Günter Wallraff, reportero indeseable

Günter Wallraff es el ejemplo por excelencia del periodismo de inmersión. Se ha disfrazado de inmigrante turco, refugiado somalí e indigente para denunciar el racismo y la explotación de su sociedad.
 
Günter Wallraff, reportero indeseable
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POR: 
Hernán D. Caro

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 517 de abril 2013

A inicios de 1964, un psiquiatra militar de Coblenza, Alemania, declaró que el recluta Günter Wallraff, que pocos meses antes había sufrido un trauma craneal tras un accidente, tenía una “personalidad anormal”.

Pasados los años, el recluta se había convertido en el reportero alemán más original, popular y polémico de la posguerra. Y había demostrado, y sigue haciéndolo, que aquel médico militar estaba en lo correcto.

Günter Wallraff, quien visitó la Feria Internacional del Libro de Bogotá, nació en 1942 cerca de Colonia. Su padre, trabajador en una fábrica de la Ford, murió cuando Wallraff tenía dieciséis años.

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Más tarde el periodista diría que el deseo de comprender las razones de la temprana muerte de su padre fue una de las cosas que lo motivaron a emplear el método que lo ha hecho famoso: la adopción de distintas personalidades a fin de experimentar en carne propia condiciones de vida de obreros, inmigrantes e individuos marginados, y de denunciar los abusos de los grandes consorcios y los prejuicios alemanes.

Así, Wallraff ha sido en los últimos cuarenta años, entre muchas otras personas, reportero de un diario amarillista, vagabundo, trabajador ilegal turco, telefonista en un call center, panadero explotado y asilado africano.

Su carrera se inició con la publicación en 1966 de Te necesitamos: trabajando en industrias alemanas. Tres años después apareció la colección de reportajes El periodista indeseable (Anagrama, 2000), para los cuales Wallraff se había hecho pasar por personajes tan dispares como un distribuidor de napalm del ejército estadounidense y un alcohólico en una clínica psiquiátrica.

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günter wallraff | 2011.05 #günterwallraff

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Tras varios libros que lo convirtieron en una figura admirada y temida, Wallraff publicó en 1977 la obra que le ganaría uno de sus enemigos más feroces hasta hoy: Primera plana: el hombre que fue Hans Esser en “Bild”.

Allí revela los abusos y los métodos irresponsables de investigación del poderoso periódico sensacionalista alemán Bild (por lo demás, el diario de mayor tiraje del país). Este reportaje fue seguido por dos más, que ayudaron a reforzar la mala fama que el diario tiene hasta hoy entre los intelectuales alemanes.

A partir de 1983 Wallraff recorrió durante tres años bajo el nombre de Ali Levent Sinirlioglu, inmigrante turco, diferentes empresas como McDonald’s y Thyssen, se ofreció como conejillo de Indias para estudios farmacéuticos y experimentó la intolerancia de muchos alemanes.

El resultado, publicado en 1985, es el reportaje Cabeza de turco (Anagrama, 1999), acaso el libro de Wallraffmás popular dentro y fuera de Alemania. De sus decenas de investigaciones siguientes como reportero incógnito, las dos más conocidas son Nuestro pan de cada día (2008), un reportaje sobre las pésimas condiciones de trabajo, higiene y seguridad de la panadería en masa de la cadena de supermercados Lidl, y el documental Blanco sobre negro: un viaje por Alemania (2009) en el cual Wallraff, usando maquillaje –no siempre afortunado–, se hizo pasar por un refugiado somalí de viaje por el campo alemán –con resultados no siempre afortunados–.

El método de trabajo de Wallraff se conoce como periodismo de inmersión y, por supuesto, no es nuevo. Eminentes predecesores son el escritor estadounidense Upton Sinclair, quien en 1906 denunció en La jungla las nauseabundas condiciones de producción de carne en Chicago, o Egon Erwin Kisch, famoso en la Alemania de los años veinte del siglo pasado gracias a sus reportajes sobre albergues de mendigos o cárceles en toda Europa.

Y sin embargo, no cabe la menor duda de que Wallraff es quien ha dado al reportaje de inmersión su expresión más intensa, al punto de que en Suecia y Noruega se habla incluso de “wallraffing” para referirse a aquel género.

“Hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad. Hay que engañar y fingir para averiguar la verdad”: así formula Wallraff su lema periodístico en el prólogo a Cabeza de turco. Y sus intentos de desenmascarar a la sociedad han sabido darle reconocimiento mundial.

Además, en algunos casos han logrado realizar el sueño de muchos periodistas: ser efectivos. Tras el reportaje sobre Bild, el Consejo Alemán de Prensa criticó públicamente al diario, la investigación sobre la productora de pan llevó al cierre de la fábrica y los informes sobre la vida de los inmigrantes han encendido debates importantes sobre racismo y xenofobia en Alemania.

Pero Wallraff también ha experimentado en primera persona los efectos de su propio método. Como sostuvo hace un tiempo en una entrevista, jamás ha logrado hacer compatible su trabajo con una vida familiar normal.

Además, ha sido acusado, no pocas veces sin pruebas sólidas, de ser parcial en sus investigaciones, de usar colaboradores que luego no ha reconocido, de sobornar para obtener información confidencial, de mantener nexos con el servicio secreto de la antigua Alemania Oriental.

Incluso, su personificación del viajero africano ha sido ridiculizada y señalada de estar ella misma fundamentada en prejuicios racistas.

La notable obra periodística de Wallraff no deja indiferente a nadie. Él mismo, respetado o detestado, es en cualquier caso ya una leyenda. Y a pesar de su “personalidad anormal” y las polémicas que lo rodean (o quizá justo gracias a ellas), Günter Wallraff es una gran muestra de lo que la labor del reportero debe aspirar a ser si quiere ser tomada en serio: un compromiso terco, y a menudo indeseable, con la verdad. Una buena ocasión para conocerlo más de cerca en Bogotá.

No cabe la menor duda de que Wallraff es quien ha dado al reportaje de inmersión su expresión más intensa, al punto de que en Suecia y Noruega se habla incluso de “wallraffing” para referirse a aquel género.

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27 / 2019