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Porfirio: un poeta con toda la Barba Jacob

Perseguimos trabajosamente la vida profunda del bardo colombiano que fundó más periódicos, que escribió famosos poemas y que fue expulsado de la mayoría de los países que visitó.

Foto: Archivo Diners

Perseguimos trabajosamente la vida profunda del bardo colombiano que fundó más periódicos, que escribió famosos poemas y que fue expulsado de la mayoría de los países que visitó.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 156 de marzo 1983

EL 29 de julio de 1883 nació en Santa Rosa de Osos, Antioquia, Miguel Ángel Osorio. El momento del parto fue el único en que estuvo con él su madre. Pastora Benítez: si hubiera podido darlo a luz por correo, lo habría hecho, pues a lo largo de su vida demostró que no le despertaba ningún afecto el niño. Tampoco a su padre, Antonio María Osorio, quien no sólo era abogado sino también alcohólico.

Cuando Miguel Ángel tenía apenas tres meses, sus padres lo regalaron a sus abuelos, Emigdio y Benedicta, quienes llevaban en la campiña de Antioquia una existencia redundante: vivían en Angostura y en estrecheces.

A los doce años. Miguel Angel resolvió ir en busca de sus padres, que se habían trasladado a Bogotá. Estuvo al lado suyo dos años y comprobó que, evidentemente, no le profesaban ningún afecto. Temiendo que volvieran a regalarlo, se despidió de ellos para siempre y regresó a Angostura a casa de sus abuelos.

Juró durante el viaje que se cambiaría el nombre porque no le interesaba llevar a cuestas el apellido de gente tan ingrata, pero sólo pudo empezar a hacerlo después de los 21 años porque de lo contrario se prestaba para confusiones en el colegio. Llegado a la mayoría de edad, cumplió su juramento, cada vez que pudo, como veremos.

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Canción de la vida profunda – Porfirio Barba Jacob⁣ ⁣ Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, ⁣ como las leves briznas al viento y al azar. ⁣ Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe. ⁣ La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar.⁣ ⁣ Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles, ⁣ como en abril el campo, que tiembla de pasión: ⁣ bajo el influjo próvido de espirituales lluvias, ⁣ el alma está brotando florestas de ilusión.⁣ ⁣ Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, ⁣ como la entraña obscura de oscuro pedernal: ⁣ la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas, ⁣ en rútiles monedas tasando el Bien y el Mal.⁣ ⁣ Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos… ⁣ (¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!) ⁣ que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza, ⁣ y hasta las propias penas nos hacen sonreír.⁣ ⁣ Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos, ⁣ que nos depara en vano su carne la mujer: ⁣ tras de ceñir un talle y acariciar un seno, ⁣ la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.⁣ ⁣ Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres, ⁣ como en las noches lúgubres el llanto del pinar. ⁣ El alma gime entonces bajo el dolor del mundo, ⁣ y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.⁣ ⁣ Mas hay también ¡Oh Tierra! un día… un día… un día… ⁣ en que levamos anclas para jamás volver… ⁣ Un día en que discurren vientos ineluctables ⁣ ¡un día en que ya nadie nos puede retener! . . . . . . . . . #letrasmundial #literatura #accioncolombia #colombia #bogota #medellin #frases #poemas #poesia #amor #love #poema #cali #barranquilla #ibague #bucaramanga #frasesbonitas #madrid #barcelona #españa #letras #frasesdeamor #frasesdemotivacion #libros #cuento #porfiriobarbajacob #barbajacob

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Miguel Angel sobresalió como estudiante, nos dice uno de sus biógrafos. JB. Jaramillo Meza. En conferencia pronunciada en la sede de la Academia de la Lengua, en 1960. Jaramillo Meza señala:

“Sobresalió entre sus condiscípulos por su desaplicación y falta de compostura». Pero sobresalió, agregamos nosotros. En esa misma conferencia. J.B. Jaramillo Meza revela interesantes intimidades de la larga amistad que tuvo con Porfirio Barba Jacob (que así se llamó luego Miguel Ángel); llegaron a ser tan cercanos, según parece, que Jaramillo Meza una tarde le reveló a qué nombres correspondían las iniciales de J.B. Porfirio le agradeció mucho. Terminados sus estudios de bachillerato, Miguel Ángel fue reclutado en el ejército.

