Kim Thúy: ‘la vida la mayoría de las veces no nos habla de la vida, sino del horror’

La escritora vietnamita Kim Thúy fue una de las invitadas a la Feria del Libro 2023. Diners conversó con la autora sobre su vida y su escritura.
 
Kim Thúy: ‘la vida la mayoría de las veces no nos habla de la vida, sino del horror’
Foto: Kim Thúy (Saigón, 1968) abandonó Vietnam en una barcaza de refugiados a la edad de diez años. Actualmente vive en Montreal, Canadá. / Cortesía Siglo del Hombre - Foto. ©Carl-Lessard
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Sergio Alzate

Kim Thúy se mueve con la inquieta levedad de los puntos suspensivos. Su cuerpo nunca descansa: sus manos dibujan en el aire las palabras que salen de su boca, sus labios sonríen sin rastro de fatiga, sus cejas acentúan los arcos narrativos de lo que sucede a su alrededor y toda ella, ese cuerpo menudo, pequeño, nervioso, casi traslúcido en su aparente fragilidad, transmite una sensación de electricidad, de rayo que está por caer, de bendición o milagro que está por ocurrir.

Es difícil imaginar que la mujer que está al frente sea la misma niña que huyó con su familia de Vietnam para salvar la vida, que ese abrazo infinito que solo sabe abrazar haya nacido rodeada de fuego, sangre y muerte. Pero una y otra, la mujer jovial y la niña enfermiza, alérgica a la leche, al pescado, al sudor, son la misma persona. 

Ella: quien a los diez años se embarcó con sus padres y hermanos en un bote rumbo a Malasia, dejando atrás una casa familiar, un prestigio, un nombre, un pasado. Ella: que sabía que sus padres cargaban pastillas de cianuro para orquestar un suicidio filial, porque preferían eso que morir a manos de los soldados del nuevo régimen. Ella: que en su huida por salvar la vida vio la fragilidad de los cuerpos agonizantes, los estragos de las diarreas y de los vómitos, el amasijo de extremidades, cabezas y llantos de las familias hacinadas, el cadáver de una mujer que cayó en el pozo de la letrina pública del campo de refugiados y que murió ahogada entre las heces de miles de personas que de un día para otro se supieron sin hogar. Ella: que llegó a Canadá y tuvo que empezar de cero, aprender una nueva lengua, comer alimentos desconocidos, adaptarse a una cultura de la que orgullosamente hoy se siente parte.

Antes de publicar su primera novela, Ru, que obtuvo un gran éxito internacional, desempeñó todo tipo de oficios: costurera, intérprete, abogada, propietaria de un restaurante, crítica gastronómica de radio y televisión… Foto: Cortesía Siglo del Hombre – ©Carl-Lessard

Ella, la niña sobreviviente y la mujer que al caminar da saltitos, es finalmente la misma persona: Kim Thúy, la mujer que cree en la belleza y la bondad del mundo a pesar de haber vivido en carne propia sus horrores. Al regresar a casa luego de trabajar como chef en su restaurante en Montreal, Kim empezó a garabatear recuerdos en su carro para no dormirse mientras esperaba que el semáforo le diera luz verde. No tenía un plan ni sabía que estaba escribiendo un libro. Pero ese cúmulo de memorias, escritas con la misma delicadeza de un cuadro impresionista, se convirtió en su primera publicación: Ru, una novela autobiográfica y cuyo título remite a la dualidad que es la vida de su autora: Ru en vietnamita significa “canción de cuna”, mientras que en francés, su lengua adoptiva, significa “arroyo”.

