“Me descubrí a través de mi linaje familiar”: la confesión de Marta Orrantia en su nuevo libro

En Juego de té, la escritora colombiana entrecruza la vida de cinco mujeres de generaciones previas, así como su búsqueda para entender quién es, en medio de su proceso de arraigarse en otro país. Un entramado de historias de mujeres que sanan heridas.
 
“Me descubrí a través de mi linaje familiar”: la confesión de Marta Orrantia en su nuevo libro
Foto: Cortesía Patricia Rincón Mautner
POR: 
Enrique Patiño

Los hechos que cambian la vida pueden estar detrás de un florero que se rompe, como el de Llorente. De un barco con té, como el motín que se produjo en Boston en 1773 y dio inicio a la revolución de independencia de Estados Unidos. O de un juego de té.

Esto último le sucedió a la escritora Marta Orrantia. Una proposición de su tía Teresa para que aceptara como herencia un juego de té que había ido corriendo de generación en generación entre las mujeres de su familia paterna fue el detonante para investigar quién era y de dónde venía. 

Las preguntas iniciales fueron dando lugar a una serie nueva de cuestionamientos: ¿quiénes eran aquellas que habían sostenido ese juego de té en las manos? ¿Cuáles eran las vidas de quienes lo habían recibido, unas tras otras? Si eran su linaje, ¿por qué las desconocía? ¿De quién eran las iniciales grabadas en la porcelana? ¿Cuánto tenían que ver con ella?

Luego, como suele suceder con todos los escritores, las preguntas dieron paso a una obsesión. Quedó atrapada por la necesidad de conocer la historia y de ahondar en su pasado, y al mismo tiempo, se vio subyugada por la belleza y la dureza de las vidas de las mujeres que fueron revelándose ante sí. 

Una circunstancia adicional condicionó su búsqueda: había decidido migrar por razones laborales junto con su esposo y acompañarlo a Roma, mientras que a la vez el destino le exigía la compleja tarea de ayudar a su hijo a ingresar a la universidad en París como estudiante. Era un momento de ruptura con el territorio que consideraba suyo y de un trabajo que amaba, un quiebre en su vida como periodista, un distanciamiento en su relación con su hijo, que daba el paso a la independencia, a lo que se sumó el hecho de sentirse migrante en un país con una cultura y un idioma diferentes. Era un momento de su vida en el que se marcaba un antes y un después.

¿Quién era? No sobrevino la tendencia natural a sacar a relucir su currículo para responder esa pregunta. Al abrir el libro Juego de té, de Penguin Random House, en la contraportada interna se lee que Marta Orrantia fue editora de Gatopardo y SoHo, reportera en El Tiempo y directora en Rolling Stone para la región, y al hablar con ella, recuerda que no solo fue la primera directora, sino también la más joven en la historia de esta revista especializada en la industria musical. Pero ya le importa poco eso. 

“Uno puede exhibir los logros que ha tenido como mujer, pero no son tan relevantes como la historia de las mujeres que descubrí. Tiene mucha más carne hallarse a sí misma a través de ellas. De alguna manera, son títulos de pertenencia al mundo dados por su espíritu, que hoy me validan”.

También le puede interesar: José Zuleta: “Esta novela es una lucha contra lo políticamente correcto”

La más reciente novela de Marta Orrantia es un relato de ficción que se basa en hechos reales, los cuales complementa desde la imaginación y su experiencia personal actual. Una historia que se inicia cuando la autora recibe como herencia de su tía un finísimo juego de té de mediados del siglo XIX, que jamás se ha usado. Tampoco ella lo acepta, pero sí asume el encargo de contar su historia. Así comienza un viaje por su linaje femenino paterno, del que va hallando retazos, menciones en cartas, datos genealógicos, y cuyas vidas va complementando con la ficción y su experiencia personal. 

Así surge la historia de Dolores, una mujer que estuvo a punto de ser monja y a la que forzaron a casarse con un hombre cruel, hasta que la vida misma la liberó de esa tortura con una muerte temprana. De María Antonia, su hija, quien crece huérfana de su madre, y se debe dedicar a cuidar desde los doce años a sus hermanos, lo que entra en contradicción con su vocación por el estudio y la literatura. De Isabel, la esposa del presidente Marco Fidel Suárez, subyugada a la grandeza del dirigente político.
Y finalmente de Tona, que ve cómo la muerte temprana de su madre la obliga a convertirse desde niña en primera dama de la nación. 

“Hace cinco años vine a Roma —dice Marta, desde la capital de Italia—. Mi marido se ganó un concurso para trabajar en una institución internacional, lo que implicó un viaje con toda la familia. Lorenzo, mi hijo, también venía a estudiar a Europa en ese momento. Todo fue una sorpresa. Aunque uno siempre sueña con la posibilidad de viajar a Europa, es un cambio monumental de vida”, explica.

Justo esas condiciones fueron las que le permitieron reflexionar sobre su papel en el mundo y comprender si quería o no profundizar en la vida de las mujeres de su familia. Entonces vino la pandemia.

“Desde el comienzo me sentí alienada por no tener amigos, la soledad, vivir acá el encierro, alejarme de la cotidianidad deliciosa en Colombia. Entendí que en el país era feliz y no lo sabía. Trabajaba con universidades, en temas de paz. No vivía de ser escritora, sino de escribir”, agrega. En el momento del covid-19, la vida le dio un vuelco. Pasó largo tiempo sola en casa.

