayudan a solventar la operación.

A pesar del nuevo aire en la dinámica de ciudad, que incluye tantos actores alternativos, aún siente el coleccionismo local “muy tímido”. Expresa que hay eslabones de la cadena desarticulados. “Todavía no hay permeabilidad de esos espacios independientes en los compradores”. La gente conoce las galerías, las visita, pero falta vincular elementos. “Por eso necesitamos tejer más conexiones”. Y menciona algunos actores en la escena de la ciudad, que no son galerías, como Taller7, CasaTresPatios, o Campos de Gutiérrez: “Si los compradores conocieran esos espacios, cada vez tendrían un rango mucho más amplio de entendimiento del arte”.

De ahí surge la idea de interpretar a su público específico. “En el caso de quienes vienen a Lokkus, son personas jóvenes que muchas veces no saben que están haciendo una colección”. Empiezan sin pretensiones, de manera libre. Y, sin embargo, con el tiempo nota que a menudo sus compradores siguen una línea involuntaria. No importa, lo que resalta es que los mueve el interés de vivir con piezas que despiertan sensaciones.

No es poco el esfuerzo de “persuasión” que requiere una galería. “En muchos casos todavía no se ha despertado esa necesidad estética”. Ella misma llegó al arte proveniente de otro campo. Era una mujer muy interesada por el arte, que vivió por años en El Salvador, pero que un buen día pensó en esto como opción de vida. La movió más el impulso de la emoción que la lógica de la ingeniería, su profesión de base. De vuelta en Medellín, se embarcó en el proyecto. Era el momento: “Está pasando algo muy interesante, porque no solo están naciendo más espacios, sino que está empezando a haber trabajo colaborativo entre todos los actores”, señala.

Sobre el territorio de Lokkus, Manuela sabe dónde moverse y dónde no. Tiene sus lenguajes: busca artistas de oficio, los que llama “hacedores”. Por eso resalta a los dibujantes, a los ceramistas, a los escultores. Le gusta quien está en su taller y dice sin más, “soy más pintor que artista”. Así mismo, le interesan artistas con una especial relación con materiales y herramientas. “Para ellos una piedra es una ballena en potencia”. Y la mueven temas que tocan la contemporaneidad. Exhibir es también una suerte de responsabilidad. “El arte hace un flechazo grande en la conciencia”.

         

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agosto
1 / 2016