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Tras Ru, Thúy ha escrito otros libros que han sido traducidos al español: Vi. Una mujer minúscula, Em y Mãn, traídos a Colombia por Siglo del Hombre. Títulos que en sus nombres cortos, silábicos, referencian a su lengua natal que tuvo que reaprender como adulta. Libros traducidos a distintos idiomas y publicados en una cincuentena de países, pero no en Vietnam. “Al régimen comunista no le gustan mis novelas, porque escapan a su mecanismo de censura”, dice, con un amago de dolor en su voz. Pero así como la gambeta de la tristeza llega, se va. Ella se sacude la melancolía y prefiere hablar de la belleza, de la vida, del amor y de la bondad.

En sus libros usted escribe desde un lugar de la memoria: la suya. ¿Por qué es importante mantener viva la memoria (tanto la individual como la colectiva)?

Hay algo que me mueve a hacerlo: la historia de nosotros los vietnamitas no se ha escrito aún desde nuestras propias memorias. Y acá suceden dos cosas: están quienes se quedaron en Vietnam y no pueden hablar por la censura, y estamos nosotros, los que huimos, y a quienes jamás se nos enseñó que teníamos algo importante para decir. En Norteamérica no somos lo suficientemente relevantes para ser incluidos en los libros de historia. Sin embargo, creo que nosotros, los vietnamitas que podemos usar nuestra voz, debemos dar un trozo de nuestra biografía para reconstruir la memoria de Vietnam. En otras palabras: tenemos que tener presente de dónde venimos para poder imaginar un futuro hacia el cual ir. Así que mis libros pueden leerse como una manera de contar mi historia familiar, con la esperanza de que otros hagan lo mismo. 

¿En qué se diferencia este tipo de memoria (contar la historia familiar, por ejemplo) con la que reside en los museos?

En Canadá tenemos museos de la memoria, en los que se cuenta a grandes rasgos la historia de la migración en el país. Entonces, te pueden decir, por ejemplo, que los italianos llegaron en masa a la nación canadiense a través del puerto de Halifax y bla, bla, bla. Pero en ese relato no escuchas las voces, las penurias, las esperanzas, los sueños, las travesías de quienes hicieron el viaje con el deseo de encontrar un mejor hogar. Y tampoco oyes el amor, la confianza, la ternura de quienes  acogieron a estos migrantes. Para mí es importante escuchar las historias de los humanos, las narraciones que cada persona puede contar y nadie más.

Algo en lo que caí en cuenta al leerte es que esta era la primera vez que veía la Guerra de Vietnam, sus secuelas y efectos desde el relato de una persona vietnamita. Antes de eso, mi acercamiento había sido a través de la mirada estadounidense…

Te habrás dado cuenta que un estadounidense y una mujer vietnamita no pueden contar la misma historia. En una familia, por ejemplo, la madre y el padre contarán la historia familiar de maneras distintas. Entonces, ¿puedes imaginar qué sucede cuando dos países que alguna vez estuvieron enfrentados intentan reconstruir el relato de lo que pasó? La mejor manera de entender esto es que por fuera de Vietnam todo el mundo habla de la Guerra de Vietnam. Pero en Vietnam nosotros la llamamos la Guerra Estadounidense. Y estamos hablando de la misma guerra, que involucró a la misma gente, que tuvo la misma cantidad de muertos… pero no podemos verla con los ojos del otro. Porque para los estadounidenses ellos estaban yendo a una tierra extranjera para liberarla; para nosotros, la verdad es que unos extranjeros llegaron a invadirnos.

El eterno problema del punto de vista, ¿no?

El mejor ejemplo que puedo dar es el del pez dorado. En Vietnam nosotros lo llamamos “el pez chino”, por su lugar de origen. Sin embargo, en el mundo francoparlante es “el pez rojo”, porque su brillo de la cabeza a la cola es rojizo. ¿Y de dónde viene el nombre “pez dorado” de los angloparlantes? Porque si te fijas en su brillo de la cola a la cabeza, es decir, al revés, lo que ves son destellos de oro. Es el mismo pez, pero los vietnamitas lo vemos desde su lugar de origen, y en cambio los franceses lo miraron por primera vez desde la cabeza a la cola mientras que los angloparlantes lo bautizaron al hacer el camino a la inversa. ¿Quién tiene la razón? Lo realmente importante es que entendemos mejor al pez desde estas tres miradas. 