Estaba en lo fino una de las habituales guerras civiles de la Colombia finisecular, y Osorio fue elevado de rango sucesivamente hasta llegar a capitán, aunque jamás disparó un solo tiro. Barba Jacob recuerda con indignación aquellos meses en que lo obligaron a marchar «en busca de un batallón contrario, de hermanos de la patria, para dispararles al primer encuentro».

Sus dispersas memorias no relatan de qué color era ese batallón. Pero como todos sus críticos dicen que en Barba había al mismo tiempo un ángel y un demonio, nada tendría de raro que hubiera peleado en ambos bandos. De demonio al lado de los godos y de ángel al lado de los liberales, o al revés. Como ustedes lo prefieran.

Terminada la guerra se metió de maestro de escuela en Santa Rosa, pero dice J.B. «le faltaba el don principal para aquel oficio: la paciencia», Armado de la férula, se pasaba toda la jornada escolar castigando niños. Y hay que recordar que en esa época la jornada abarcaba también la mañana del sábado.

La venida de Ximénez

De Santa Rosa se fue Miguel Ángel a Bogotá, fracasado ya como maestro. En Bogotá ocurren dos cosas importantes se cambia el nombre y funda una publicación. En adelante, cada vez que le iba mal volvía a repetir la misma operación: se cambiaba el nombre y fundaba un periódico. La fórmula nunca le funcionó, razón por la cual parece que cayó en desuso.

Ahora la gente o funda periódicos o se cambia el nombre, pero son pocos los que se atreven a hacer las dos cosas simultáneamente. En esa oportunidad resolvió que él se llamaría «Maín Ximénez» y la publicación, «Cancionero Antioqueño».

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Intentó, incluso, hacerlo al contrario, pero cada vez que contestaba personalmente al teléfono y decía «Cancionero Antioqueño, a la orden», el interlocutor le pedía que le pasara al gerente. Desistió definitivamente de hacerlo cuando el Ministerio de Gobierno no le expidió al periódico «Main Ximénez» licencia de publicación, sino cédula de ciudadanía. El hecho de que en esa época aún no existiera el teléfono hace pensar, sin embargo, que todo lo anterior no pasa de ser una versión apócrifa.

Fracasado el periódico, y sepultado el nombre de Miguel Ángel Osorio (razón no le faltaba), regresó a Angostura y fundó un jardín infantil, ya con su nuevo seudónimo. La gente se maravillaba del parecido que había entre Maín Ximénez y Miguel Ángel Osorio y sus abuelos llegaron a sospechar que se trataba de la misma persona. Por esta razón resolvió largarse de nuevo. Y fue a templar a Yarumal, donde se enamoró de una muchacha llamada Teresita Jaramillo Medina.

Los papás de ella no estaban contentos con el novio de Teresita un poeta varado de hípico aspecto. Esto último, justamente, motivó a un escritor guatemalteco a escribir en 1915 un famoso cuento en que lo llamaba «El hombre que parecía un caballo».

En realidad el parecido era tan grande, que alguna vez pensaron rebautizar a su ciudad natal como Santa Rosa de Potros y se dice que en México el poeta recibió ofertas para competir en las carreras válidas. Volviendo a Teresita, hay que anotar que le escribió un soneto que luego quiso el propio Barba Jacob borrar del listado de sus obras pues le parecía una colección de «sandeces».

No andaba equivocado en ello. El 12 de octubre de 1905 terminó ese romance con Teresita, su única novia reconocida. Contraía matrimonio Julia, hermana de Teresita, con Ricardo Hernández, amigo íntimo de Miguel Ángel o, mejor dicho, de Main.

A manera de regalo, el precoz bardo leyó durante la reunión un poema a Julia. Debió ser peor aún que el que le inspiró Teresa, pues lo cierto es que esa misma tarde, avergonzado, Ximénez se alejó para siempre de Yarumal y de Teresa y regresó a casa de los abuelos. Esta vez, sin embargo, no quería aparecer en calidad de educador fracasado (remember el jardín infantil), así que se volvió a cambiar el nombre. Al llegar a Angostura, ya era Ricardo Arenales.