Entonces ahondó en la idea de escribir la historia del juego de té. Una serie de coincidencias afortunadas y de pistas sueltas le dieron los bríos para acometer la escritura de la novela. Fue un lento y reconciliador proceso con su pasado y su vida actual, tanto de mamá como de hija de un papá en estado de depresión, y con su propio matrimonio. Pero, sobre todo, como mujer. Una vez que lo entregó, sintió que le habían quitado un piano de encima.

Marta Orrantia junto con Teresa Morales, dueña actual del juego de té y guía de Marta en la escritura del libro.

¿Cómo vivió la escritura del libro?

Empecé tímida, pero luego me volqué de cabeza en esa realidad paralela hasta que lo entregué, en abril del 2023. Escribía hasta diez horas diarias, y una vez que lo terminé lo compartí con mis lectores de prueba, que me reventaron el libro; entonces comencé a pulirlo, a reescribirlo. Lo hice casi en un
80 %. Luego trabajamos con mi editora en una relación muy personal y sensible. Ella entendió el libro e iniciamos el proceso final de reescritura. El proceso me tomó tres años. 

¿Cuál personaje amó descubrir?

En lo personal, me pareció fascinante María Antonia, porque tuvo que pelear contra las convenciones patriarcales que dicen que nacemos para ser madres y estar en el hogar. Ella tenía una mente política, avanzada y aguda, pero termina al servicio de su papá y volviendo a la casa de su padre con el dolor de entregarles su independencia a él y a su madrastra; toda una desgraciada. Ni siquiera el dinero que tenía le dio independencia, porque el contexto de la época obligaba a depender de un hombre. Así que renunció a eso y se fue al convento. La vocación religiosa era grande por la condición sociocultural, así como por la época, pero también era la única opción para salvarse. Estar en un convento significaba la libertad de los hombres terribles de entonces.

¿Y la que más sufrió?

Todas me dolieron, pero creo que sobre todo Isabel, la hermana de mi bisabuelo y esposa del presidente Marco Fidel Suárez. La sentí cercana a mi familia, y quizás por eso me tocó tanto. Era una mujer dolida, llena de afugias, presa de sus miedos, sin comprender qué le pasaba en esas cosas de las mujeres, como la maternidad, la depresión posparto o la menopausia. Ella no entendía que estaba deprimida, y nunca se le diagnosticó una enfermedad.

De alguna manera, ¿hizo una constelación familiar a través de la escritura?

Yo pensé que iba a hacer un libro de la familia materna, los Zabaraín, que siempre estuvo muy presente: costeñas matriarcas que se ponían en el centro de todo; mi abuela, con la que viví y crecí; mi mamá; mi bisabuela, presente en todos los relatos. Pero de repente aparecen estas mujeres que no tenía ni idea de que existían. No soy esotérica ni creo en los astros, pero es como si el libro me hubiera llamado por intermedio de mi tía Teresa. Entender que yo también pertenecía a ellas y eran parte de ese legado mío me permitió descubrirme a través de ellas

Es un relato basado en la realidad, pero era imposible reconstruirlo todo. ¿Cuánto apela a la ficción?

El libro es ficción. Esas mujeres, por el hecho de pertenecer a la familia que pertenecían, los Caro, de personas cultas, escritores, poetas y políticos, y a la familia Suárez, con las mismas características, dejaron algunos testimonios, muy pocos, pero al menos algo. María Antonia Borda fue no solamente una mujer cultísima, que hablaba español, francés, italiano y alemán, sino también directora y superiora de un convento. En ese convento de clausura ella manejaba los destinos del país porque le decía a su yerno, Marco Fidel Suárez, lo que tenía que hacer. Su nieta Tona, la hija de Marco Fidel Suárez, sin conocer el poder que tenía, fue consejera de su papá. Así, van dejando cartas, dispersas como migas de pan, que me permitieron enterarme de quiénes eran ellas. Algunas, como Dolores, no tienen nada escrito, pero las fui comprendiendo gracias a los diarios de los Caro y de cartas que forman parte del Archivo General de la Nación. Yo no quería hacer una novela epistolar, sino ponerme en su piel. Es ficción, pero reflejándome. Es un pulso entre lo que me van diciendo y quien yo soy. 

¿Qué hay de ellas en su forma de ser?

Yo, que vengo de una familia de costeñas, extrañaba mucho no ser así de alegre. Mi mamá me decía que era cachaca. Resulta que había algo detrás que no había comprendido: el legado del linaje paterno. Me crie con mi abuela momposina. Por eso, el libro se lo dedico a María Teresa, mi abuela, y a Teresa, la tía dueña del juego de té, mis ancestros; una, melancólica, y la otra, liviana y feliz. 

¿Qué cambió en su percepción como mujer?

Cambia todos los días. Esto es un proceso de aprendizaje larguísimo para mí y para todas. A lo largo de los años voy encontrando un valor distinto, una sororidad. Nos han tratado de aplastar, de quitarnos nuestro poder. Tengo 53 años, estoy en medio de una menopausia y vivo la era de la invisibilidad. Es algo tan retador como liberador porque uno puede hacer lo que se le dé la gana, ya que igual nadie se da cuenta. Tengo amigas italianas mayores sin esa máscara de estar divinas. Nunca he militado en el feminismo ni he sido feminista. Soy lo que soy: escritora, mujer. Y, he entendido que, con mi trabajo y mi ejemplo, genero feminismo y transformo. 

         

INSCRÍBASE AL NEWSLETTER

TODA LA EXPERIENCIA DINERS EN SU EMAIL
julio
2 / 2024