Algo que me llamó la atención al leer su literatura es que a pesar de escribir con mucha belleza y suavidad, casi como si pintara un cuadro impresionista, el horror está presente: la muerte, los cuerpos desmembrados, los jóvenes fusilados, las madres que se quedan sin hijos. ¿Por qué escribir sobre el horror en medio de tanta belleza?

Porque la vida la mayoría de las veces no nos habla de la vida, sino del horror. O, más bien, porque es en lo que preferimos fijarnos. Por alguna extraña razón, nosotros los humanos no nos sentimos tan atraídos por la belleza a pesar de buscarla todo el tiempo. Si vamos por una carretera y vemos un accidente, bajamos la velocidad para poder ver el espectáculo del horror. Pero, ¿cuándo fue la última vez que redujiste la velocidad para observar una flor bella en el camino? Eso es una extrañeza en nuestras vidas cotidianas. Sin embargo, en el mismo horror buscamos la belleza. La Guerra de Vietnam tiene el triste honor de ser el primer conflicto que se vivió casi en vivo y en directo en el resto del mundo. Y eso trajo imágenes que se convirtieron no solo en testimonio periodístico, sino también en disfrute estético. Esta imagen famosa de la niña que corre desnuda, con los brazos abiertos como Cristo, con el dolor en su rostro por culpa del napalm le dio la vuelta al mundo y nos hizo ver este conflicto de otra manera. ¿Por qué? Porque a pesar del horror, desde un punto de vista artístico era una imagen hermosa. La belleza nos conmueve el alma, nos recuerda que somos humanos. Hubo miles de fotos del horror, pero que no eran hermosas. Esta foto en cambio tenía algo tristemente mítico. Una cosa inasible que podía tocar los corazones de los espectadores. 

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En sus libros, las mujeres son esenciales para entender lo que sucede, para comprender. Mientras los hombres se van, ellas están allí, silenciosas pero constantes… ¿Cómo la mirada femenina completa el relato construido por los hombres?

Las mujeres somos extraordinarias y desde el principio de la historia misma hemos estado allí presentes. Somos una colección de pequeños gestos, de acciones de cuidado, de una mano que teje un abrigo o que improvisa una comida en medio de la hambruna. Cuando los hombres se van a la guerra, la mujer suele quedarse en el hogar para que el mundo siga su curso. Nosotras en estos instantes nos hemos transformado a la vez en los hombres y en las mujeres de todos los hogares. Sobre nosotras ha recaído el peso del silencio en medio del horror, para proteger la inocencia de nuestros hijos, para que sobre ellos no se abatan la muerte, la sangre, la desesperanza. 

La imagen de la mujer que espera mientras el hombre hace la guerra está muy presente en la literatura y se remonta, por lo menos, hasta la imagen de Penélope en La odisea…

Y la realidad está hecha de esas mujeres que esperan, de las que nadie habla. Mujeres que a fuerza de silencio y pequeños pasos han mantenido el mundo girando. ¿Quién cuenta la historia de esos pequeños pasos? Nadie, por eso es importante completar el relato con la mirada femenina. Por eso creo que me atraen tanto los personajes femeninos: porque en cada gesto que hacemos se esconde un secreto que está aún por descubrirse. 

En uno de sus libros usted dice que la Historia es un privilegio de la paz, ¿por qué lo afirma?

Porque cuando el caos y la violencia están presentes, en lo que menos piensas es en sentarte a escribir “hoy 23 de marzo, bla, bla, bla”. Lo que te impulsa a moverte es no morir, conseguir agua, buscar comida, encontrar un sitio seguro para refugiarte. Escribir libros de historia es un privilegio de la gente rica y de países en paz. Yo no pude escribir mi primera novela sino hasta los cuarenta años, que en tiempos de escritor parece hacerlo muy vieja. Pero no podía escribir siendo una niña, ni una adolescente, ni una mujer joven porque todavía estaba atribulada por lo que me sucedió. Yo solo he podido escribir mis libros porque vivo en un país en paz.

