“En Colombia no hay una escena, sino muchas escenas que se complementan”: Carolina Ponce de León

La curadora y crítica Carolina Ponce de León regresó a Colombia y fue nombrada nueva asesora de artes visuales del Ministerio de Cultura.
 
“En Colombia no hay una escena, sino muchas escenas que se complementan”: Carolina Ponce de León
Foto: Mónica Barreneche
POR: 
Dominique Rodríguez

Habiendo estado tantos años por fuera, al regresar, ¿qué se siente de la escena del arte en Colombia?

Regresé a Colombia, después de casi veinte años, atraída por lo que se percibe como una apuesta a la excelencia tanto en el arte como en la gestión cultural, la investigación y la escritura sobre arte. Se siente una energía artística dinámica y visible en el impresionante desarrollo del sector —la pluralidad artística, la calidad de artistas dedicados a la enseñanza, los espacios independientes, los programas de estímulos, las nuevas galerías comerciales, las publicaciones, las colecciones. Cientos de nuevos profesionales del arte se gradúan cada año de los cuarenta y tantos programas académicos de arte que existen en el país. En comparación con la escala aún abarcable del mundo del arte de 1994 (año de mi partida), el de 2014 resulta más democratizado, diverso y poblado. Esto lleva a una escena artística vital, más profesional, en continua expansión, que cuenta además con nuevas oportunidades para la producción, exhibición, contextualización y colección del arte colombiano tanto a nivel local como internacional. Me atrae mucho el poder trabajar en diálogo con el creciente campo de artistas, curadores, críticos, investigadores y gestores culturales que existe hoy en día y por lo que he visto, prima un espíritu de respeto mutuo, lo cual es sano y constructivo.

¿Cómo podría definirse? ¿Existen núcleos comunes? ¿Búsquedas que permitan identificar lo que aquí se produce?
La diversidad de la escena artística en Colombia refleja el mundo del arte globalizado. No hay una escena, sino muchas escenas diferentes que se complementan y se contradicen. Pero, sin querer ser excluyente, el tema del conflicto, para bien o para mal, sigue distinguiendo el arte colombiano en las esferas internacionales del arte a pesar de que hay, también, artistas excelentes que exploran otros temas y poéticas y muchos de ellos también están mereciendo un reconocimiento internacional.

Porque estuve cerca de artistas como María Teresa Hincapié, Mapa Teatro, José Alejandro Restrepo, Miguel Ángel Rojas y Doris Salcedo y otros que redefinieron y renovaron en los ochentas y comienzos de los noventas una noción de arte que responde al momento político, me interesa como han evolucionado las sensibilidades y prácticas del arte entorno al tema político y los discursos sobre violencia en la vida nacional a través de la obra de artistas y los escritos de críticos nacidos después de 1970, por ejemplo, los desafíos y las provocaciones que plantean artistas como Wilson Díaz, Nadia Granados, Edinson Quiñones y Edwin Sánchez, cuya aproximación a lo político no es tanto de índole temático sino metodológico. Esta generación creció con el conflicto y en medio de procesos políticos enturbiados por la doble moral, la corrupción, y las alianzas entre la clase dirigente y el paramilitarismo. Muchos artistas tienen un vínculo de primer grado con la violencia política y el conflicto armado desde diferentes experiencias, perspectivas, realidades regionales, clases sociales y estrategias de sobrevivencia económica. También me interesa el cuestionamiento actual entorno al “arte político” en los escritos de Juan Cárdenas, Claudia Díaz, Lucas Ospina, Santiago Rueda, Jairo Salazar, Gustavo Sánchez-Velandia, Guillermo Vanegas y Guillermo Villamizar, entre otros, muchos de ellos publicados en el blog de debate, Esfera Pública. Todo esto implica nuevas sensibilidades y nuevas miradas que complejizan tanto el relato de la vida nacional como los cuestionamientos entorno a lo político y la ética del arte.