Conoce la maracachafa

Maravillados por el parecido de Ricardo Arenales con Maín Ximénez, con Miguel Ángel Osorio, con un caballo, los abuelos le dieron posada. Un año después, sin embargo, murió doña Benedicta y el poeta metió en una maleta sus pocas cosas y se fue para siempre. Debió ser época de paro de buses, pues tuvo que hacer el recorrido hasta Barranquilla a pie. En Barranquilla disfrutó de una creadora época de bohemia. Conoció allí a Lino Torregrosa, a Miguel Rasch Isla, a Leopoldo de la Rosa; alguno de éstos no se
sabe cuál le dio a probar un cacho de yerba. Varios de sus poemas los escribió trabado. En uno de ellos «Acuarimántima» llega a confesarlo: «soy un perdido soy un marihuano». La policía quiso enchiquerarlo por esta última afirmación, pero no pudo: estaba perdido,
efectivamente.

Cerca de Barranquilla. Ricardo Arenales descubrió el mar. Ahí supo también de la existencia de los barcos. Esto signó su vida. Desde entonces no hizo otra cosa que viajar. Viajar y fundar periódicos. Viajar, fundar periódicos y cambiarse de nombres. En medio de tanta viajadera, tanta fundadera y tanta cambiadera de nombres, no le quedaban sino raticos para escribir sus versos. Es por eso que la totalidad de su celebrada obra poética no pasa de 90 títulos. Habría que agregar, en honor a la verdad, que sus pocas horas libres eran frecuentemente interrumpidas, además, por la orden de un dictador centroamericano que disponía su expulsión del país. El pobre Arenales dio en acostarse vestido para ganar tiempo.

Que se pare el verdadero Ricardo

A los 23 años. Arenales salió hacia Costa Rica; de allí pasó a Jamaica: de Jamaica a Cuba; y de Cuba a México, que llegó a ser su segunda patria. En México fundó «Revista Contemporánea» y fue director de «El Espectador», de Monterrey. Ambos desaparecieron. Y el poeta también, pues se dirigió a otros municipios que no conocía en Centroamérica. Las Antillas y los Estados Unidos.

Se parecía a Julio E. Sánchez Vanegas: una noche en Guatemala, la siguiente en Nicaragua y la tercera en cualquier lugar del mundo. Justamente en Nicaragua tuvo el problema de que un homónimo suyo. Ricardo Arenales, había cometido un asesinato. El poeta fue detenido.

Cuando trató de explicar que él en realidad no era Ricardo Arenales, sino Main Ximénez, pero que Maín Ximénez se llamaba en realidad Miguel Ángel Osorio. Resolvieron dejarlo en libertad por pena cumplida. Resolvió entonces cambiarse de nuevo el nombre y se puso Porfirio Barba Jacob en honor a un hereje italiano que también odiaba a las mujeres. Porque es hora de advertir que Barba había desarrollado para entonces una aversión por el sexo femenino que lo hacía proclamarse más masculino que nunca.

Irritado con la confusión en Nicaragua decidió fundar más periódicos en otros países de Centroamérica. Fundó el diario «Churubusco», en la capital azteca: “El Territorial», al sur de México: “El Porvenir”, en Monterrey; «El Imparcial”, en Guatemala: fundó otros en Honduras y El Salvador; en 1926 llegó hasta Lima y, al darse cuenta que ya no estaba en el Caribe, en vez de crear otro diario se vinculó como redactor a “La Prensa”.

Volvió a Monterrey en 1931, y fundó la revista “Atalaya”: después pasó a la capital y trato de fundar a «Hoy» – «que ya estaba fundado y él no lo vio», como dirían Les Luthiers- y en 1934 fundó el diario «Últimas Noticias». Las últimas noticias dan cuenta de que ninguno de ellos sobrevivió. Son noticias fundadas.

