Las transformaciones de Juan Fernando Herrán

Diners conversó con este artista bogotano a propósito de Flujos deseantes, una muestra que explora sus primeras obras en el Museo de Arte de la Universidad Nacional.
 
Las transformaciones de Juan Fernando Herrán
Foto: David Rugeles
POR: 
Gloria Esquivel

En medio de la sala hay un bosque. Un número considerable de estructuras horizontales se levantan hasta el techo, como si fueran troncos delgados que esperan a que algún animal salvaje se deslice entre ellos. El espectador, un poco más cauto que cualquier otra criatura, se acerca tímido intentando adivinar su textura. Los troncos son negros y se extienden como árboles altísimos, solo que no parecieran ser de material vegetal. Se trata de algo más. Se asemejan a las patas de una araña o al lomo de una oruga. Solo cuando el espectador se acerca, tal vez con el impulso de tocar las estructuras, se da cuenta de que están hechas con pelo humano.

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Sin título (Pies en boñiga). Fotografía en blanco y negro, marco de hierro y estiércol. 1992.

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Esta instalación es una de las doce obras que hacen parte de la exposición Flujos deseantes del artista bogotano Juan Fernando Herrán, que podrá visitarse en el Museo de Arte de la Universidad Nacional hasta el 4 de junio. La muestra es una revisión de la obra temprana de quien, hoy por hoy, es uno de los artistas contemporáneos más interesantes de nuestro país. Herrán ha expuesto en las bienales de Venecia, São Paulo y La Habana. Su trabajo ha estado en espacios como el Palais de Tokyo, en París y el Palacio Velázquez del Reina Sofía, en Madrid. El año pasado fue nominado al Premio Luis Caballero por Héroes Mil, presentado en el monumento a Los Héroes en Bogotá. Durante tres décadas de carrera, Herrán ha explorado la escultura, la fotografía y el video para reflexionar sobre el cuerpo, la naturaleza y el violento contexto político de Colombia. Esta exposición, que recoge obras realizadas entre 1987 y 1993 –periodo en el cual el artista terminó sus estudios de pregrado en la Universidad de los Andes y comenzó su maestría en escultura en Londres–, da cuenta de un momento temprano en su carrera, de las intuiciones que tenía frente a la escultura y de la transformación de diferentes materiales orgánicos como pelo, huesos y hasta estiércol en obras de arte.

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Sin título (Patas y pelo humano). Pelo humano y hierro. 1990-2016.

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Pensar en escultura es pensar también en transformaciones. Ya sea, como lo dictan las nociones clásicas, en un bloque de mármol que es cincelado hasta convertirse en la figura de un héroe bíblico o en pelo humano enredado hasta formar bolas de diferentes tamaños y que comprende una de las obras más importantes de este artista. Herrán cuenta que desde niño sentía una atracción particular hacia los materiales que pasaban por sus manos y cambiaban de forma: “Recuerdo que me encantaba derretir cera de vela hasta formar distintos objetos o trabajar de manera muy libre con arcilla”, explica. Esta sensibilidad logró desarrollarse plenamente cuando, en la universidad, tomó un taller de escultura con Doris Salcedo en donde descubrió las múltiples maneras en las que la escultura se podía adaptar a los lenguajes y reflexiones del arte contemporáneo y, sobre todo, “fue ahí donde entendí la capacidad de la materia de traer contenidos y de vincular al ser humano de una manera muy real con lo real”. Herrán comenzó entonces a transformar distintos materiales para examinar así sus connotaciones culturales.

Como resultado, creó obras como Sin título (marco de hierro, fotografía en b/n y estiércol) en donde se ven unos pies sumergidos dentro de una pequeña montaña de boñiga. La obra, inspirada en unos niños campesinos que le contaron que de madrugada, cuando salían a ordeñar las vacas, metían sus pies en el estiércol para calentarse, lo hizo pensar en las diferentes maneras en las que lo material es transformado dependiendo del contexto en el que se usa. En sus palabras: “En esa obra es muy clara la manera en la que el material está realizado para cuestionar los esquemas que tenemos los seres humanos sobre lo que es valioso. Se tenía la idea de que hay materiales más nobles que otros y que para tener una carrera exitosa como escultor hay que terminar trabajando bronce, pero dentro de la escultura contemporánea lo más interesante es la opción de que cualquier material es digno de ser trabajado y resignificado para hacer obras de arte”.

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sin título (Bastón). Cáscaras de naranja. 1987-2016.

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Esta idea puede rastrearse a lo largo de la muestra, y se manifiesta de manera clara en obras como Sin título (70 objetos) en donde la arcilla sin cocer da forma a varios objetos bélicos, poniendo de manifiesto que un material frágil puede convertirse en máquinas de muerte: “El material trae unas connotaciones, pero al darle forma adquiere un sentido distinto y esa transformación ideológica es muy importante. Transformar un material sin poderle dar una dirección no es valioso. Hay que entender que esa transformación también va de la mano con un proceso interno de quien está haciendo la obra”.

