Olga de Amaral presenta su nueva exposición “La contemporaneidad de lo ancestral”

Un total de 24 obras de la artista colombiana Olga de Amaral copan los espacios de la galería Duque Arango, en Medellín. Su obra, laminada en oro y plata, no solo ilumina, sino que también deslumbra.
 
Olga de Amaral presenta su nueva exposición “La contemporaneidad de lo ancestral”
Foto: Cortesía Galería Duque Arango, Medellín.
POR: 
Enrique Patiño

En las conexiones neuronales que establece el cerebro, pequeñísimos impulsos nerviosos se entretejen como hilos para conectar sucesos, establecer memorias y generar nuevas ideas, sinapsis que dan como resultado la genialidad del talento humano, el arte y la sublime abstracción del pensamiento. Olga de Amaral, en la exposición “La contemporaneidad de lo ancestral” —que presenta la galería Duque Arango, en Medellín—, entreteje, a la manera del cerebro, la belleza de los hilos como material de creación.

Si uno tiene la oportunidad de mirar el revés de su obra, encuentra que es un sólido tejido de miles de hilos que fluyen armónicamente, trenzados con paciencia. Así, tal cual, el cerebro procesa los datos para que luego se materialicen. Si se observa de frente, se convierte en una idea lumínica que borronea el tejido y aparenta ser lienzo. El resultado final deslumbra, porque buena parte de las obras exhibidas se bañan en oro para dar origen a espléndidos soles, sublimes y poéticos.

La comparación con las sinapsis del cerebro y su materialización en arte viene al caso: lo que empieza como artesanía y puede verse por el revés, una vez que se expresa ante el mundo se convierte en una pieza de arte que no logra dejar indiferente a quien la observa.

Sergio Arango, subdirector de la galería Duque Arango, revela el detalle que hace de la obra de Olga de Amaral un prodigio creativo. Se acerca, poco a poco, a Imagen perdida 22, una de las 24 piezas de la artista exhibidas en este emblemático espacio cultural de 44 años de existencia, situado en el barrio El Poblado, y demuestra el complejo entramado de aquel tejido de cinco metros: son miles de trozos de lino, conectados unos con otros en forma armónica, en este caso por catorce sutiles hilos que enlazan a unos con otros, y luego endurecidos por el gesso. Por último, el galerísta revela cómo la artista ha bañado algunos de esos trozos con una capa de laminilla de oro, en contraste con el negro de la franja superior.

Alquimia 87 (lino, gesso, acrílico y hoja de oro, 1999) / Cortesía Galería Duque Arango

Luego, avanza hacia el otro costado de la pared. Levanta ligeramente la pieza Alquimia 87, de 1999, para revelar que, por detrás, la obra es la sólida exhibición de una artesana que conoce su oficio y entreteje, con la paciencia de Penélope, un lienzo para alguien a quien ya no espera. Lo hace por el placer de crear, sin necesidad de destejer lo creado. Por delante, la obra brilla con contundencia, en un tono dorado que se baña también de colores azules y violetas. 

Finalmente, llega a la obra Bosques, que representa el sol precolombino, pero también el brillo de los ríos cuando el sol hiere su cauce, o la piel de una soñada anaconda bañada en oro. Lo precolombino y el brillo del sol en esta zona ecuatorial del mundo dominan la exhibición. Resulta difícil no conmoverse ante aquella espléndida pieza de luz, nacida de un tejido.

Al verla, uno se pregunta por qué no todos amamos desenfrenadamente este trabajo que es tanto artesanal como artístico, tanto evocador como poético, tanto una labor imposible como obsesiva de tejer, recortar, hilar, moldear y bañar de oro y color no solo la tela sino también los hilos, para luego reconvertirlos en obra de arte. Y se cuestiona, además, cómo es que esa creación tan poderosa, concebida por el puro gusto de dar rienda suelta a la imaginación en un trabajo de tanta delicadeza y brillo, no forma parte de nuestra identidad nacional. 

Porque lo es. Porque somos lo que Olga de Amaral expresa: un país poseído por el amarillo, desde su bandera y escudo hasta su comida, oro y luz, pero también una nación de artesanos, de trabajo detallado, que suma entre sus partes a un propósito y esfuerzo común

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Hay más. Federico Duque, uno de los cinco hermanos que regentan la galería, a cargo de tecnología e información, me conduce hasta Nébula, una obra hecha con papel japonés como soporte y expresión. A su lado, una obra horizontal de color dorado se rompe en una grieta azul en el centro, como si se tratara del canal de Panamá, una fisura que puede representar tanto el quiebre del agua en la tierra como la presencia de lo espiritual en medio de lo terrenal. 

Es lo que interpreta el curador Eduardo Serrano: “La grieta es el plano espiritual por donde escapan nuestros pensamientos hacia ámbitos construidos con las experiencias de cada observador”. 

Otra obra que invita a la contemplación es Lienzo ceremonial azur 23, que construye distintas capas de tejido de lino con redes de pescadores. El hilo, que en este caso permite la pesca y la supervivencia, se transforma en un riguroso ejercicio de tejeduría, ordenado simétricamente, con capas yuxtapuestas unas sobre otras, con una armonía y una levedad que rememoran, gracias al azul, la caída del agua en una cascada.

Olga de Amaral, conocida por su uso de materiales no convencionales como artista textil, ha exhibido sus obras en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el Museo de Arte Moderno de París y el Museo de Arte Moderno de Kioto, en Japón. 

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Pero más allá de su recorrido internacional, ha construido una mirada personal del país por medio de su arte, nacido desde el oficio de la artesanía. Y, a la vez, ha erigido un lenguaje al estilo de los quipus de los incas, en los que cada nudo tiene un significado y cada hilo representa una historia. En paralelo, ha hecho en cada una de sus obras un ejercicio de meditación personal que se extiende al espectador. A la manera de las sinapsis, ha pasado de la asociación neuronal de las diversas experiencias a la belleza expresada en su arte.

La obra de Amaral se exhibirá hasta el 29 de junio en la galería Duque Arango, en Medellín. Después llegará a Casa Más, en Bogotá. 

         

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junio
24 / 2024