La temporada más fructífera de Barba Jacob transcurrió en La Habana. Instalado en un cómodo cuarto de hotel por cuenta de J.B. escribió entre otros poemas- «Soberbia», «Lamentación de octubre», «Canción del tiempo» y su más famosa obra, la «Canción de la vida profunda», que, como todos sabemos, comienza así:

Hay días en que somos tan móviles, tan móviles como las leves briznas al viento y al azar…

Sobre la condición «variable y ondeante” del hombre dio muestras el propio Porfirio poco después. El poema tenía inicialmente nueve estrofas y, en un acceso de movilidad, el poeta resolvió suprimirle dos. El buen J.B. tuvo, sin embargo, el cuidado de anotarlas. Una de ellas hablaba de que hay días en que somos tan tímidos, tan tímidos, y la otra de que somos tan frágiles, tan frágiles. Pese a la prohibición del autor. J.B. cometió la inexplicable infidencia de revelar luego estas dos estrofas. Es que hay días que somos tan pérfidos, tan pérfidos.

¿Fundó también a Lacoste?

Barba Jacob vivió siempre dentro de franciscana pobreza. En 1941 sus amigos periodistas de Bogotá hicieron una colecta para enviarle 97 dólares que le permitían vivir según cálculos del propio Barba -durante unos tres meses. ¡¿Se imaginan lo que comería?!

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Para sobrevivir, el poeta hizo de todo. «He sido agente de publicidad de una compañía de seguros, le dice en carta a don Gabriel Cano en septiembre de 1941, secretario de un gobernador, autor de monografías y hasta de poemas mercenarios». Lo más paradójico es que la fortuna lo rozó y siguió de largo. Adel López Gómez, quien fue amigo suyo, relata que “llevaba en la corbata, a modo de alfiler, un pequeño lagarto de oro».

¿Tuvo Barba Jacob el presentimiento de que ese lagarto podría acreditarse como marca de fábrica para vender ropa más cara? ¿Fue una simple coincidencia con lo que ocurriría más tarde? ¿Copio su invento algún modisto francés? No se sabe.

Lo cierto es que el mismo lagartico se convirtió, dos o tres décadas después, en el símbolo Lacoste, distintivo de camisas y pantalones, que ha servido para hacer multimillonario a algún empresario extranjero. No importa: los colombianos sabemos que el verdadero inventor del lagartico fue Barba Jacob, para mayor gloria de su nombre.

Gran ironía, por tanto que su muerte se hubiera producido en circunstancias de extrema pobreza. Ya el poeta sabía, a mediados de 1941, que era víctima de una tuberculosis imparable.

Mi enfermedad sigue avanzando. Ya no soy Barba Jacob optimista. Barba Jacob errabundo, Barba Jacob el impetuoso. Ahora soy el viajero que se marcha definitivamente hacia lo desconocido. Pero ya creo en Dios, ha resucitado en mi alma la fe vibrante y consoladora, mi corazón ha vuelto a la niñez. Y estoy tranquilo ante la muerte, que considero ya muy próxima.

Así escribió a J.B. el 23 de junio desde Ciudad de México. Barba Jacob no tenía parientes. De sus padres no se supo más. Sus abuelos habían muerto. Dios le había perdonado el castigo de tener hermanos. De su hijo adoptivo. Rafael, no he encontrado huellas.

Ahora recomendaba a sus amigos la abstinencia sexual. «Sólo en la castidad están la inteligencia y la fuerza», escribió a un antiguo discípulo. Quienes lo conocieron bien supieron por ello que se encontraba de veras muy enfermo.

A principios de enero de 1942 empezó la agonía. Y el 14 de enero, a las 3 y 10 p.m., alcanzó a decir “Dios mío, Dios mío, se terminó esto», antes de morir abrazado a un crucifijo. Lo acompañaban sus más cercanos amigos. Dieciocho años y medio antes había escrito un poema en que hablaba de su muerte… “y el día esté lejano».

Fallecido el poeta, uno de los más grandes que ha dado Colombia, se produjo imprudente controversia sobre el destino que recibirían sus restos. Los mexicanos alegaban que en la lápida no cabían todos los nombres que había tenido en vida.

Los colombianos querían repatriarlos antes de que fundara otro periódico. Después de tres años se llegó a un arreglo y las cenizas de Osorio-Ximénez-Arenales-Barba regresaron a Medellín. Deben permanecer allí, porque nadie lo ha vuelto a ver vagando por Centroamérica.

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Agosto
31 / 2019


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