Por otra parte, es innegable que, hoy en día, la vitalidad de las escenas artísticas en Colombia también se arraiga en la promesa del mercado del arte. Esto se refleja en la gran oferta cultural que hay en todo la ciudad durante la época de la feria de artBO. En vísperas de la firma de un acuerdo de paz, es interesante pensar en como se inserta el arte en la meta-narrativa nacionalista de optimismo y prosperidad que envuelve la manera como se habla del “boom” del arte, del crecimiento económico y de los logros deportivos. Todos estos son símbolos fuertes tras los cuales los discursos oficiales buscan restaurar la auto-estima nacional. Lo que busco sugerir con esto último, es que a la vez que hay nuevas realidades del arte en Colombia, también hay nuevas ficciones.

¿Cómo se empezó a sentir este creciente interés por las obras de artistas colombianos por fuera?, ¿cómo empezaron a integrarse al discurso de lo latino, por ej, en los museos del Barrio y de la Raza?
A nivel académico, la discusión más concentrada sobre el arte latinoamericano, se consolidó a comienzos de los años noventa con los debates entorno al multiculturalismo, la alteridad cultural y las relaciones entre culturas dominantes y subordinadas. El objetivo era validar otras historias del arte, otras lógicas culturales, definidas por primera vez desde América. A lo largo de los años noventa, una serie de exhibiciones panorámicas —entre ellas Ante América organizada por la Biblioteca Luis Ángel Arango en 1992 y que viajó a Caracas, Nueva York, San Francisco, San Diego y otras ciudades del norte— contribuyeron a internacionalizar el arte latinoamericano, contrarrestando los estereotipos culturales que mantenían el arte latinoamericano al margen de una noción excluyente del “arte occidental”. Por otro lado, estaba el mercado con su gran poder de legitimación. La casa de subastas de Christies abrió su departamento de arte latinoamericano en 1981 con ventas modestas de 2.5 millones de dólares. Hoy en día, éstas alcanzan un promedio de 25 millones de dólares. En este gran contexto, el enfoque sobre el arte en Colombia se fortalece en la medida en que se afianza el mercado. Antes del “boom” colombiano, tuvieron lugar los de Brasil, Cuba y México, todos respaldados por la novedad (especulativa) del momento y por el coleccionismo. En eso el mercado del arte es voluble. Las novedades lo mantienen vivo.

Es importante tener en cuenta que el arte en Colombia ha tenido figuras sobresalientes, especialmente a partir de los años sesenta. Lamentablemente, muchas de ellas carecieron del reconocimiento adecuado tanto a nivel local como internacional por la precariedad de la infraestructura artística pública y privada. Un buen ejemplo, son las corrientes del arte conceptual que se dieron en el país y que pasaron casi desapercibidos fuera del mundo restringido del arte. Quizás solo hasta ahora, con el impulso de la revisión histórica, se está generando un rescate de estos artistas mediante la investigación histórica. Me refiero a Antonio Caro y Álvaro Barrios, pero también a figuras que quedaron aun más relegadas como Adolfo Bernal, Jorge Ortiz y Jonier Marín, entre otros.

Después de Beatriz González, ¿qué otro artista colombiano pudo exponer en EE.UU.?
La exposiciones más importantes fueron la de Beatriz González en el Museo del Barrio por tratarse de una exposición individual retrospectiva y Ante América, por su escala y porque itineró por varias ciudades de los Estados Unidos. Pero también mostré, en diferentes contextos “no colombianos” en Nueva York y en California el trabajo de Oscar Muñoz, María Fernanda Cardoso, José Antonio Suárez, Luis Roldán, Juan Manuel Echavarría, Monika Bravo, María Elvira Escallón, Miguel Ángel Rojas, Ana Claudia Múnera, Alejandro Castaño, Pablo Van Wong, y Nadín Ospina. También hice una exposición con Michelle Faguet, llamada Divinamente con los artistas: María Margarita Jiménez, Sylvie Boutiq, José Tomas Giraldo, Simon Hernández, Humberto Junca, Alejandro Mancera, Juan Mejía, Ana María Millán, Yomayra Puentes, Catalina Rodríguez, Gabriel Sierra, Giovanni Vargas y Rolando Vargas.