Al ver la exposición Flujos deseantes se hace evidente que hay un cuerpo transformando esos materiales, como ocurre en Sin título (video) en donde aparece el mismo Herrán tomando un manojo de pasto arrancado y metiéndoselo en la boca. El artista comienza a masticar la hierba hasta transformar las desordenadas briznas en una esfera redonda que se saca de la boca, como si se estuviera despojando de cualquier racionalidad al emparentarse con un animal rumiante; como si quisiera llevar la relación del escultor y el material a un nivel literalmente digestivo. “La noción del cuerpo en la exposición es la que le da el nombre. Son obras que exploran la necesidad del cuerpo de expresarse, pero también de implicarse en los materiales y en la forma”, asegura.

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Sin título (Ladrillos de hojas). Hojas de árboles prensadas. 1987-2016.

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Hay cierta violencia en tomar un material y darle forma hasta que se convierta en otra cosa. Al tomar hojas de árboles y prensarlas hasta transformarlas en ladrillos, Herrán también está hablando sobre cómo el hombre intenta moldear y controlar la entropía de la naturaleza en un “sometimiento racional que intenta subyugar la vegetación para darle una forma constructiva, seriada y distinta a lo que el material es en sí mismo”. Pero esa reflexión sobre la violencia va mucho más allá. Este tema, que Herrán ha explorado desde los distintos medios a lo largo de su carrera, aparece en su obra temprana de manera sutil pero contundente. La obra Sin título (7 objetos) es producto de la acción violenta de pisar pelo humano hasta trenzarlo y convertirlo en unos objetos que se asemejan a cadenas y grilletes: “En una época tan difícil como finales de los ochenta y comienzos de los noventa teníamos una carga de violencia muy fuerte que no solo nos llegaba, sino que nosotros mismos la cargábamos y varios de los procesos que dan pie a estas obras son acciones físicas muy fuertes”.

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Sin título (Bolas de pelo humano). Pelo humano y silicona. 1990-2016.

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Al recorrer las salas del museo y revisitar aquellas obras que realizó cuando era estudiante, Herrán se emociona. Sobre todo cuando se trata de hablar sobre Sin título (tapas metálicas de botellas retornables intervenidas), un retablo con tapas de aluminio que se arrugan, prensan y contorsionan como si no estuvieran hechas de un material rígido, sino de goma de mascar. “Con esa obra llegó el descubrimiento de lo que yo quería hacer como artista. Ahí estaba todo lo que yo pensaba que necesitaba decir”. Esa revelación sobre lo que es una obra de arte y que llegó a él cuando era muy joven, es una de las muchas cosas que intenta transmitirles a sus alumnos de la Universidad de los Andes. “Trato de inculcarles que las buenas obras de arte se dan en cualquier momento si uno es capaz de asumir las cosas con integridad, trabajar a profundidad y comprometerse de lleno. En esta exposición hay tres obras que hice cuando era estudiante y cuando las veo pienso que son obras completas, no son menores, sino que están todos los elementos articulados para que sean buenas piezas”. Como es el caso de Sin título (material vegetal y tripa animal), más conocida como “La corona de espinas”, que Herrán realizó a los 26 años y que se ha convertido en una de las obras emblemáticas del arte contemporáneo colombiano al hacer parte de la colección del Museo del Banco de la República.

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Sin título (material vegetal y tripa animal), más conocida como “La corona de espinas”.

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Al ver las doce obras que realizó durante esos doce años en los que comenzaba su trayectoria como artista plástico, concluye: “Son piezas muy queridas por mí, porque con ellas me encontré como artista, crecí y solucioné muchos asuntos personales. Son muy valiosas”.

Un gran trabajo curatorial

Para realizar la exposición Flujos deseantes fue fundamental el trabajo de la curadora del Museo de la Universidad Nacional María Belén Sáez. No solo porque fue ella quien le presentó la idea a Herrán, sino porque realizó un trabajo crítico e investigativo que logró hilar las diferentes temáticas que presenta esta obra temprana. Para esta exposición también se reelaboraron cuatro obras, las cuales ampliaron su formato para adaptarse a las dimensiones y necesidades arquitectónicas del museo. Como lo explica la curadora: “Se están produciendo nuevamente piezas del pasado para una instalación de gran escala que las reintegra –las devuelve en la conciencia– a un gran proyecto unificado y más desarrollado como conjunto. En sus años tempranos como artista estos trabajos se exhibieron dispersos y no alcanzaron a desarrollar a plenitud la inmensa potencia que en ellos quedó contenida. Lo que aquí mostramos es un ‘cuerpo’ de trabajo escultórico profundo, que pertenece a las grandes obras de arte cargadas de misterio (de múltiples resonancias y el sentido suspendido)”.

         

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abril
26 / 2016