El escándalo de las vaginitas

Más allá de la censura por motivos religiosos que sufrió la exposición Mujeres Ocultas, en el Museo Santa Clara, vale la pena preguntarse por la eficacia de la obra de arte.
 
El escándalo de las vaginitas
/
POR: 
Dominique Rodríguez

La Iglesia sentó su punto esta semana. El que la querella interpuesta por el Voto Católico contra la exposición Mujeres Ocultas, de la artista María Eugenia Trujillo, en el Museo Santa Clara haya tenido como consecuencia que la muestra fuera suspendida, y que las reacciones de la Conferencia Episcopal Colombiana (Monseñor Luis Augusto Castro en La W) condenando la adopción de dos niños (sus hijos) por parte de una pareja del mismo sexo, invitan a imaginarse que regresamos a los aires de Regeneración de Rafael Nuñez a finales del siglo XIX. Con el agravante de que, un siglo y 14 años después, somos un estado laico. Lo sorprendente es que, todavía, nos aterremos por unas conductas que resultan perfectamente coherentes con su razón de ser, es decir, la preservación del statu quo, la imposibilidad de la flexibilidad de las estructuras.

Con todo, todas estas acciones han levantado polvareda. Cómo no. Resulta inaceptable que a estas alturas todavía haya quienes se sienten con el derecho a impedirles a otros la libertad de hacer o pensar lo que consideren que es correcto. ¿Qué perjuicio le hace a alguien ver unas curiosas custodias (casi provocadoramente torpes) dentro de un museo? ¿Qué daño le hace a sus hijos una mamá (o un par de mamás) decidiendo amarlos y cuidarlos por sobre todas las cosas? Acá hay algo profundamente contradictorio con las lecciones de tolerancia y compasión que tanto evoca la religión católica, con un ingrediente un poco más preocupante: que son las mismas comunidades creyentes las que están incentivando al odio. Impidiendo que otros sean. Alguien me decía, ¿cuándo la Iglesia ha sido paz y amor? Pregunta válida, sobre todo cuando leemos que la directora de los museos Santa Clara y Colonial, Constanza Toquica, ha recibido amenazas. ¿Qué dice de nuestra sociedad esto? ¿Hasta dónde van a llegar estas posiciones extremistas, incapaces de permitir el libre pensamiento?

No voy a ahondar en lo pobre que resulta el argumento de la necesidad de la “figura paterna” o la “figura materna” (lo que signifique esto) para que un niño se desarrolle de una manera idónea, en un país donde bastante más del 50 % de los nacidos no son deseados. Según la Iglesia, el tener papá y mamá garantizará que el niño sea un ciudadano de bien. Claro, estamos llenos de ejemplos de ciudadanos maravillosos, como nos lo prueba quienes gritan mensajes de amor como los enviados a Constanza Toquica o tan constructivos como que tantos deberían desaparecer.

Mejor, voy a comentar la censura que sufrió la exposición en el Museo Santa Clara. Primero, el que el Ministerio de Cultura haya simplemente dicho que, aunque no estaba de acuerdo, respetaba las decisiones judiciales, lo deja mal parado. Que no haya sido vehemente en la exigencia de respeto de la naturaleza laica de nuestro estado, argumentando (al menos) que la exposición se estaba realizando en un espacio museal y no uno sagrado, es increíble. Si bien Santa Clara fue un convento y una iglesia, hace ya muchos años que cambió su naturaleza. Allí no se practica misa ni ritual religioso ninguno. Aunque tenga el aura de lo que fue, y tengamos el privilegio de ver preciosos ejemplos de arte colonial, lo que allí se practica es un ejercicio meramente contemplativo. Educativo, también. Nos ha permitido entrar en un pasado en el cual las monjas de clausura, de la comunidad de las clarisas, habitaron ese espacio. Y construyeron una manera de vivir y sentir su espiritualidad. Me pregunto qué tanto le han seguido la pista en los últimos años estos grupos religiosos radicales a la trayectoria del Museo Santa Clara –y el Colonial– y si han visto el trabajo realizado por su directora valiente, una mujer que contra viento y marea, ha intentado hacer que regresar a este pasado sea relevante para las nuevas generaciones. Como me temo que no pisan esos espacios con frecuencia y este escándalo suena a oportunismo más que a una verdadera convicción, vale la pena recordarles que en estos museos se hace un trabajo serio de documentación y museografía.

Sería lindo que se sentaran con algunos de los investigadores que allí trabajan y aprendieran que esa línea tan delgada que une la religión con el deseo –eso a lo que tanto le temen– ha sido parte de la historia de la religión y de la iconografía cristiana. ¿Será que los estigmas, el erotismo místico o los cantos, poemas y rezos de Sor Josefa del Castillo, por mencionar apenas unas poquísimas representaciones, no son suficiente prueba del éxtasis que produce la consumación del matrimonio espiritual y el placer-sacrificio cristiano?

