Bienal Internacional de Arte Cartagena de Indias

Muchas obras quedan en la memoria luego de haber visitado la Bienal Internacional de Arte de Cartagena (BIACI). Crónica.
 
POR: 
Dominique Rodríguez

I.

No puedo obviar una que, en particular, me conmovió, y es porque tengo una razón muy particular para ello: participé en ella. Pero no hablo desde el ego, claramente, sino porque desde el comienzo me pareció una propuesta increíble y hermosa. Dos artistas, una colombiana, cartagenera para más señas (Ruby Rumié), y una estadounidense francesa, residente en Chile (Justine Graham) construyeron un proyecto en Cartagena, Bogotá y Santiago, de poner a dos mujeres una al lado de la otra, vestidas idéntico (camiseta blanca de algodón, sencilla, ni aretes, ni maquillaje, nada), sentadas y erguidas, de frente y de espaldas, mirando a la cámara, sin sonreír. Estas dos mujeres debían tener una relación particular, un vínculo afectivo desde el trabajo de la una para la otra; una nana, una empleada con una larga historia detrás. Llegaron a mí porque justamente tengo una nana, Alicia, que me crió y aún está conmigo. Tiene 80 años y llegó a mi familia a sus 18. Nunca se casó, siempre estuvo allí, y enterró junto a mí a mis dos padres. ¿Qué más vínculo que ese? Así, hace un par de años, por cosas de la vida, las artistas terminaron sacando las fotos de Bogotá en mi casa.

Fue una sesión amorosa, tremendamente amorosa, donde cada vez que veíamos el resultado en el visor de la cámara aparecía (literalmente, casi místicamente) algo contundente: éramos dos mujeres iguales. Nada nos separaba. Y algo muy importante surgía ahí, ese intangible del afecto, eso que a veces no se explica en una relación que ha estado mediada inicialmente por el pago de un servicio, pero que, por cuenta de los años, de los dolores y dichas vividos juntos, se vuelve familia. Pero, además, la audacia de la obra era la confusión generada, ¿quién es la empleadora allí?, que no tiene malicia alguna, sino que hace un manifiesto vital muy profundo: sí pueden crearse vínculos de esta naturaleza. Y sí, son un privilegio. No había visto la obra montada más que en fotos, y nunca se había presentado en Colombia (se exhibió en Santiago y en Washington, por ejemplo), así que encontrarla en una de las sedes de la BIACI, la casa 1537, fue una sorpresa, enorme. Nunca pensé que tuviera esas dimensiones. Mide unos 15 metros de alto y ocupa una pared de lado a lado. Se siente muy, pero muy poderoso.

Y pone a pensar, hace que el espectador se pregunte quiénes son estas personas, qué tipo de relación tienen la una con la otra, por qué están juntas, por qué están vestidas así, de manera tan sencilla. Y así, resulta muy impactante saber que detrás hay todo un cuestionamiento de clase, de los estereotipos sociales que construimos por la apariencia, o por el nombre, o por el apellido, y cómo, al final y si verdaderamente lo deseamos, podemos estar en el mismo lugar, juntos. No es un discurso, no hay militancia implícita, ni proselitismo, es pura humanidad. Es un lugar común, como lo dice el nombre de la obra.

Así, el recorrido arrancaba con contundencia y sus vecinos no lo hacían con menos poder. Lucía Madriz construyó un enorme mantra de maíz de varios tipos (negro, rojo y amarillo) quizá para protegernos como comunidad contra las multinacionales y la práctica generalizada de los alimentos transgénicos. La pieza, en el piso, nos acercaba a la tierra y a la recolección.

         

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marzo
11 / 2014