María Isabel Rueda, la usurpadora

La artista que ha retratado el deterioro del muelle de Puerto Colombia se fue a vivir allí costera para fundar un pequeño recodo de arte contemporáneo y robarle a esta población su destino ruinoso.
 
María Isabel Rueda, la usurpadora
Foto: Juan Pablo Gutiérrez y María Isabel Rueda
POR: 
Dominique Rodriguez

I.

Hay algo inquietante en ella. Y no es solo su mirada penetrante. O su capul tan recto que parece una cuchilla. Son sus obras también, tan bellas como perturbadoras. Y sin embargo, María Isabel Rueda es un sol. Un sol al que cubren las nubes de vez en cuando y al que le va muy bien acompañarlo de la belleza conflictiva de las cintas de David Lynch o la densidad vocal de Tom Waits. Será por eso que le gusta tanto Diane Arbus, esa fotógrafa por la cual se dedicó a este oficio y que logró captar la belleza en las escenas más íntimas y sórdidas de la locura o la diferencia en el cuerpo. María Isabel Rueda nos ha presentado a lo largo de los años todo un registro visual de los personajes góticos de la sabana de Bogotá, así como innumerables dibujos que recuerdan a otra de sus influencias, el fotógrafo japonés Nobuyoshi Araki, donde a través de las formas más delicadas expone la sexualidad humana. Su obra es atrayentemente bella.

Rueda nació en Cartagena en 1971, vivió en Bogotá muy a su pesar durante muchos años (“me cansaba el clima”), y hoy, por fin, encontró su lugar para estar: Puerto Colombia. Fue como si lo tuviera marcado en su destino, pues hace unos años había realizado una serie fotográfica sobre este muelle que todo lo fue para Barranquilla hace décadas y hoy es una estructura que amenaza colapsar en cuestión de poco tiempo. “El destino me trajo a Puerto, al crear esas imágenes, quizá produje mi futuro”, cuenta con su golpeado acento costeño. En esas fotos, completamente melancólicas, se evidencia el olvido, el abandono y el implacable mar al acecho. Es la contemplación de una tragedia.

Y en esa grieta en donde el tiempo pasa lento, pero está ahí listo a marcar y a definir el final, se sitúa la artista. Podría haber elegido otra plácida playa de la costa, pero eligió Puerto Colombia, ese lugar delineado por el calor infernal y el gran y ruidoso mar verdoso, y que vive del recuerdo de lo que ya no será. Allí encontró la naturaleza y la lentitud que tanto estaba anhelando. Allí entendió que nuestros apremios y atropellos capitalinos son desgastantes y normalmente nunca necesitan de la velocidad que exigen. “Acá el ritmo se mide distinto, es más tranquilizador. Uno comienza a sintonizarse de otra forma y te cambia el tiempo. Hay cosas que no se pueden hacer por el sol, físicamente no es posible, te muestra que no todo lo puedes controlar, y eso está bien”. Como tampoco puede controlar la lluvia, a la que le teme porque lo inunda todo. La evidencia de que hay algo definitivamente más grande que nuestra singularidad (y vanidad) es el motivo de su trabajo.

II.

Ante la pesada evidencia de la inmovilidad, y de esa perspectiva de no futuro que se cuela en un escenario donde la ruina es protagonista, hay dos opciones: quejarse o actuar. “Cuando vas a Cuba y ves todas las casas en ruinas, ¿cómo sales adelante? Parece ser una estrategia visual y política, tal y como se vive en Puerto Colombia, ¿cómo levantarte de una cosa que todo el tiempo te está diciendo que se va a venir abajo?”, se pregunta María Isabel Rueda que, junto con su compañero, el también artista Mario Llano, decidieron fundar la residencia artística La Usurpadora para robársele un poco el destino a Puerto Colombia (y de paso remover la escena artística independiente barranquillera).

Nacida hace dos años, justamente, por la ausencia de posibilidades de ver expresiones artísticas contemporáneas en Barranquilla (solo los museos y las galerías tradicionales, muchas de las cuales son marqueterías donde se puede comprar obra), esta pareja se dio a la tarea de producir las exposiciones que ellos mismos querrían ver. Lo hacen con el fin de llamar la atención de que fue allí, en Barranquilla, donde nacieron, pasaron o vivieron muchos de los artistas que le dieron a Colombia el título de modernidad. Alejandro Obregón, aunque vivió en Cartagena, era habitual de La Cueva con la gallada creativa de Gabo, Álvaro Cepeda Samudio, Orlando “Figurita” Rivera y Alfonso Fuenmayor. Y el propio Norman Mejía, Salón Nacional de Artistas 1965 con Su horrible mujer castigadora, vivió y murió en Puerto Colombia.

Con ese precedente al que quieren homenajear siendo igual de irreverentes, el dúo Rueda/ Llanos está refrescando el oferta expositiva de Barranquilla (y así se suman a otras iniciativas curatoriales como la Red de Artistas del Caribe y a Mal de Ojo, en Cartagena). Hicieron, por ejemplo, una muestra que llamaron Las chicas solo quieren divertirse, buscando sacar de debajo de las piedras el trabajo producido por mujeres artistas en una región marcada por el machismo. En una casa en construcción en el barrio El Silencio, donde se proyectaban piezas en video en sus paredes, empezaron a tener público.

Uno que creció al descubrir, de la mano del artista Sergio Vega, la casa de un hombre que la tenía empapelada, en cada rincón y del piso al techo, de afiches pornográficos de los que salían en las páginas centrales de los diarios. Era como estar en una instalación in situ. Y, en otra muestra, un aficionado a las historietas de Kalimán, un tipo popular llamado El Company y que tenía toda su colección y vivía en unas condiciones donde su único lujo eran estas revistas, invitó a que en su pared se realizara intervención de grafiti. El evento estuvo anunciado por altoparlante, donde se oía la radionovela de Kalimán. También encontraron filmaciones de las playas de Puerto Colombia y Salgar de los años sesenta y setenta, que proyectaron en el garaje de una casa, trayendo a la nostalgia lo que solían ser esos parajes para la ciudad.

De esta forma, el proyecto La Usurpadora ha entrado pisando fuerte en la costa presentando formas e ideas más conectadas con las inquietudes formales que están circulando por los circuitos del arte contemporáneo, pero siempre conectadas con algo de la historia local, con esa precariedad que se vive y siente, pero que puede elevarse a múltiples interpretaciones y permitir hondas reflexiones. Pero también donde caben el humor y la ironía, la crítica y el mundo. Así, en su casa, la casa de la residencia de La Usurpadora, hallará una calcomanía pegada en la nevera que dice “¿Cómo disimular desilusión teniendo razón?”, y se topará con la perrita Alaska y la tortuga Ninja y con los gatos Norman (que nació el día que murió el pintor), Toti, Fanfarria, Yuri (como la cantante), Amapola y la desaparecida La peligrosa… que estará quizás entre piedritas pintadas con todos los electrodomésticos con los que no cuentan, tortas de Pablo Adarme, un gallito de Carlos Bonil, letreros de Jaime Tarazona y unas casetitas de playa miniatura dentro de un frasco de arena de Sergio Vega. Y, claro, dibujos, pinturas y fotografías de María Isabel Rueda. Un pequeño museo al lado del mar.

 

         

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febrero
7 / 2014