Si entramos en el terreno del arte, justamente ese umbral de placer y dolor nacido de la creencia es el que ha venido exponiendo desde hace años José Alejandro Restrepo. El exceso que produce el discurso religioso, de azotes, plegarias y sacrificio, se acerca mucho a la violencia y eso, justo hoy, cabe idealmente en este debate.

Si los defensores del Voto Católico pisaran con más frecuencia estos museos de arte religioso se darían cuenta que, además de una juiciosa revisión del pasado barroco, allí se hacen exposiciones que ponen a pensar. Si menciono a José Alejandro Restrepo es porque, justo en esos escenarios él ha expuesto su obra, definitivamente más provocadora que la propuesta por María Eugenia Trujillo. ¿No se recordarán que en un confesionario, en el cual había que postrarse y, en lugar de hablar, oír, pudimos escuchar las aterradoras palabras que Salvatore Mancuso pronunció en el Congreso de la República, creyéndose arrogante y peligrosamente el salvador del país? ¿O que Rolf Abderhalden, en el 40 Salón Nacional de Artistas, volteó los cuadros de lo que era la capilla del Colonial, y proyectó una perturbadora proyección de enfermos mentales, abandonados a su suerte y “con el Cristo de espalda”, como anotaba José Roca, parafraseando a Caballero Calderón? Es más, no se les oyó aullar a estos defensores de la moral con la poderosa obra de Carlos Castro, concursante del Premio Luis Caballero el año pasado, en la cual, en el atrio de lo que fuera la capilla de las clarisas, presentó el esqueleto de un hombre-devenido animal, crítica a la sumisión y degradación máxima de lo que puede llegar a ser un individuo. Junto a esa escultura potente oíamos las tonadas marciales nacidas de máquinas de sonido construidas con los cuchillos incautados de ese Bronx criollo que se estableció, justamente al lado de la iglesia del Voto Nacional.

En este punto, vale la pena explorar la eficacia de la obra de arte y señalar los límites e intenciones de la provocación. ¿Qué diferencia una obra cuyo soporte religioso –como en el caso, una custodia, o una imagen icónica como una Verónica con su manto y el rostro de Cristo impreso– producen un efecto tan distinto? ¿Cómo soporta un discurso la obra de arte? No basta enunciar el motivo con el cual se hace una obra, hay que ver que sea equivalente en su realización, que soporte la densidad de las palabras. Quizá, incluso, que ni siquiera las necesite. La obra debe ser potente por sí misma. Y allí, valdría la pena decir que la obra de María Eugenia Trujillo no resulta del todo convincente cuando de subordinación femenina se habla. Su obra, Mujeres ocultas (que antes fue Mujeres en custodia en el Museo de la Inquisición de Cartagena), carga un discurso pesado del que las organizaciones feministas y sociales echan mano fácilmente para llamar a plantones en contra del abrupto y abusivo cierre de la exposición. Pero es que aquí no estamos hablando de eso. No es que no creamos en que ese discurso es real, pues en definitiva lo es. Pero la obra no lo traduce. Allí, en esas piezas cándidamente ornamentales, con bordados que sugieren unas vaginitas inofensivas incrustadas en custodias, no se siente la violencia masculina a la que alude la exposición. Muy distinto, a una candidez que podría sentirse similar en el video Caballero de la Fe, del referenciado José Alejandro Restrepo, en donde un hombre les bota maíz a las palomas en la Plaza de Bolívar, mientras atrás suyo se siente el terror de la toma del Palacio de Justicia. Hay diferencias profundas en la sutileza del mensaje. En su elaboración. Hay un refinamiento conceptual desde el cual el discurso se siente coherente. Se cree la crítica. Deja sin aliento. Es incuestionable.

Diría que la discusión, así como lo que se dice de la obra, debería refinarse también. Valga decir que nuestros museos no tienen ni Mona Lisas ni Señoritas de Avignon, así que los públicos no están garantizados. No basta con tener una bonita colección, ni siquiera con catalogarla y estudiarla con juicio. Es cierto que nuestras instituciones necesitan y se les exigen cifras de asistencia y repercusión pública para recibir recursos –a eso ha llegado la perversión del sistema en el que vivimos­–, lo que las lleva a pensar en cómo diablos hacer que la gente pise sus salas, pero no todo cabe y si de educación artística hablamos –el tema de moda por estos días con el debate acerca de Incolballet en Cali– es importante que el debate se dé a la altura que lo merece. Lo más interesante de todo esto es que, si de valores cristianos estamos hablando, está servido en bandeja de plata un debate relevante y necesario en donde, con buenas obras de arte que referencian la iconografía católica, podríamos estudiar todos los males que padece Colombia.

INSCRIBASE AL NEWSLETTER

TODA LA EXPERIENCIA DINERS EN SU EMAIL
agosto
30 / 2014