¿En qué ha cambiado la noción de Lo latinoamericano desde la perspectiva de los ojos que nos están mirando (y adquiriendo obras de nuestros artistas), desde afuera?
Hoy en día, el arte latinoamericano es mainstream, vive una era post —post-identidad, post-geopolítico, post-latinoamericano. Esto obedece en parte a la internacionalización radical de las ferias, exposiciones y bienales a nivel mundial tan nutridas del arte de todo el (tercer) mundo y que reflejan lo que Gerardo Mosquera describe como un arte global colonizador de las estéticas de la alteridad. Sin embargo, las casi tres décadas de trabajo detrás de la internacionalización del arte de América Latina, también le dan una ventaja sobre el arte de otros lados que aun está por alimentar los imaginarios y las especulaciones del mercado. Se pronostica que el próximo “boom” será el arte del Medio Oriente. Así que el “descubrimiento” del arte colombiano en la actualidad —desde la producción a la distribución y la comercialización— surge en medio de y gracias a este sistema global del arte, pero también por la consolidación de iniciativas académicas y curatoriales de varias décadas.

Mientras las ferias y el mercado están dinamizando esta presencia nacional en escenarios internacionales, el panorama de lo institucional parece perder vigor (excepto en eventos como los salones) y no estar tan interesado en reflejar esta ebullición que se está viendo, paradójicamente, en espacios comerciales. Usted, como mujer de museo, ¿cómo analiza este fenómeno?, ¿ es sintomático que el movimiento se esté dando en espacios no convencionales o es simplemente natural?
La energía cultural sí suele ocurrir en primer instancia por fuera de los marcos institucionales pues pueden responder más rápidamente a las dinámicas culturales y artísticas en marcha. Sin embargo, iniciativas institucionales como los programas de estímulos del Ministerio de Cultura como de Idartes y la Fundación Alzate Avendaño cumplen un papel fundamental en identificar y dar oportunidad a artistas, gestores e investigadores y en ser piezas importantes del motor que mantiene el campo artístico andando. Y hay eventos como los salones nacionales y regionales, el Premio Luis Caballero y otros que alimentan y se alimentan de ese dinamismo. Ahora, sí creo, de todas maneras, que las instituciones son las personas que las ocupa, y por ello es primordial que tengan al frente equipos de trabajo con visión y claridad para identificar las necesidades de un momento específico y proyectar las políticas culturales que corresponden.

¿Cuáles son los retos y peligros para los cuales debe prepararse este mercado emergente de arte colombiano?
Uno de los peligros y retos mayores radica en que se está creando un limbo generacional que está relegando generaciones de artistas que surgieron antes de los noventas. El mercado es una fuerza voluble y no del todo predecible. El mercado del arte en Colombia en los años ochenta se distinguió por la (sobre)valorización de algunas figuras ejemplares del modernismo, como Obregón o Botero, el de hoy parece enfocarse casi exclusivamente en el “arte contemporáneo”. Hay una prevalencia por lo nuevo y por lo que ya está ampliamente identificado dentro de esta prevalencia, es decir, a falta de un diálogo crítico independiente, la valoración de un artista requiere de un engranaje que pasa por el mercado. Si bien el coleccionismo ha incrementado a nivel local, me pregunto hasta que punto es capaz de sostener la oferta que hay. Hay muchos artistas, con trayectorias destacadas, que carecen del apoyo de una galería, y por lo tanto están siendo marginalizados. Esto conlleva a una especie de selección darwiniana que no se basa necesariamente en la calidad sino en los límites de las oportunidades y en la injerencia del mercado que restringe los circuitos del sistema del arte. Es una de las paradojas del mercado: por una parte cumple con una función legitimadora que amplía la visibilidad y la valoración del arte, pero al mismo tiempo, tiene la capacidad de opacar y por lo tanto de distorsionar la validación de artistas que están afuera de su alcance.

¿Qué opinión tiene de la gran muestra itinerante de Doris Salcedo en 2015 en Estados Unidos?
Me parece excelente y merecida.

¿Es optimista por lo que venga para el arte hecho por colombianos?
En general confío que desde una premisa de excelencia, de la que ya somos testigos, vendrán nuevas propuestas que renovarán permanentemente el quehacer y los escenarios artísticos.

         

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octubre
22 / 2014