Cuando usted tenía diez años huyó con su familia de Vietnam. Primero, a un campo de refugiados en Malasia, después, a Canadá donde creció y donde reside actualmente, ¿en qué momento supo que dejaba de ser vietnamita y pasaba a ser una migrante o refugiada?

Desde el primer momento lo supe. El día de la partida sucedió algo extraño: Vietnam es un país tropical, con un clima caliente y húmedo. Pero esa mañana mis padres nos hicieron vestir capas y capas de ropa a mis hermanos y a mí. Nos dijeron que durante el viaje nuestros nombres ya no eran vietnamita sino chinos, para aprovechar un modo de escape para ciudadanos chinos en Vietnam. Pero, ya nos estábamos preparando para ese exilio desde antes. El régimen comunista en tres años nos había despojado de todo. Fuimos testigos de cómo nuestras vidas eran erosionadas pieza a pieza. Antes incluso de ser un refugiado, te empiezas a preguntar quién eres en medio del caos. Y estás dispuesto a lo que sea para mantener lo que te queda de dignidad: mis padres, por ejemplo, tenían píldoras de cianuro para ellos, mis hermanos y yo con el fin de protegernos de la indignidad de morir a manos de los soldados del régimen.

 Pocas autoras consiguen escribir con tanta belleza sobre la fragilidad y la impermanencia de la vida como lo hace Kim. Foto: Cortesía Siglo del Hombre – ©Carl-Lessard

La dualidad está muy presente en sus libros… ¿Esta dualidad viene de su experiencia como refugiada?

Una vez llegamos al campo de refugiados en Malasia experimenté qué era dejar de ser humana. Es una constante contradicción lo que sientes en un lugar así. Porque tu hambre agradece la comida que te arroja el personal de la Media Luna Roja [el nombre en el mundo musulmán de la Cruz Roja], pero al tiempo pierdes tu dignidad un poco más cada vez que te inclinas para recoger un trozo de pescado del mismo suelo que los demás pisan todos los días. Y no es porque el personal humanitario quiera ser malvado contigo, porque no es así. Es porque no hay mesas y sí mucha gente con hambre que tiene que ser alimentada rápidamente. Entonces, esa contradicción está presente: agradeces que calmen tu hambre, pero resientes la manera en que tu humanidad queda anulada a cambio de ese trozo de comida que te sirven como si fueras un animal. ¿Estoy feliz? ¿Estoy triste? ¿Soy humano? ¿Soy otra cosa? No lo sabes, no sabes qué responderte. Esa es la terrible carga que lleva consigo cada refugiado.

Si bien la migración y el movimiento son temas transversales en sus libros, hay otro que es muy importante: la maternidad. ¿La maternidad es una forma de hundir las raíces en un mundo hecho, al parecer, de desarraigos? 

Yo no llamaría a la maternidad una forma de echar raíces, sino una forma de humildad. Porque sabes que esa persona pequeña que llegó a tu vida necesita cuidados, mimos, refugio. Y no sabes si serás capaz de brindarle eso. Quisieras construir un muro alrededor de este ser, protegerlo del mundo, pero sabes que no tienes la manera ni los medios de hacerlo. Y sabes que un día tu hijo decidirá un camino que tú no podrás cercar. Así que la maternidad para mí no refleja el arraigo, sino el descubrimiento de la humildad. Es saber, al final, que no tienes todo bajo control.

En la librería La Verbena se realizará próximamente un club de lectura sobre esta su libro Mãn. La entrada es libre y se puede inscribir haciendo click acá.

         

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mayo
3 / 2023